El regreso de Karl Polanyi

Margaret Somers Fred Block

En el primer medio siglo de historia de Dissent, Karl Polanyi apenas hizo aparición en las páginas de la revista. En cierto sentido, esto resulta sorprendente, puesto que Polanyi estuvo presente en los círculos socialistas de la ciudad de Nueva York entre 1947 y mediados de los 50. En otro sentido, no es de sorprender, pues Polanyi era un pensador heterodoxo, incluso entre sus compañeros socialistas. Con algunas excepciones significativas, ha sido necesario que pasaran decenas de años para poder reconocer las extraordinarias aportaciones teóricas al pensamiento socialista que realizó en su obra maestra, La Gran Transformación, Los orígenes políticos y sociales de nuestro tiempo [Fondo de Cultura Económica, México, 2007], publicada por vez primera en 1944.

Parte de esa relativa obscuridad puede remontarse a las opciones por las que se decantó en su primera juventud en Budapest. A diferencia de sus colegas y contemporáneos húngaros, Georg Lukács y Karl Mannheim, sobre todo, no se inició en un periplo académico. Por el contrario, se hizo con una licenciatura en Derecho y siguió una carrera en la política liberal reformista. De 1915 a 1917, Polanyi sirvió como oficial en un regimiento de caballeria del ejército austro-húngaro en el frente ruso. Después de desempeñar el cargo de secretario general del Partido Radical Ciudadano, dejó Budapest por Viena en el momento de la República Soviética de Béla Kun. En Viena, Polanyi colaboró en el Österreichische Volkswirt, destacado diario financiero centroeuropeo, hasta que se vio obligado a marcharse a Inglaterra en 1933, donde encontró trabajo como profesor nocturno para adultos en la Asociación Educativa de Trabajadores. Consiguió luego un puesto de investigador visitante en el Bennington College [en el estado norteamericano de Vermont] a principios de los 40, subvencionado por la Fundación Rockefeller. Pero ya había cumplido los sesenta cuando empezó en su puesto académico más importante, el de profesor visitante de Economía en la Universidad de Columbia. Polanyi nunca dispuso del punto de apoyo estable en el mundo académico que hizo posible para algunos otros intelectuales refugiados que sus ideas tuvieran amplia difusión.

No obstante, en las últimas dos décadas las cosas han cambiado de modo espectacular. Karl Polanyi ha logrado un tardío reconocimiento en todo el mundo como uno de los más importantes pensadores del siglo XX. Lo invocan regularmente tanto eruditos académicos como activistas que ponen en tela de juicio la globalización sin restricciones del libre mercado, y sus escritos forman parte cada vez más del canon central de sociólogos, especialistas de ciencias políticas, historiadores y economistas heterodoxos. En noviembre pasado, la revista Atlantic mencionaba a Karl Polanyi, no a Karl Marx, como pensador social más pertinente para el requerimiento moral del Papa Francisco, ampliamente difundido, sobre los males de la desigualdad social y los límites del mercado no regulado, sólo una indicación del reciente fama de Polanyi. En nuestro libro The Power of Market Fundamentalism: Karl Polanyi’s Critique (Harvard, 2014), sostenemos que su innovador marco teórico podría ser central para el proyecto de revitalizar la tradición socialista democrática.

Las ideas de Karl Polanyi tomaron forma en la Viena de los años 20 en directa oposición a la ortodoxia de libre mercado de Ludwig von Mises, avatar contemporáneo del fundamentalismo de mercado. Ambos pensadores se vieron hondamente influidos por el “experimento de Viena”, el periodo posterior a la I Guerra Mundial de socialismo democrático y municipal impulsado por los trabajadores. Mientras que Polanyi vio en el experimento lo mejor que podía ofrecer el socialismo, este dio motivos al esfuerzo de por vida de von Mises de probar que el socialismo y la “planificación” eran económicamente desastrosos y moralmente corruptos.

Von Mises tuvo poco éxito a corto plazo y la mayoría de los pensadores de la izquierda lo despacharon como un apologista reaccionario de la gran empresa. Pero medio siglo después, su más célebre estudiante —Friedrich von Hayek— se convirtió en inspirador tanto de Margaret Thatcher como de Ronald Reagan, cuando el fundamentalismo de mercado y el neoliberalismo se convirtieron en ideas dominantes de nuestro tiempo. Afortunadamente, Karl Polanyi bien que se tomó en serio las ideas de von Mises. De hecho, La gran transformación constituye un análisis de la naturaleza enormemente destructiva y seductora de la visión del mundo del fundamentalismo de mercado que tan influyente ha sido en los tres últimos decenios.

Desde el inicio del libro, Polanyi ataca el liberalismo de mercado por lo que él llama su “severa utopía”. Los conservadores llevaban mucho tiempo blandiendo el epíteto de “utopismo” para desacreditar a movimientos de la izquierda, pero Polanyi estaba decidido a darle la vuelta a eso demostrando que la visión del sistema de mercado global que se autorregula era la verdadera fantasía utópica. El argumento central de Polanyi consiste en que un sistema económico que se autorregula constituye una construcción completamente imaginaria; como tal, resulta completamente imposible de lograr o mantener. Igual que Marx y Engels habían hablado del “marchitarse del Estado”, así imaginan liberales y libertarios un mundo en el que mermara drásticamente el reino de la política. Al mismo tiempo, Polanyi reconoce por qué resulta tan seductora la visión de una gobernación autónoma del mercado sin Estado. Dado que la política está mancillada por una historia de coacción, la idea de que la mayoría de las cuestiones importantes se resolvería por medio del mecanismo presuntamente imparcial y objetivo de una competencia impulsada por la posibilidad de elegir y el libre mercado reviste gran atractivo.

La crítica de Polanyi consiste en que ese atractivo carece de base alguna en la realidad. La acción de gobierno no supone cierta clase de “interferencia” en la esfera autónoma de la actividad económica, sencillamente es que no hay economía sin gobierno. No se trata únicamente de que la sociedad dependa de carreteras, de escuelas, de un sistema de justicia y de otros bienes públicos que sólo puede proporcionar el Estado. Es que todoslos aportes (“inputs”) claves de la economía — tierra, trabajo y dinero — se crean y sostienen solo a través de la continua acción del gobierno. El sistema de empleo, las disposiciones de compra y venta de propiedades, y las provisiones de dinero y crédito se construyen y sostienen socialmente mediante el ejercicio del poder coactivo del Estado.

En este sentido, la retórica del libre mercado constituye una gigantesca pantalla de humo destinada a ocultar la dependencia de los beneficios empresariales de las condiciones garantizadas por el gobierno. Así, por ejemplo, nuestras gigantescas instituciones financieras insisten en que deberían verse libres de regulaciones entrometidas, mientras que dependen del acceso a crédito barato — en los buenos tiempos y en los malos — de la Reserva Federal. Nuestras empresas farmacéuticas se han resistido con éxito a todo límite por parte del gobierno a su facultad de fijar los precios, a la vez que se atiene a la concesión de monopolios por medio del sistema de patentes. Y por supuesto, la conformidad de los empleados con las exigencias de sus gestores se mantiene por medio de la policía, los jueces y una elaborada estructura de reglas legales.

Polanyi lleva el papel del gobierno y la política al centro del análisis de la economía de mercado. Y al obrar así, abre posibilidades que quedan a menudo obscurecidas en otras corrientes del pensamiento de izquierdas. Si son necesarias las regulaciones para crear mercados, no hay que debatir acerca de regulación versus desregulación sino de qué género de regulaciones preferimos: las destinadas a beneficiar a la riqueza y el capital, o las que benefician al interés público y el bien común? De modo semejante, puesto que los derechos o la falta de derechos que tienen los empleados en su lugar de trabajo siempre se definen de acuerdo con el sistema legal, no debemos preguntarnos si la ley debería organizar el mercado laboral sino más bien qué clase de reglas y derechos de los que los empleados disponen en el lugar de trabajo se definen siempre por medio del sistema legal, no debemos preguntarnos si la ley debería organizar el mercado de trabajo sino, antes bien, qué clase de reglas y derechos deberían conllevar estas leyes: ¿los que reconocen que son las habilidades y talentos de los empleados los que hacen productivas a las empresas o los que amañan el juego en favor de los patronos y el beneficio privado?
De modo implícito, Polanyi ofrece una alternativa a lo que él considera un análisis del marxismo centrado en la propiedad. La propiedad de los medios de producción es la forma básica definitoria de un modelo de producción en el marco marxista; las reglas legales pueden llevar a cabo ciertas modificaciones, pero sólo en los márgenes. Mientras sean agentes privados los que posean los medios de producción, toda concesión a la movilización de la clase trabajadora se retirará cuando las circunstancias requieran que a los patronos se les dé mayor carta blanca.
Polanyi, por contraposición, insiste en que, puesto que el orden económico se constituye por medio de decisiones políticas, la política puede en efecto redefinir el significado de la propiedad. Así, por ejemplo, en el actual sistema de relaciones industriales de Alemania que combina co-determinación, consejos laborales y negociación colectiva con sindicatos, el poder relativo de patronos y empleados es muy distinto del de empresas comparables en los Estados Unidos. Polanyi reconoce que esas disposiciones legales se verán periódicamente contestadas cuando algunos empleados anhelen más poder y autonomía. Pero no hay nada que asegure que esa contestación vaya a tener éxito, el resultado dependerá de qué lado sea más capaz de movilizarse del modo más eficaz en la escena política.

En el título de su libro de 2006, Sheri Berman denominaba a Polanyi teórico de la “primacía de la política”. La política puede imponerse a las prerrogativas de la propiedad tanto mediante la redefinición del paquete de derechos que ejercen los tenedores de propiedad como mediante la alteración del poder relativo de negociación colectiva entre propietarios y no propietarios. Todos conocemos esto intuitivamente; por ejemplo, hay algunas comunidades en las que resulta casi imposible que un casero desahucie a un inquilino gracias a la existencia de una legislación bien dispuesta hacia los inquilinos. Pero Polanyi eleva esta intuición cotidiana a teoría del cambio histórico al definir el socialismo como “la tendencia inherente en una sociedad civilizada a transcender el mercado que se autorregula subordinándolo de modo consciente a una sociedad democrática”.

Tres puntos importantes se siguen de esta definición inusual. En primer lugar, Polanyi no nos ofrece ningún telos, o final predefinido, para este proceso. Acaso desaparezca en última instancia la propiedad privada y se vea substituida por formas diversas de propiedad colectiva, pero es que, sencillamente, no lo sabemos. En segundo lugar, puesto que no hay final de la historia, no habrá final para las luchas y conflictos, y no hay garantías de que no se reviertan los logros democráticos, como sucedió con el triunfo del fascismo europeo. Por último, el núcleo del proyecto socialista consiste en ampliar y ahondar la gobernación democrática de la economía; esta es la única manera de que no se reviertan los logros democráticos.

Polanyi era inequívoco en su defensa de lo que algunos han ridiculizado como “democracia burguesa”: un gobierno parlamentario y el paquete anejo de derechos políticos. Pero también creía obstinadamente que las medidas para ampliar la democracia por medio de derechos politicos equivaldrían a poco sin igual fundamento de derechos sociales y económicos. En los años 20, se vio atraído por la vision de G.D.H. Cole del socialismo gremial, en la que un parlamento electo compartiría el poder último con representantes de los distintos consejos de trabajadores que poseerían y dirigirían empresas. Para los años 40, estaba más en sintonía con las versiones expansivas de la democracia industrial norteamericana, en la que los empleados compartirían el poder con los gestores por medio de un sistema de negociación colectiva que no reconocía la prerrogativa de los gestores de tomar ciertas decisiones por su cuenta.

Todo esto sugiere que la noción de Berman de que Polanyi favorecía la “primacía de la política” no es exactamente correcta. La política no es sencillamente su polo preferido en la dicotomía tradicional entre Estado y mercado. Polanyi, por ejemplo, defiende de modo consistente la presencia de mercados regulados en una sociedad justa. Todavía más importante, Polanyi considera la política y el gobierno como componentes de su concepto más amplio de lo social, que incluye también la sociedad civil, las relaciones sociales y las prácticas culturales. Sería por tanto más preciso referirnos a Polanyi como teórico de la “primacía de lo social”.

Puesto que el mundo ha cambiado de modo notablemente desde la época de Polanyi, tenemos que imaginar para nosotros qué forma debería adoptar la democracia económica en el siglo XXI. Nuestra opinión es que debería consistir en cierta combinación de democracia en el lugar de trabajo, de reformas que democratizarían el sector financiero y una expansión de la democracia participativa a escala local que refuerce las solidaridades sociales necesarias para tener instituciones robustas en la sociedad civil. Los experimentos municipales de presupuestos participativos, sobre todo en América Latina, sugieren que cuando a la gente se le da voz de verdad a la hora de tomar decisiones clave, aprovechan la oportunidad. El ensanchamiento de la democracia a escala local podría ser el inicio de un proceso mediante el cual se revitalicen las democracias parlamentarias, conforme los ciudadanos se vuelven más efectivos a la hora de exigir cuentas a sus representantes.
Esta revitalización constituye una tarea apremiante. En nuestro propio país y en demasiados más, la división entre la clase política y “la gente” aparece cada vez más como una divisoria infranqueable marcada por la hostilidad y una profunda desconfianza. Polanyi sabía muy bien que esta clase de divisoria se ve enormemente exacerbada por las medidas políticas que hoy llamamos fundamentalismo de mercado. Cuando a lo largo de una generación se le dice a la gente que el gobierno no debe tomar decisiones que interfieran con la lógica autónoma del mercado, y cuando los mercados internacionales de bonos pueden dictar la política de las naciones, resulta inevitable que la gente empiece a perder la fe en la gobernación democrática y en su capacidad para ayudar a resolver sus problemas.

Hay demasiado discurso público, hasta en el seno del Partido Demócrata, que acepta y propaga incluso la propaganda derechista de que una recuperación del crecimiento económico requiere austeridad y una mayor deferencia hacia las necesidades empresariales. La realidad es que la austeridad suele tener como resultado comportamientos de captación de rentas y, consiguientemente, más estancamiento y crisis en lugar de inversión productiva. Polanyi nos enseña que los periodos de prosperidad y de crecimiento del nivel de vida fueron, por contraposición, resultado directo de avances democráticos en la política y en la sociedad civil. La mayor prosperidad de la que tengamos memoria en Europa y los Estados Unidos se produjo durante el periodo socialdemócrata — en los años 50 y 60 — cuando las constricciones al sector empresarial eran mayores. En resumen, más democracia y más justicia económica son los cimientos necesarios del camino al socialismo y de una economía más dinámica, próspera y sostenible.

Margaret Somers, profesora de Sociología e Historia en la Universidad de Michigan.
Fred Block, profesor investigador de Sociología en el campus de Davis de la Universidad de California. El libro de ambos sobre Polanyi lleva por título The Power of Market Fundamentalism: Karl Polanyi’s Critique (Harvard).
Fuente:Dissent, primavera 2014
Traducción: Lucas Antón
Sin Permiso

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