Día Internacional contra el VIH. Si tuviéramos los ojos del perro siberiano…

Johanna Barrios

Probablemente varios de mi generación (tengo 35 años), leyeron durante su adolescencia la novela “los ojos del perro siberiano”, del escritor argentino Antonio Santa Ana. Quienes no la han leído, pueden buscarla en internet.

La novela si bien fue escrita a finales de los 90, refleja muchas de las reacciones, estereotipos y prejuicios que hasta el día de hoy replica nuestra sociedad.

En esta pequeña novela se narra, las diversas reacciones que el entorno de una persona diagnosticada como seropositiva tiene que afrontar. Reacciones tales como decepción, repulsión, lástima, o curiosidad son reflejadas en esta novela. En este sentido, yo he podido escuchar exclamaciones de lástima cuando la transmisión fue vertical (es decir de madre a hijo), o cuando fue por alguna transfusión sanguínea (una causa común en la década de los 80s y principios de los 90s), pero también he escuchado expresiones tales como “Seguramente es gay” o “eso les pasa por ser promiscuos”, y esto me hace cuestionarme lo siguiente:

1. Realmente la forma de contagio ¿debe influir en nuestra percepción y trato hacia la persona?…personalmente considero que no. No porque sea homosexual, o sea promiscua, alguien tiene el derecho a decir “Se lo merece”, “era de esperarse”. ¿Por qué debemos sentir empatía o indiferencia según la forma de contagio?
2. Actualmente las personas seropositivas que son diagnosticadas y que tienen el tratamiento requerido, así como un cuidado integral de su salud, pueden tener la calidad y esperanza de vida promedio de su entorno, entonces ¿Qué lo impide?. He tenido la oportunidad de conocer a varias personas que no generan adherencia al tratamiento (no siguen y cumplen el tratamiento requerido), porque muchas veces los comentarios de su entorno, el rechazo de seres queridos, la indiferencia de muchos es algo que lastima y mata mucho más.
3. ¿Existen diagnósticos más “dignos” que otros?. En la novela, al igual que en nuestra realidad, los padres de Ezequiel (el personaje principal), no reconocen el diagnóstico de su hijo, y les comentan a sus amigos y conocidos, que su hijo padece “Leucemia”, ¿Por qué?. Realmente es tan difícil socialmente hablando, aceptar y compartir este diagnóstico; ¿por qué si soy diabética, si tengo cáncer, puedo socializarlo, publicar mis mejorías, tener el apoyo y acompañamiento social; pero si tengo papiloma, o vih, es algo que debo vivir en soledad y silencio?…

Considero que como sociedad aún nos falta educarnos en el tema, tener respeto y empatía con todas las personas, permitirnos y darnos la oportunidad de aprender de cada ser, y al igual que en la historia, ser como el perro de Ezequiel: Sacha… quién según Ezequiel, era el único que lo seguía viendo igual, lo seguía viendo a él, no a su enfermedad.

Todos los seres humanos merecemos un trato digno y respetuoso, acceso a la salud y calidad de vida, y como dice el personaje principal: “Ninguna enfermedad te enseña a morir. Te enseñan a vivir. A amar la vida con toda la fuerza que tengas. A mí el SIDA no me quita, me da ganas de vivir”.

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