A propósito de la visita de Gloria Álvarez a Puebla

Por Crosby Girón

A mí me llamó una colega y me dijo que la famosa se iba a presentar dentro de unas horas. Que si me apuntaba a ir a decirle un par de cosas. Yo no podía tomar en serio a Álvarez por muchas razones. Supe que había causado cierta sensación en España en 2015 por echar pestes contra varios presidentes de izquierda. Después de eso, Álvarez se desgastó mediáticamente. El que la BUAP le permita exponerse como autora de libros ayuda a recuperar esa imagen de académica. Yo supe que unos colegas han rastreado sus nexos familiares hasta la Cuba de Batista, y su cercanía con el anticomunismo en Guatemala. Álvarez representa el resurgir de unas formas de pensamiento absolutista, ahora renovadas bajo el paraguas “teórico” del anarcocapitalismo. Fui al Carolino para constatar esa rudeza y a escuchar lo que tenía que decir. En la mente de Álvarez existe un personaje satánico que odia el progreso y la libertad. Es el socialista, el comunista, el marxista. El enemigo de la libertad está básicamente configurado con estos tres adjetivos de una negatividad profunda, casi como una suerte de entusiastas del resentimiento. Ese es el sustrato del populismo que hoy nos amenaza con engañarnos. Pero el populismo más dañino está representado por aquellos gobiernos, preferentemente de izquierda, aunque la derecha no se salva, que se regocijan en la corrupción, robando a manos llenas porque el ciudadano, o aparente ciudadano, se deja robar. El populismo se basa en vender la idea de que la desigualdad se puede corregir regalando bolsas llenas de alimentos, que en principio, su consumo no tiene un impacto nutritivo fundamental, etc. El populismo está atado estructuralmente al Estado, que como una figura paternal que tiene la obligación de resolver todos nuestros problemas. El populismo, señores, es el culpable de que no haya libertad en el mundo, que no haya libre mercado.

Al principio me dio un poco de risa. En el salón estaba el sociólogo guatemalteco, Carlos Figueroa, y otros colegas académicos, cuyos rostros dejaban entender que no daban crédito a lo que escuchaban. Gloria parecía estar fustigando con lujo de soberbia a una izquierda que cree que el Estado es la solución para todo. Sin embargo, por increíble que parezca, dice Gloria que la única forma de establecer la igualdad entre las personas es la ley. Unos colegas de Guatemala que estaban de visita sugirieron hacer una serie de intervenciones para desmontar su discurso. No se lo logró un acuerdo, la idea era hablar con ella respetuosamente y decirle que sus ideas solo se sostienen desde la perspectiva de la dominación o cosas así. La pareja decidió salir porque escucharla puede llegar a ser una experiencia inverosímil. Sobre todo porque ella también propicia el debate en unos términos que nadie podría señalar de intolerante. Pero que su falta de consistencia contrasta fuertemente con una presencia típica del liderazgo religioso, porque entonces, sobre la base de ciertos dogmas, se construye el marco de comprensión con el que voy a designar a mis seguidores o a mis enemigos ideológicos. Con los enemigos es necesario montar una guerra a muerte. Yo también decidí irme, en primer lugar porque había quedado con Teresa para ir por unos tacos, y porque no podía imaginarme casi desde ningún punto de vista intentar que Gloria entienda que debatir ideas, o en su defecto, desmontar un discurso, no tiene nada que ver con descalificar a tu interlocutor. Mi colega salió conmigo. Fue mi forma de manifestar mi falta de interés. La pareja de guatemaltecos salió y el varón le dijo a Gloria que lo que estaba haciendo también era populista y que explicara el financiamiento que había recibido de políticos guatemaltecos que, desde su propia caracterización, son populistas: el caso de Alejandro Sinibaldi, el ministro de Comunicaciones del gobierno de Otto Pérez Molina. Ella le exigió pruebas, pero inmediatamente volvió a su discurso. Lo más grave se supo después, cuando Figueroa Ibarra y otros colegas denunciaron que la presentación de Álvarez degeneró en amenazas y tensiones.

Honestamente pienso que Gloria Álvarez tiene el derecho de creer en el anarcocapitalismo o en Hari Krisna. Es libre de predicarlo. El problema no es ese, ni siquiera es el que cualquiera se adscriba a una ideología política o no, o que esa ideología pueda ser desmontada críticamente como un mero dispositivo para navegar en el mercado de las ideas. El problema es que su planteamiento es dogmático, y además, parece que ella no es consciente de ese rasgo en su discurso, lo cual le lleva a descalificar a cualquiera que la contradiga o le señale sus inconsistencias. Pero no solo eso, sino también la lleva a, penosamente, plantear sus opiniones, cargadas de prejuicios anticomunistas-socialistas-marxistas, en criterios científicos, como afirmar que la libertad es el libre mercado. Quizá un elemento importante acerca del discurso de Álvarez es que nos hace pensar que la cuestión de la libertad parece estar siendo secuestrada por ideologías extremistas, en este caso el anarcocapitalismo, como bien lo reconoce ella misma. Desde esa perspectiva el gran coartador de la libertad es el Estado, por lo cual, incrementar la libertad será necesariamente reducir el Estado a su expresión más mínima posible, incluso su desaparición. El viejo dilema del Estado como problema necesario o innecesario.

Más allá de que si nos gusta el Estado como horizonte político, las líneas discursivas en Álvarez presentan, con una falta de rigor desconcertante, una visión cerrada de la historia bajo una aparente búsqueda de la libertad. Ese es el discurso que hace falta desmontar, porque solo nos ofrece un futuro sin historia.

Te gusto, quieres compartir