Socialismo, tierra y banca: el 2017 comparado al 1917

Michael Hudson

El siguiente artículo fue escrito en commemoración del centenario de la Revolución Rusa, especialmente para ser leído hoy en Pekín.

Hace un siglo se veía el socialismo como la ola del futuro. Existieron diversas escuelas de socialismo, pero el ideal común era garantizar el sustento de necesidades básicas y una propiedad pública para liberar a la sociedad de los terratenientes, los banqueros depredadores y los monopolios. Estas esperanzas, en Occidente, están más lejos ahora de lo que parecía en 1917. La tierra y los recursos naturales, monopolios de infraestructuras básicas, la sanidad y las pensiones han sido crecientemente objeto de privatización y financiarización.

En lugar de que fueran Alemania y otras naciones industriales avanzadas las que guiaran el camino como se esperaba, fue la Revolución Rusa de octubre de 1917 la que dio el gran salto. Pero los fracasos del estalinismo se convirtieron en un argumento contra el marxismo, una culpabilidad por su asociación con la burocracia soviética. Partidos europeos sedicentemente “socialistas” o “laboristas” han apoyado desde los 1980’s políticas neoliberales opuestas al programa político socialista. Rusia misma ha optado por el neoliberalismo.

Pocos partidos o teóricos socialistas se han preocupado por la subida del sector de Finanzas, Seguros y Bienes Raíces (FIRE, por sus siglas en inglés) que cuenta ahora mismo con el mayor aumento de riqueza. En lugar de evolucionar hacia el socialismo, el capitalismo occidental está siendo superado por finanzas depredadoras y extracción de rentas que imponen una deflación por deudas y austeridad tanto a la industria como a los trabajadores.

El fracaso de la recuperación de las economías occidentales tras las crisis de 2008 está llevando a un revival de las ideas marxistas. La alternativa a la reforma socialista es el estancamiento y la vuelta a los privilegios financieros y monopólicos neofeudales.

El planteamiento de [David] Ricardo sobre la renta de la tierra condujo a los primeros capitalistas industriales a oponerse a la clase de terratenientes hereditarios en Europa. Pero, a pesar de la reforma política democrática, el mundo ha liberado de impuestos a la renta de la tierra y todavía está tratando de resolver el problema de cómo mantener la vivienda asequible, en vez de desviar directamente los fondos de la clase terrateniente –más recientemente transmutados en intereses hipotecarios pagados a bancos por parte de propietarios que comprometen su valor rentista para obtener préstamos–. La mayor parte de préstamos bancarios son hoy día hipotecas de bienes raíces. El efecto provocado es el aumento de precios, hasta el punto en que los valores rentistas son enteramente pagados como intereses. Esto amenaza con ser un problema para la China socialista y las economías capitalistas.

Terratenientes, bancos y el coste de la vida

Los economistas clásicos buscaban que sus naciones fueran más competitivas por medio de sostener a la baja los costes del trabajo con el fin de vender más barato que sus competidores. El principal coste de la vida era la alimentación; hoy es la vivienda. Los precios de la vivienda y la alimentación no están determinados por los costes de producción sino por la renta de la tierra –el creciente precio de mercado de la tierra–.

En la era de los fisiócratas franceses, Adam Smith, David Ricardo y John Stuart Mill, esta renta de la tierra era un privilegio acumulado de la clase de terratenientes hereditarios europeos. Hoy la renta de la tierra se paga principalmente a los banqueros, porque las familias necesitan crédito para comprar una casa. O bien, si la alquilan, los propietarios usan sus rentas dimanantes de la propiedad para pagar intereses a los bancos.

La cuestión de la tierra fue central en la Revolución de Octubre rusa, como lo era también en la política europea. Pero la preocupación sobre la renta de la tierra y los impuestos ha perdido la claridad (y pasión) que guió el siglo XIX, cuando predominaba en la economía política clásica, en las reformas liberales y desde luego en las primeras políticas socialistas.

En 1909/10 Gran Bretaña experimentó una crisis constitucional cuando la Cámara de los Comunes –democráticamente elegida– aprobó un impuesto a la tierra que sin embargo luego fue anulada por la Cámara de los Lores –gobernada por la vieja aristocracia–. La subsiguiente crisis política se resolvió con una norma por la que los Lores no pudieran anular nunca más un proyecto de ley sobre política fiscal que hubiera sido antes aprobado en la Cámara de los Comunes. Pero esa fue la última oportunidad real en Gran Bretaña para poner impuestos sobre las rentas económicas de los terratenientes y los propietarios de recursos naturales. El avance del proyecto liberal de poner impuestos a la tierra se tambaleó, y nunca más tuvo ocasión de abordarse.

La democratización de la propiedad de la vivienda durante el siglo XX condujo a los votantes de clase media a oponerse a los impuestos a la propiedad –incluyendo impuestos sobre establecimientos comerciales y recursos naturales–. La política fiscal en general ha devenido pro-rentista y anti-laborista –el opuesto retrógrado al tipo de liberalismo del s.XIX que promovían los “ricardianos socialistas” como John Stuart Mill y Henry George–. El individualismo económico de hoy día ha perdido la consciencia de clase de antaño, que perseguía gravar rentas económicas y socializar la banca.

Los Estados Unidos promulgaron en 1913 un impuesto sobre la renta que recaía principalmente sobre los ingresos de los rentistas y no tanto en la población trabajadora. Las ganancias de capital (la primera fuente de creación de riqueza) eran gravadas con la misma tasa impositiva que otros tipos de ingresos. Pero los intereses particulares creados abogaron por revertir esta situación, recortando los impuestos a los beneficios y cambiando el sistema impositivo por uno mucho más regresivo. El resultado es que hoy en día la mayor parte de la riqueza no se gana por la inversión en capital en busca de beneficios. En lugar de eso, las ganancias derivadas del precio de activos han sido sufragadas mediante la inflación por apalancamiento de deuda de bienes raíces, acciones y bonos.

Muchas familias de clase media deben la mayor parte de su patrimonio al aumento de precios de sus viviendas. Pero, de lejos, el mayor trozo de pastel de los bienes raíces y las ganancias bursátiles ha ido a parar solamente a un Uno por Ciento de la población. Y mientras el crédito bancario ha permitido a los compradores pujar al alza los precios de vivienda, el precio ha sido sacar más y más ingresos del trabajo para pagar préstamos hipotecarios o rentas. Como resultado, las finanzas son en el presente lo que han sido a lo largo de la historia: la principal fuerza que polariza economías entre deudores y acreedores.

Empresas petroleras y mineras globales crearon convenientemente banderas para declararse ellas mismas exentas de impuestos, simulando que todos sus beneficios de producción y distribución los hacen en paraísos fiscales y zonas libres de transbordo como Liberia y Panamá (que usan dólares americanos, en lugar de ser países reales con sus propios sistemas monetarios y fiscales).

El hecho de que queden prácticamente libres de impuestos los propietarios absentistas de bienes raíces y la extracción de recursos naturales muestra que la reforma política democrática no ha sido una garantía suficiente para el éxito socialista. Las normativas fiscales y la regulación pública han sido apresadas por los rentistas, arruinando las esperanzas de los refomadores clásicos del siglo XIX, según los cuales una política fiscal progresiva produciría el mismo efecto que la propiedad pública directa de los medios de producción y así “el mercado” dejaría de ser una alternativa individualista a la regulación o a la planificación gubernamental.

En la práctica, la planificación y la asignación de recursos ha pasado al sector bancario y financiero. Muchos observadores esperaban que esto evolucionara hacia una planificación estatal, o que al menos funcionara en conjunción con ella, como en Alemania. Pero el “socialismo ricardiano” liberal fracasó, como lo hizo el “socialismo de Estado” al estilo alemán, en el que se financiaba públicamente el transporte y otras infraestructuras básicas, pensiones y otros costes de la vida “externos” similares, y se ocupaba de asuntos que de otro modo tendrían que afrontar los empleadores industriales. Las tentativas de socialismo a medio camino, por medio de políticas fiscales y regulatorias contra los monopolios y la banca, han fallado repetidamente. Mientras se dejen en manos privadas los principales cuellos de botella económicos y políticos servirán de trampolín para subvertir reformas políticas reales. Por eso el programa político marxista iba más allá de estas reformas aspirantes al socialismo.

Para Marx la tarea histórica del capitalismo era preparar el camino para socializar los medios de producción desmantelando el legado del feudalismo: una clase rentista hereditaria, una banca depredadora y unos monopolios que los intereses financieros habían arrebatado a los gobiernos. La vía más fácil era empezar socializando la tierra e infraestructuras básicas. Ese propósito de liberar la sociedad de una carga económica en forma de privilegios hereditarios y rentas no ganadas por parte de “ricos ociosos” era un paso adelante hacia la organización socialista, al minimizar los costes de los rentistas (“faux frais de producción” [falsos costes de producción]).

La reforma proto-socialista en los países industriales líderes

Marx no era en absoluto el único que esperaba que una creciente parte de la actividad económica se desplazara del mercado al sector público. El socialismo de Estado (básicamente un capitalismo auspiciado por el Estado) subsidió las pensiones y el sistema público sanitario, la educación y otras necesidades básicas para evitar que la empresa industrial asumiera todas esas cargas.

En los Estados Unidos, Simon Patten –el primer profesor de ciencia económica en la nueva escuela de negocios Wharton de la Universidad de Pennsylvania– definió la infraestructura pública como “el cuarto factor de producción” junto al trabajo, el capital y la tierra. El objetivo de la inversión pública no era sacar beneficios, sino reducir el coste de la vida y de los negocios para minimizar la factura de salarios e infraestructuras. La sanidad pública, las pensiones, las carreteras y otros transportes, la educación, la investigación y el desarrollo se subvencionaban y proveían gratuitamente.

Las economías industriales más avanzadas parecían evolucionar hacia un algún tipo de socialismo. Marx compartía un optimismo propio de la Era del Progreso, por el que se esperaba que el capitalismo industrial evolucionara de la forma más lógica, liberando las economías del rentismo terrateniente y de la banca depredadora heredados de la época feudal en Europa. Ese fue por encima de todo el clásico programa de reforma de Adam Smith, John Stuart Mill y los intelectuales mainstream.

Pero tras la I Guerra Mundial los intereses creados dieron lugar a una Contrailustración. La banca encontró a lo largo y ancho del mundo occidental un gran mercado de préstamos hipotecarios para los bienes raíces, la extracción de recursos naturales y los monopolios –el modelo anglo-americano, no el de la banca industrial alemana que había parecido ser el futuro financiero del capitalismo a finales del siglo XIX–.

Desde 1980 los países occidentales han revertido las tempranas esperanzas puestas optimistamente en reformar las economías de mercado. En lugar del sueño clásico de gravar la renta de la tierra hereditaria en la que se apoyaba la aristocracia terrateniente europea, el mercado inmobiliario se ha vuelto virtualmente exento de impuestos. Los propietarios absentistas evaden impuestos mediante una combinación de deducción por pago de intereses (puesto que es un gasto necesario para el negocio) y desgravaciones por super-devaluación ficticia por la que se finge que los edificios y propiedades pierden valor incluso cuando en realidad los precios de mercado del suelo están aumentando

Estas exenciones tributarias han convertido a las inmobiliarias en los mayores clientes de los bancos. El efecto ha sido el de financiarizar rentas dimanantes de la propiedad en pagos de intereses. Del mismo modo, en la esfera industrial la cautividad regulatoria promovida por lobbistas de los grandes monopolios ha inhabilitado que se puedan mantener públicamente los precios en concordancia con los costes de producción y prevenir el fraude mediante la disolución o regulación de monopolios. Estos también se han convertido en grandes clientes de los bancos.

El comienzo y el final del socialismo ruso

La mayoría de marxistas pensaban que el socialismo emergería primero en Alemania, puesto que era la economía capitalista más avanzada. Después de la Revolución de Octubre de 1917 Rusia pareció dar el gran salto adelante, la primera nación en liberarse a sí misma de la carga de rentas e intereses heredados del feudalismo. Mediante la toma de la tierra, la industria y las finanzas, el control estatal la Revolución Rusa de Octubre creó una economía sin terratenientes y banqueros privados. La planificación urbana rusa no tomó en consideración la renta de emplazamiento ni cobró por el uso de dinero creado por la banca estatal. La banca estatal creó dinero y crédito, por lo que no había necesidad de depender de una rica clase financiera. Y, como propietario, el Estado no persiguió gravar la renta de la tierra o la renta monopólica.

Al liberar a la sociedad de la clase rentista post-feudal de terratenientes, banqueros y depredadores financieros, el régimen soviético fue mucho más que una revolución burguesa. Los primeros líderes de la revolución quisieron liberar el trabajo asalariado de la explotación, por medio de traer la industria al dominio público. Las empresas estatales proveyeron a los trabajadores alimentación, educación, deportes y actividad de ocio y viviendas modestas.

La tenencia de tierras agrícolas suponía un problema. Dado el papel que jugaba el Estado en una mercadotecnia centralizada, se podrían haber reasignado tierras para fortalecer un campesinado rural y ayudarle a que invirtiera en modernizaciones. El Estado podría haber manipulado precios de las cosechas para succionar ganancias agrarias, como viene a hacer [la gran empresa privada] Cargill en los Estados Unidos. En vez de eso, el programa de colectivizaciones de Stalin libró una guerra contra los kulaks. Esta colisión condujo a la hambruna. Supuso un alto precio para evitar que la renta se pagara a la clase terrateniente o al campesinado.

Marx no había dicho nada sobre la dimensión militar en la transición de un capitalismo progresivamente industrial al socialismo. Pero la Revolución Rusa –como la de China tres décadas después– mostró que el intento de crear una economía socialista tenía una dimensión militar que absorbía la mayor parte del excedente económico. La agresión militar por parte de media docena de países capitalistas avanzados tratando de derribar el gobierno bolchevique obligó a Rusia a adoptar un comunismo de guerra. La Unión Soviética dedicó durante medio siglo la mayor parte de capital a la inversión militar, no a proveer suficiente vivienda o bienes de consumo para su población yendo más allá de la alfabetización, la educación y desarrollo de sanidad pública.

A pesar del gasto militar, el hecho de que la Unión Soviética se librara de una clase rentista de financieros y propietarios inmobiliarios absentistas en teoría debería haber hecho de su economía de bajo coste la más competitiva del mundo. En 1945 los Estados Unidos ciertamente temieron la eficiencia de la planificación socialista. Sus diplomáticos se opusieron a los países soviéticos sobre la base de que la empresa estatal y los precios habilitarían a estas economías vender más barato que los países capitalistas. Por eso los países socialistas quedaron excluidos del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y el proyecto de Organización Mundial del Comercio, explícitamente sobre la base de que estaban libres de las cargas de la renta de la tierra, la renta de los recursos naturales, de las rentas monopólicas y de las finanzas.

Las economías capitalistas están hoy en día privatizando y financiarizando sus necesidades básicas e infraestructuras. Cada actividad se introduce forzosamente al “mercado”, a unos precios que deben cubrir no solamente los costes tecnológicos de producción sino también los intereses, comisiones financieras auxiliares y fondos de garantías para pensiones. El coste de la vida y de los negocios se privatiza todavía más en tanto que los intereses financieros separan carreteras, la sanidad, el agua, las comunicaciones y otros servicios del sector público, mientras que empujan la vivienda y el mercado de bienes raíces a un profundo endeudamiento.

La Guerra Fría mostró que los países capitalistas siguen combatiendo contra economías socialistas, forzándolas a militarizarse para la autodefensa. Se acusaba del opresivo presupuesto militar resultante a la burocracia e ineficiencia socialista.

El derrumbe del estalinismo ruso

La Revolución Rusa finalizó al cabo de 74 años, dejando una Unión Soviética tan desalentada que acabó por derrumbarse. El contraste entre los bajos estándares de vida de los consumidores rusos y lo que parecía un éxito en Occidente fue pronunciándose cada vez más. A diferencia de la política china de construcción de viviendas, el régimen soviético insistió en que las familias se apretaran el cinturón. La ropa y otros bienes de consumo lucían diseños apagados, restringiendo innecesariamente la variedad. Para colmo, la oposición pública a la pérdida de efectivos militares rusos en Afganistán causó un resentimiento popular.

Cuando la Unión Soviética se disolvió a sí misma en 1991 sus líderes recibieron el asesoramiento neoliberal de sus principales adversarios, los Estados Unidos, con la esperanza de que les llevara a la senda capitalista hacia la prosperidad. Pero la conversión de sus economías en potencias industriales viables era la última cosa que los asesores estadounidenses quisieron enseñar a los rusos. Su propósito era el de convertir a Rusia y sus antiguos satélites en colonias de materias primas de Wall Street, la City de Londres y Frankfurt –en víctimas del capitalismo, no en productores rivales–.

Rusia ha ido hasta el más lejano extremo anti-socialista, adoptando un impuesto de tasa única incapaz de distinguir entre salarios y beneficios del trabajo, y entre capital e ingreso de renta no-ganada. Al tener que pagar impuestos sobre el valor añadido (IVA) de bienes de consumo (sin impuestos sobre el trato de activos financieros), los trabajadores tributan mucho más que los ricos.

La mayor parte de “creación de riqueza” occidental se consigue gracias al aumento de los precios de bienes raíces, acciones y bonos mediante el apalancamiento de deuda y privatizando el dominio público. El segundo proceso ha adquirido mayor fuerza desde principios de los 1980 en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher y la América de Ronald Reagan, seguido de países del Tercer Mundo actuando bajo la tutela del Banco Mundial. El pretexto es que la privatización maximiza la eficiencia tecnológica y la prosperidad de la economía en su conjunto.

Siguiendo el consejo, los líderes rusos accedieron a que las principales fuentes de renta económica – la riqueza de los recursos naturales, de los bienes raíces, y las empresas estatales– se transfirieran a propietarios privados (a menudo a sí mismos y a insiders asociados). Se suponía que la “magia del mercado” llevaría a los nuevos propietarios a generar una economía más eficiente como consecuencia de que ganaran dinero del modo más rápido posible.

Cada trabajador ruso obtuvo un “cupón” con un valor de unos 25$. La mayoría los vendieron simplemente con el fin de obtener dinero para comprar comida y otras necesidades, dado que muchas empresas dejaron de pagar salarios. Rusia acabó con los ahorros nacionales con una hiperinflación después de 1991.

No debería sorprender que los bancos devinieran los principales centros de control de la economía, como en las burbujas económicas occidentales. En lugar de la prosperidad prometida se produjo una nueva clase de multimillonarios, encabezados por los Siete Banqueros, quienes se apropiaron del petróleo y el gas, el níquel y el platino, la producción de electricidad y aluminio, igual que los bienes raíces, las infraestructuras eléctricas y otras empresas públicas. Fue el mayor obsequio de la historia moderna. La nomenklatura soviética se convirtió en los nuevos señores en una descarada usurpación que Marx habría caracterizado como “acumulación originaria”.

Los asesores americanos sabían lo que era obvio: el ahorro de los rusos había sido liquidado por la hiperinflación post-1991, de modo que los nuevos propietarios sólo podían sacar efectivo mediante la venta de participaciones a compradores occidentales. Los cleptócratas sacaron dinero como esperaban, vendiendo las participaciones por debajo de coste a inversores extranjeros tan rápidamente, a tales precios de ganga, que la bolsa rusa se convirtió en la que dio mejor rendimiento en el mundo para inversores occidentales en 1994-96.

Los oligarcas rusos manejaron sus transacciones de ventas en el extranjero, en Gran Bretaña y otros bancos fuera del alcance de las autoridades rusas para que no pudieran recuperarlas. Una gran parte se gastó en bienes raíces en Londres, equipos deportivos y viviendas de lujo en los paraísos del mundo para las fugas de capitales. Casi nada se invirtió en industria rusa. Los sueldos retrasados de pago sumaban medio año en muchos casos. Los estándares de vida disminuyeron, junto a la población, puesto que los índices de natalidad cayeron a lo largo del período anterior de economías soviéticas. El trabajo cualificado emigró.

La idea básica de prosperidad neoliberal es la ganancia financiera basada en convertir la extracción de rentas en un flujo de pagos de intereses por parte de compradores a crédito. Esta política favorece la ingeniería financiera sobre la inversión industrial, revirtiendo la Era del Progreso del capitalismo industrial, la que Marx anticipó como un estadio transicional que llevaría al socialismo. Rusia adoptó la línea de retroceso anti-socialista de Occidente hacia un neo-feudalismo.

Los gobernantes rusos no entendieron la Teoría monetaria de Estado, que es la base de la Teoría Monetaria Moderna: los Estados pueden crear su propia moneda, dándole valor por medio de aceptarla para el pago de impuestos. El gobierno soviético financió su economía durante setenta años sin ninguna necesidad de respaldar el rublo con una moneda extranjera. Pero el banco central de Rusia quedó persuadido de que buscar una moneda fuerte requería anclar el rublo con bonos del Tesoro estadounidenses para prevenir la inflación. Los líderes rusos no comprendieron que el dólar u otras monedas extranjeras sólo eran necesarias para financiar déficits de la balanza de pagos, no para el gasto nacional, salvo que se gastara esa moneda en importaciones.

Rusia se unió al estándar del dólar. Comprar bonos del Tesoro implicaba prestar al gobierno Estadounidense. El banco central compró letras del tesoro para respaldar su moneda nacional. Estas compras ayudaron a financiar la escalada de la Guerra Fría en los países de alrededor de Rusia. Rusia pagó un interés anual del 100% a mediados de los 1990, creando una época de bonanza para inversores Estadounidenses. Al fin y al cabo esta política neoliberal yace en una economía rusa abierta al saqueo por parte de instituciones financieras que buscan la renta de los recursos naturales, la renta de la tierra y la de monopolios para sí mismas. En lugar de poner esas rentas en el blanco, Rusia puso impuestos principalmente al trabajo, por medio de un tipo impositivo fijo –una medida demasiado de derechas incluso para que fuera adoptada en los Estados Unidos–.

Cuando la Unión Soviética se disolvió a si misma sus gobernantes no mostraron ningún recelo por la rapidez con la que sus economías se iban a desindustrializar, a consecuencia de seguir el consejo Estadounidense de privatizar empresas estatales, recursos naturales e infraestructuras básicas. Cualquiera que fuera el conocimiento sobre el análisis del capitalismo de Marx (quizás en tiempos de Nicolai Bukharin) había desaparecido hacía tiempo. Es como si ningún gobernante ruso hubiera leído los volúmenes II y III del Capital de Marx (o las Teorías de la plusvalía), donde revisó las leyes de la renta económica y la deuda portadora de intereses.

La incapacidad de Rusia, los países bálticos y otros países post-soviéticos para comprender el sector FIRE [Finanzas, Seguros y Bienes Raíces] y sus dinámicas financieras ofrece una lección objetiva para otros países sobre qué se debe evitar. Invirtiendo los principios de la Revolución Rusa de Octubre de 1917 la cleptocracia post-soviética asimiló la “acumulación originaria” de tierras y bienes comunes de la época feudal. Adoptaron el plan de negocios neoliberal: establecer monopolios, en primer lugar y de la forma más sencilla, mediante la privatización de la infraestructura pública que se había construido, extrayendo rentas económicas y pagando ellos mismos lo resultante en forma de intereses y dividendos.

Ese asesoramiento financiero de Occidente se convirtió en el ejemplo de manual de cómo no se debe organizar una economía. Habiéndose reincorporado en la economía global en 1991 libre de deuda, la población rusa, sus empresas y su gobierno se encontraron prontamente con deudas a causa del desastre provocado. Se podría haber cedido a las familias sus casas, tal y como se les dio a los gerentes corporativos empresas enteras virtualmente gratis. Pero los gerentes rusos eran tan opuestos a la clase trabajadora como codiciosos, como para que se apropiaran de activos del dominio público. El alcance de los precios desorbitados de vivienda en poco tiempo hizo de la economía rusa una de las más costosas del mundo para la vida y para los negocios. Eso contuvo cualquier intención de hacer la competencia a los Estados Unidos o a Europa. Lo que fuera que pasara por marxismo soviético carecía de una comprensión sobre cómo las rentas económicas, y por consiguiente los altos costes laborales, afectaban a los precios internacionales, o cómo los servicios de deuda y la fuga de capitales afectaban a la tasa de cambio de la moneda.

Los enemigos del socialismo anunciaron la muerte de la teoría marxista, alegando que la disolución soviética significaba el fin del marxismo. Pero hoy, menos de tres décadas después, las economías occidentales delanteras están padeciendo un sobreendeudamiento exuberante y un declive de las expectativas de bonanza. Rusia no cayó en la cuenta de que del mismo modo en que su economía estaba quedando obsoleta, también lo estaban las occidentales. El capitalismo industrial está sucumbiendo a un capitalismo de finanzas depredadoras que está dejando las economías occidentales bajo el dominio de la deuda. Las causas subyacentes estaban claras ya cien años atrás: rentistas financieros desenfrenados, propietarios absentistas y monopolios.

El derrumbe post-soviético de los 1990’s no fue un fracaso del marxismo sino de la ideología anti-socialista que está llevando a las economías occidentales al desmoronamiento bajo el dominio de la simbiosis entre el sector de Finanzas, Seguros y Bienes Raíces, y las tres formas de extracción de renta: de la tierra, de los recursos naturales, de monopolios y de intereses (renta financiera). Éste es precisamente el destino que el socialismo decimonónico, el marxismo e incluso el capitalismo de Estado trataron de evitar para las economías industriales.

El lado positivo del período “final” soviético ha sido liberar al análisis marxista de la marxología rusa. El centro de atención de la marxología soviética no era el análisis de cómo los países capitalistas se convertían en economías financiarizadas neo-rentistas, sino fundamentalmente uno propagandístico, cristalizando una política de identidad estereotipada que resultaba atractiva para la clase trabajadora y las minorías oprimidas. La actual vuelta al estudio marxista ha empezado a mostrar cómo la economía global centrada en los Estados Unidos está entrando en un período de austeridad crónica, deflación por deuda y una polarización entre acreedores y deudores

La financiarización y la privatización están sumergiendo al capitalismo en la deflación por deudas

En 1991, cuando los líderes de la Unión Soviética decidieron tomar el camino “occidental”, las economías occidentales mismas se acercaban a un punto final del recorrido. Se salvaban las apariencias gracias a una ola de crédito improductivo y de creación de deuda para sostener la burbuja económica que finalmente estalló en 2008.

Los inconvenientes de esta dinámica financiera no quedaron patentes en los primeros años de la II Guerra Mundial, en gran medida porque las economías emergieron con sectores privados libres de deuda. El boom posterior sufragó a la clase media en los Estados Unidos y otros países, pero se financiaba con deuda, primero por la propiedad de viviendas y los bienes raíces de uso comercial, luego por crédito al consumo para comprar automóviles y electrodomésticos, y finalmente por las tarjetas de crédito usadas simplemente para gastos básicos.

El mismo súper-aumento de deuda ocurrió en el sector industrial, donde se ha incrementado el crédito de bancos y tenedores de bonos, destinado desde los 1980s a adquisiciones corporativas y saqueos de participaciones, reventa de acciones e incluso a pagar dividendos. La industria se ha convertido en un vehículo de ingeniería financiera con el fin de aumentar el precio de las acciones y liquidar activos, no para aumentar los medios de producción. El resultado es que el capitalismo ha caído presa de los intereses de rentistas renacidos en lugar de liberar economías de propietarios del suelo absentistas, la banca depredadora y los monopolios. Los bancos y los tenedores de bonos han encontrado el mercado más lucrativo no en el sector manufacturero sino en el de bienes raíces y el de extracción de recursos naturales.

Estos intereses particulares creados han traducido sus conquistas del poder político en la eliminación de impuestos y el desmantelamiento de regulaciones sobre la riqueza. La contrarreforma política resultante ha invertido la idea de un “mercado libre” para significar una economía libre para los extractores de rentas, no libre de terratenientes, monopolistas y explotación financiera tal como Adam Smith, John Stuart Mill y otros economistas clásicos habían concebido. La palabra “reforma”, tal como se usa en los medios neoliberales de hoy, significa deshacer las reformas de la Era de Progreso, desmantelando la regulación pública y el poder gubernamental –salvo el control por parte de las finanzas y los intereses particulares aliados–.

Todo esto es lo opuesto al socialismo, que ahora se ha hundido hasta el punto más bajo a lo largo y ancho del mundo occidental. En las últimas cuatro décadas se ha visto a la mayoría de partidos europeos y Estadounidenses sedicentemente “socialistas” dar un giro de 180 grados para seguir al Nuevo Laborismo de Tony Blair, los socialistas-solo-de-nombre franceses y los Nuevos Demócratas de Clinton. Apoyan la privatización, la financiarización y un alejamiento de los impuestos progresivos en favor de un impuesto al valor añadido (IVA) que recae sobre los consumidores, no sobre las finanzas o los bienes raíces.

La diplomacia socialista china en el mundo hostil de hoy

Ahora que el capitalismo de las finanzas occidental se está estancando, está luchando todavía más duro por impedir que la crisis post-2008 conduzca a reformas socialistas que re-socializarían infraestructura privatizada y establecerían un sistema bancario público. Representando el contraste entre las economías socialistas y las del capitalismo de las finanzas como un choque de civilizaciones, la diplomacia “occidental” centrada en los Estados Unidos está utilizando la subversión militar y política para evitar una transición del capitalismo al socialismo.

China es el ejemplo más destacado de éxito socialista en una economía mixta. A diferencia de la Unión Soviética, no ha hecho proselitismo de su sistema económico ni ha intentado promover su revolución más allá de las fronteras para que se emulara su doctrina económica. Justo al contrario: para evitar un ataque, China ha dado a inversores extranjeros una participación en el crecimiento económico. El propósito ha sido mantener a los Estados Unidos y otros intereses extranjeros como aliados, como demandantes de las exportaciones de China y proveedores de instalaciones de producción modernas en China.

Eso es lo opuesto al antagonismo que afrontó Rusia. El riesgo es que implica inversión financiera. Pero China ha protegido su autonomía al requerir una titularidad mayoritaria en casi todos los sectores. El peligro principal es interno, en forma de dinámicas financieras y extracción privada de rentas. La gran decisión económica que se le presenta a China tiene que ver con el grado en que la tierra y los recursos naturales deben ser gravados.

El Estado es propietario de la tierra, pero no grava totalmente el incremento de valor o la renta de emplazamiento, que ha hecho ricas a muchas familias. La permisibilidad con que la riqueza inmobiliaria y financiera resultante puede dominar el crecimiento económico supone dos peligros: primero aumenta el precio al que los nuevos compradores deben pagar por su vivienda. Segundo, el aumento de precios de vivienda fuerza a esas familias a pedir préstamos con intereses. Esto convierte el valor rentista del suelo –un valor creado por la inversión pública y privada en infraestructuras– en un flujo de intereses a los bancos. A lo largo del tiempo acaban recibiendo más que los vendedores, mientras se encarece el coste de la vida y de la actividad empresarial. Este es un rumbo que una economía socialista debe evitar a toda costa.

Lo que está en juego es cómo puede China administrar mejor el crédito y la renta de los recursos naturales del modo que mejor se adapte a su población. Ahora que China ha construido una industria próspera y bienes raíces, su mayor desafío es evitar las dinámicas financieras que están sometiendo a Occidente a una deflación por deudas y a un entierro de sus economías. Para evitar estas dinámicas, China debe restringir la proliferación de deuda improductiva creada meramente para transferir propiedades a crédito e inflando precios de activos en el curso del proceso.

El socialismo es incompatible con una clase rentista de terratenientes, propietarios de recursos naturales y monopolistas –los clientes preferidos de los bancos, esperando convertir rentas económicas en cobro de intereses–. Como vehículo para asignar recursos, “el mercado” refleja el statu quo de propietarios y de los privilegios de la creación de crédito en cualquier momento dado, sin considerar para qué es justo y eficiente o predatorio. Los intereses particulares creados afirman que tal mercado es una fuerza inmutable de la naturaleza, cuyo curso no puede ser alterado por la “interferencia” de un gobierno. Esta retórica de pasividad política apunta a disuadir de que políticos y votantes quieran regular la economía, dejando a los ricos en libertad para extraer tanta renta económica e intereses como puedan soportar los mercados a medida que avanza la privatización de bienes raíces, los recursos naturales, la banca y otros monopolios.

Ese rentismo es antitético al objetivo socialista de traer estos activos al dominio público. Es por eso que el sector financiero, los extractores de petróleo y minerales y los monopolistas luchan tan apasionadamente para desmantelar el poder de regulación estatal y la banca pública. Esa es la diplomacia del capital financiero, con el objetivo de consolidar la hegemonía estadounidense en un mundo unipolar. Respaldan esta estrategia con un currículum académico neoliberal que describe las ganancias financieras depredadoras y rentistas como si aumentaran el ingreso nacional, y no describe que simplemente lo transfieren a las clases rentistas. Esta imagen engañosa de la realidad económica plantea un peligro para China al enviar a sus estudiantes a cursar economía en universidades estadounidenses y europeas.

El siglo que ha transcurrido desde la Revolución de Octubre rusa de 1917 ha producido una sustancial literatura marxista que describe cómo el capitalismo financiero ha dominado al capitalismo industrial. Marx se ocupó de esta dinámica en los volúmenes II y III del Capital (y también en sus Teorías de la plusvalía). Como la mayoría de los observadores de su época, Marx esperaba que el capitalismo dara un paso sustancial hacia el socialismo superando la dinámica del capital parasitario, sobre todo la tendencia de la deuda a seguir expandiéndose a interés compuesto hasta que produjera un colapso financiero.

La única forma de controlar los bancos y sus sectores rentistas aliados es abiertamente la socialización. El siglo pasado ha mostrado que si la sociedad no controla los bancos y el sector financiero, estos controlan la sociedad. Su estrategia es bloquear la creación monetaria del gobierno para que las economías se vean obligadas a depender de los bancos y los tenedores de bonos. La autoridad reguladora para limitar tal agresión financiera y la fijación monopolística de precios y la extracción de rentas que respalda han quedado paralizados en Occidente por la “cautividad regulatoria” de la oligarquía rentista.

Las tentativas de gravar ingresos de rentas (la alternativa liberal a traer los bienes raíces y los recursos naturales directamente al dominio público) dan lugar a que se ejerzan presiones en busca de lagunas y evasión, notoriamente a través de centros bancarios situados en enclaves extranjeros para la evasión fiscal y las “banderas de conveniencia” patrocinadas por las compañías petroleras y mineras globales. Esto deja como única vía para salvar a la sociedad del poder financiero, capaz de convertir rentas en intereses, la política de nacionalizar recursos naturales, gravar completamente la renta de la tierra (donde la tierra y los minerales no son directamente llevados al dominio público), y desprivatizar infraestructura y otros sectores clave.

Conclusión

Los mercados no se han recuperado en favor de la industria y la mano de obra estadounidenses desde 2008. El capitalismo industrial ha sido sacrificado ante una forma de capitalismo financiero que cada año que pasa parece más precapitalista (o simplemente oligárquico y neofeudal). La polarización resultante obliga a toda economía –incluida la china– a elegir entre salvar a sus banqueros y otros acreedores o liberar a los deudores y rebajar la estructura de costes. ¿Hará el gobierno cumplir las exigencias de los bancos y tenedores de bonos, o dará prioridad a la economía y a su población? Esa es una eterna cuestión política que han debido abarcar economías pre-capitalistas, capitalistas y post-capitalistas.

Marx describió las matemáticas del interés compuesto expandiéndose para absorber la economía entera como en los tiempos antiguos, muy anteriores al capitalismo industrial. Caracterizó el antiguo modo de producción como uno dominado por la esclavitud y la usura, y la banca medieval como depredadora. Estas dinámicas financieras existen en las economías socialistas tal como lo hicieron en las medievales y las de la antigüedad. La forma en que los gobiernos manejan las dinámicas de crédito y deuda es, por lo tanto, la fuerza dominante en cada época, y debería recibir la más urgente atención hoy, en tanto que China moldea su futuro socialista.
Michael Hudson
es un antiguo economista de Wall Street. Distinguido profesor e investigador de la Universidad de Missouri, en la ciudad de Kansas (UMKC), es autor de numerosos libros, incluidos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire (nueva edición en Pluto Press, 2002). Su nuevo libro es: Killing the Host: How Financial Parasites and Debt Bondage Destroy the Global Economy (edición digital de CounterPunch).
Traducción:
Edgar Manjarín

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