Monterroso y Bárbara

Por Jose Luis Merino

Dos escritores latinoamericanos, a través de la línea recta de los años
Augusto Monterroso

El escritor Augusto Monterroso, era poco obsecuente a las leyes del mercado del libro. Su escritura no le permitía medirse en términos de éxito con los mandamases de la literatura mundialista. Le bastaba para rebasarles (o intentarlo) con tomar el papel del náufrago al que el agua no llega a mojar jamás. Compartía con César Vallejo, Pablo de Rokha, Borges, Lezama Lima y Juan Rulfo la ventura de ser un islote de la mejor literatura en el idioma de Quevedo (“añadan algún islote más, por favor”, hubiera sugerido gentilmente el propio Monterroso).

Escritor anti solemne, sabía que la solemnidad es un recurso del cuerpo para ocultar las fallas de la inteligencia. Si Chejov aseguraba que podía crear un cuento sobre tal o cual objeto que viera, por insignificante que fuera, “ese mantel manchado de vino o la pipa encendida de aquel paisano ajeno a todo”, Monterroso era capaz de escribir sobre cualquier palabra y, aún más, hasta sobre cualquier letra, incluso sobre la letra E.

En su decálogo para escritores propone: “No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre evitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan”.

Leer a Monterroso puede convertirse en la mejor medicina contra los trastornos nerviosos e intestinales, entre otras dolencias.

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El tiempo es una línea recta entre años separados entre sí. Lo tengo comprobado. Me pasó con uno de mis escritores favoritos, el mencionado Augusto Monterroso (autor del cuento más corto y sugerente de la historia: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”). Al proponerle una entrevista por escrito, anunció estar de acuerdo. “Espero ser capaz de contestar a sus tremendas preguntas en un futuro próximo”, respondió, al tiempo de informarme que un año antes había estado en Bilbao con su mujer.

No hubo futuro. Augusto Monterroso dejó de existir el 7 de febrero de 2003. Lo sentí mucho-mucho-mucho. Le estoy agradecido por las horas de felicidad regaladas. Leer a Monterroso es una aventura tan estimulante como las vividas en Las minas del rey Salomón y La isla del tesoro, por poner dos ejemplos volanderos.

Llegado al ahora mismo, algún lector se preguntará a qué viene lo del tiempo y la línea recta. Viene porque diez años después de la muerte de Monterroso, conocí a su mujer. Se llama Bárbara Jacobs. Es escritora. Nació en México. Vive en la capital azteca. Iniciamos desde ese momento una carrera a todo galope de correos electrónicos. A lo largo del medio centenar de correos cruzados, destaco su mente despierta, la calidad en la escritura (a Bárbara le quieren las palabras) y, entre otros atributos perláticos, sobresale la finura de su espíritu, a mucha distancia del petulante avispero de plumillas consagrados y menos consagrados. No deseo bajarme nunca del querible encantamiento de su amistad, línea recta conducente a Bárbara.

[Estas líneas están dedicadas a Almudena, sanitaria del Sur, con agradecimiento]

Monterroso y Bárbara

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