Los cielos de noviembre

Por Jorge Mario Salazar

La primera vez que estuve en un aeropuerto internacional europeo vi el cielo azul cruzado por decenas de estelas blancas que formaban un paisaje impresionante, pues cada una de ellas era un avión despegando con rumbo diferente. A cada 30 segundos se empezaba a formar otra estela y así caí en la cuenta de las diferencias entre el primero y el tercer mundo, según se acostumbraba llamar a las desigualdades globales por aquellos tiempos. Me pregunté si algún día nuestro país cambiaría de estatus.

La memoria me trajo imágenes y explicaciones. Las estelas se formaban por la condensación de aire caliente al salir de los reactores de los aviones a propulsión. Las primeras que vi, boquiabierto con mis amigos, fueron las de algún escuadrón acrobático aéreo de los EEUU en un mes de noviembre a mediados de los años 60. Seguramente aún estaban frescos los vuelos rasos de los sulfatos de los mercenarios que derrocaron a Árbenz y algunos adultos que se juntaron con nosotros a observar el espectáculo comentaban su incomodidad con esos nuevos aviones. ¿Quién podría pelear contra ellos? Si vuelan más veloces que el sonido. Las estelas en el aire y los estruendos que hacían al romper la barrera del sonido eran recordatorios del garrote. Las galletas nutritivas y el aceite de soya de la Alianza para el Progreso eran la zanahoria del tío Sam.

Hoy día se repite el sentimiento de miedo por el garrote yanqui. Aunque los aviones de la actualidad no sean necesarios para doblegar a un país que no cuenta con ninguna fortaleza. Un país que se encuentra dislocado en su idea republicana “de orilla de barranco”, acotaría mi difunto amigo Maximón. En corto, no tenemos Estado, no tenemos gobierno, no tenemos república. Seguimos siendo peones de una finca. El bachiller y policía municipal Arzú hace lo posible por recordarnos esa parte de la realidad. Los poderes separados por la Constitución Política se unen en el contrato silente, en el pacto de sangre y fuego que mantienen los capataces. Resulta que nuestro presidente no preside nada más que su ridícula figura y su discurso banal. El legislativo incumple más que lo que formula leyes y el Organismo Judicial es una vitrina de baratillo donde se venden resoluciones.

Hoy día el garrote gringo necesita deshacerse de sus antiguos socios, elegidos hace 63 años. Cuatro generaciones después de haber apoyado con los aviones P-47. Les toca desmontar todo el andamiaje de la falsa república, de la falsa democracia y del imperio del crimen que tenemos por Estado. Como en una noria en su giro de 180 grados nos permite ver la otra perspectiva, quienes ayer se beneficiaron de la intervención de los sulfatos, hoy tiemblan y maldicen al big brother. Ahora, los cabecillas del crimen organizado se reagrupan alrededor del alcalde Álvaro Arzú, con el mismo discurso del 54, acusando a los funcionarios de los EEUU de ser comunistas, o seguir ideas de izquierda. Como curiosidad para morbo chapín, los hijos de Mario “el Mico” Sandoval Alarcón gestionan ante la OEA la aplicación de la Cláusula Democrática, pidiendo una intervención de la organización para restablecer el orden constitucional del país, roto por los tres organismos de Estado.

La intervención gringa de hoy en Guatemala es una realidad. Desde antes de la Revolución de Octubre. Durante el conflicto armado. Para la firma de la paz. Para el fortalecimiento del Estado de Derecho. Para la homologación de las leyes de inversión. Para la globalización y los tratados comerciales. También ahora que necesitan que otros tomen la estafeta. Y pareciera que no hemos cambiado. Los poderes fácticos son sólidos. Los políticos les son fieles. Los ciudadanos no tenemos alternativa. Los gringos no irán más allá de lo que la sociedad impulse porque tampoco se juegan el prestigio. Tal vez los P-47 no producen estelas como los aviones modernos o como los que vi en aquel noviembre. El problema es que dejaron una estela indeleble en la mente de la sociedad.

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