México: entre el sismo y el comunismo

Daniel Montáñez

¿Quién hubiera podido predecir o imaginar que habría un sismo el mismísimo día que se conmemora el de la tragedia de 1985? Nadie. Las estadísticas arrojaban un 1.3 % de probabilidades de que algo así sucediera. “Ni que lo hubiéramos invocado con el simulacro”, me decía un amigo. Además, no salimos de una y nos metemos en otra, hacía sólo 10 días que otro sismo asoló Oaxaca y Chiapas, en especial la región del Istmo de Tehuantepec, y este martes marcharemos, contra sismos y estados, aunque sea sobre los escombros, para conmemorar los 3 años de desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. Y, aunque vivamos la emoción del comunismo de estos días, los problemas estructurales siguen estando: paramilitarismo, racismo institucional, persecución y asesinato de periodistas, feminicidios… el Estado ha demostrado ser cómplice en muchas ocasiones de estos problemas y absolutamente inútil para resolverlos.

Ojalá, este comunismo espontáneo, que parece habitar lo más profundo del pueblo mexicano desde hace siglos, pueda hacerse más cotidiano, pueda enfrentar también los problemas del día a día. Nos toca impulsarlo, organizarlo, expandirlo. No hay de otra si queremos salir de esta tesitura. He de confesar que en estos días conseguí por fin contestar a la pregunta que siempre me hacen ¿cuándo volverás? ¿por qué llevas tanto tiempo en México? Subido en el metro, abarrotado de voluntarios y voluntarias, se me cayeron las lágrimas y comprendí, en un instante, por qué llevo 7 años en México. Es en estas experiencias donde aquellas palabras del cubano José Lezama Lima toman cuerpo y realidad y pueden dar una clara respuesta: “Porque lo imposible, al actuar sobre lo posible, engendra un posible en la infinidad”.

Es la diferencia entre desbordar y arrasar. El pueblo desborda, el Estado arrasa. Y el uso de las palabras aquí es literal. Mientras el pueblo mexicano se autoorganiza para conseguir más víveres y llegar a todas las zonas afectadas, el Estado amenaza con meter la maquinaria. Pero el pueblo no lo permite. La memoria de 1985 está presente. En aquel año se encontraron supervivientes hasta pasada una semana. El desbordamiento es plural, profesional, sumamente ordenado desde lo que podríamos llamar una intuición organizativa.

En una zona afectada de Morelos encontramos a un mismo tiempo a dos compañeras ingenieras de la Universidad Veracruzana que han venido desde Xalapa para ayudar con las revisiones estructurales, un tráiler organizado por jóvenes que llega desde la Ciudad de México cargado de víveres, experimentados topos y bomberos -que ya estuvieron en el del 85- siguen la búsqueda de supervivientes acompañados de los tan importantes perros y perras que apoyan en las labores de rescate, en la escuela se organiza el albergue, los médicos atienden en los improvisados hospitales de campaña a pie de escombros… pero, además de ser una intuición organizativa, el pueblo también despliega una intuición subversiva. Una imagen puede sintetizar esto: la colleja (“sape” le dicen en México) que le cayó a Osorio Chong, secretario de gobernación, en su llegada a una zona afectada en la que se desplegaba el apoyo social autoorganizado desde hacía varias horas. El pueblo sabe intuitivamente que el Estado y el gobierno no sólo no ayudan, sino que entorpecen y bloquean las labores de apoyo popular efectivo y autoorganizado.

En México, el miedo, la confusión y la desesperación que genera este fenómeno sólo es superada, en cuestión de minutos, por el comunismo. La autoorganización es instantánea, en todos los niveles, desde quitar escombros y sacar heridos, hasta revisar técnicamente edificios, organizar víveres o preparar comida. Minutos: lo prometo. Los rostros de todas las personas cambian radicalmente, las diferencias y jerarquías sociales que nos caracterizan en el día a día sucumben precipitadamente y todo aquello que parecía tan sólido se desvanece en el aire. No hay casi tiempo ni para llorar. La mayoría de lágrimas explotan al sentirse inmersas y participes de tan magno movimiento humano. Había tanta ayuda, que la gran mayoría era rechazada por cuestiones logísticas, la desesperación por querer ayudar y no poder hacerlo era quizás una de las cosas más palpables en los dos primeros días. Luego, llegó el Estado, el gobierno, la policía, el ejército, los grandes medios de comunicación. Ellos tardan siempre más, mucho más. Acordonan, estropean la autoorganización comunitaria, e incluso comienzan a hacer de todo un show mediático que tiene en la mira las elecciones de 2018. Los partidos se apresuran para decir que donaran dinero de las campañas -¡a ver quién da más!-, se inventan rescates de niñas, visitan las zonas afectadas, prometen y prometen… y, mientras, el pueblo sigue ayudando, el metro, abarrotado, transporta víveres y voluntarios. Familias enteras de voluntarios, de todas las edades, bien equipados y equipadas, listas para acudir donde sea necesario.

Lo primero que se nos pasó por la cabeza a muchos era que si temblaba así de fuerte en Ciudad Universitaria, en las colonias del centro tendría que haber sido un desastre. Y así fue. Concentrados en el parking de la Facultad de Filosofía y Letras, bajo un sol acuciante, la desesperación por tratar de contactar amigos y familiares crecía, a la vez que decrecía la capacidad de las líneas telefónicas y de las centrales eléctricas para mantener el suministro de energía. En este momento de confusión varias personas se desmayaron y también hubo los que como yo, y otro amigo, aprovechamos para ir a recoger las cosas del aula. Un encargado de seguridad nos gritaba que si estábamos locos mientras lo hacíamos. Salimos triunfantes con las computadoras, los celulares y las mochilas. Días más tarde me enteré de varios casos en los que el regreso a los edificios por los bienes personales terminó en tragedia. La próxima vez, seguro, dejaremos nuestras cosas.

A las 11 de la mañana, como cada 19 de septiembre, hicimos nuestro simulacro. Ordenaditos, salimos con cuidado a las zonas seguras, pegándonos a los pilares, siguiendo las instrucciones, todo muy despacito. Después de unos minutos, como siempre, llegó el emotivo aplauso, momento en el que aún se puede leer en los rostros la memoria del ya mítico sismo de 1985 que asoló la Ciudad de México en aquel día. Volvimos a las clases y, como si nada, la vida cotidiana regresó a su curso. Por poco tiempo. Pasada una hora, la enorme mesa del aula comenzó a sacudirse con fuerza. La alarma tardó varios segundos en sonar. Temblando, salimos al pasillo, sin siquiera sacar nuestras cosas. A diferencia de hacía un rato, ya no íbamos despacito, ni ordenaditos, tampoco nos pegábamos a los pilares, todo lo contrario, había hasta quien se pegaba a las ventanas. La confusión era total. Algo te paraliza cuando sientes un sismo de esta categoría. No es como un huracán o un maremoto, del que puedes intentar huir. El sismo te rodea, te envuelve, te hace sentir en un instante que ya no estás en tu medio. Y esa sensación se prolonga por varios días.

el Salto

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