Lo que no sabes sobre la industria porno

Por Lux Alptraum.

Durante seis años, me sumergí en el funcionamiento de la industria para adultos. Como editora del blog de pornografía Fleshbot, pasé horas navegando por el lado XXX de internet y familiarizándome con todo tipo de perversiones y actos sexuales poco comunes. En este momento de mi carrera, puedo aventurarme a decir que quizá no haya una imagen pornográfica que logre impactarme. Lo que sí me conmociona, por otra parte, es lo desinformado que es el discurso público en lo que respecta al porno.

En los diez años que han transcurrido desde que escribí mi primera entrada en el blog de Fleshbot, la popularidad del porno por internet se ha disparado. No obstante, aunque el consumo de pornografía se ha convertido en un hábito aceptable, seguimos considerándolo algo exótico e inherentemente peligroso para nuestra salud y felicidad.

Los argumentos que surgen en las publicaciones estadounidenses en la actualidad —y que suelen repetir los lectores— no son muy diferentes de las diatribas en contra del porno que se escriben desde hace décadas. Un artículo publicado recientemente en New York Magazine —que describe a Pornhub, una de las principales páginas de pornografía, como “el Informe Kinsey de nuestra época”— argumenta que la variedad de perversidad que se encuentra en el sitio da lugar a una mayor exploración sexual exótica, entre los usuarios presumiblemente convencionales; otros comentaristas, incluyendo a Cindy Gallop, fundadora del sitio web MakeLoveNotPorn, también han hablado largo y tendido sobre la influencia que tiene la pornografía en nuestros gustos y comportamientos sexuales.

Los periodistas parecen convencidos de que, en primer lugar, si una forma extrema de pornografía existe, es común y cualquiera que vea porno acabará topándose con ella; segundo, que ver pornografía reprograma nuestras preferencias sexuales, generalmente, de formas nocivas y aterradoras y, por supuesto, que la pornografía les da a los niños ideas enfermizas sobre el sexo.

En una cultura en la que hablar abiertamente de sexo es tabú y la industria para adultos está tan estigmatizada, tal vez no sorprende que mucha gente piense que el porno es una sustancia altamente adictiva y transformadora. Sin embargo, la evidencia no sustenta esa hipótesis.

Tiene sentido que los periodistas, cuyos empleos requieren investigación, puedan caer en el agujero sin fondo del entretenimiento para adultos, fascinados ante los productos cada vez más perversos que descubren por casualidad. Pero la mayoría de los consumidores de porno no son periodistas, ni investigadores y los datos de uso sugieren que sus hábitos de consumo de pornografía son bastante más utilitarios.

PornHub, la página de pornografía en línea más conocida, informa que el tiempo promedio que la gente pasa en el sitio es de menos de diez minutos, menos de la mitad de la extensión de una escena porno estándar. Diez minutos no son suficientes para comenzar a adentrarse en las profundidades de la depravación contenida en los videos de PornHub, o incluso para hacer la exploración más somera de géneros y actos sexuales poco conocidos. Se trata, por otra parte, del tiempo justo para entrar al sitio, encontrar un video acorde con tus preferencias establecidas desde siempre, disfrutar los mejores fragmentos y pasar a otra cosa.

Durante el tiempo que llevo en Fleshbot, me ha quedado bastante claro que la gente tiende a llegar al porno con sus propias preferencias sexuales bien establecidas y que, con algunas excepciones, esas preferencias permanecen fijas. Al igual que PornHub, Fleshbot ofrece a los visitantes una amplia gama de contenido, que perfila el porno que resulta atractivo para los consumidores con amplia variedad de orientaciones y preferencias sexuales.

Sin embargo, cuando trabajé ahí observé que estar expuestos al mundo maravillosamente diverso de la sexualidad humana no hacía que los lectores se sintieran más interesados en manías e intereses sexuales poco comunes; si acaso, hacía a los lectores más interesados en varias etiquetas y filtros que les permitirían acceder más rápidamente al contenido específico que satisfacía sus necesidades.

Los hombres heterosexuales que, por accidente, se vieron expuestos a la pornografía gay no se convirtieron en hombres gays por arte de magia; los usuarios comunes que se topaban accidentalmente con series de fotos de manías extremas se quejaban de que debían estar mejor protegidos de, digamos, ver actos sexuales extremos de dominación.

Sorpresivamente, a pesar de la vasta diversidad de contenido que se encuentra en Pornhub, es más probable que los consumidores recurran a contenido más tradicional: durante los últimos tres años, el porno de lesbianas —una categoría que se considera menos fuerte que su contraparte heterosexual— es vista con mucha mayor frecuencia que cualquier otro género.

Mucho antes de estar expuestos a la pornografía, estuvimos expuestos a la cultura pop y tenemos experiencias formativas que nos ayudan a entender qué tipo de gente nos atrae y cuáles escenarios eróticos nos intrigan por lo que tendemos a trasladar eso al porno y no al revés. Algunas personas pueden descubrir que sus gustos se expanden ante la mayor exposición a la pornografía, pero con frecuencia eso sucede debido a una curiosidad o apertura existente: si nos acercamos a la pornografía sin ningún interés específico o sin estar totalmente cerrados a un género en particular, es poco probable que la exposición recurrente baste para convertirnos (a mí, por ejemplo, siempre me ha incomodado el porno que muestra a mis personajes favoritos de caricaturas de la infancia “con las manos en la masa”, y sin importar la cantidad de veces que me encuentre con esas escenas como parte de mi trabajo, nunca me sentí atraída por su erotismo).

Tampoco pretendo decir que todo el porno sea inocuo ni que su impacto en nuestra vida sexual sólo sea positivo. Hay algo de cierto en el argumento en contra de la pornografía que esgrime que esta tiene un impacto negativo en la imaginación y la conciencia sexual de los jóvenes. No obstante, eso se debe principalmente al hecho de que la pornografía (que, si bien algunas veces es educativa, más bien suele ser una fantasía extremadamente inexacta) se consume en una cultura en la que la educación sexual es mínima, basada en el miedo y, con frecuencia, inexacta; en la que para los padres hablar de sexo es una tarea vergonzosa que se tiene que hacer lo más rápido posible y en la que la cultura popular promueve una dicotomía confusa de virgen/prostituta que alienta la exploración sexual, en tanto que sataniza la “promiscuidad”.

Debido a todo esto, no debe sorprendernos que el porno pueda confundir, o incluso marcar a los jóvenes y que eso pueda tener un impacto negativo en su capacidad de relacionarse con futuras parejas. No obstante, eso dice menos sobre la naturaleza de la pornografía que sobre los peligros de una cultura que deja algo tan importante y esencial como la educación sexual en manos de una industria dedicada a crear fantasía y entretenimiento.

Es fácil criticar la pornografía, y resulta divertido reírse nerviosamente ante los actos sexuales exóticos o desconocidos que la industria para adultos está tan feliz de explorar. Sin embargo, posicionar a la industria de la pornografía como una fuerza todopoderosa que llegó para hacer estragos en nuestras vidas sexuales nos desvía del problema actual al que nos enfrentamos. Si queremos una alternativa a la visión del sexo que se presenta en la pornografía, necesitamos comenzar por hablar abierta, honestamente y sin vergüenza sobre el sexo.

Necesitamos olvidarnos de que el sexo es un tema tabú y comenzar a considerarlo un aspecto ordinario de la vida, uno del que los jóvenes deben recibir educación sobre su complejidad tan peculiar, maravillosa y enriquecedora. Si creamos una cultura en la que la sexualidad se acepte como una parte saludable y positiva de la vida, entonces podremos valorar el porno como la fantasía alocada y poco realista que siempre tuvo la intención de ser.

Lux Alptraum escribe sobre sexo, cultura pop y feminismo y es autora de un libro que está por publicarse sobre nuestra obsesión cultural con la deshonestidad femenina.

Fuente: New York Times

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