Que no nos detenga el lenguaje de la derecha reaccionaria

César Antonio Estrada Mendizábal

Las fuerzas conservadoras, reaccionarias, las que quieren conservar el statu quo que las favorece y mantener así sus privilegios en detrimento de las mayorías, los explotadores de las personas y de la naturaleza, la derecha, en una palabra, tienen dos formas de imponerse para asegurar sus intereses: la fuerza de su Estado con sus leyes y sus aparatos represivos, y el convencimiento de los subalternos por medio de todos sus recursos ideológicos; y es aquí, en este segundo punto, donde el lenguaje, las ideas, el discurso prevaleciente, ejercen su efecto. Ahora que nuevamente se reactivó la protesta social para luchar contra la omnipresente corrupción que drena los recursos del pueblo, contra la impunidad sostenida por nuestro venal sistema judicial, contra el caduco orden político que nos atrapa, ahora que se presenta otra oportunidad para reclamar la creación de un nuevo Estado que responda a los intereses populares, se oyen altisonantes y necias las voces de los agentes del poder económico y de las mafias (¿no serán, acaso, lo mismo?) en los medios corporativos de comunicación, en internet y las redes sociales, que nos quieren disuadir de nuestro empeño por empezar a salir adelante con una sociedad más humana, justa y democrática.

Las formas de expresión, el lenguaje que los conservadores usan para convencernos es muy variado, rebuscado a veces, pero puede ser desenmascarado para no dejarnos engañar: como decía Ignacio Ellacuría (uno los jesuitas de la Universidad Centroamericana, UCA, asesinado por el ejército salvadoreño) se puede desideologizar. Eufemismos, mal uso de los términos y de los conceptos, calumnias, simples mentiras, en fin, todo un arsenal de armas psicológicas. Veamos brevemente algunas falacias que la derecha usa para desacreditar y debilitar las protestas.

“Los manifestantes son de izquierda, son comunistas”:
Al menos desde los comienzos de la guerra fría, desde la oposición al gobierno revolucionario de Árbenz y en toda la guerra contrainsurgente se llamó “comunista” a todo opositor, a todo aquel que pensara diferente y propusiera cambios sustanciales en la sociedad. En esta falsa categoría entraban marxistas, socialistas, socialdemócratas, demócrata-cristianos, miembros del clero, catequistas de la Iglesia católica, cooperativistas, sindicalistas, estudiantes y profesores universitarios y de secundaria, campesinos, indígenas, mujeres, jóvenes, personas con pensamiento de centro político, en fin, todos los que se atrevieran a pensar en alternativas a las dictaduras oligárquico-militares. Por supuesto que hubo gente de izquierda, es decir mujeres y hombres que lucharon por la igualdad social, por la eliminación de la explotación y por la construcción de relaciones sociales más humanas. Derecho tenían y tienen de hacer sus planteamientos y tratar de cristalizarlos pero los dueños del poder nunca han escuchado razones que contradigan sus intereses fundamentales. De modo que no hay que preocuparse ni cuestionarse mucho si le dicen a uno izquierdista.

“Los que actúan para reclamar sus derechos y cuestionar la institucionalidad son terroristas”:
Terrorista es el sambenito (letrero que se ponía antiguamente a los penitentes) que inventó el régimen de Bush después del bombardeo de los edificios de Nueva York para referirse a los supuestos enemigos del imperio, desde Bin Laden hasta los ecologistas. Nada que ver con el significado real de la palabra que sirve para referirse a la dominación por el terror, o a perpetrar actos violentos para infundir pavor. Entonces, no nos dejemos engañar, quienes encerraron a los inmorales e incompetentes diputados (hay unas pocas y dignas excepciones) en su guarida, en el Congreso Nacional, no son terroristas ni secuestraron a esos señores. Eran simplemente ciudadanos, jóvenes, hombres, mujeres e incluso niños que, hartos del irrespeto y de los abusos de estos politiqueros, los presionaron, los obligaron a oír las demandas de la población y les impidieron abandonar su refugio por varias horas.

“Las manifestaciones deben ser pacíficas”:
¿Qué quieren decir con esto?, ¿es que acaso somos violentos por naturaleza y sin razón, y no nos podemos controlar?, ¿o somos psicópatas sin contacto con la realidad y con graves problemas de conducta social? Nada de esto, por supuesto. En realidad, lo que los distintos órganos del gobierno, las cámaras empresariales, la prensa conservadora, ciertas iglesias de orientación neopentecostal y hasta algunos directivos de la Universidad de San Carlos quieren decir con el adjetivo “pacífico” es simplemente que no quieren cuestionamientos serios, que no aceptan la oposición clara, categórica y firme que propugne y defienda los cambios sustanciales que Guatemala necesita. Según ellos, una manifestación que insista, que no ceda, que vaya al fondo de los problemas y haga conciencia en la ciudadanía, que no se deje intimidar por las fuerzas policiales y que se desplace incluso por donde las autoridades le niegan el paso, negándose a desmovilizarse y volver a casa cuando le sea ordenado, no es pacífica, es violenta y, por lo tanto, no tiene razón, sus demandas deben ser rechazadas y se le puede reprimir. Algunos incluso no usan la palabra manifestación para referirse a ellas sino las llaman “marchas” para ocultar o aminorar su carácter contestatario, como quien dice simples caminatas o paseos “cívicos” donde se soplan bubucelas y se portan banderas celestes por puro entretenimiento o espíritu recreativo.

No caigamos en esta trampa; podemos organizarnos y llegar a acuerdos, encontrar una dirigencia idónea, superar el puro horizontalismo colectivo y manifestar públicamente nuestras demandas sociales y políticas, sin temor a que nos llamen “no pacíficos” o violentos.

“Los buenos guatemaltecos –los chapines dirán algunos– evitan la polarización y respetan la institucionalidad”:
Guatemala está polarizada desde tiempos de la conquista española hasta nuestros días y no es por nosotros, los pueblos indígenas y la población ladina o mestiza que no somos dueños de la tierra, de las industrias extractivas, de las plantaciones de azúcar y de palma africana, del comercio y de la banca, de los medios de producción. Nuestras demandas surgen precisamente de esta polarización entre quienes todo lo tienen, todo lo deciden, y los que trabajamos, creamos valor o contribuimos a ello a cambio de un salario y estamos al margen de la conducción de nuestro país. Es decir, la desigualdad, la existencia de estos dos polos no son creación nuestra; todo lo contrario, nuestras propuestas van encaminadas precisamente a reducir estas inequidades que dan lugar a la polarización.

Por último, en cuanto a la sacrosanta institucionalidad, la cuasidivina legalidad, la inviolabilidad de la Constitución y de los órganos estatales, digamos sólo que no han caído del cielo, que no nos la hemos dado nosotros y que, como toda construcción social, pueden ser cambiadas y no son eternas ni naturales.

Podríamos extendernos en esta consideración de las trampas ideológicas que nos tiende la oscurantista y recalcitrante derecha guatemalteca –una de las más atrasadas de nuestra América–, de sus llamados al diálogo vacío y retardatario para disuadirnos de nuestros propósitos por empezar la recuperación de nuestro país, pero podemos detenernos aquí y empezar a enfocar nuestras energías en la indispensable unión de los distintos sectores sociales, urbanos y rurales que nos conduzca a una Guatemala más humana y democrática para todos. No podemos perder más oportunidades.

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