Cultura de masas e industria del entretenimiento

Por Mario Campuzano

La rebelión de las masas, que preocupara a Ortega y Gasset porque en lugar de obedecer querían mandar, ha devenido en el control conformista y la manipulación de las mismas en el seno de la llamada cultura de masas entendida como aquellas formas de expresión cultural que atraen a los individuos en condiciones donde se encuentran influenciados por masas reales o fantaseadas, es decir, en condiciones donde la psicología de las masas opera sobre ellos (Kernberg, 1998). En este sentido, las masas no tienen que estar reunidas físicamente en el mismo lugar; el mismo efecto psicológico se logra cuando, por ejemplo, multitud de televidentes individuales –cada uno en su hogar– ven el mismo noticiero o programa televisivo de diversión, o se conectan en internet para la misma noticia o fuente de información. La industria del entretenimiento a través de la prensa, radio, cine y televisión, redes sociales, así como las discotecas, son la expresión contemporánea más acabada de este fenómeno, así como el deporte como espectáculo.

El autor señalado correlaciona la visión que surge de la cultura de masas, “asentada en el convencionalismo y conformismo, con el mundo interno de la etapa de latencia del niño, es decir, esa etapa que transcurre entre los cinco y diez años de edad”.

En esta época, el Superyo, instancia interna de autocontrol que deriva de los valores familiares y sociales, todavía no se independiza de la moral de los padres y de la Cultura, mostrando una hiperdependencia de nociones morales convencionales en formas muy simplificadas, como el bueno y el malo de la película, sin matices ni contradicciones. Simultáneamente, hay deseos y fantasías de independencia y poder que hacen que el niño/a se interese por las historias de aventuras, con héroes e ideales que proporcionan modelos de identificación al futuro. La estabilidad narcisista en esa edad en la contemporaneidad suele lograrse, de acuerdo con el autor citado, “mediante la identificación con los superhombres o supermujeres, héroes osados que destruyen a los monstruos peligrosos, todo esto dentro de la estabilidad de un hogar amoroso y seguro”.

En cuanto a las teorías psicoanalíticas sobre el convencionalismo, este autor, después de revisar a los freudo-marxistas, se centra en las aportaciones de dos autores diferentes: Mitscherlich y Lasch, que destacan el bloqueo cultural al desarrollo del Superyo y, en contraste, el estímulo a los caracteres narcisistas que suelen estar poco desarrollado, todo esto logrado a través del deterioro cultural de la función paterna que plantea y estimula valores que rigen el comportamiento personal (y de la consecuente pérdida de las exigencias sobre los hijos derivadas del ejercicio de esta función, y que, en casos extremos, cada vez más frecuentes, llega a la abdicación del sentido mismo de la exigencia), del colapso de la familia como sistema de guía moral y de la gratificación instintiva inmediata con ausencia de un sentido de responsabilidad individual. Esto lleva a un circuito contemporáneo terrible, propio del neo-liberalismo y la postmodernidad: el trabajo anónimo complementado con el entretenimiento de masas también anónimo, en un clima cultural de irresponsabilidad.

industria del

entretenimiento y masas

Por su importancia para el fenómeno postmoderno de la cultura de masas, Kernberg señala que la formación de grupos preedípicos, o sea, de grupos que funcionan en un nivel de inmadurez, de in-fantilismo, “puede provocarse también mediante el placer que se siente en la experiencia regresiva al formar parte de un proceso grupal, y por el goce de la fusión regresiva con los otros, derivado de los procesos generalizados de identificación en la masa”. Para ejemplificarlo, acude al concepto de Canetti (1960) del “gentío festejante”. Y concluye, remarcando la infantilización: “El atractivo de la cultura de masas consiste en facilitar una regresión grupal inducida por el entre-tenimiento de masas, el cual se estructura para apelar al nivel de latencia.”A esto hay que agregar la dimensión económica, a saber, el neoliberalismo que produce condiciones que impactan en todos los ámbitos, donde perdemos importancia como ciudadanos para quedar como meros consumidores sujetos al imperio del mercado. La importancia económico- política de poder producir agrupamientos preedípicos, o infantilizados, mediante el placer de la experiencia regresiva es que reúnen un ideal capitalista de control social: son eficaces, ren-tables y reproducibles al infinito. Un mundo feliz, de Huxley, no está por venir; ya está aquí. Y el soma es muy variado, no necesita incluir drogas, basta con la re-gre-sión gozosa y se pueden ir agregando nuevos elementos, en especial el impacto de los sentidos, como el visual y el auditivo; y cuando esto se considera insuficiente se adicionan drogas psicotrópicas, entre las cuales no sólo se cuenta con el alcohol, sino con múltiples drogas naturales y sintéticas (o de diseño, para utilizar el eufemismo encubridor en boga) y en especial con el éxtasis –popularmente conocido como tacha–, la droga del amor en su expresión primaria de erotismo indiferenciado e infantil.

Con y sin drogas, el estímulo al agrupamiento preedípico infantilizador es claro: los nuevos géneros bailables tienden a ya no ser de pareja, sino colectivos, en relación al estímulo de una sexualidad infantil. Y en los salones de baile las gentes pueden practicarlo en pareja, en grupo o –cada vez más– de forma solitaria, da igual.

En cuanto al mundo de las drogas, una revista especializada ya desaparecida ha descrito los fenómenos contemporáneos acordes con el análisis anterior.

“Al igual que en los 60, cuando la música jugó un papel importante para la construcción de identidades juveniles globales, la década de los 90 ha marcado una ruta clara entre formas de expresión cultural, artística, juventud y drogas.

De ahí proviene el concepto de tribus globales; son culturas juveniles que empezaron en calidad de fenómenos musicales incorporando estilos de vida de los músicos y drogas específicas, por ejemplo el hip hop de Nueva York que se volvió global por medio de mtv.

Un signo relevante de esta nueva mancuerna ar-te-droga, es la organización de eventos lúdicos y ex-peri-mentales. Son conciertos que buscan recuperar el sen-timiento de hermandad entre la juventud rescatando lo místico del vivir. Estos ritos se basan en la música electrónica diseñada para viajar y los disc jockeys son los chamanes. En la fiesta hay gentes con antorchas haciendo malabares, otras bailando de todas las for-mas, en un pie o inclinados en ángulos imposibles; la música te desprende, busca fundirte con el entorno que es cambiante a cada instante…” (Rodiles, J. “Drogas, usos y costumbres”, en Liberaddictus, No. 45, México, 2000).

El círculo de control y manipulación social contemporáneo comprende, por tanto, varios elementos: una práctica empírica y una tecnología para producir agrupamientos preedípicos (con la psicología de masas correspondiente) como forma de control social eficaz, autosustentable y rentable, así como reproducible y variable, dando lugar a masas dependientes, conformistas y simplistas, y un estilo de liderazgo compatible con estas formas de agrupación que se caracteriza por ser promotor y vendedor de ilusiones y que se aloja en líderes de estructura narcisista, a veces con expresiones abiertamente psicopáticas. Y, de manera destacada, el uso de los medios de difusión masiva como los ins-trumentos para lograrlo, así como una cultura consumista que promueve este estado de cosas por diversos mecanismos pero, destacadamente, mediante la pro-ducción social de deseos para los cuales ya se han pro-ducido los objetos de consumo que, supuesta e ilusoriamente, los “podrán satisfacer”.

La visión de los líderes

en la cultura de masas

Este análisis quedaría incompleto si no se incluye una aproximación a las sensaciones del líder. En la parte experimental-clínica de los grupos grandes trabajados por algunos psicoa-nalistas ingleses y franceses (como Kreeger y Turquet, así como Anzieu y Chasseguet-Smirgel) no se aborda ese tema, pero un psicoanalista mexicano que trabaja una variedad de los grupos grandes que llama grupos mamut (José Luis González Chagoyán, 2001) me ha relatado sus sensaciones contratransferenciales en dichos grupos, mismas que son de poder omnipotente muy gratificante, como la de “tener al grupo bajo control” y de poder llevarlo –en consecuencia– por donde se desee. Es sólo recurriendo a preceptos éticos y a la conciencia de que la experiencia debe llevar a fines terapéuticos y/o de crecimiento, que se puede controlar esta fuerza omnipotente potencialmente destructiva, lo cual requiere un psicoanalista con sentido moral y buena formación teórico-técnica.

Por otro lugar –el del ejercicio del liderazgo político–, José Vasconcelos (El proconsulado, 1946) cuenta una experiencia semejante durante su fallida campaña de 1929 por la presidencia de la República:

Según avanzaba mi gira democrática, me sentía dueño de mi posición, más diestro en el manejo de esa potencia hipnótica que el orador ejerce sobre su público. De mudo que antes era, me había transformado en uno que dice lo que quiere con facilidad y decisión, aunque sin elegancia. Y ya sea por el mito que en torno al personaje se va formando y a uno mismo contagia, ya fuese porque la grandeza del propósito nos exalta, el hecho es que adquiría un dominio colectivo casi físico por medio de la palabra y el gesto que hacen de la multitud el eco de nuestras emociones, el brazo de nuestras fobias y el empuje de nuestros ideales.

En las sensaciones del líder se encuentran las propias de la elación o euforia narcisista, así como las de triunfo maníaco sobre el objeto-grupo (u objeto-masa). Y es, precisamente la elación narcisista (como señala Chasseguet-Smirgel), la que conduce al reencuentro entre el yo y el ideal, la que lleva a la disolución del Superyo. En otras palabras, la omnipotencia del narcisismo infantil supera los controles morales del Superyo; el deseo se impone a las prohibiciones de la cultura.

Por eso el control capitalista actual de las subjetividades y el manejo de los ejecutivos altos y medios en las grandes empresas, especialmente las trasnacionales, se concentra en la seducción narcisista, en la manipulación de los individuos por este sensible medio.

Ese es el mundo que vivimos en la actualidad y esos son sus riesgos. Más vale conocerlos •

La Jornada

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