Ficción: Una teoría de conspiración

Jorge Mario Salazar

El despacho presidencial quedó vacío después del horario de trabajo. Comenzaba un fin de semana largo, aún en contra de los intereses empresariales que le insistían en la necesidad de un liderazgo fuerte y asertivo que brinde confianza a los mercados e incentive el clima favorable a los negocios. Sin embargo, horas más temprano se anunció que el Estado ordenaba un puente entre el día de feriado y el fin de semana, anunció el vocero oficial: un feriado largo para olvidar tantos problemas.

No obstante, un par de horas más tarde, los pasillos empezaron a tener otra actividad muy diferente. Los uniformes militares y los trajes oscuros con zapatos muy brillantes se fueron acomodando en las salas contiguas al despacho, mientras los miembros del consejo de seguridad nacional se acomodaban alrededor del señor presidente. Uno de los de traje negro tomo la palabra y dijo sin preámbulos: “Tal y como lo acordamos, echaremos a andar el plan vuelta al futuro, con lo que mataremos tres o cuatro pájaros de un tiro. Ya sabemos que esto es confidencial, por lo que ninguno se asomará al público, con excepción del Sr. Presidente, cuando sea el momento exacto”.

“Veamos cómo están las cosas. ¿Qué nos tiene el delegado del MG?” “Señor,” dijo solícito el personaje señalado, “ya se levantaron las alertas pertinentes y se han filtrado al público por los medios de comunicación de que se esperan ataques de las maras a las estaciones de policía. Ya están concentradas todas las fuerzas élite y los agentes disponibles en las comisarías. Todos los elementos están en apresto”. Dijo con precisión. “Únicamente falta definir cuál será el punto del incidente de reforzamiento, pero ya está preparado el dispositivo.” En ese momento, el presidente se tragó lo que quedaba de whisky en su vaso de un sorbo y preguntó. “¿Qué es eso que mencionás?” “Es de lo que habíamos hablado Sr. Presidente” respondió el personaje que parecía ser el coordinador de la reunión y bebió un trago de su vaso. “El feriado largo nos sirve para bajar la tensión y sobre todo mitigar el efecto que los medios de comunicación tienen sobre el estado de ánimo del público. Ellos se relajarán pero mantendrán en su inconsciente un mecanismo de alerta por la noticia que distribuimos sobre los ataque a la policía”.

“Ajá, pero ¿qué es el reforzamiento ese que dijistes?” Insistió el presidente. “A eso iba, señor. Entonces vamos a tener un estado generalizado de bajo estrés, pero con el agravante de que pueden haber sumido mucho su temor, debajo del disfrute, acuérdese que hay clásico de fut, hay ofertas de medio año, poco tráfico, casi cero noticias. Entonces, necesitamos alertarlos otra vez, pero ésta de una manera sutil y controlada”. “¿Me explico?” preguntó mirando fijamente a los ojos del presidente, quien mirando hacia el cielo y haciendo un giro a su cabeza, como quien busca una respuesta sobre las paredes y el cielo raso, respondió estirando la boca, queriendo arrancar una sonrisa a su interlocutor, “no, no me queda claro”. “Pues bien Señor Presidente, se trata de realizar un atentado controlado, con bajas calculadas, pero aparatoso y de mediano impacto mediático. Y esto es un atentado contra una patrulla de la policía.” “¿Recuerda que lo hablamos?” “porque si se le olvida uno de estos pasos, podemos tener respuestas inesperadas a preguntas no calculadas y el tiro nos sale por la culata.” “Ah, entonces eso será antes de…” Dijo el presidente con el rostro iluminado.

El siguiente trago que el presidente se echó de tesón, terminó de ablandarlo y se acomodó en la poltrona con la cabeza hacia atrás. El coordinador lo miró con ira contenida y suspiró profundamente, se bebió un trago de su vaso y mirando a los demás, pronunció lentamente con palabras muy claras: “prosigamos, esperemos que no haya más interrupciones, ya se va a dormir. Recordemos que todos los pasos serán muy bien medidos, que de esta reunión depende que logremos eliminar a un posible nuevo fiscal y podamos llevar a alguien afín a nosotros, también depende que nos podamos volar a ese ministro afín a los gringos y subamos a uno nuestro, que amarremos la pena de muerte en el Congreso y que saquemos dinero para la construcción de cárceles que luego serán nuestro negocio”. “Pregunto: ¿Estamos claros?” Se escuchó un sí unánime.

“Entonces, usted,“ dijo con autoridad, señalando a otro personaje pálido y flaco de movimientos largos y mirada aguda, “explíquenos cómo le va a hacer la mara para armar el zafarrancho en el Roosevelth y que casualties tendremos, en que momento entraremos al escenario. Todo clarito y preciso.”

Te gusto, quieres compartir