Lo racistas y clasistas no se los quita nadie.

Mario Rodriguez

Donald Trump tardó dos días para condenar el ataque terrorista de los fascistas gringos en Charlottesville, Virginia. Cuando lo hizo, varios congresistas de su propio partido habían condenado el hecho, incluido el senador John McCain que llamaba a la “unidad contra el odio y el racismo”.

Los ultraderechistas, neo nazi y agrupaciones de supremacía blanca actuaron bajo el ya célebre eslogan “Make America Great Again” que utilizó Trump durante su campaña. Por eso el presidente en su primera comparecencia ante la prensa eludió la condena. También explica porque los portadores de esos grupos agradecieron el gesto.

Las ideas racistas y fascistas deben ser combatidas, sin duda, con bastante determinación. Y los actos terroristas también. Pero una cosa es condenar los hechos y otra cosa es confundir a la ciudadanía aprovechándose de las circunstancias para inventarse una relación que solo en mentes perversas puede caber. Eso hizo Juan Carlos Zapata, director ejecutivo de Fundesa y Gloria Alvarez la ex integrante del MCN al mezclar los hechos de Virginia con las reivindicaciones de los movimientos indígenas y campesinos guatemaltecos.

Una de las cosas complejas que tiene el racismo es que enreda a todo aquel que quiere aparentar pureza y franqueza al mismo tiempo. La élite política guatemalteca niega que sea abiertamente racista, pero sus acciones contradicen sus palabras. Y eso le sucede ahora a esos actores políticos que presumen de ser libertarios.

Los dos jóvenes políticos no desaprovecharon la oportunidad para atacar al movimiento indígena y campesino, relacionando el interés económico y el desprecio que estos individuos sienten por las poblaciones originarias del país, con una condena simbólica de su parte de una acción terrorista proveniente de la ultra derecha gringa.

La diferencia entre los racistas gringos y estos es que aquellos lo asumen públicamente sin sentir el menor remordimiento por su actitud de odio. Mientras que los racistas locales, se esconden en comportamientos políticamente “correctos”, adoptando una actitud absurda que solo denota su postura racista y clasista al mismo tiempo. Se sienten con el derecho de configurar las conciencias locales sobre hechos que a todas luces no tienen ninguna relación, ni son equiparables.

En esta ocasión ni siquiera el interés moral permitió disimular la actitud clasista que tienen, y al dar rienda suelta a su interés económico, se mostraron en toda su plenitud. La manera soberbia utilizada para intentar desprestigiar al movimiento indígena y campesino de esa forma no hizo más que retratarlos como primitivos reaccionarios portadores de las posturas promotoras del terrorismo y del genocidio local.

Vaya nuestra condena y repulsa por igual a los fascistas gringos y a las derechas locales racistas y clasistas que se muestran por aquí.

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