De clases y conferencias en nuestras universidades

César Antonio Estrada Mendizábal

Hay hechos o situaciones que uno experimenta cotidianamente y que en apariencia no tienen importancia pero que, viéndolos con más atención, son manifestaciones del estado más profundo de las cosas: nos dicen algo de cómo estamos realmente, algo así como los síntomas de una dolencia que no queremos reconocer. Así, hace unas dos semanas tuve la oportunidad de asistir a dos buenas conferencias, de contenido relevante y con conferencistas nacionales de primera. Una fue en nuestra Universidad Pública, con motivo de los ciento cincuenta años de la publicación de El Capital de Marx, en una Escuela de las Ciencias Sociales, y la otra, sobre el cambio climático, en una universidad privada conocida por su especial dedicación a las ciencias naturales. Como se ve, los temas son bien distintos y los ambientes universitarios, también.

Una de las conferencias empezó con más de media hora de atraso y la otra fue puntual. En ambas los auditorios se veían bastante llenos, el público estaba atento y los conferencistas lucían su oratoria académica y su preparación. Todo marchaba según lo que se esperaría en una actividad de este tipo, y era cuestión de felicitarse. De pronto, a media charla, con el mayor desparpajo, digno de mejor causa, se levanta un grupo de jóvenes estudiantes, atraviesa toda la fila que ocupaban, hacen que los demás se pongan de pie para dejarlos pasar, quitan la atención de todos, surge la inquietud de qué estará pasando, y, tranquilamente, se retiran. Pasados unos instantes todo vuelve a la normalidad… cuando ahora es otra la fila que se levanta y se va. La buena voluntad de los expositores y del público hacen que no se pierda el hilo del discurso. Volvemos a poner atención, parece que ahora sí se podrá seguir cuando –oh, no– otra fila hace su desenfadado egreso. Al final, queda la mitad de los asistentes, y la conferencia logra terminar.

Un colega que estaba sentado a la par mía me dice que seguramente los estudiantes tenían clase a la hora en que se desarrollaba la conferencia y que por eso habrán tenido que retirarse. Tenían excusa, entonces, para no escuchar toda la disertación, pero es aquí donde surgen algunas preguntas: ¿no podían haberse suspendido las clases para que se pudiera asistir tranquilamente a participar de la actividad académica?, ¿tan imprescindible es para el desarrollo de un curso una hora en el aula? En caso de que dicha suspensión fuera imposible por la realización de algún examen o algo así, ¿no habría sido preferible no asistir a oír sólo parte de lo que los expositores tenían que decir, y evitar así las interrupciones? Además, el inapropiado ambiente que se genera con estas desatenciones hace que la conferencia desmerezca y no habla bien del espíritu académico de una institución de educación superior.

En las universidades del país se habla de didáctica, de planes de estudio, de currículums, de la tan publicitada educación por competencias, de los requerimientos del mercado laboral… vienen “expertos” extranjeros, se escucha a elevados pedagogos con su jerga de especialistas que se han olvidado de la práctica diaria y dicen a los profesores que lo que antes funcionaba ahora ya no, pero casi nunca se discute lo primordial, la política o la filosofía educativas. Éstas son las que nos marcan el rumbo, las que tomando en cuenta nuestra realidad histórica, nuestra diversidad, nuestra condición política y económica, el tipo de nación que queremos construir, nos van a permitir elegir los métodos y las tácticas educativas que nos permitan alcanzar los objetivos que nos propongamos en la educación superior. (Y esto, por supuesto, de cara a las funciones científicas y de proyección social de la universidad.)

Así, pues, se explica que en las universidades no se tenga claro lo esencial y entonces no se sepa justipreciar el conocimiento, la experiencia, la discusión y el intercambio de ideas en estimulantes coloquios, y se crea que lo importante es cumplir el programa de los cursos del plan de estudios, dejar un registro, una auditoría de todo lo actuado, y no suspender clases para escuchar una buena conferencia.

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