Caza de mujeres / Mujeres a la casa

ANA VILLAR /Ideas de izquierda
Número 38, junio 2017.

La caza de brujas fue uno de los genocidios más sangrientos de la edad moderna. ¿Qué instigó semejante política de exterminio? ¿Por qué fueron las mujeres su objetivo principal? Silvia Federici en Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria1 aborda éstas y más preguntas, (re)instalando debates fundamentales sobre la relación entre capitalismo y patriarcado.

La caza de brujas

La caza de brujas fue contemporánea a la colonización y exterminio de las poblaciones del Nuevo Mundo, los cercamientos ingleses, la trata de esclavos y las leyes contra vagabundos y mendigos. Calibán y la bruja intenta demostrar que este exterminio y disciplinamiento intercontinental de mujeres, subestimado por muchos historiadores, no fue el último destello de un mundo feudal agonizante sino una de las condiciones de posibilidad del capitalismo naciente.

En el curso de por lo menos tres siglos, la clase dominante europea lanzó una ofensiva global destinada a expandir su base económica y su dominio político. El mundo feudal, lejos de la imagen difundida de un orden estático, fue escenario de conflictos sociales, colapsos poblacionales y una economía en crisis en la que multiplicar y disciplinar mano de obra se convirtió en un asunto de primer orden para las clases dominantes. Luego de la Peste Negra, en el marco de la nueva crisis poblacional de los siglos XVI y XVII, el control femenino sobre la reproducción se percibió como una amenaza al crecimiento y la estabilidad económica que requirió la intervención estatal orientada a aplacarlo. Así nació la caza de brujas con dos consecuencias fundamentales: la persecución de la sexualidad y el confinamiento de las mujeres al ámbito de la reproducción a través de su exclusión del mercado de trabajo.

Se demonizó, literalmente, cualquier forma de anticoncepción y de sexualidad no-procreativa. Las mujeres comenzaron a ser procesadas en grandes cantidades acusadas de brujería e infanticidio. La sospecha también recayó sobre las parteras, sentando las bases de la hegemonía del doctor masculino y de una nueva práctica médica que privilegiaba la vida del feto sobre la de la madre. La brujería se consideraba un crimen femenino: más del 80 % de las personas juzgadas y ejecutadas en Europa fueron mujeres. En este escenario, el lenguaje de la caza de brujas “perfiló” a la mujer como una especie diferente, más carnal e incontrolable por naturaleza, la “mujer pervertida” y, prefigurando su destino matrimonial, reemplazó la multitud de diablos del mundo medieval y renacentista por la figura de un Diablo único y masculino: “Ahora la mujer era la sirvienta, la esclava, el súcubo en cuerpo y alma, mientras el Diablo era al mismo tiempo su dueño y amo, proxeneta y marido” (304).

El destino de las mujeres de las colonias americanas fue similar. En ambas latitudes del planeta, a pesar de las diferencias, el cuerpo femenino fue transformado en instrumento para la reproducción expansiva de la fuerza de trabajo y una máquina “natural” de crianza que funcionaba según ritmos que estaban fuera del control de las mujeres.

Mujeres a la casa

Un aspecto complementario fue la expulsión de las mujeres del artesanado y la devaluación del trabajo reproductivo, definido como no-trabajo, “el trabajo femenino se convirtió en un recurso natural, disponible para todos, no menos que el aire que respiramos” (173).Pronto el trabajo que se hacía en la casa fue definido como ‘tarea doméstica’ y cuando se hacía fuera del hogar no se pagaba lo suficiente como para que las mujeres pudieran vivir de él. Fue en este periodo también que se fortaleció la familia como “la institución más importante para la apropiación y el ocultamiento del trabajo de las mujeres” (174). Sometidas por más de dos siglos al terrorismo de estado con la consiguiente persecución política, económica y cultural; se propició un nuevo modelo de feminidad: pasivas, asexuadas, obedientes y, ahora sí, moralmente mejores para ejercer una influencia positiva sobre los hombres.

Acumulación originaria y ‘biopoder’

‘Acumulación originaria’ es un término acuñado por Marx y recuperado por Federici para explicar las violentas transformaciones que sirvieron de punto de partida al modo de producción capitalista:

En la historia real el gran papel lo desempeñan, como es sabido, la conquista, el sojuzgamiento. El homicidio motivado por el robo: en una palabra, la violencia (Marx, 2012: 892).

Según Federici, si bien Marx alcanza a dar cuenta de la esclavización de los pueblos originarios de América y África en el “Nuevo Mundo”; al centrarse en la expropiación de los medios de subsistencia de los trabajadores europeos, no atiende a las transformaciones en la reproducción de la fuerza de trabajo, fundamentales para explicar la separación histórica de la producción y la reproducción que supuso el nacimiento de una fuerza de trabajo disciplinada.

En el marco de esta violencia originaria, el problema de la relación entre trabajo, población y acumulación de riqueza pasó a un primer plano del debate y estrategias políticas delineando “los primeros elementos de una política de población y un régimen de ‘biopoder’” (154). Comenzaba a tomar forma una nueva concepción sobre el cuerpo: cuerpo portador de fuerza de trabajo que para devenir en modelo de comportamiento social requirió la destrucción de la amplia gama de creencias, prácticas y subjetividades sociales pre-capitalistas. Este ataque recayó doblemente sobre las mujeres que, desposeídas de los medios de producción, también quedaron reducidas al papel de (re)productoras de fuerza de trabajo. Foucault estudia estos procesos pero, para Federici, presenta límites al tratar los avances sobre la sexualidad desde la perspectiva de un sujeto de género indiferenciado, derivando las mismas consecuencias para hombres y mujeres.

Debates necesarios para un feminismo anticapitalista

Federici fue una de las impulsoras del Colectivo Feminista Internacional en 1972 y de su Campaña Internacional por el Salario para el Trabajo Doméstico. Calibán y la bruja surge de esta experiencia, junto a sus años ejerciendo la docencia en Nigeria en época de pleno ajuste estructural.

Uno de los aportes fundamentales de esta historia de las mujeres en la acumulación originaria es situar la génesis del trabajo doméstico capitalista y sus principales componentes: la separación de producción y reproducción, el uso específicamente capitalista del salario para regir el trabajo de los no asalariados y la devaluación de la posición de las mujeres.

No obstante, la naturaleza del trabajo doméstico en el marco de la acumulación capitalista reinaugura una serie de debates respecto a la teoría del valor, que merecen ser analizados con mayor detenimiento2.

“Marx fue incapaz de concebir el trabajo productor de valor de otro modo que no sea la producción de mercancías”3: maten al mensajero

Retomando el camino trazado por Mariariosa Dalla Costa y Selma James, para Federici, el trabajo doméstico no es un servicio personal, es el trabajo que sustenta todas las formas de trabajo, “el trabajo que produce la fuerza de trabajo” (Federici, 2016: 407). Desde su perspectiva, el análisis de Marx se habría obturado por su incapacidad de concebir la creación de valor de ningún modo que no sea la producción de mercancías. Pero ¿es ésta una “incapacidad” de Marx o se trata de una determinación de la sociedad capitalista? Consideramos, en contraste con Federici, que uno de los aportes principales de Marx consistió, justamente, en evidenciar esta determinación esencial al modo de producción capitalista, brindándonos la base explicativa para comprender, entre otras cosas, el lugar del trabajo doméstico en la acumulación y las consecuencias de su feminización.

En El capital Marx expone una crítica científica al modo de producción capitalista y las relaciones de producción e intercambios a él correspondientes, la teoría del valor. En el marco de una sociedad caracterizada por la producción privada e independiente de mercancías para el intercambio; el valor de toda mercancía está determinado por “el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx, 2004: 226), el trabajo abstracto que se materializa en la misma, el gasto productivo de energía humana invertido en el objeto. Es en el mercado que este trabajo abstracto es reconocido como socialmente válido o que se manifiestan los atributos específicamente sociales de los trabajos privados. Entonces no tiene valor cualquier producto de trabajo humano por más útil que sea, son mercancías

… los productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de los otros. El complejo de estos trabajo privados es lo que constituye el trabajo social global (89).

Los trabajos privados no alcanzan realidad como parte del trabajo social sino por medio de las relaciones que el intercambio establece entre los productos del trabajo. Así las relaciones sociales dejan de ser directamente entre las personas y pasan a ser “relaciones propias de cosas entre las personas y relaciones sociales entre las cosas” (89): el fetichismo de la mercancía. La forma acabada del mundo de las mercancías, la forma de dinero vela, en vez de revelar, “el carácter social de los trabajos privados, y por tanto, las relaciones sociales entre los trabajadores individuales” (93).

Trabajo productivo capitalista: una maldición

En la sociedad capitalista, donde unos pocos, por medio de los procedimientos históricos que vimos, se han apropiado de los medios de producción; para el obrero, su fuerza de trabajo, reviste “la forma de una mercancía que le pertenece” (207). La venta de su fuerza de trabajo es la única puerta de acceso al trabajo social global que le ofrece esta sociedad. Esta mercancía, a su vez, a diferencia del resto, presenta la “peculiaridad de ser fuente de valor” (203), es decir que su consumo, su uso en el marco del proceso de producción, crea valor para su comprador: el capitalista que solo le paga en forma de salario su valor como fuerza de trabajo. Todas las horas que el obrero trabaja, una vez que ha alcanzado lo necesario para su reproducción, son apropiadas por el capitalista para obtener su ganancia: la plusvalía.

En el capitalismo, solo es productivo “el trabajador que produce plusvalor para el capitalista o que sirve para la autovalorización del capital” (Marx, 2013: 616). Entonces “la producción capitalista no solo es producción de mercancía; es, en esencia, producción de plusvalor. El obrero no produce para sí, sino para el capital” (p. 616). Esto no responde a un apetito personal de Marx o a una animadversión de su parte hacia, por ejemplo, el trabajo doméstico sino a una determinación específica de la sociedad capitalista que regida por la necesidad de valorizar el valor funda una escisión inédita entre trabajo productivo y reproductivo recayendo este último, históricamente, sobre las mujeres. En este marco, ser trabajador productivo no implica meramente

…una relación entre actividad y efecto útil, entre trabajador y producto del trabajo, sino además una relación de producción específicamente social, que pone en el trabajador la impronta de medio directo de valorización del capital. De ahí que ser trabajador productivo no constituya ninguna dicha, sino una maldición (p. 616).

Feminismo y teoría del valor

Hipotéticamente, que las mujeres abandonemos progresivamente la esfera de la reproducción, que dichas tareas recaigan sobre los hombres o que, directamente, queden totalmente mercantilizadas nos dejaría aún bajo el dominio de la contradicción capital-trabajo (la cual también sufrimos directamente). Afirmar esto no implica relegar las luchas contra otras dimensiones opresivas a un carácter secundario, ni subestimar la importancia de preguntarse, como propone Federici, por las condiciones históricas que hicieron recaer el trabajo doméstico sobre las mujeres, con lo que conlleva. Pero sí nos advierte no desconocer la actualidad de la teoría del valor.

De hecho, aunque El capital no dedique un desarrollo explícito a la forma histórica concreta que cobra la esfera reproductiva, consideramos, como demuestran otras feministas, que la teoría del valor, lejos de obturar, brinda elementos para el análisis de la naturaleza del trabajo doméstico en el capitalismo, esenciales para problematizar su concreción histórica.

Wally Seccombe (2005), por ejemplo, plantea:

Si el salario equivale al valor de la fuerza de trabajo y además el trabajo doméstico figura en el valor de la fuerza de trabajo, pero dicho trabajo doméstico no es pagado con el salario, ¿no es ésta una ecuación fuera de equilibrio? Éste es un problema de apariencia burguesa que ocurre como resultado de la forma fenomenológica del salario. El salario se presenta en sí como un pago por el trabajo en vez de como un pago para reproducir la fuerza de trabajo. Marx señaló este engaño en relación con el trabajo asalariado y también se aplica al trabajo doméstico” (185).

Lo que el obrero recibe como paga es lo necesario para su reproducción determinado por “el tiempo de trabajo necesario para la producción, y por tanto para la reproducción de ese artículo específico” pero, a diferencia de las demás mercancías, “la determinación del valor de la fuerza de trabajo encierra un elemento histórico y moral” (Marx, 2004: 208). En este sentido, Gayle Rubin (1986) sostiene que es dentro de ese “elemento histórico y moral”, que debemos comprender la forma que cobra el trabajo doméstico. Es en ese marco que “‘esposa’ es una de las necesidades del trabajador, que el trabajo doméstico lo hacen las mujeres y no los hombres”. Una mujer,

… solo se convierte en doméstica, esposa, mercancía, conejito de Playboy, prostituta o dictáfono humano en determinadas relaciones. Fuera de esas relaciones no es la ayudante del hombre igual que el oro en sí no es dinero (101).

Roswitha Scholz (2013), aludiendo a la escisión entre trabajo reproductivo y valor/trabajo abstracto, propone el concepto de ‘escisión de valor’. Éste se trata de un aspecto de la sociedad capitalista que “se establece junto con el valor, pertenece a él necesariamente; pero, por otro lado, se encuentra fuera de él y, por ello, es también su condición previa” (48). Para analizar las relaciones de género capitalistas contempla además del factor material, la dimensión psicosocial. Así da cuenta de un modelo civilizatorio, el “patriarcado productor de mercancías”, en el que determinadas propiedades y actividades (sensualidad, emocionalidad, debilidad, cuidado, etc.) son atribuidas a la mujer constituyéndola en un género subordinado al hombre (activo, agresivo, competitivo, transformador de la naturaleza con capacidad, racionalidad y gasto eficiente del tiempo). Pero, ¿alcanza con deconstruir esta concepción dualista de género moderna como proponen algunas corrientes culturalistas? Scholz advierte:

Hace ya tiempo se han producido “deconstrucciones reales” observables por ejemplo, en la “doble socialización” de las mujeres, en el vestir y el comportamiento de hombres y mujeres, etc., sin que por ello haya desaparecido la jerarquía de género (56).

Es preciso dotar la crítica de una perspectiva material: “la escisión de valor, que en cuanto principio formal determina todos los planos sociales” (57).

Lejos de una posición acabada al respecto, quisimos demostrar, en contraste con Federici que, si bien el debate respecto a la naturaleza del trabajo doméstico sigue abierto, la teoría del valor no obtura sino que brinda un curso explicativo fundamental para la comprensión de la escisión capitalista de las esferas de la producción y la reproducción y, por ende, del problema histórico de la feminización de la esfera reproductiva, manifiesto sea en nuestra exclusión del mercado laboral o en nuestra inclusión precarizada y/o devenida en “doble jornada”.

Feminismo y crítica al capital

Ante un capitalismo que ha demostrado, a pesar de las sucesivas crisis, capacidad para reciclarse; resulta de primer orden dotar a la lucha anticapitalista de una perspectiva integral que evidencie y combata al capitalismo en su esencia y en las formas históricas concretas en que se manifiesta: todas ellas. Asistiendo permanentemente, entre tantas aberraciones, a la feminización de la pobreza, la violencia, los femicidios, la desventaja y precarización laboral, la heteronorma, sus dualismos opresivos y a otros mecanismos más sutiles, pero no por eso menos perversos, un proyecto revolucionario éticamente completo, actualmente, debe colocar también en un plano primerísimo la lucha contra la dominación patriarcal. En ello, la renovada masividad internacional del movimiento de mujeres, pese a su heterogeneidad, viene arrojando contundentes lecciones.

Bibliografía

Federici, Silvia (2016). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Buenos Aires: Tinta Limón.

Federici, Silvia (2017). Revolución en punto cero. Trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Buenos Aires: Traficantes de sueños/Tinta Limón.

Marx, Karl. El capital: el proceso de producción del capital. Tomo 1: (2004) Vol 1, (2013) Vol 2, (2012) Vol 3. Bueno Aires: Siglo XXI.

Rubin, Gayle (1986). “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo”. En Nueva Antropología 30, año/vol. VIII, UNAM.

Scholz, Roswitha (2013). “El patriarcado productor de mercancías. Tesis sobre capitalismo y relaciones de género”. En Constelaciones-Revista de Teoría Crítica 5.

Seccombe, Wally. “El trabajo del ama de casa en el capitalismo”. En Rodríguez, D. y J. Cooper comp. (2005). El debate sobre el trabajo doméstico. Antología. UNAM.

Los números de página en referencia a este libro se harán entre paréntesis al final de la cita.
Si bien trasciende las posibilidades de esta reseña abordarlos, en el libro, aparecen planteados otros puntos sumamente debatibles, entre ellos, la confusión en la concepción de acumulación originaria de Federici entre condiciones históricas necesarias para el desarrollo del modo de producción capitalista y las determinaciones específicas del capitalismo y, como consecuencia, una de sus tesis principales basada en concebir fenómenos actuales como parte de lo que sería un “nuevo ciclo de acumulación originaria”.
Parafraseo ilustrativo de un punto que subyace en Calibán y la bruja y que es explicitado en un artículo más reciente acerca de la crítica de algunas feministas: “el análisis que Marx hizo del capitalismo se ha visto lastrado por su incapacidad de concebir el trabajo productor de valor de ningún otro modo que no sea la producción de mercancías y su consecuente ceguera sobre la importancia del trabajo no asalariado de las mujeres en el proceso de acumulación capitalista” (Federici, 2017: 154).

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