Manifestaciones de lo diabólico

Mario Roberto Morales

En una nota sobre el falseamiento que el cine comercial ha hecho del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Borges cita los Ethical Studies (1888) de Robert Louis Stevenson y enumera lo que éste entendía por “todas las manifestaciones de lo verdaderamente diabólico”, siendo éstas “la envidia, la malignidad, la mentira, el silencio mezquino y la verdad calumniosa”, por un lado, y, por el otro, “el difamador, el pequeño tirano y el quejoso envenenador de la vida doméstica”.

Ya se sabe que la envidia es la pesadumbre causada por la dicha ajena y por el deseo de poseer lo que el prójimo tiene. La malignidad, por su parte, es definida por el DLE como la “Propensión del ánimo a pensar u obrar mal”, es decir, como una inclinación irresistible y adictiva a hacer daño. Y en cuanto a la mentira, es cosa sabida que ésta consiste en el placer enfermizo de falsear lo que es cierto.

El “silencio mezquino” se ejerce cuando callamos lo que deberíamos decir en voz alta porque así nos lo impone la ética y la moral de que se trate, y la “verdad calumniosa” ocurre cuando decimos algo verdadero con la premeditada intención de hacerle daño a alguien. Por aparte, difamar, según el DLE, es “Poner algo en bajo concepto y estima” o “Desacreditar a alguien” por motivos mezquinos. Y el “pequeño tirano” es quien, valiéndose de una mínima cuota de poder, martiriza a otros porque así siente ser algo o alguien. Para terminar, el “quejoso envenenador de la vida doméstica” es aquel (o aquella) que se dedica a resaltar negatividades dentro de las cuatro paredes de un hogar, ya sea victimizándose por naderías o insistiendo en que su sufrimiento neurótico es culpa de los que lo (o la) rodean.

El rostro de la maldad y lo diabólico no está, pues, en monstruo alguno, sino en las actitudes de personas comunes y corrientes que suelen presentarse como probos dechados de la más depurada espiritualidad. Ojo con ellas. Lo perverso existe casi siempre disfrazado de su contrario: lo bondadoso, lo abnegado, lo comprensivo. Las personas que necesitan ejercer la maldad para sentirse vivas y darle significado a su existencia, suelen hacerlo desde falsas posturas de altruismo, sacrificio y entrega a los demás porque eso conviene a su opaca vocación.

Veamos por ejemplo a la vieja amargada que a regañadientes ha asumido el cuidado de su madre anciana porque su principal preocupación en la vida es el qué dirán. A la vez que maldice su suerte, se cuida de aparentar abnegación y amor insondable por la longeva cuya lastimosa situación percibe ser la causa de su ira, su irritación y su necesidad de calumniar a quienes supone deberían ayudarla en la noble tarea de hija sacrificada. Éstos no la ayudan porque ella no se deja ayudar, ya que, en su fondo oscuro, no quiere competencia en el desempeño de su rol estelar de mártir y por eso la convivencia con ella resulta infernal y todos rehúyen su compañía y, por supuesto, la posibilidad de brindarle ayuda.

El Dr. Jekyll y Mr. Hyde son dos personas en una. También el yin y el yang son contrarios que forman una unidad. Por su parte, el bien y el mal no existirían sin su opuesto. La malignidad es propia de quienes simulan asumir sólo un lado de la unidad de los contrarios y, fingiendo ser unilateralmente buenos, son en realidad “pequeños tiranos” y “quejosos envenenadores de la vida doméstica”. Esto, porque su amargura les da vida, razón de ser, sentido de valía. Y por eso no pueden vivir sin ella.

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