La neurociencia a debate

SEBASTIÁN J. LIPINA

La necesidad de explicitar presupuestos

Resulta saludable verificar la progresiva aparición de perspectivas académicas, ensayos y notas periodísticas que abordan en forma crítica la sobrevaloración y el tratamiento erróneo del conocimiento neurocientífico en su divulgación y apropiación cultural, en particular respecto a sus implicancias éticas, sociales e ideológicas. Este fenómeno, que parecería ser una suerte de proceso inflacionario del prefijo neuro, se hace evidente a través de una creciente oferta de programas de formación, libros de divulgación y productos dirigidos a un público general no especializado que es considerado sujeto de consumo. En algunos casos, esta cultura de consumo de lo neuro también ha impregnado propuestas de políticas públicas en las áreas de educación y salud.

Este efecto también parecería relacionarse con una apuesta epistemológica en la que el nivel de organización neural tiene preeminencia para explicar todo lo referido a la conducta y el desarrollo humano, en detrimento de las construcciones de otras disciplinas humanas y sociales. Tal tipo de reduccionismo eliminativo y la divulgación acrítica del conocimiento neurocientífico, favorecen la noción de que los problemas complejos pueden abordarse con propuestas simples sin considerar otros tipos de conocimientos y procesos sociales. Es esperable que tal suerte de arrogancia genere resistencia. No obstante, algunas propuestas contrarias también pueden tomar la forma de la arrogancia que contribuye al escalamiento de las tensiones, que por lo general no contribuyen con la promoción del pensamiento crítico orientado a comprender el significado ético, epistemológico e ideológico del uso social del conocimiento científico en general, y del neurocientífico en particular.

Los presupuestos de Pobre cerebro

En esta sección propongo abonar al debate sobre la neuromanía comentando algunos de los considerandos publicados por Duarte [1] en el número de octubre del año 2016 en la revista IdZ [2], a propósito de su reseña sobre mi ensayo Pobre cerebro [3].

En diferentes secciones de los capítulos 2 y 3 de Pobre cerebro, propongo abordar el estudio del desarrollo humano en términos de un fenómeno complejo que debe ser explicado a partir de la consideración de diferentes niveles de organización (i.e., biológico, psicológico, social, cultural), sin preeminencia de ninguno de ellos sobre los otros. Ello significa que no abono a un reduccionismo eliminativo por el cual el nivel de organización neural pueda explicar la complejidad de los fenómenos involucrados en el desarrollo humano. Por el contrario, enfatizo la importancia y la necesidad de tener en cuenta los aportes de las disciplinas humanas, sociales y de la salud, respecto a la comprensión de los determinantes individuales, sociales, culturales y ecológicos que operan en múltiples direcciones dando forma a diferentes trayectorias de los distintos atributos del desarrollo emocional, cognitivo y social, desde la concepción en adelante.

En particular, abordo la cuestión del valor específico de conceptos como los de plasticidad neural, períodos críticos y sensibles, carga alostática y autorregulación, que contribuyen con dar forma a las trayectorias de desarrollo cognitivo, emocional y social; pero que además son potencialmente útiles para sumar a la construcción de acciones orientadas a proteger derechos humanos básicos, y generar condiciones para la realización de proyectos de vida dignos e integrados con procesos colectivos de producción sociocultural. La plasticidad neural, es la propiedad del sistema nervioso de modificar su estructura y funcionamiento, en base a la información heredada de los progenitores y a la influencia de los contextos físicos y sociales en donde desarrollamos nuestras vidas. Esa potencialidad de cambio no es infinita, ya que se va reduciendo con los años. Pero existe, y es la que en parte contribuye con que una persona tenga oportunidades de recuperarse de una lesión en su sistema nervioso; y también de la posibilidad de reducir en parte el impacto que generan las privaciones materiales y simbólicas producidas, por ejemplo, por sistemas sociales que producen desigualdad y pobreza. Los períodos críticos y sensibles son momentos del desarrollo neural en los que el sistema nervioso tiene mayor probabilidad de ser influenciado por cambios en los contextos de desarrollo. Esta información, también es muy valiosa para comprender cuándo es más sensible el nivel de organización neural a las influencias de la crianza y de la educación, y cuánto podría durar el impacto de las eventuales privaciones materiales y simbólicas en un contexto de pobreza. La noción de carga alostática hace referencia al desgaste de diferentes sistemas del organismo, como el cardiovascular o el inmunológico, como producto de una activación permanente de los sistemas de regulación del estrés. Es decir que es una noción potencialmente útil para cuestionar todas aquellas prácticas laborales y educativas que colocan a las personas en tales situaciones, hipotecando su salud, calidad y expectativa de vida. Finalmente, la autorregulación refiere a un conjunto de procesos cognitivos y emocionales que nos permiten operar cotidianamente para desarrollar nuestras actividades familiares, educativas y laborales. Por definición, es un constructo psicológico que opera en un contexto de múltiples relaciones y contextos de interacción social. En Pobre Cerebro, el prefijo auto no refiere a individualismo, ni regulación a control social. Por el contrario, la autorregulación a la que hago referencia es aquella necesaria para alimentar el pensamiento crítico que eventualmente podría contribuir con la generación de resistencias y desobediencias a las imposiciones de grupos de poder que atentan contra los derechos de las personas.

En síntesis, Pobre cerebro invita a pensar críticamente sobre la importancia de considerar: (a) las limitaciones que impone el reduccionismo eliminativo neurocientífico; (b) que el valor de tales conocimientos depende de su integración con cuerpos de conocimiento producidos en el seno de otras disciplinas; (c) que es necesario contribuir con procesos de apropiación cultural de estos conocimientos a través de la generación de debates y foros de discusión que involucren a diferentes perspectivas neurocientíficas; y (d) involucrar en tales esfuerzos a comunicadores sociales, para debatir sobre la divulgación de tales conocimientos en función a los límites que impone la evidencia disponible y la responsabilidad con la comunidad que implica tal esfuerzo.

(b) Sobre la complejidad de la pobreza y los aportes de la evidencia neurocientífica a su comprensión.

Como ocurre con el desarrollo humano, la pobreza es un fenómeno complejo que debe ser analizado en el contexto de un marco epistémico sistémico-relacional que involucre diferentes niveles de organización. Ello implica que su definición en base a un conjunto discreto de indicadores focalizados en una de las dimensiones involucradas, también opera como un reduccionismo eliminativo. El capítulo 1 de Pobre cerebro está dedicado a profundizar en estas cuestiones. Además de un esquema que precisamente ilustra la naturaleza compleja y multidimensional del fenómeno de la pobreza, se incluyen ejemplos que muestran cómo la aplicación de diferentes indicadores se asocia con incidencias y efectos variables sobre el desarrollo humano.

El concepto de “residuos humanos” que se propone (página 78) intenta rescatar la noción de que la pobreza le resta condición de sujeto de derecho al que la padece, en el mismo sentido propuesto por Bauman y Agamben. “Residuos humanos” se utiliza para dar cuenta de que la ceguera moral de nuestra civilización nos lleva a niveles de deshumanización tales que perdemos sensibilidad ante el sufrimiento de nuestros congéneres. En tal contexto, aquellos que padecen la tragedia social de la pobreza, que es producida por los mecanismos de inequidad sostenidos por sistemas neoliberales que concentran riqueza y poder, son los homo sacer del derecho romano, que Bauman actualiza con el término de “residuos humanos” –una versión sociológica de los “nadies” de Galeano-. Pobre Pobre cerebro intenta rescatar un abordaje conceptual y ético desde esta perspectiva que de ninguna manera se inscribe en un marco teórico de la neurociencia mainstream, como lo sugiere Duarte [4]. Tampoco intenta redefinir la pobreza en términos neurocientíficos, ni mucho menos contribuir con transformar la desigualdad en un problema moral de los pobres. Lo que si propone, es incorporar el conocimiento que da cuenta de los efectos y mecanismos de mediación en el nivel de organización neurobiológico a un contexto de discusión multidisciplinario; entendiendo que aporta especificidad para la comprensión de la profundidad del efecto que genera la desigualdad a nivel individual, sin pretensión de reemplazar o anular construcciones de otras disciplinas. Los últimos dos párrafos del libro (páginas 190-191) son elocuentes al respecto. Definitivamente, el eje es la cuestión de los mecanismos que en nuestra civilización causan desigualdad.

(c) Sobre el valor del conocimiento neurocientífico en la construcción de políticas públicas.

El capítulo 5 de Pobre cerebro está dedicado a revisar cómo la ciencia del desarrollo ha contribuido al diseño, implementación y evaluación de diferentes tipos de intervenciones desde hace más de seis décadas, en diferentes sociedades de cuatro continentes; así como la integración reciente de la neurociencia cognitiva a tales esfuerzos. Por otra parte, se dedica a revisar los alcances de tal experiencia acumulada para informar a su vez el diseño de políticas públicas orientadas a prevenir y mejorar los efectos de diferentes adversidades debidas a pobreza en niños y sus familias. En tal contexto de discusión, se aborda por una parte el problema del alto grado de desconocimiento en el mundo académico sobre lo que representa diseñar y evaluar políticas; y por otra, la complejidad que plantean diferentes tipos de tensiones entre la comunidad académica, técnicos de organismos multilaterales y funcionarios políticos de distintas agencias gubernamentales, quienes suelen sostener intereses, agendas, conceptos, metodologías e ideologías diferentes. En particular, se cuestiona la pretensión técnica de trasladar en forma directa lo que se construye en el laboratorio a la comunidad, sin tener en cuenta tales tensiones ni aspectos de escalamiento y planificación básicos. En forma complementaria, también se plantea que las contribuciones científicas al diseño de políticas deben incorporarse bajo la premisa de que toda solución al problema de la pobreza comienza con cuestionar y modificar los mecanismos económicos, sociales y culturales que generan inequidad. Pobre cerebro intenta apoyar la noción de que toda ideología que promueva meritocracias montadas sobre una matriz de inequidad, es una propuesta inmoral.

Otro aspecto central, propuesto en el capítulo 5, es la revisión de los principios generados por la investigación psicológica en el diseño, implementación y evaluación de intervenciones, con ejemplos de programas y políticas realizados en diferentes sociedades del mundo. De allí surgen dos conceptos centrales para esta discusión: (a) no es posible generar intervenciones o políticas universales, sino que cada acción debe contemplar la participación de las comunidades en las que se proponen implementar las acciones –es decir, no hay fórmulas o recetas sino co-construcciones técnicas y comunitarias-; (b) las acciones deben considerar diferentes dimensiones del desarrollo individual y de los contextos de desarrollo, de manera que deben implementarse en forma de múltiples módulos orientados a distintos aspectos del desarrollo (e.g., nutrición, educación, salud, desarrollo social y comunitario). Es decir, no hay preeminencia de un nivel de organización sobre los otros, sino que es necesario actuar a varios niveles en forma simultánea y sostenida en el tiempo.

Respecto a la historia del programa de investigación que implementamos durante las últimas dos décadas en nuestra unidad de investigación [5], también es importante realizar algunas aclaraciones. Por una parte, hemos diseñado diferentes tipos de intervenciones orientadas a optimizar el desarrollo autorregulatorio infantil para profundizar la comprensión de los mecanismos por los cuales es posible generar oportunidades de cambio e inclusión social y educativa. En todos los casos, nuestro trabajo ha tomado en cuenta la retroalimentación de aquellos que estuvieron involucrados: niños, familias, docentes, autoridades, funcionarios. Nuestro abordaje en las actividades de los módulos de intervención cognitiva no está basado en teorías de intervención clínica individual de tipo cognitivo-conductual. Los modelos teóricos y metodológicos provienen de la psicología del desarrollo y toman en cuenta diferentes tradiciones, entre las cuales se encuentran las de la evaluación dinámica y el constructivismo. Los componentes neurocientíficos de nuestro trabajo, están focalizados en el análisis del nivel biológico a través de evaluaciones moleculares y electroencefalográficas, para complementar la de otros niveles de organización.

Algunas reflexiones acerca de cómo nutrir productivamente el debate sobre la neuromanía

Como toda disciplina científica, la neurociencia también es una construcción social atravesada por heterogeneidad y múltiples debates epistemológicos, ideológicos y algunas veces también éticos. En tal sentido, un debate honesto requiere identificar la heterogeneidad de voces y propuestas en lugar de adjudicar a todas las voces una única versión. No hay una sola forma de interpretar los resultados de los estudios neurocientíficos. En cualquier caso, el problema a dirimir es si la neurociencia aporta a una apuesta epistemológica genuina orientada al interés y bienestar común, o a la explotación de su valor de venta en el universo cultural mercantilista que parece dominar en la cultura actual. La experiencia social de América Latina impone la necesidad de contextualizar los conocimientos y la evidencia en función a su identidad, que difiere de la de otras experiencias culturales en cuanto a su geopolítica, el trabajo, la realidad urbana y rural, los márgenes, y los procesos de hegemonía y de resistencia.

Por último, el debate sobre la neuromanía, requiere de un abordaje constructivo cuyo punto de inicio para una comunicación adecuada del conocimiento se base en el intercambio entre neurocientíficos y otros actores sociales, orientado a incrementar la comprensión conceptual, metodológica y técnica que propone la neurociencia, al mismo tiempo que aumente la conciencia de los neurocientíficos sobre las cuestiones de interés público y lo que representa diseñar, implementar y evaluar políticas públicas. En este sentido, continuar con la comunicación unidireccional neurociencia ? divulgación ? sociedad, en la que los neurocientíficos confían la divulgación a los medios tradicionales de comunicación, sería limitada e insuficiente para transferir el conocimiento. La complejidad de las cuestiones involucradas en la construcción del conocimiento, su divulgación y su transferencia, requieren de esquemas de comunicación más elaborados y multidireccionales. Estos esquemas deben reconocer que la ciencia es parte de las prácticas culturales y que las sociedades se transforman progresivamente, es decir, devienen más diversas. Ello requiere aumentar la interacción sostenida entre diferentes actores sociales, comunidades científicas y medios de comunicación.

[1] Aprovecho para agradecer a Juan Duarte por darme la oportunidad de comentar su reseña y realizar aclaraciones sobre algunas cuestiones que en su artículo considero que no se adecuan a mi realidad o forma de interpretar.

[2] Duarte, J., “Las neurociencias como marketing político”, IdZ 34, octubre 2016.

[3] Lipina, S. J., Pobre cerebro, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2016.

[4] Duarte, J., ob. cit.

[5] Unidad de Neurobiología Aplicada (UNA, CEMIC-CONICET), http://pobrezaydesarrollocognitivo.blogspot.com.ar.

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