El Cholo y el honor

Rubén Uría

Estados Unidos, 1943. Un niño negro de nueve años se muda con su madre a Luisiana. Sus primeros días en el condado no son un crucero de placer. Cinco niños blancos le pegan una paliza el primer día de colegio. El niño negro llora y corre a casa para contárselo a su madre. Ella escucha su relato, le coge de la mano y le lleva de vuelta al colegio. “¿Son estos niños los que te han pegado, Billy?”, pregunta la madre. “Sí, mamá”, contesta, tembloroso, el chaval. La madre de Bill salta como un resorte y espeta: “Pues ahora vas a pelearte con los cinco, uno cada vez”. El niño de color se arma de valor y se pelea con los cinco, una a uno, otra vez. Pierde tres de las cinco peleas. Y como no podía ser de otra manera, acaba llorando. Su madre, finalizadas las cinco peleas, le abraza para consolarle y le dice: “No llores. Deja de llorar. No tienes motivo. No importa si has ganado o perdido. Lo que importa es que ahora saben que nadie va a poder reírse de ti, ni pisotearte”. Ese niño se hizo mayor, creció hasta sobrepasar los dos metros y se convirtió, mentalmente, en un gigante incapaz de rendirse, por muy dura que fuera su vida. Bill se endureció día a día, asumió que su voluntad debía ser de hierro, que tenía la obligación de levantarse después de cada paliza, física o moral, y que no había, en esta vida, nada ni nadie capaz de herirle. Aquel niño que se peleó con otros cinco por orden de su madre, procesó que es el significado del honor: eso que nadie puede darte y que nadie puede quitarte, porque el honor es un regalo que el hombre se hace a sí mismo.

Ese niño era Bill Rusell. Fue una leyenda de la historia del deporte y un mito sagrado en la historia de los Boston Celtics. Ganó 11 anillos de la NBA y dejó tras de sí una estela de liderazgo implacable. Rusell, hecho a sí mismo, forjado en la dificultad, cocinado a fuego lento en la adversidad, superó todos los obstáculos de la vida para combatir sus demonios en una pista de baloncesto. Su secreto consistió en saber que no todos los reyes tienen honor, pero todos los hombres con honor son reyes.

Si alguien quiere saber qué le falta al Atleti para que estos cinco maravillosos años sean el comienzo de una leyenda y no sólo una anécdota o una moda pasajera, que escuche a Simeone

Anoche, el Atlético, experto en recibir palizas morales y volver a levantarse, tuvo la valentía de combatir sus demonios interiores. Lo hizo sabiendo que, con menos estatura histórica, menos dinero, menos recursos y jugadores con menos talento, estaba dispuesto a pelearse con gigantes, el Madrid, el Barça, el Bayern, el Chelsea, la Juve y el que sea menester. Este equipo lleva años peleándose con los más grandes. Cuando gana, lo hace sufriendo. Y cuando pierde, llora. Pero llora sabiendo que no importa si gana o pierde, sino saber que ya nadie puede reírse de él, ni pisotearle, porque su orgullo está intacto. Por eso, gane o pierda, siempre vuelve a la pelea. Se ha caído mil veces y levantado dos mil. Por eso volverá. El Atleti vuelve siempre. Entre otras cosas, porque desde que llegó Simeone, sabe que no todos los reyes tienen honor, mientras que todos los hombres con honor son reyes. Los atléticos llevan toda la vida escuchando que no pertenecen al selecto club de los ganadores, que no pueden lograr lo que muchos le dicen imposible, que jamás podrás conseguir aquello con lo que sueñan, contra viento y marea, como si el simple hecho de rebelarse contra todos esos augurios no fuera algo que, lejos de avergonzarle, le engrandece y además, le honra. Al Atleti, al que han pegado cien veces y volverán a pegar como si no costase, le importa un bledo lo que el destino le tenga preparado. Siempre vuelve. Es un milagro hecho a base de insistir.

No hay segunda que valga, ni intervención judicial, ni final perdida, ni último minuto maldito, ni complejo habido o por haber que consiga que este equipo no siga decidido a pelearse con todos los abusones que la vida le pueda deparar. Los atléticos no son mejores que el resto, por supuesto. Pero sí son diferentes. Saben que, como canta Estopa, el infierno solo te quema cuando el fuego nunca te ha quemado. Porque, habiendo ardido mil veces, ya saben que en esta vida y en la otra, ya no les hacen falta mantos.

Exhaustos, comprometidos y todo cuello, peores que los que el dinero puede comprar pero mejores que todo lo que se compra con dinero, los jugadores del Atleti agradecieron a su fiel público el esfuerzo y lejos de venirse abajo por la fatalidad, hicieron suyo un mensaje de esperanza, de futuro, de crecimiento, de madurez. Godín, el líder al que Simeone querría y no puede clonar, fue explícito: “Somos el Atlético de Madrid. Hemos hecho lo que se pedía, dar la vida por esta gente”. Gabi, el corazón del equipo, el tipo que si no gana la Champions como jugador lo hará como entrenador, fue más allá: “Este equipo y esta gente se lo merecen todo. Esto nos va a servir para aprender, para mejorar en el futuro y para volver”. Y Fernando Torres, que para saber lo que pasa sí ha llorado en cada centímetro del Calderón, estuvo brillante en su análisis: “Queremos que este no sea el techo del Atleti, sino el comienzo de una bonita historia, que esto nos sirva para despegar, para seguir creciendo”. Una verdad como un puño.

Simeone, el general acorralado, el tipo que surgió de la nada, el profeta de la religión del Calderón, el tipo que metió el miedo al poderoso Madrid en mitad de la tormenta, esbozó una sonrisa. Habló de crecer, de dar más pasos hacia adelante, de seguir construyendo para competir contra los gigantes, de ambicionar un futuro alentador que permita al Atlético seguir soñando. Es imposible derrotar a alguien que nunca se rinde. Y si alguien quiere saber qué le falta al Atleti para crecer de manera definitiva, para que estos cinco maravillosos años sean el comienzo de una leyenda y no sólo una anécdota o una moda pasajera, que escuche a Simeone. El tipo que no habla para contentar oídos y sólo trabaja para levantar títulos, el hombre que ha conseguido hacer temblar a los que creían que el Atlético era una broma, habló anoche desde el corazón, que es el órgano del cuerpo humano que nunca se equivoca. Él y sus jugadores han hecho todo lo que ha estado en su mano. La afición también. Todos han honrado esa camiseta, incluso sabiendo que la pelea era desigual. Ahora le toca al club. A los del palco. Que le den a ese señor las armas que merece. Las que está pidiendo, a gritos, un hombre que ha honrado la casa rojiblanca como nadie. Pide más herramientas para combatir. Lo mínimo es dárselas. Se las merece. Honor a quien honor merece.
Autor

Rubén Uría
Periodista. Articulista de Eurosport, colaborador en Carrusel Deportivo de la Cadena SER y contertulio en TVE, Teledeporte y Canal 24 Horas de TVE. Autor de los libros ‘Hombres que pudieron reinar’ y ‘Atlético: de muerto a campeón’. Su perfil en Twitter alcanza los 55.000 seguidores.

http://ctxt.es/es/20170510/Deportes/12677/Atleti-champions-semifinal-cholo-aficion.htm%22

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