Albañiles, no jueces

Mario Roberto Morales

En Venezuela también se ha puesto en práctica la “teoría de la acción política no-violenta”, de Gene Sharp, que implica golpes de Estado blandos mediante el aislamiento del gobierno que se quiere tumbar, para lo cual, en este caso, se está prestando la OEA y su malinchista Secretario General. Asimismo, incluye “revoluciones de colores” de capas medias urbanas convocadas mediante el contagio acrítico por las redes sociales. En este caso, sus manipuladores las echan a la calle buscando “un baño de sangre” para justificar el golpe de Estado.

Uno de los más socorridos “argumentos” de las progresías es que “Maduro no es Chávez” y que a él se debe el “estado calamitoso” de Venezuela. No dicen que, si bien Maduro no es Chávez, sí es Maduro quien dirige la férrea resistencia a su libremente electo gobierno, y menos indican que no lo está haciendo nada mal. Tampoco mencionan que a Chávez no le tocó tan tupido como a Maduro en cuanto a las ofensivas contra la revolución bolivariana. Y menos aluden a que, en Venezuela, la razón de que esa caterva de mercenarios (llamada “oposición”) se preste para ser comparsa del golpe de Estado, no es Maduro sino el petróleo bajo la tierra que vio nacer a Bolívar. No dicen que la oligarquía produce escasez por acaparamiento ni que lo que pasa en Venezuela es el resultado de un plan geopolítico regional para evitar que China y Rusia ejerzan influencia en América y, sobre todo, para impedir que inviertan en ella como parte de sus planes de puesta en práctica de un capitalismo de productividad física y construcción de infraestructura, en lugar de la inversión elitista del capital financiero-especulativo, que es el que se reproduce mediante las guerras y la ruina del medio ambiente.

Esta no es la hora de condenar a Venezuela ni a su revolución por los errores cometidos, que son muchos. Lo que toca es defender su soberanía y el derecho a disponer soberanamente de sus recursos naturales. No es la hora de que las progresías condenen con respingos la “falta de democracia”, el “fracaso de la economía” y la “represión al pueblo” con que señalan al Gobierno, sin mencionar que todo lo que éste hace lo realiza como parte de una política de defensa de su soberanía nacional.

José Mujica le escribió al malinchista Almagro que “Todos sabemos que Venezuela es reserva petrolera para los próximos 300 años. Allí radica su riqueza y su desgracia… También esto hizo posible la deformación sociológica de acostumbrarse a vivir de la renta petrolera y terminar importando hasta lo elemental, el grueso de la comida. La revolución bolivariana no pudo escapar con voluntarismo de esa realidad aunque derramó recursos y reservas a favor de los eternos postergados. En mucho fueron años a favor de la equidad social. No se logró revertir la dependencia del petróleo y de las importaciones de alimentos, y con la caída de precios, padece hoy un cúmulo de tensiones que hasta enturbian la democracia. (…) Venezuela nos necesita como albañiles y no como jueces, la presión exterior solo crea paranoia y esto no colabora hacia condiciones internas en esa sociedad. (…) La verdadera solidaridad es contribuir a que los venezolanos se puedan auto-determinar respetando sus diferencias pero esto implica clima que lo posibilite. Es muy difícil hoy, pero toda otra alternativa puede tener fines trágicos para la democracia real”.

Albañiles, no jueces. Latinoamericanos solidarios, no lamebotas.

Publicado en: elPeriódico

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