La libre locomoción y la velocidad: modernidad y desigualdad

Por: Gabriela Miranda García

“El motor lo enajena de tal manera que
depende del motor para definir su poder político”
Iván Illich

Un atributo de belleza para las mujeres es el tener un pie pequeño, diminuto, si, como la Cenicienta. Piecitos que le permite llevar frágiles zapatitos de cristal, que le impiden correr lo suficientemente rápido como para quedar atrapada entre, cumplir con la orden de “regresar a casa a la media noche” y no poder escapar (y en las prisas dejar tirado un zapato), del amor del príncipe azul. Al final del cuento, parece que tener un pie pequeño y frágiles zapatos de fiesta son una ventaja, es el inicio del sueño, lo que me diferencia de las otras, lo que me hace ser la elegida del baile.

Pero lo que el piecito pequeño, como capital erótico, representa para las mujeres es la imposibilidad de movilizarnos rápidamente y a nuestro antojo. El pie pequeño es erótico y una muestra más de que la subordinación se erotiza.

La libre movilidad de las mujeres está prohibida. Por eso tenemos horarios de salida, lugares a donde no podemos acceder, zapatos incómodos para caminar, por eso somos acosadas en la calle, por eso la escoba, herramienta para usar de la puerta hacia adentro, sirvió para representar a las mujeres, brujas, que la usaban para volar fuera de la casa y a horas deshonestas. Por eso somos culpabilizadas si algo nos pasa en la calle y por eso se guarda silencio de la violencia que sufrimos dentro de las casas, las casas maritales y paternas. Si alguien no tiene ni ha tenido libre locomoción, esas somos las mujeres.

La libre movilidad, la libre circulación y la libre locomoción, son otros lugares en donde se pone en evidencia la desigualdad: no todas las personas podemos movernos a nuestro a antojo, cuando queremos ni como queremos. Hay relaciones sociales, sexuales y raciales que lo impiden: porque la falta de libre movilidad, desde las mujeres en la calle hasta los inmigrantes en otros países, mantiene la idea de que no deberíamos ocupar espacios que no nos corresponden.

Por otro lado, la modernidad creó un concepto sobre el tiempo: la posibilidad de conquistarlo. Como el tiempo de hecho, no deja de pasar, su conquista se concentra en su utilización al máximo: la aceleración de la vida crea la fantasía de que el tiempo se aprovecha mejor o que lo acrecentamos si todo es más veloz. Esta es una de las grandes falsedades de la modernidad. Y sin embargo nos apegamos a ella. Así, adquirimos computadoras, teléfonos inteligentes, planes de servicio de internet que nos prometen procesar todo en segundos. También compramos carros bajo esta promesa: fantaseamos volando en ellos por carreteras amplias y vacías al costado del océano, tal y como ocurre en la publicidad, la realidad es que colocamos nuestros carros en pusilánimes calles incandescentes por un asfalto que aumenta el calor tropical y atrapados entre miles de otros carros, semáforos descompuestos y además inmovilizados por nuestra propia mezquindad de ser los primeros en pasar. La frustración de tener un automóvil plateado y grande, por el que pagué miles de quetzales, que está estancado en alguna arteria principal debe provocar un odio tremendo. Pese a esta realidad, nos apegamos a la promesa de la modernidad de “vencer la barrera del tiempo”, porque yo ya pagué por ello. Y a la promesa del capital: de tener derechos porque también pagué por ellos.

Estas dos cosas juntas: la desigualdad en la locomoción de las personas, en donde los hombres, los propietarios, los blancos tienen preferencia y la promesa (incumplida) de la modernidad de tener poder para comprar el tiempo, dan toda la pauta para que alguien atropelle deliberadamente a unas personas que le impiden su derecho a la libre locomoción. El sexismo, el clasismo, el adultocentrísmo y el racismo, le hizo creer esto. Su conclusión es: deberían estar encerradas y yo tengo más derecho a pasar rápido que ellos y ellas a vivir. Son sus sueños de grandeza, su clase social arribista, lo que le hace creer que puede pasar encima de cualquiera.

Qué alguien atropelle deliberadamente a adolescentes que se están manifestando para exigir una mejor educación es una evidencia más de que la desigualdad provoca muerte, seguida muy de cerca por la anuencia social y como tantas otras situaciones, por la impunidad. Este hecho monstruoso y deshumanizante demuestra que los aprendizajes que tenemos como sociedades desiguales sobre “nuestros derechos”, tan simples como la libre locomoción, son de hecho privilegios que hacen de unos asesinos impunes y de otras, niñas sin acceso a la educación y sin una pierna.

CMI-Guate

Te gusto, quieres compartir