Trump y el totalitarismo de mercado

Por Marco Fonseca

Populismo es el concepto erróneo para entender la política de Trump o explicar sus políticas públicas. Pero la idea de una «política del mercado total» o totalitarismo de mercado, como la desarrolla Franz Hinkelammert en su trabajo Democracia y totalitarismo, explica mejor el espíritu, si es que no también la letra y la práctica, de este régimen neoliberal extremista.

«Los documentos de ética revelados recientemente revelan que un número significativo de empleados superiores de Trump fueron empleados previamente por la red extensa de los grupos de defensa duros y libertarios financiados y controlados por Charles y David Koch, el dúo conservador hiper-enfocado en afianzar el poder republicano, eliminando impuestos y cortando las regulaciones ambientales y laborales». (ver http://bit.ly/2oPdBzb).

A partir de este núcleo plutocrático (que también puede organizarce de modo poliárquico) neoliberal, tenemos una «jerarquización de los derechos humanos» por medio de una «inversión ideológica» de los mismos que sirve de soporte al nuevo esquema de agresión neo-imperial de Trump y su administración y que también sirve como punto de partida para la formación de «un nuevo sentido común» en contra de lo común mismo (de ahí, en parte, la inversión ideológica en contra de los intereses de la gente ordinaria misma que lo apoyan). La «política del mercado total» es, pues, la política que surge del núcleo duro y extremo de las elites empresariales gringas.

La política del mercado total no es «populista» pues ello supondría tomar en cuenta al pueblo, aunque sea mínimamente, en las decisiones del Estado. Es, al contrario, «el sometimiento irrestricto de toda la política económica y social del Estado a la lógica de la acumulación del capital.». «En realidad – dice Hinkelammert – no se trata de un anti-intervencionismo, sino de un nuevo intervencionismo estatal dirigido en contra del Estado social de la época Keynesiana.» Es, en EE.UU. una reacción plutocrática contra el Obamaismo y lo que ven como el «establecimiento» (el Estado) de élites rivales «liberales» y «globalistas» como las que representa Hillary Clinton.

El trumpismo asume su forma más agresiva, ya anunciada desde la campaña política pero ahora evidenciada desde la Casa Blanca y, sobre todo, a partir del bombardeo a Siria, «contra del Estado social y, por tanto, sólo puede buscar su legitimidad y seguridad en una expansión progresiva de los aparatos policiales y militares».

Contra el Estado social, por un lado, el trumpismo se plantea el desate total del sector privado y la conversion del Estado a un instrumento del mercado libre. En esto, Trump está enfrentando incluso al sector tradicional republicano de su partido que, aunque no ideológicamente opuesto a la ideología del mercado total, sin embargo sigue electoralmente atado a los intereses de sus electores pobres y trabajadores que son quienes más van a sufrir el desastre social que se avecina y que va a tener impacto en las elecciones legislativas de medio término. Pero los constantes decretos desreguladores de Trump son concebidos por él mismo y por su círculo íntimo de poder precisamente como aproximaciones empíricas al mercado total – a esa utopía neoliberal destructora que solo hoy, con la alianza «alt-right» y elites empresariales del viejo complejo militar-industrial (y de energía en base a carbón y petróleo) en el poder, parece ser prácticamente alcanzable.

La expansión progresiva de aparatos policiales y militares, por otro lado, satisface el dictum de Popper que predica la conversión del Estado en un «jardinero» del mercado libre y un aparato de seguridad global contra los enemigos de «la sociedad abierta» desde la Union Europea hasta los «terroristas» del Estado Islámico y los/as niños de Yemen. El nuevo espíritu militarista y agresivo que Trump descubrió que él podía ejercer y, de hecho, ya ejerció en Siria le ha dado más legitimidad domésticamente que cualquier otra medida. Y le ha servido de cortina de humo, también, para distraer la opinión pública de sus muchos escándalos (Rusia) así como rivalidades internas en su administración (por ejemplo, Kushner vs. Bannon). Las bombas en el exterior siempre se traducen en piropos al interior del proyecto imperial.

Detrás de todo esto, siguiendo a Hinkelammert, «Aparece el mismo mito del anarcocapitalismo con su ilusión de un traspaso total de todas las funciones estatales a empresas privadas del mercado». Este es el traspaso nada populista que Trump está llevando a cabo con muchos de sus decretos presidenciales y minimizando al máximo posible el papel del Congreso para evitar demoras o derrotas como la que sufrió su propuesta de salud, la American Health Care Act, un proceso incluso saboteado por el House Freedom Caucus. Claro, todo esto va a producir desastres sociales, económicos, ambientales y de seguridad y todo esto tiene que ser defendido y resguardado no solo domésticamente sino también internacionalmente.

En lo doméstico, Trump ya está reconstruyendo y restaurando el poder de las fuerzas policiales y militares y, en lo internacional, como se dijo más arriba, Trump ya pasó a otro nivel de la «promoción democrática» y de «cambios de régimen». Desde Latinoamérica (Cuba, Nicaragua y Venezuela) hasta el Medio Oriente (Siria, Irán) y Asia (Korea del Norte, Filipinas, etc.), para usar palabras de Hinkelammert, «los procesos de democratización burguesa [como los propuestos, por ejemplo, por el ala liberal de la Primavera Árabe] ya no forman constituyentes soberanas [como lo quería hacer Morsi en Egipto], sino que se eligen gobiernos civiles [o gobiernos militares-empresariales disfrazados de gobiernos civiles], que sólo ejercen el poder político dentro de los límites establecidos por los aparatos policiales y militares», geo-estrategicos y económicos que configuran los intereses neo-imperiales de EE.UU. en la época totalitaria de Trump.

La visión totalitaria de Trump surge, en efecto, de su núcleo ideológico neoliberal, de empresario de la época preglobalizadora, donde la «ideologi?a del mercado total» es entendida como «ideologi?a de lucha» entre clases y civilizaciones en lugar de una ideología «inclusiva» y «multicultural». Se trata de una visión del mundo que interpreta y trata «la sociedad entera bajo el punto de vista del progreso hacia el mercado total» y en donde «la mi?stica del mercado total se transforma en una mi?stica de lucha de mercados» contra areas vista como de regulación extrema como la Union Europea y China o contra colectivos de mercados que puedan servir de contrapeso colectivo a los intereses particulares de EE.UU. (por ello suspendió Trump el llamado Trans-Pacific Partnership o TPP). Aquí, como escribe Hinkelammert, aparece la imagen de «un enemigo, que es el producto mismo de esta? mi?stica de la lucha de los mercados. Este enemigo no es un adversario competitivo en la lucha de mercados, no es participante en el mercado, sino que es adversario de la vigencia del mercado total mismo y de sus resultados.» Aquí, «mercado total» no es lo mismo que globalismo pero sí representa un intento por retornar o reencauzar la globalización como un proceso que deba girar en torno al eje central de EE.UU. Y quienquiera que resista a trasformar «la lucha del mercado en el principio único y ba?sico de la organizacio?n de la sociedad entera» es visto como un enemigo. Hoy, en la esfera internacional, ni China ni Rusia están dispuestas a ser vistas como «enemigos del mercado total» aunque, contrario al trumpismo, apelen a los mecanismos de la OMC y tratados regionales de libre comercio para buscar regular dicho mercado.

El «dios» de Trump no es el Dios de la gente pobre, de la niñez desgarrada y desprotegida, del mundo. A Trump no le importa esa niñez sino que, al contrario, buscan su inmediata deportación de EE.UU. o una prohibición total a su ingreso como refugiados/as escapando las guerras creadas por las invasiones de EE.UU. mismo. Pero su bombardeo a Siria fue justificado en nombre de esos «bebés de dios» que Trump vio en la pantalla de televisión y que lo llevó a cambiar de parecer en cuanto a su intervención en Siria. Pero ese dios no es el dios de los/as refugiados, de las naciones indígenas, de la gente islámica o, incluso, de gente judía o cristiana que entienden su religión a partir de un compromiso con la vida humana y ambiental real y material. El dios de Trump está representado por la empresa capitalista. En esta visión extrema de lo religioso y lo teológico, en esa teología política neoliberal, siguiendo de nuevo a Hinkelammert, «La empresa capitalista se transforma por tanto, como encarnacio?n de la presencia de Dios en sujeto del esquema liberal de agresión, y como Cristo crucificado en sujeto del esquema cristiano. Al criticarla, limitarla o hasta considerarla y tratarla como un peligro, se crucifica a Cristo.» Como se puede deducir de una ideologia del mercado total, cualquier agresión a la expansion de dicho mercado, cualquier límite a su alcance, es una agresión contra «los bebés de dios» que tienen «derecho» natural a tener acceso a ese mercado. Aquí, cualquiera que predique un Dios de la vida real y material, un Dios de la liberación y de la soberanía, un Dios de la justicia histórica y social como Yahweh o del juicio final a favor de los pobres y los miserables como Jehovah, resulta ser un enemigo. El dios de Trump es, pues, un dios de los/as niños que en su futuro buscarán pertenecer al reino transcendental del mercado total. El «dios» de Trump es el dios del mercado total.

Nota: todas las citas a Hinkelammert vienen de su libro Totalitarismo y democracia, segunda edición, DEI, Costa Rica, 1990.

Marco Fonseca es Doctor en Filosofía Política y Estudios Latinoamericanos por parte de la York University. Actualmente es instructor en el Departamento de Estudios Internacionales de Glendon College, York University. Su libro más reciente se titula «Gramsci’s Critique of Civil Society. Towards a New Concept of Hegemony» (https://goo.gl/Oeh4dG).

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