El crecimiento de la conurbación

Omar Marroquín Pacheco

A medida que la civilización se industrializa, con la introducción del ferrocarril, la actividad industrial se concentró en las ciudades, con el fin de beneficiarse del excedente de mano de obra allí localizada. A partir de ese momento comarcas enteras se organizaron, de forma que los límites de la ciudad sólo se alcanzaban cuando, tras haber urbanizado todo el terreno agrícola, ésta se topa con otra ciudad embarcada en el mismo asunto.

El crecimiento de este tipo, automático y desregulado, resultado como se apuntó anteriormente de la introducción del ferrocarril y el establecimiento de fábricas, estos hechos propiciaron que los agentes de la mecanización no sólo crearon su medio ambiente sino que establecía un nuevo modelo para el crecimiento de las grandes ciudades preexistentes.

Al observar un mapa de Bartholomew, Gran Bretaña de principios del siglo XX, Patrick Geddes de la urbanización había asumido una nueva forma: las áreas urbanas, hasta ese momento distinguibles tanto desde el punto de vista político y administrativo, como desde el punto de vista geográfico, se había convertido en una masa uniforme con alta densidad de población, a una escala que superaba a cualquier gran ciudad del pasado.

Estableciendo una nueva configuración, tan diferente respecto a las ciudades industriales, como estas mismas lo eran respecto a sus prototipos rurales. Esto es lo que se conoce como conurbación, este nuevo tejido urbano estaba menos diferenciado que el anterior, presenta una vida institucional empobrecida; mostraba signos más débiles de integración social y, tendía a aumentar su tamaño en cada nuevo edificio, cada nueva avenida, cada nuevo desarrollo sin ningún límite cuantitativo.

Es así como se va transformando en medio ambiente, los arroyos que hasta entonces ofrecían gran cantidad de pesca y aguas aptas para el baño e incluso para el consumo, se convirtieron en desagües venenosos, entretanto el hollín, los residuos químicos los silicatos y las partículas de acero se acumulan en los pulmones de las personas y en la vegetación, a través del terreno natural que pudiera conservarse. Cabe señalar que todo esto fue producto de la súper concentración, la gran ubicuidad del nuevo tipo de ciudad, junto a su densidad incrementada.

La extensión de la conurbación industrial, no sólo conlleva la obliteración del entorno natural como soporte de la vida, sino que, de hecho, crea como substituto un medio indiscutiblemente antiorgánico: incluso allí donde el suelo se conserva desocupado, en los intersticios de este suelo urbano, éste pierde progresivamente su capacidad para soportar actividades agrícolas o de esparcimiento.

La conurbación apareció con la ocupación de regiones enteras por densos establecimientos industriales, más que con el crecimiento desmesurado de una única ciudad dominante, ambos modelos se superponen.

Todo este crecimiento, atrae a la industria y a los negocios relacionados con el consumo, que gravitan en el suelo más barato de los límites de las áreas metropolitanas, con la subsecuente contaminación, es por eso que Sir John Evelyn, propuso crear anillos verdes, repletos de plantas aromatizantes, para purificar el aire ya fétido de Londres.
Toda esta expansión de la zona contaminada por la industria hacia los únicos terrenos baldíos o boscosos con que cuenta la ciudad hiperdesarrollada, regularmente destinadas para el esparcimiento de las masas, donde se puede disfrutar de la vegetación, o de cualquier otra actividad alta al aire libre, reduce de nuevo las ventajas de la única forma de recreo temporal que persistía: la huida a las afueras.

En general se puede afirmar que, cuanto mayor resulta el grado de urbanización, más importancia cobra la red de transportes, tanto al interior como alrededor de la ciudad.

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