Hasta siempre, querido Alfredo

Carlos Figueroa Ibarra

Los obituarios publicados en estos momentos, de duelo profundo para muchos y para mí en lo particular, destacan sus virtudes intelectuales y académicas. Lúcido funcionario en la Secretaría de Integración Económica Centroamericana (SIECA), fue profesor en la Universidad de San Carlos de Guatemala hasta 1980, profesor investigador en el Instituto de Ciencias Económicas de la UNAM y en otras instituciones. Fue galardonado con la Catedra Patrimonial de Excelencia del CONACYT de México, la Catedra Extraordinaria Narciso Bassols, la distinción de Profesor Investigador Emérito de FLACSO-Guatemala, el premio Universidad Nacional de la UNAM y la Orden del Quetzal.

El otro lado de Alfredo, el de la primera parte de su vida también fue brillante. Fue uno de los fundadores del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) en 1949. Su inteligencia y honestidad hizo que fuera parte del grupo cercano de asesores del presidente Jacobo Arbenz (1951-1954). Sin lugar a dudas, fue el ideólogo del PGT en la década de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado. Alfredo formó parte de la dirigencia de un partido comunista que concluyó que la revolución posible en la Guatemala de mediados del siglo XX, era una revolución democrática burguesa que destruiría el oscurantista legado oligárquico y latifundista heredado por la reforma liberal. Para ese PGT, el horizonte socialista dependería del curso de los acontecimientos mundiales. Solamente la paranoia anticomunista hizo pensar que Arbenz tenía objetivos comunistas. Fue al revés, el PGT se sumó a la revolución antioligárquica que encabezaba Arbenz.

Derrocada la revolución, Alfredo propugnó en el PGT por una salida democrática de consenso entre izquierdas y derechas (la conciliación nacional). Al triunfar la revolución cubana imperó la doctrina de la seguridad nacional y el anticomunismo se exacerbó. También se radicalizó la juventud revolucionaria civil y militar y se impuso la idea de una revolución a través de la lucha armada. La estrella de Alfredo se fue eclipsando: no compartía la idea de la lucha armada pero la represión feroz no ayudaba a su idea de una salida concertada. Como me dijo alguna vez: no tenía alternativa para la lucha armada. Así las cosas, el ciclo militante del notable comunista había terminado.

Conviví en muchas ocasiones con Alfredo. No olvidaré cómo en 2013 nos ayudó a preparar el fiambre de día de muertos en Puebla. Celebramos la vida con la descendencia de Severo Martínez Peláez y Sergio Tischler, el hijo de su querido camarada Rafael Tischler. Y en 1988, de regreso en un avión del Congreso de LASA en Nueva Orleáns me dijo con los ojos húmedos: “los años más plenos de mi vida los pasé en el PGT”. Hoy Alfredo se ha unido con Elsita Castañeda, el amor de su vida.

Hasta siempre, querido Alfredo.

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