Yo, machista

Crosby Girón

Cuando empecé a interesarme por el feminismo lo hice con mucho desdén. Recuerdo que me burlaba de cosas que, hoy lo sé, no entendía. Hay ciertos momentos que tengo muy claros que han sido parte de mi aprendizaje. Es probable que mi contexto social no ayudara mucho a siquiera intentar comprender qué significaba ser machista o feminista. Uno de aquellos momentos fue cuando leí que un varón no puede ser feminista porque nunca podría menstruar… en aquel momento pensé que entonces eso de un hombre machista era una verdadera imposibilidad…

Otro momento fue cuando cayó en mis manos un libro titulado Confesiones de un machista arrepentido. No estaba de acuerdo con todo lo que decía pero ciertas cosas eran incuestionables: desde las leyes se favorecen muchos comportamientos machistas, desde la familia nace una raíz machista que tiene mucha fuerza en la manera en que se forma, tanto a varones como a hembras. El libro fue una suerte de espejo empañado en el que empezaba a ver un rostro que no se parecía a la idea que yo tenía de mi mismo.

El tercer momento tiene que ver, justamente, con esas dos palabritas del párrafo anterior: hembras y varones. Este tercer momento está relacionado con un libro que mi compañera tenía en su biblioteca: El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Allí leí la famosa expresión de Simone sobre que no se nace mujer, sino que se llega a ser. Entonces pensé, no se nace hombre, se llega a ser. Y claro, no se nace machista o macho, se llega a ser.

Durante muchos meses y años me preguntaba cómo es que yo había llegado a ser el machista que era (y que en cierta medida aún soy). En cierta ocasión mi compañera de entonces, que se dedica al periodismo, hizo un reportaje que tituló: Desmontando al macho guatemalteco. Esa frase de nuevas masculinidades me sonó muy interesante y una especie de semilla quedó en mi. No sabía entonces si mi tierra sería fértil para intentar construirme una nueva masculinidad.

En mi historia de relaciones con mujeres mi machirulo estaba omnipresente. Desde mi madre, mis hermanas y mis amigas, y la madre de mi amada hija, habían experimentado y construido conmigo aquel machismo que he arrastrado como la trinchera de un cobarde.

Posteriormente salí de Guatemala y llegué a México, cuya fama de ser una sociedad harto machista es proverbial. Tras ciertas lecturas el tema del machismo volvió a mis conversaciones. Un día, en un bar, quise argumentar que a la luz de lo que decía de Marx sobre las posibilidades de la revolución, el feminismo no podría ser sino un problema porque tan solo ofrecía una división de la lucha… ese momento es muy claro porque en la conversación habíamos tres sociólogos, dos hombres y una mujer, presumiblemente heterosexuales. La compañera casi saltó sobre mi para intentar que entendiera que estaba equivocado. Estuvo casi a punto de golpearme. Quizá debió hacerlo. Me confrontó y me interpeló con coraje. Mi amigo sugirió cambiar de tema, era un alegre componedor.

En otra ocasión viajé a Chiapas, donde los compañeros zapatistas organizaron un seminario sobre el pensamiento crítico y la hidra capitalista. Hubo un momento allá, en el que por alguna razón me quedé rodeado exclusivamente de mujeres y empezaron a hablar de sus experiencias y de cómo ven el mundo. Por supuesto que salió el tema del machismo y del feminismo. Cada una se expresó de acuerdo con sus visiones y convicciones. Yo era un testigo mudo hasta que una de ellas me preguntó mi opinión sobre por qué pensaba que el machismo, sin una aparente organización florece aquí y allá. Casi sin pensarlo les dije que en gran medida era miedo, miedo puro y duro de sentirnos vulnerables. Pero que esa era una idea que yo tenía y que no reflejaba la de mis congéneres, y que quizá nunca iban a aceptarla. Recuerdo con mucha claridad sus expresiones, quizá no esperaban escuchar aquello…

Todas esas experiencias me dejaron muchas dudas. Pensaba que si yo era un machista con imposibilidades de construirme feminista la cosa parecía perdida. Fue entonces cuando llegué por puro azar a la teoría queer. Me interesé, hice lecturas, indagué, conversé con mujeres de todo espectro. Cada día, en mi relación con otros hombres confirmaba mi machismo, el cual se expresaba en formas de hablar, de hacer y de ver a las mujeres. No soy un golpeador, no soy un violador. Pero quizá hay una persona que alguna vez, en medio de una típica relación de “amor romántico” experimentó con toda su fuerza aquel machismo mío.

Fue entonces que una compañera me dijo una vez: es que eres un anticapitalista radical. No era cualquier compañera. Es una periodista, feminista y una de las mujeres que más respeto por su fuerza y su envidiable capacidad analítica. Casi simultáneamente cayó en mis manos un libro que marca para mi un antes y un después: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva, de la gran Silvia Federici. Muchas cosas empezaron a hacer sentido en mi cabeza, pero también en la forma en que me planteaba mis relaciones.

Pero la vida en este sistema neoliberal nos arrastra con una fuerza inconmensurable. No se trata solo de leer y analizar sino de desarrollar una nueva ética, es decir, una nueva forma de relacionarse con uno mismo.

Los sentidos y sinsentidos de la vida me llevaron a mudarme de ciudad nuevamente. Pero una tarde, hace pocos días, me enteré de un coloquio donde estaría Federici. Me conecté y escuché a quienes organizaron y participaron en el coloquio, que iba sobre la idea de lo común. Un tema que había sido central en un congreso que se realizó en Puebla donde fue evidente un choque de visiones con dos destacados profesores de la universidad donde estudié: Raquel Gutiérrez y John Holloway. Lo cual fue muy ilustrativo del espíritu de nuestro tiempo, al menos para mi.

Cambiar de ciudad fue en cierta medida liberador y también traumático. En aquella ciudad dejé entrañables amigas y amigos. Hubo rupturas permanentes y separaciones, espero, transitorias. Esperas para un futuro que espero con ansias. Una amiga española que se iba para Europa me dejó un libro que aún no termino pero que está siendo fascinante: La pregunta por el sujeto en la teoría feminista, de Asunción Oliva Portolés.

El último momento que quiero mencionar aquí ocurrió mientras observaba y escuchaba las intervenciones en el coloquio sobre lo común. El profesor Holloway preguntaba, entre otras cosas: ¿Qué es una mujer? ¿Cómo evitar el riesgo de escencializar a la mujer? La respuesta vino de la genial Federici: cuando hablo de una mujer estoy pensando, dijo, palabras más, palabras menos, en la mujer anticapitalista, en la mujer que se organiza y que lucha. Lo que muchos hombres no han entendido es que la lucha de las mujeres por librarse de la dominación machista es una lucha que también librará a los hombres de la dominación capitalista. Fue un chorro de luz mesclado con sombras lo que sus palabras me regalaron en ese instante.

Algún día espero sentir, y no solo pensar, que he entrado finalmente en el camino de una nueva masculinidad. Un camino donde pueda caminar sin miedo rodeado de nuevos masculinos y de aquella mujer de la que habla Federici.

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