Ahora que es seguro que pierda Trump, ya podemos olvidarnos de una Clinton progresista

Thomas Frank

Y así termina el gran levantamiento populista de nuestra época, que va quedándose patéticamente en nada entre el barro y la intolerancia agitadas por un aspirante a caudillo de tercera llamado Donald J. Trump. Así se cierra una era de indignación populista que comenzó en 2008, cuando el sueño de Davos de un mundo regido por benevolentes banqueros comenzó a agrietarse. El descontento ha adoptado muchas formas en estos ocho años – de las idealistas a las cínicas, de Occupy Wall Street al Tea Party – pero todas han fracasado a la hora de cambiar gran cosa en algo.

Y ahora la última, la manifestación más fea y fraudulenta está fracasando de un modo tan espectacular que puede desacreditar al populismo mismo en los años por venir.

Hace dos semanas, escribía yo acerca de cómo el fenómeno de Trump había reconfigurado la geometría convencional del sistema bipartidista. Trump cotizaba al alza en las encuestas en ese momento, y había razones para creer que su crítica de los acuerdos comerciales – una de las diversas causas de Trump largo tiempo ligadas a la izquierda populista – podría dar al traste con los felices planes centristas de los demócratas.

Ahora vamos a sopesar la hipótesis contraria. En las dos semanas transcurridas, Trump se ha destruido de una manera más eficiente de lo que podría haberlo hecho cualquier campaña de oposición. Primero, lanzó una pila de insultos a a la familia de un soldado norteamericano en Irak, luego destacados periodistas suscitaron dudas acerca de su estado mental, y después (como para confirmar a los escépticos) dejó caer una pista contundente de que los entusiastas de las armas podrían emprender acciones contra Hillary Clinton en caso de que nombrara jueces del Tribunal Supremo que no fueran de su gusto.

Sus oportunidades, según estimación de los sondeos, pasaron casi de la noche a la mañana de ser algo bastante decente a una completa basura. Durante buena parte de este año, el populismo ha tenido verdaderamente preocupada a la clase más dorada. Estaba Bernie Sanders y la amenaza impensable de un presidente socialista. Estaba el aterrador resultado favorable al Brexit. No hace mucho los diarios norteamericanos de tirada nacional publicaban artículos en portada contándoles a los lectores que era hora de tomarse en serio a los seguidores de Trump, si no al mismo Trump. Y el 3 de agosto, Thomas Friedman, columnista del New York Times redactó, para ser exactos, lo siguiente: “Me aterra que la gente esté harta de las élites, que odie y desconfíe tanto de [Hillary] Clinton y esté tan preocupada por el futuro: los puestos de trabajo, la globalización y el terrorismo” que pueda votar de verdad a Trump.

Sí, le aterraba a Friedman que al pueblo norteamericano ya no le gusten sus señores. Puesto que sin duda les ha aterrado a muchos de sus amigos ricos darse cuenta en los últimos años de que la gente antes conocida como clase media se siente enojada por perder su nivel de vida a manos de las mismas fuerzas que están haciendo que esa gente rica se sienta todavía más cómoda.

Bueno, Friedman ya no tiene que sentirse aterrado. Hoy parece que sus élites se están ocupando debidamente de estos asuntos. Los “puestos de trabajo” la verdad es que no importan en estas elecciones ni tampoco la debacle de la “globalización”, ni ninguna otra cosa, verdaderamente. Gracias a este imbécil de Trump, todas esas cuestiones han quedado barridas de la mesa en la que los norteamericanos se congregan en torno a Clinton, la mujer del hombre que concibió el sueño de Davos desde un principio.

Conforme los republicanos más destacados han ido desertando de ese barco que se hunde del Partido Republicano de Trump, el sistema bipartidista norteamericano se ha convertido temporalmente en un sistema unipartidista. Y dentro de ese partido único, el proceso politico tiene un asombroso parecido con una sucesión dinástica. Los miembros del partido en cargos públicos seleccionaron hace mucho a Clinton como candidata propia, evidentemente decididos a elevarla a despecho de cualquier objeción posible, de cualquier potencial problema legal. También ayudó el Comité Nacional Demócrata, tal como nos cuenta WikiLeaks. Y otro tanto hizo el presidente Barack Obama, ese pretérito paladín de la franqueza, que en varios de los últimos años hizo todo lo que estaba en su mano por liquidar todo aquello que desafiara a Clinton para garantizar así que continúe ella su legado de tibio neoliberalismo amigo de los bancos.

Mis amigos de izquierdas se persuadieron de que esta cuestión realmente no importaba, de que las numerosas concesiones de Clinton a los partidarios de Sanders eran concesiones permanentes. Pero con la Convención ya acabada y rebasada la lucha con Sanders, los titulares muestran que Clinton está triangulando a la derecha, haciéndose con los dólares y el respaldo, y que las élites se han escabullido del gran destrozo de los republicanos.

Ella va contactando con el estamento de política exterior y los “neocon”, con los republicanos en cargos públicos, con Silicon Valley, y, por supuesto, con Wall Street. En su gran discurso de Michigan el jueves [11 de agosto] se presentó como la candidata que podría reunir a todos los grupos que polemizan y lograr victorias políticas por medio de una congregación verdaderamente abarcadora.

Las cosas cambiarán de aquí a noviembre, por supuesto. Pero lo que parece más plausible desde la posición actual es una aplastante victoria de Clinton, y con ello el triunfo de la complaciente ortodoxia neoliberal. Habrá conseguido ella su gran victoria, no como adalid de las preocupaciones de los trabajadores sino como la mayor moderada de todos, como líder de una imponente campaña de sensatez y unidad nacional.El desafío populista de los últimos ocho años, lo dirigiera Trump o Sanders, habrá sido derrotado de forma resonante. El centrismo reinará triunfante sobre el Partido Demócrata en los años por venir. Este sera su gran logro. Sonarán las campanas por todo Washington D.C.

De esta forma irónica e indirecta, Trump puede acabar resultando un desastre para la política de reformas en la que nunca ha creído realmente. Desde luego, sería difícil encontrar un líder que pudiera desacreditar más concienzudamente el populismo que este multimillonario libre de compasión. Para las amadas “élites” de Friedman, predigo que Trump les valdrá de importante propósito simbólico. A Trump le encanta jactarse de que es immune al flagelo del dinero en la política, que no es títere de nadie, y a partir de su inminente ruina y deshonra, sin duda se nos dirá que saquemos muchas lecciones acerca de cómo el dinero en la política contribuye en realidad a prevenir el ascenso de gente como Trump y hacer más estable el sistema.

A lo largo de decenios, los de Davos nos han dicho que dudar de la “globalización” era una especie de racismo, y pronto Trump, como perdedor por aplastamiento, les confirmará esto en términos abrumadores.

A mis amigos y a mí nos gusta pensar en quién sera “el próximo Bernie Sanders”, pero lo que aquí estoy sugiriendo es que quienquiera que sea el que surja para dirigir la izquierda populista se verá presentado simplemente como el siguiente Trump. El ceñudo rostro de club de campo se convertirá en imagen de la reforma populista, tuvieran los auténticos populistas algo que ver con él o no. Este es el desastre potencial real de 2016: que el legítimo descontento económico se va a ver desestimado como intolerancia y xenofobia en los años por venir.

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