Nobel de Economía versus socialdemocracia

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De las élites que gestionan la sociedad moderna, únicamente los economistas tienen un Premio Nobel, cuyos últimos destinatarios, Oliver Hart y Bengt Holmström, acaban de anunciarse. Cualesquiera que sean las razones del estatus único de los economistas, el halo que les confiere el premio puede otorgar credibilidad – y a menudo se la da – a políticas que dañan el interés público, impulsando, por ejemplo, la desigualdad e incrementando la probabilidad de las crisis financieras.

Pero la economía no tiene su campo enteramente para ella. Una visión del mundo diferente guía la asignación de cerca del 30% del PIB – en empleo, atención sanitaria, educación y pensiones – en los países más desarrollados. Esta vision acerca de cómo debería gestionarse la sociedad – la socialdemocracia – no sólo constituye una orientación política, también es un método de gobierno.

La economía convencional asume que la sociedad se mueve gracias a individuos que buscan su propio interés comerciando en los mercados, cuyas opciones aumentan hasta un estado eficiente por medio de la “mano invisible”. Pero esta doctrina no está bien fundada ni en la teoría ni en la práctica: sus premisas son irreales, los modelos que apoya son inconsistentes, y las predicciones que realiza son con frecuencia erróneas.

El Premio Nobel de Economía fue instituido por el Banco Central de Suecia, el Riksbank, en 1968. El momento no fue accidental. El nuevo premio surgía de un prolongado conflicto entre los intereses de los mejor situados en precios estables y los intereses de todos los demás por reducir la inseguridad por medio de la imposición fiscal, la inversión social y las transferencias. La Real Academia de Ciencias de Suecia concedía el premio, pero Suecia era también una socialdemocracia avanzada.

Durante las décadas de 1950s y 1960, el Riksbank chocó con el gobierno de Suecia por la gestión del crédito. El gobierno daba prioridad al empleo y la vivienda; el Riksbank, dirigido por un gobernador resuelto, Per Åsbrink, preocupado por la inflación. Como recompensa por las restricciones a su autoridad, al Riksbank se le permitió finalmente dotar un Premio Nobel de Economía como proyecto de prestigio para su tricentenario.

En el seno de la Academia de Ciencias, un grupo de economistas de centroderecha se apoderaron del proceso de selección de los galardonados. Los laureados comprendían una muestra de alta calidad de excelencia académica. Un análisis de su influjo, inclinaciones y sesgos indica que el Comité Nobel mantuvo una apariencia de ecuanimidad mediante un rígido equilibrio entre derecha e izquierda, formalistas y empiristas, Escuela de Chicago y keynesianos. Pero nuestra investigación indica que los economistas profesionales, en conjunto, se inclinan de modo general a la izquierda.

El poder en la sombra del Premio era Assar Lindbeck, economista de la Universidad de Estocolmo, que se había apartado de la socialdemocracia. Durante los años 70 y 80, Lindbeck intervinó en las elecciones suecas, invocó la teoría microeconómica en contra de la socialdemocracia, y avisó de que la alta tributación y el pleno empleo llevaban al desastre. Sus intervenciones desviaron la atención del grave error político que se cometió en aquel entonces: la desregulación del crédito, que condujo a una profunda crisis financiera en la década de 1990 y anticipó la crisis global que hizo erupción en 2008.

Las preocupaciones de Lindbeck eran muy semejantes a las del Fondo Monetario Internacional, el Banco mundial y el Tesoro norteamericano. La insistencia de estos actores sobre la privatización, la desregulación y la liberalización de los mercados de capital y el mercado – el llamado Consenso de Washington – enriqueció a las empresas y las élites financieras, llevó a crisis agudas y minó el crecimiento de las economías emergentes.

En Occidente, la prioridad acordada a las normas individualistas en interés propio que subyacen al Consenso de Washington creó un entorno que nutrió el crecimiento de la corrupción, la desigualdad y la desconfianza en las élites gobernantes, consecuencias no intencionadas de las premisas de la elección racional y el “yo primero”. Con el surgimiento en las economías avanzadas de desórdenes anteriormente ligados a países en vías de desarrollo, Bo Rothstein, especialista sueco en Ciencias Políticas, ha enviado una petición a la Academia de Ciencias (de la que es miembro) para que suspenda el premio Nobel de Economía hasta que se investiguen esas consecuencias.

La socialdemocracia no está teorizada de modo tan profundo como la economía. Constituye un conjunto pragmático de medidas políticas que han gozado de enorme éxito a la hora de mantener a raya la inseguridad económica. Pese a verse sometida a implacables ataques durante decenas de años, sigue siendo indispensable para proporcionar a la población bienes que el mercado no puede proporcionar de manera eficiente, equitativa o en cantidad suficiente. Pero la falta de apoyo intelectual formal significa que hasta los partidos nominalmente socialdemócratas no comprenden enteramente bien cómo funciona la socialdemocracia.

A diferencia de los mercados, que recompensan a los poderosos y la gente con éxito, la socialdemocracia se basa en la premisa del principio de igualdad cívica. Con ello se crea un sesgo a favor de los privilegios de “talla única” (“one-size-fits-all”); pero hay desde hace mucho maneras de gestionar este constricción. Debido a que la economía parece ser apremiante, y debido a que es indispensable la socialdemocracia, las dos doctrinas han mutado para acomodarse la una a la otra…lo que no significa decir que sea el suyo un matrimonio feliz.

Como en el caso de muchos matrimonios infelices, el divorcio no es una opción. Muchos economistas han respondido al fracaso de las premisas centrales de su disciplina retirándose a la investigación empírica. Pero la validez resultante de su disciplina se produce al precio de su generalidad: las pruebas controladas aleatorizadas en forma de experimentos locales no puede substituir a la visión abarcadora del bien social. Una buena forma de empezar a reconocer esto consistiría en seleccionar a los galardonados con el Premio Nobel como corresponde.
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es profesor emérito de Historia Económica de la Universidad de Oxford, donde ocupó la cátedra Chichele. Miembro del All Souls College y de la Academia Británica, su obra más conocida, es The Challenge of Affluence: Self-Control and Well-Being in the United States and Britain since 1950. (2006) Acaba de publicar The Nobel Factor: The Prize in Economics, Social Democracy, and the Market, donde argumenta detalladamente las tesis brevemente expuestas en este artículo.

Fuente: Social Europe Journal
Traducción: Lucas Antón

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