Política moral

David Brooks

Este es un país donde políticos pueden anunciar, promover u ordenar guerras que matan a miles, calificar de “violadores” y “asesinos” a todos los mexicanos, deportar comunidades enteras, torturar, desaparecer y detener de manera indefinida a cualquier extranjero, vigilar de manera ilegal a la población entera, envenenar las aguas de pueblos enteros, permitir que uno de cada seis niños en el país más rico del mundo padezca hambre, dejar impune el asesinato de civiles desarmados por la policía, pero aparentemente esos mismos políticos no pueden tocar el tema del sexo, ni para bien o para mal, en público.

A veces es difícil entender dónde está esa línea que no se puede cruzar y a diferencia de muchos otros países, aquí todo político tiene que pretender que es una persona ética y moral, aun cuando nadie les cree. Más aún, como se exhibió esta semana, esto puede llegar al absurdo de que hombres en la política que llaman a respetar a las mujeres y que denunciaron las declaraciones de Donald Trump sobre su agresión sexual –dijo que cree que puede tocar donde quiera y cuando quiera a cualquier mujer– son los mismos que violan el fundamental derecho de una mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Casi todos los políticos republicanos que condenaron a su abanderado por su falta de respeto a las mujeres se oponen al aborto y, más aún, han promovido limitar e incluso anular servicios de salud para mujeres por todo el país.

Las declaraciones de Trump en una grabación difundida por el Washington Post el viernes pasado podrían ser el último clavo en el ataúd de su campaña política, pero nadie puede fingir que fue sorprendido; el multimillonario tiene una larga historia repugnante de trato verbal y físico hacia las mujeres (sin hablar de sus declaraciones antimigrantes, racistas, xenófobas, sus propuestas anticonstitucionales, incluyendo más tortura, sus burlas hacia los descapacitados y veteranos de guerra, y más).

Pero estas declaraciones de hace una década, reveladas el viernes, aparentemente fueron too much. Aunque Trump primero insistió en que sus palabras no eran más que “plática de vestidor” entre hombres, o sea, algo común, Trump no estaba hablando de su gran poder de seducción o de sus conquistas sexuales, sino que, literalmente, estaba describiendo que había cometido y deseaba cometer actos de agresión sexual, alabando su poder para hacerlo.

Un activista político veterano aquí explicó que “ una cosa es decir que todos hablamos de cómo deseamos a una mujer atractiva… pero otra muy diferente es lo que dijo Trump: forzar a una mujer a hacer lo que queremos; los cuates no hablan así, eso es hablar de violacion sexual”.

Pero entonces ¿sí se puede hablar de deportaciones y de dividir familias, de bombardear aldeas donde mueren mujeres y niñas, de pintar como amenaza a toda una fe religiosa y más, pero eso no descalifica a un político aquí? “Pues sí, a fin de cuentas estamos en un país imperialista, puritano y racista”, resume un veterano del movimiento de derechos civiles y políticos de los latinos. Explica que esos son “extranjeros”, que esta superpotencia se adjudica el derecho a bombardear y matar cualquier país o fuerza que considere una “amenaza”, y que todo eso es “moralmente justificado” por los políticos. Además, todos esos no votan, explicó otro observador.

Otros señalan que este escándalo no es un asunto moral, sólo está disfrazado de moral. Afirman que es mucho más sencillo y se reduce a aritmética nada más: las mujeres son más de la mitad del electorado y en las últimas elecciones presidenciales representaron 53 por ciento del voto emitido.

Por lo tanto, todo esto no tiene que ver con el “respeto” a las mujeres, sino evitar el suicidio político de un candidato o de un partido entero.

Aunque la farsa moral es espectacular, es más curiosa aún la aparente necesidad de mantener la obra en pie. Desde la amante esclava de Jefferson a John Kennedy y Marilyn Monroe, a los juegos sexuales del presidente Bill Clinton en la Casa Blanca, pasando por una historia maravillosamente perversa de un desfile de políticos y figuras religiosas de gran influencia política y otros que se presentaron como los defensores de los “valores familiares” (o sea, la homofobia, antifeminismo y más) que finalmente se colgaron por su propia soga moralista al ser descubiertos en todo tipo de aventuras sexuales, algunas criminales.

Este domingo, Trump respondió a todos los líderes y políticos de su partido que lo denunciaron en estos dos días: “Tantos hipócritas con aires de superioridad”, escribió en un tuit, afirmando que no necesitará del apoyo de ellos para ganar la elección. En lo primero tiene razón, y lo segundo aún no está descartado.

La violencia sexual, sobre todo contra mujeres en Estados Unidos, es espeluznante. Cada 109 segundos un estadunidense sufre un asalto sexual, y cada 8 minutos esa víctima es un menor de edad. Una de cada 6 mujeres ha sido víctima de una violación sexual o un intento de violación, según estadísticas de RAINN, la organización nacional contra la violencia sexual en este país, y datos oficiales del gobierno.

Que un candidato a la presidencia sea una de las caras de las estadísticas en este tipo de agresiones y violencia contra las mujeres, es obviamente repugnante y espantoso.

Pero hay muy pocos entre la clase política, incluida la contrincante de Trump, que pueden atreverse a ser jueces de la moralidad. Y ese es el gran problema que se está exhibiendo en esta elección. Más aún, tal vez lo más escandaloso de todo es que los políticos se atrevan a usar la palabra “moral”.

Tal vez debería haber una moratoria sobre el uso de esa palabra entre la clase política, por ahora. Sería un alivio tanto para ellos como para todos los que tenemos que escucharlos.

Fuente La Jornada

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