Por qué la desigualdad importa: las lecciones del Brexit

Mike Savage Niall Cunningham

A lo largo de la última década el desafío de la desigualdad creciente ha movilizado un notable interés público y académico por todo el globo, hasta el punto que hemos defendido que estaríamos presenciando la emergencia de un “paradigma de la desigualdad” interdisciplinar en las ciencias sociales” Hemos visto cómo análisis de la desigualdad provocaban grandes debates en economía a través de la obra de reconocidos investigadores como Tony Atkinson, Joseph Stiglitz y Thomas Picketty. En sociología el estudio de la estratificación social ha pasado de convertirse de un nicho a prácticamente el tema característico. En el Reino unido, donde trabajamos, pero también en muchos países europeos, esto ha llevado a un resurgir del interés en la clase social – un tema que hace quince años había sido visto como marchito y obsoleto. Registramos tendencias similares hacia el redescubrimiento de la desigualdad en las ciencias políticas, la antropología, la geografía y a través de todas las ciencias sociales.

Pero esto no son solo debates académicos. Hemos visto también cómo científicos sociales con diferentes enfoques han usado el tema de la desigualdad para escribir obras auténticamente populares, que han atraído masivamente el interés público al mismo tiempo que se alimentaban de un gran debate académico. En el Reino Unido, el libro Desigualdad: un análisis de la (in) felicidad colectiva de los epidemiólogos Richard Wilkinson y Kate Pickett’s ha vendido más de un cuarto de millón de copias, ha inspirado la formación de una poderoso grupo de campaña, The Equality Trust e incluso ha conducido a la producción de una película taquillera: The Divide. Nuestro propio trabajo en la “Gran Encuesta Británica de Clase Social” de la BBC (GBCS en adelante) llevó a que cerca de nueve millones de personas realizaran un quizz interactivo para decidir a qué clase social pertenecían en estos tiempos, y también nuestro reciente libro Social Class in the 21st Century ha sido muy comentado. En los EEUU, académicos como Joseph Stiglitz y Raj Chetty están dirigiendo un grupo de intelectuales públicos y académicos de prestigio. Por supuesto, la intervención más exitosa es la de de Thompas Picketty en El capital en el siglo XXI, la monografía de imprenta universitaria más vendida en la historia (más de un millón y medio de copias vendidas).

Esta atención en la desigualdad ha sido respaldada por una rápida inversión institucional en el análisis de las desigualdades. Un ejemplo británico importante es el International Inequalities Institute de la London School of Economics (LSE) – del cual yo mismo (Mike Savege) soy codirector – y el cual recientemente anunció una mayor financiación de Atlantic Philanthropies para formar liderazgos en el combate contra la desigualdad. Para dimensionar esta donación con perspectiva: es la subvención más grande en la historia de la LSE. Estamos trabajando estrechamente con compañeros en el sur global para desarrollar nuestro programa de Socios Atlánticos, especialmente con el Graduate School of Development Policy and Practice de la Universidad de Cape Town y el Centro para el Estudio del Conflicto y la Cohesión Social en Chile.

Sin duda podemos esperar muchas más iniciativas como estas en un futuro cercano. Una característica reciente que llama la atención es el interés de las fundaciones filantrópicas en financiar específicamente trabajos sobre desigualdad. Atlantic Philantrhopies ha alumbrado este camino mediante su inversión en la LSE, la Universidad de Cape Town y de Cornell (entre otras). La Fundación Ford ha situado su próximo foco en las desigualdades, y capitalistas filántropos como Mark Zuckerberg y Bill Gates han mostrado su intención de intervenir en este área.

Con esa descomunal inversión intelectual e institucional es obligada una reacción crítica. ¿No hay un peligro de malentendidos y que se crucen los cables con la etiqueta “desigualdad” cuando es usada como un mustio estandarte bajo el cual pueda cobijarse cualquier cosa? ¿No hay de hecho diferencias fundamentales en la forma en que los economistas y sociólogos analizarían la desigualdad, por ejemplo, diferencia que no podría realmente ser disimulada mediante un concepto atrapalotodo atractivamente amplio? Como Ananya Roy cuestiona en su interesante contribución a esta discusión, ¿no hay un peligro de que la desigualdad devenga simplemente un sinónimo de “justicia social”, y que temas persistentes como la pobreza sean obviados? ¿No se pierden temas fundamentales como el racismo y el sexismo en la pegajosa mezcla de la desigualdad? ¿No es el slogan de la desigualdad simplemente una oportunidad para los académicos se suban al carro de la preocupación pública y política sobre los supér ricos y el 1%? ¿Y no son los capitalistas filántropos quienes quieren abordar la desigualdad simplemente aliviando sus consciencias (pese a cuestionar al mismo tiempo la “eficiencia” de los impuestos)?

Mientras todas estas son cuestiones legítimas, sin embargo creemos firmemente que la cuestión de la desigualdad no es simplemente una moda pasajera y de hecho señala a un replanteamiento fundamental que debe tener lugar. Defendemos que la clave del énfasis en la desigualdad es la necesidad de un análisis relacional, de tal manera que si queremos comprender adecuadamente la dinámica del cambio social hoy necesitamos mirar hacia arriba a la cumbre, pero también hacia abajo, al fondo, de las jerarquías económicas y sociales. Sostenemos también que el paradigma de la desigualdad acepta el argumento interseccional según el cual debemos dejar de intentar enumerar los diferentes elementos o variables de la desigualdad y en vez de ello centrarnos en sus excedentes y reforzamientos mutuos. De este modo nos movemos más allá de los modelos de crecimiento económico y nos alejamos de concepciones lineales de la desigualdad.

Es necesario dar este paso urgentemente porque hay una amplia evidencia de que las dinámicas políticas están siendo conducidas cada vez más por espirales de desigualdades intensificadas. Dicho de otro modo, las desigualdades económicas crecientes están desbordándose en todos los aspectos sociales, culturales y políticos de la vida, y existen poderosos bucles que retroalimentan estas diferentes esferas, generando tendencias muy preocupantes. Desde nuestro punto de vista es muy preocupante la manera en que las élites ricas se atrincheran cultural y socialmente, y hasta qué punto un gran número de grupos desfavorecidos quedan fuera de su alcance. Vemos el poderoso sentimiento anti-élite que todo esto genera tomando formas tempestuosas y turbulentas en muchas partes del mundo. En el caso de Reino Unido, el ejemplo reciente del Brexit lo muestra claramente.

El Reino Unido es interesante, desde un punto de vista analítico, como uno de los países entre las economías desarrolladas que se ha movido más rápidamente hacia la desigualdad desde 1970. Como tratamos en Social Class in the 21st Century, esto está vinculado a la forma en la que la City de Londres devino el mayor centro financiero global y el corazón de los súper-ricos, al mismo tiempo que las viejas áreas industriales del norte, Gales y Escocia por poco presenciaron su completa desindustrialización.

Usar la Gran Encuesta Británica de Clase Social para explicar el voto del Brexit

El reciente referéndum del Brexit mostró cómo fue masivamente dividido el Reino Unido sobre la cuestión de su permanencia en la Unión Europea, y esta fractura es asociada con la brecha social que se ha abierto. El primer mapa indica dónde se concentraron los votantes del “remain” en Inglaterra y Gales, y revela una geografía muy significativa.

Escocia e Irlanda del Norte no fueron incluidas por el característico camino político que han tomado esas naciones. Para Escocia, ser miembro de la UE se ha convertido en un símbolo de soberanía escocesa y un medio de reconocimiento más allá de Inglaterra que enfatiza su alteridad respecto a ésta. Para Irlanda del Norte, la UE es una superestructura que promueve un acercamiento transfronterizo a un abanico de temas económicos y de infraestructura, por lo tanto facilitando de facto un tipo de unificación discreta y tácita entre el norte y el sur de Irlanda a través de una gran variedad de cuestiones.

Centrándonos en Inglaterra y Gales, la mayoría de Londres y su acaudalado interior occidental, votó sólidamente por el “remain”, como lo hicieron también un número de ciudades con universidades reconocidas – tales como Bristol, Manchester, Oxford, Cambridge, Norwich y York. Las áreas azules donde los votantes del “remain” fueron mucho menores en el terreno fueron el corazón de las viejas zonas industriales del norte de Inglaterra y las midlands, el Gales industrial y las áreas rurales, especialmente la zona este de Inglaterra.

Este mapa está arrolladoramente asociado con el mapa de la desigualdad en el Reino Unido como podemos ver usando los datos de la Gran Encuesta de Clase Social, la cual, a causa de su inusualmente enorme tamaño de muestra, puede ser representada a un nivel granular. El segundo mapa muestra la geografía de los ingresos domésticos, el valor patrimonial y los ahorros. Vemos, de forma poco sorprendente, cómo destacan Londres y el área sudeste.

Pero el encaje con el voto del “remain” no es perfecto. Este mapa no selecciona/destaca las ciudades universitarias fuera del sudeste, las cuales fueron también fuertes defensoras del “remain”, ni tampoco distingue claramente las áreas orientales de Inglaterra – especialmente el Thames Gateway al este de Londres – las cuales fueron desproporcionadamente defensoras del “leave”.

Los datos de la GBCS nos permiten desarrollar una medida de cultura “intelectual” – o lo que podría ser visto, siguiendo a Bourdieu, como “élite” – para ver si esto está correlacionado con el voto del “remain”. Como explicamos en nuestro libro Social Class in the 21st Century, este mapa permite identificar gente que probablemente asista a conciertos de música clásica, opera y teatro; que visite galerías de arte y museos; que tenga majestuosas viviendas en propiedad, etc.

El mapa de capital cultural también muestra afinidades claras con el voto del “remain”, especialmente con los que obtienen más valor alrededor de Londres. Pero el encaje dista de ser perfecto – con bolsas de cultura intelectual en el norte, este y oeste de Inglaterra no relacionadas con fuerte presencia de votantes del “remain” en esas áreas.

Podemos también desarrollar una medida de “capital social” – las conexiones sociales de la gente. El mapa final extrae las áreas donde los contactos sociales de la gente tienden a tener los valores más altos de status profesional – o por decirlo de otra manera, donde las relaciones sociales más elitistas y exclusivas están localizadas. De nuevo, vemos valores muy altos en Londres – pero también vemos con mucha más claridad cómo las zonas del este de Inglaterra con apoyos débiles al “remain” también presentan valores bajos de capital social. Algunos de los baluartes septentrionales del “remain” también tienden a tener más capital social selecto.

Correlaciones simples de dos variables además de modelos de regresión confirman que el capital social selecto es de hecho la medida particular con más éxito prediciendo si las zonas tienen alta probabilidad de votar por el “remain”. Y ciertamente el coeficiente de correlación, 0.790, es asombrosamente alto.

¿Cómo interpretamos este descubrimiento?

Lo que demuestra el ejemplo del Brexit, por lo tanto, es que es esa asociación entre diferentes facetas de la desigualdad es ahora fundamental, y es la forma por la que las desigualdades económicas son refractadas y se vuelven tangibles en terrenos sociales y culturales que les dan tal significado. El hecho de que el capital social selecto sea el mejor previendo el voto “remain” explica por qué aquellos que apoyaron el “remain” fueron tan sinceramente sorprendidos de que el resultado no fuera aceptado por todas partes.

La gente con la que estaban asociados, con la que compartían sus intereses culturales o de ocio, y quienes estaban en una situación económica similar, pensaron como ellos. Lo que este sector – en la cual se incluye profesiones liberales tanto como directores ejecutivos – no había sencillamente reconocido es el gran número de personas en Inglaterra y Gales que estaban en una situación muy diferente a la suya, simplemente fuera de su órbita social. Los datos sobre capital social de la GBCS subrayan de forma poderosa los altos niveles de aislamiento de clase que existen dentro de las clases medias urbanas, particularmente en Londres.

Esta división social fundamental cristalizó en dos cuestiones claves de la campaña. Estaba primero la movilización de las visiones de “los expertos”. Para aquellos que pertenecían al bando del “remain”, el apoyo universal y claro al “remain” por parte de la opinión de científicos y profesionales fue completamente persuasivo. Sin embargo, lo que fallaron en reconocer fue la existencia de enormes cantidades de personas que, en una reacción anti-elites, consideraron repugnantes a los expertos, hartos de ser clasificados y malentendidos por “expertos”.

Fue este punto el que Michael Gove, uno de los principales defensores de la campaña Tory del “leave”, incluyó como central en su retórica cuando defendió que “la gente de este país ha tenido ya suficiente de expertos”. Esto no debería ser despachado sencillamente como anti-intelectualismo, desde el momento en que tocó un nervio profundo: el conocimiento de expertos no es visto como una cualidad neutral y objetiva, sino como una herramienta que es empleada en favor de los poderosos. Este tipo de discurso anti-élites ha aflorado en diversos ámbitos, como ha mostrado muy bien la obra clarividente de Thomas Frank, What’s the matter with Kansas, Y por supuesto, este discurso anti-élite tiene bases reales. Los trabajadores desempleados del metal, del textil o de la alfarería habrán visto sus cualificaciones convertidas en superfluas, pese a que aquellos que invirtieron en expertise técnico y científico hayan salido bien parados. El descubrimiento para el caso americano de Liu y Grusky por el cual aquellos trabajadores con habilidades analíticas han tenido las mayores retribuciones sobre cualquier otro tipo de cualificación, debe ser subrayado. En las últimas décadas los expertos lo han hecho muy bien, gracias. Para estar seguros, ellos querrían mantener la mano que les da de comer.

El segundo tema clave es la inmigración, cuestión que se ha probado crucial durante la campaña. A pesar del racismo entre ejecutivos y profesionales, hay un consenso cosmopolita y liberal a favor de la inmigración, la cual se ve como un incremento de la reserva de trabajadores cualificados así como una mejora del alcance de expertos y mercados con los que uno trabajaría. También se ve como ejemplificación de la justicia social y una mejora la diversidad urbana y la calidad de vida. Para mucha gente con capital cultural, esto es sentido común y está fuera de toda controversia. Sin embargo, como nuestra colega Lisa McKenzie ha subrayado, hay poca consciencia e incluso menos simpatía por cómo estas cuestiones operan de diferentes maneras para aquellos más desventajados. Para mucha gente británica blanca en posiciones económicas más desafortunadas, los inmigrantes pueden aparecer realmente amenazantes – no sólo en términos de seguridad en los empleos, sino también en términos de demanda de servicios, vivienda y cosas por el estilo. La cuestión de la inmigración por lo tanto presentó dos orientaciones y expectativas distintas que son difíciles de reconciliar.

El Brexit demuestra, de una forma especialmente virulenta, que las desigualdades no son cosas que existan confinadas en áreas específicas, como la renta o la riqueza, o variables discretas diferenciadas, como la raza o la clase. Las desigualdades inundan los ámbitos sociales, culturales e intelectuales hasta el punto en que acaban convertidas en escisiones fundamentales y quedando relativamente pocas oportunidades para construir puentes entre estos mundos. Estas divisiones están lejos de estar confinadas en el Reino Unido – estaban inmediatamente presentes en la campaña presidencial americana, también en muchos países europeos y en otras zonas.

Más allá del Brexit: el estudio crítico de la desigualdad

En muchas partes del mundo esta cuestión está alcanzando un punto crítico en relación al problema de la meritocracia. La perspectiva de “movilidad ascendente para los que la merezcan” ha sido un mantra esencial para legitimar y justificar altos niveles de desigualdad económica. Por supuesto, la meritocracia se ha descubierto a menudo para ser demandada. Mujeres, minorías étnicas, y aquellos con los backgrounds más pobres no han tenido iguales oportunidades a los hombres, blancos, y aquellos con backgrounds bien provistos. En el pasado, sin embargo, esto podría ser un estímulo para la acción, como un medio de encontrar mecanismos para corregir este déficit a través de varios tipos de políticas contra la discriminación y por la discriminación positiva. Hoy, la consciencia de la meritocracia ha alcanzado un nivel diferente, en el cual crecientes cantidades de gente están cuestionando sus pilares, dada la capacidad tan efectiva de las élites para usar la meritocracia como forma de sacar ventaja.

Los valores meritocráticos no sólo no se satisfacen, sino que de hecho reproducen mecanismos que permiten a los afortunados asegurar y reproducir sus privilegios. Como numerosos sociólogos han mostrado, en un sistema educativo altamente competitivo en el que el acceso a las instituciones de élite figura de manera desproporcionada, son aquellos que pueden traer consigo ya de casa los mayores recursos y ventajas – no sólo económicas sino también de capital cultural y social – los que lo harán probablemente mejor.

El sistema educativo estatal en Londres es un excelente ejemplo de cómo esto ocurre y por qué debe ser un espacio central para nuestra comprensión de la desigualdad. En Londres, las zonas geográficas donde se ubican las mejores y más ostensiblemente meritocráticas escuelas han sido casi completamente colonizadas por afluentes de familias profesiones que pueden permitirse el coste abusivo de la propiedad en esas zonas. Es más, estos liberales urbanos pueden limpiar sus consciencias en el conocimiento de que ellos permanecieron fieles a los principios meritocráticos verdaderos por rehuir el elitismo transparente de la educación privada de pago.

Es por estas razones por las que pensamos que debe ponerse en el corazón de nuestras preocupaciones un estudio crítico de la desigualdad. Los circuitos de desigualdad son poderosos, se mueven entre diferentes ámbitos de desigualdad, y están generando hoy día rupturas sociales fundamentales. Las fuertes fracturas que ya nos rodean generan crecientemente desafíos a nuestro tejido social que demanda correcciones urgentes. En este contexto, no podemos sencillamente retirarnos a nuestras perspectivas académicas, o a mantras establecidos, sino que debemos pensar en una forma creativa e interdisciplinar sobre cómo abordar lo que está convirtiéndose en el mayor desafío social que enfrentamos.

Mike Savage
profesor de sociología en la London School of Economics y codirector del Instituto Internacional de las Desigualdades de la misma institución. Ha escrito abundantemente sobre desigualdades de clase social, especialmente sus dimensiones culturales. Su obra con la BBC en “Grat British Class Survey” es la obra más conocida de sociología digital nunca realizada, con más de nueve millones de personas que interactuaron en el “class calculator”. Su reciente libro “Social Class in the 21st Century” (Pelican, 2015) ha generado mucho interés público en Reino Unido.

Niall Cunningham
profesor titular de geografía humana en el departamento de Geografía de la Universidad de Durham. Emplea Sistemas de Información Geográfica para el estudio de las dinámicas históricas y espaciales de la desigualdad social y el conflicto político.
Fuente:

Why Inequality Matters: The Lessons of Brexit

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