La impuntualidad en la Universidad

César Antonio Estrada M.

¿Le ha tocado a usted, amable lector o gentil lectora, asistir a una conferencia y darse cuenta de que no tiene visos de empezar o de que ni siquiera los esforzados organizadores se han hecho presentes? En ocasiones, con un poco de mala fortuna, incluso el salón donde se realizará la actividad tiene las luces apagadas o simplemente está cerrado, y hay que esperar a que el empleado encargado tenga la fineza de abrir y permitir que los asistentes ingresen. Una vez adentro y cada quien en su asiento, se ve cómo un ayudante se acerca al podio, desenfunda una computadora y empieza a presionar teclas en su afán de transmitir imágenes por la “cañonera” a una grande e iluminada pantalla. Prueba y vuelve a probar, hasta que, ante la admiración de la concurrencia, se proyecta la imagen de la última versión de Windows. Esto, que podría haberse hecho con antelación, distrae un poco de la espera al público asistente.

He estado en algunas actividades académicas en la Usac, como una que se realizó está semana, en que, como si fuera lo más normal, empiezan hasta más de una hora después de la programada: los asistentes se preguntan si vieron bien su reloj, si no habrán confundido el horario o la fecha de la disertación, tratan de buscar a un conocido para platicar y pasar el rato, unos se entretienen con su teléfono inteligente, otros se levantan y se vuelven a sentar o cabecean un poco y algunos, en fin, más previsores, han llevado un libro y se ponen a leer.

¿Por qué esta desconsideración o falta de respeto hacia los concurrentes?, ¿se creerá que no tienen nada qué hacer y les da lo mismo estar allí esperando con cara de extrañeza que estar en cualquier otro lugar haciendo cualquier cosa o simplemente matando el rato? ¿O pensarán los organizadores, por el contrario, que quienes asisten tienen criterio propio que les permite valorar la conferencia, consideran que vale la pena oírla y han dispuesto su tiempo para ello? También podría estar ocurriendo una especie de círculo vicioso propio de estas latitudes en que quienes organizan piensan “la gente siempre llega tarde, será una pena que el conferencista invitado le hable sólo a las paredes o a las butacas vacías”, en tanto que el público se diga, “estos siempre son impuntuales, para ahorrarme la espera llegaré media hora después”. Quién sabe, vaya usted a saber: grandes son algunos misterios en nuestra aldea. Lo cierto es que la seriedad del trabajo universitario o académico no va con estas folclóricas ligerezas.

Te gusto, quieres compartir