Sin el oro y sin la plata: Copa y Juegos en clave política

David Quitián *

Hace cuatro años vivo en Brasil, en Niterói, ciudad conurbada con Rio de Janeiro. En ese periodo el país tuvo elecciones presidenciales, un mundial de fútbol, un proceso de destitución de la presidenta y los Juegos Olímpicos en curso. Claro, pasaron muchas cosas más, muchísimas, porque –esa es la primera conclusión- en Brasil la intensidad de la vida es directamente proporcional a su tamaño geográfico y demográfico. Como extranjero residente pude experimentar aquello de “o maior do mundo”.

Sin embargo, ese vértigo de hechos y su –digámoslo así- “fuerza dramática” no necesariamente implica cambios sucesivos: esa impresión es la misma que ya viví en mi país, Colombia, que todos los días generaba titulares en la prensa internacional, pero en el que “no pasaba nada” y recién ahora- luego de 50 años- por fin verá algo verdaderamente importante: se firmará la paz con la guerrilla de las FARC suscitando modificaciones estructurales en nuestra sociedad.

¿A dónde quiero llegar con esto? A que el frenesí de la cotidianidad puede inducirnos una sensación de grandes cambios, de transformaciones, que realmente no lo son: Brasil es como su carnaval, una nación cíclica que se dispara en efervescencias episódicas y vuelve a la calma relativa del día a día. Eso no significa que no haya riqueza en sus manifestaciones culturales (quizá las más potente de la región) y que en política tenga hoy por hoy el proceso más candente de América Latina.

El efecto Lula

Sin embargo, pese a esa advertencia, no se puede negar que en los últimos años hubo acontecimientos que podrían escapar al mordaz juicio de “lo mismo de siempre”: Lula da Silva, un tornero, llegó al poder, modificó el libreto de sus antecesores produciendo indicadores sociales fantásticos, inscribiendo su gobierno en la tendencia hacia la izquierda de América Latina en la que desempeñó un papel de liderazgo ampliado a esferas extracontinentales: los acuerdos de cooperación con Timor Oriental y las naciones africanas de habla portuguesa –amén del inédito acento sudamericano- evidenciaron una agenda que rompió la monotonía binacional con Argentina y resquebrajó el esquema pro estadounidense y europeo de relaciones internacionales.

El Gobierno de Lula supo mixturar la fortaleza macroeconómica con la mejora del bienestar social, acrecentó su popularidad –como si su carisma no bastara- y vivió la feliz refrendación con la elección de su heredera política: Dilma Rousseff. En esos tiempos de bonanza política y fortaleza del Real, se propuso realizar dos eventos que, dadas sus características, solo podían ser codiciados por países con la condición de solvencia que tenía Brasil.

El PT y los megaeventos

Brasil concursó y ganó los dos mayores eventos de la contemporaneidad. La elección fue una especie de premio a su desarrollo en los términos del Banco Mundial, sin con ello desconocer los logros sociales del binomio Lula y Dilma. Esa fue la cereza sobre el pastel, que coronaba la afortunada fusión de lo macro con lo microeconómico. Propuesta que hacía tambalear la creencia de que abrir universidades públicas y vigorizar el sistema de subsidios y becas, por poner apenas un ejemplo, no era compatible con la inflación y el desempleo de un digito ni con el crecimiento económico.

Sin embargo, la apuesta debe leerse en clave de política internacional: no sólo fue la candidatura ganada por Brasil, fue también la presentación exitosa de un gobierno de izquierda (sin los señalamientos hechos a la Unión Soviética y China en los Olímpicos de 1980 y 2008). Fue el triunfo en “grandes ligas” de un gobierno latinoamericano que se atrevía no apenas a realizar uno sino los dos eventos, en un lapso de dos años y con agregados notorios: en el 2014 se ampliaron de 10 a 12 las ciudades sede de la Copa.

La elección de Brasil para ser sede del Mundial 2014 y de Rio de Janeiro de los Olímpicos de 2016 tenía también un mensaje interno: la izquierda en general y el Partido de los Trabajadores en particular (PT) demostraban que su estrategia no sólo era asunto biopolítico: se anotaban también un triunfo anhelado por la derecha, ser reconocidos por todos los organismos multilaterales –especialmente los económicos- como actores destacados y en algunos casos como pares en la élite del gobierno mundial.

Pero ningún romance dura para siempre: de ser portada de la Revista Time y ser nombrado uno de los políticos más influyentes del planeta, hoy Lula es investigado por la justicia y su copartidaria, la presidente Dilma, apartada del cargo con pocas posibilidades de volver. ¿Qué ocurrió para esa debacle? Varias cosas, y entre ellas los dos megaeventos deportivos jugaron un papel destacado.

Los coletazos del Mundial

El primer campanazo de alerta ocurrió en los días previos a la Copa del Mundo: ¿recuerdan los millones de protestantes manifestándose? Es interesante apreciar las diferencias entre esas multitudinarias marchas y las recientes que buscaban la salida de Dilma o su permanencia: las primeras, en el marco de la Copa de las Confederaciones, no reconocían ningún liderazgo, tenían un amplísimo pliego reivindicatorio (inclusión para minorías, más y mejor salud y educación, etc.) y contaban con la presencia afrobrasilera; mientras que las protestas del último tiempo, especialmente las pro-salida de Dilma, tuvieron un marcado acento de coalición partidista de derecha y no tenían negros.

Otro elemento no menor es el pretexto de esas manifestaciones: el fútbol que, a la inversa de ser el “opio del pueblo” –la vieja acusación que se le endilga por parte de cierta aristocracia intelectual–, fue un operador del descontento. Los excesos de la FIFA desataron la indignación popular, especialmente por la arrogancia de Jerome Valcke (entonces secretario ejecutivo, hoy salpicado por escándalos de corrupción) que llegó al cinismo de confesar que “menos democracia favorece la Copa”.

Una conclusión que merece mayores desarrollos es que el éxito relativo de los gobiernos de Lula y Dilma produjeron la posibilidad de esas manifestaciones: basta ver cómo el grueso de quienes protestaban eran de clase media (la misma que engrosó Lula sacando gente de la pobreza), con presencia masiva de población afro (grupo particularmente beneficiado por las políticas del gobierno del PT) y activismo movilizador del estamento académico que, según sus propios testimonios, nunca antes tuvieron un momento tan feliz en materia de financiación e infraestructura como en los tiempos de Lula.

Exacerbada expresión popular que puso de acuerdo a la élite política que, pese a sus diferencias, legisló en tiempo récord ajustes a la tarifa de transporte (el detonante) y destinación exclusiva de beneficios petroleros a la salud y educación. En síntesis: en las protestas de 2013 hubo dos conquistas nacionales y una internacional nada despreciable, consistente en que la FIFA tendrá que pensarlo dos veces antes de seleccionar una sede distinta a la veintena de naciones que no sufren las contingencias económicas ni políticas (o son potencias y/o son regímenes totalitarios) que dificultan, como decía Valcke, el leonino modelo de negocio de los jerarcas de Zúrich.

No es de extrañar que haya sido Brasil, el “país del fútbol”, caldo de cultivo para esa posible mudanza. De ser así, Brasil 1 FIFA 0. Marcador distinto al 7 a 1 que remite al escenario actual de golpe a la democracia ¿Cuál es la relación? Para nadie es un secreto que la Copa fue politizada al punto que varias sedes (como Sao Paulo, bastión del partido líder del impeachment, el PSDB [1]) retrasaron las obras para enturbiar esa imagen positiva ganada en la elección.

Pero la estruendosa caída ante Alemania, leída por varios colegas como vergüenza, distinta de la tragedia del Macaranazo, no pudo ser capitalizada por petistas (del PT) ni por oposicionistas: la Copa salió tan bien en lo organizativo y económico que dejó sin argumentos a la oposición y el oprobioso desempeño deportivo eliminó cualquier propaganda oficial.

Con ese antecedente llegan los Juegos Olímpicos que replicaron las protestas del Mundial, aunque en menor escala y con un espectro más focal, circunscrito a Rio de Janeiro. Protestas que comprobaron sus demandas con la declaración oficial de quiebra del estado carioca expresado en atrasos en los salarios de empleados públicos y de las mesadas a los pensionados y en el cierre de hospitales, escuelas y universidades. Todo –o casi todo– por culpa de los Juegos, que son calificados por sectores sociales como Juegos de la exclusión (incluidas las 100 familias desplazadas por la construcción de arenas y equipamientos olímpicos). De ahí las tentativas de apagar la antorcha antes de su llegada al Maracaná.

Juegos que no se necesitaban para incrementar el orgullo de los cariocas por su ciudad: Rio tiene elementos de sobra para alentar la vanidad de sus habitantes. Olímpicos que prometen unos legados para la ciudad y el país que todavía no se disfrutan y que sólo en el mediano y largo plazo podrán valorarse en ponderación al gasto público y el sacrificio de seis años de incomodidades y traumatismo en la vida de los moradores de la ciudad maravillosa.
Juegos que, para concluir con la argumentación de cuño político, se volvieron contra sus proponentes –el gobierno petista– en parte por los vaivenes de la economía internacional (especialmente el desplome del precio del petróleo), por yerros en su administración, por la corrupción en sí misma y por el descrédito público de la gestión –magnificada como “crisis” por el aparato mediático hegemónico afín a la coalición pro-golpe– que minó la gobernabilidad. También, digámoslo claro, por los faraónicos gastos desde tiempos de la Copa. Todo ello conjugó un ambiente propicio para el zarpazo de la oposición, que ahora aprovecha las bambalinas de Rio para completar su obra en Brasilia.

…………………………….
* David Quitián: Sociólogo y Magister en Antropología, Universidad Nacional de Colombia. Profesor de Sociología, Universidad Nacional Abierta y a Distancia- UNAD. Candidato a doctor en antropología por la Universidad Federal Fluminense (bolsista de CAPES- Brasil).

[1] Partido da Social Democracia Brasileira. Partido del anterior presidente Fernando Henrique Cardoso y de Aécio Neves (candidato derrotado por Dilma en los últimos comícios).

Te gusto, quieres compartir