El cáncer olímpico

Pierre-Luc Beauchamp
La Presse

Traducido del francés para Rebelión por Susana Merino

En este año olímpico, la historia del verano ha sido la del dopaje ruso institucionalizado. Hace dos años se trataba (muy brevemente) de boicotear los juegos de Sotchi a causa de la política exterior rusa. Y la respuesta surgió rápidamente, ¿cómo era posible privar a los atletas alcanzar sus sueños? ¿Debían ser ellos quienes soportaran sobre sus espaldas el peso de la ética mundial? ¿Acaso los juegos no deben ser “apolíticos”?

Finalmente fuimos todos a comulgar a Sotchi como los atletas que muerden su sagrada medalla, como si fuera una hostia olímpica.

¿Y el dopaje, entonces? Si solo se tratara de un problema de dopaje. Pues bien desgraciadamente, debemos reconocerlo, los juegos se han convertido en un cáncer, un tumor planetario que se hincha cada dos años al ritmo de su presupuesto. Los “JO” expresión sintetizada por la sobreutilización del término en los medios impresos, no tienen ya, simplemente, más legitimidad económica, social ni moral. El dopaje no es más que el síntoma de una enfermedad que se nutre de los récords a cualquier precio.

Los famosos fallos económicos de los Juegos son en primer término los de los fondos públicos lanzados al aire por los gobiernos, que terminan en los bolsillos de las empresas que giran alrededor del proyecto.

Las decenas de miles de millones invertidos en los juegos son restados a inversiones en salud y educación. Se prefiere construir un único complejo deportivo para la élite de los atletas antes que construir centenares de instalaciones para todos los jóvenes del mundo.

Tanto el Gobierno canadiense como los de otros países se fijan por objetivo obtener medallas a golpe de millones mientras que las canchas y los terrenos dedicados al deporte en los barrios más pobres quedan en el abandono. Existe un malsano elitismo que surge de este selecto encuentro en el que solo los ricos pueden pagar las entradas a las competencias más prestigiosas.

Atletas instrumentalizados

Durante todo ese tiempo, las corporaciones se han adueñado de la imagen de los Juegos para vender papas fritas, bebidas de cola y zapatillas, impidiendo hasta a los mismos espectadores llevar los colores de la competencia en el centro olímpico. Los atletas son instrumentalizados por las empresas, que se ocultan tras cándidas imágenes con el objeto de seguir martillándonos sus mensajes consumistas.

Los deportistas prestan sus hermosos cuerpos sobreentrenados a los vendedores de grasas y de azúcar y les dicen sonriendo a los chicos que los admiran que también ellos pueden lograr su mismo cliché olímpico.

Clichés, porque en verdad en eso se han convertido los juegos. Los periodistas “convergen” en el estadio salmodiando ad nauseam los latiguillos olímpicos: el sueño olímpico, el cuadro de las medallas, la reina de los Juegos, la decisión, el espíritu deportivo (algo que cada vez se escucha menos), sacrificio, esfuerzo, récord, etc. Pero más allá de los reportajes con intenciones publicitarias, poca es la información que trasciende sobre las borracheras en las villas olímpicas, sobre la corrupción, sobre los indeseables expulsados del lugar, sobre los abusos en nombre de la sacrosanta seguridad.

Y en verdad a nadie le interesará saber cuántos sirios o cuantos iraquíes han muerto mientras el equipo canadiense trataba de lograr una medalla de oro.

Hipocresía

Paradoja de la competencia, el dopaje gangrena los juegos desde hace mucho tiempo. La controversia sobre el dopaje ruso resulta finalmente más bien accesoria, a menos que sea para recordarnos la misma hipocresía olímpica. Estamos tan drogados en el caso de los JO como los deportistas. La verdadera cuestión es saber cómo ha llegado a esto el movimiento olímpico. La respuesta es muy simple.

Los Juegos representan el triunfo de la competencia en el deporte, del récord sobre el esfuerzo y del parecer sobre el ser. La “apoliticidad” de su fachada esconde una concepción militarista de la competencia entre los países, como lo dan por sobreentendido las ceremonias que derrochan himnos nacionales, medalla y banderas, herencia de una ideología nacionalista e imperialista del siglo XIX, en el que surgieron los Juegos contemporáneos.

Hoy en día esa ideología está puesta al servicio de un nuevo colonialismo, el del mercado y el del sobreconsumismo.

Mientras estamos amordazados por interminables ceremonias de apertura y de cierre, el enano olímpico devora nuestros recursos económicos y eclipsa nuestros ideales sociales y políticos. El cáncer que gangrena los juegos no es el dopaje. El cáncer son los Juegos Olímpicos en sí mismos. ¿Exagero? Ciertamente. El movimiento olímpico no es el responsable de las desgracias del mundo, no hace sino reflejarlo. Finalmente no es más que un símbolo, una gran fiesta multimillonaria, una fiesta real. Vamos no seamos aguafiestas, pronto terminará… ¡hasta el 2018!

Fuente: http://plus.lapresse.ca/screens/8d7be7a9-c834-41f4-af8b-51458e58e18b%7C_0.HTML

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