Historias de amor y la Plaza

Lorena Medina
Al final se marchó con la camisa llena de versos y sentimientos hermosos para acompañarle en su largo caminar. La lluvia de mis ojos se mezclaba mal con el dolor de su partida. Me pregunté después del todo por el todo, ¿Qué nos queda entre los dedos al gastarse la piel y tras apagarse el candor de nuestras algazaras; a dónde irá y hasta cuándo volverá?

Una tibia brisa asomó por la ventana, como para acompañar a mi soledad desvelada. Encendí una velita y volví a sonreír con calma, porque después de todo me quedé con su taza de café frío en la mesita de noche y su cepillo de dientes. Regresé a mi sillón raído, con un periódico viejo en la mano, acariciando los recuerdos del sonoro canto de los miles de pasos que hicieron nuestro andar, al son de eufóricas banderas de Guatemala y chirimías de las plazas repletas de Pueblo, en las que nos perdíamos y nos reencontrábamos con nosotros mismos y con aquellos que al unísono se entregaban al grito y la batucada para hacer realidad un sueño amoroso y colectivo, que persiste en nuestra memoria desde el tiempo largo de los abuelos y abuelas.

Muchos dicen que esos momentos no se repetirán jamás, pero hoy ya podemos ver los frutos de aquellas hazañas desde el desborde de la paciencia y el cansancio de tanta gente por todo lo que anda mal. Yo sigo confiando en que la historia nos vuelva a sacudir las conciencias y nos empuje a nuevas batallas quijotescas en contra de los molinos de la corrupción y de la impunidad y rezo para que en medio de tanto fuego y consigna entre las multitudes de una plaza gris nos encontremos, nos perdamos y volvamos otra vez vos y yo a comenzar…

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