Memorias del agua en un país del subtrópico

marcha_por_el_agua_oficialPor: Pablo Sigüenza Ramírez

Los seres humanos somos animales acuáticos. Nuestro cuerpo está formado en su mayoría por el vital líquido; nuestra memoria individual y colectiva también. Estamos llenos de recuerdos líquidos y por fortuna, sueños mojados: tardes de lluvia sobre los techos de lámina, el olor de la tierra que se levanta segundos después de las primeras gotas de una tormenta, la leche del pecho de la madre (el 88% de la leche materna es agua), el líquido amniótico en el que nadamos por nueve meses antes de ver la luz del sol (99%), el semen del cual venimos (más del 90%). La saliva de los primeros besos y los mocos que de pequeños saboreábamos son, en su mayoría, agua. Los recuerdos de tupidos inviernos en cada región del país: la primera tormenta del año, las calles inundadas por ríos de agua que no caben en los tragantes; las crecidas de un río.

_Cul3_1Los lagos para ir de paseo y para tomarse fotos en sus orillas, los ríos cerca del pueblo para ir a nadar en las tardes o buscar jutes y cangrejos, la primera escapada al puerto en la adolescencia y el necesario revolcón de las olas. La tibia humedad de la primera manita sudada con una niña de tu misma edad, a los quince, a los catorce, a los doce o incluso antes. Saltar en los charcos lodosos luego de la lluvia, justo en la hora en la cual el sol se despide con luz naranja. Las guerritas en la cuadra con bolsas de agua. Los guacalazos en la madrugada o a media mañana a la orilla de la pila. Regar las macetas de la abuela. Darle de beber a los chuchos, a los gatos, a los loros, a los hámster. Mojar un pañuelo y colocarlo en la frente de la hija para bajarle la fiebre. Lavar ropa, trastos, manos, cabello, rostro. Echar agua en el inodoro. Tomar agua directamente del chorro después de la chamusca de media tarde. Lavar los raspones de rodillas y codos en la época de aprender a montar bicicleta o después de varias caídas durante el arrancacebollas o el juego de la tenta.

Tomar, con un vasito medio lleno de agua, acetaminofén, anticonceptivos, antidepresivos, vitaminas. Un licuadito en el mercado: de fresas, de papaya, de pepino con limón, de melón con piña. El bautizo que no pedimos cuando éramos bebés o el que sí pedimos a cambio de pagar diezmo de por vida. El vino sacramental o la cusha de montaña. Las duchas compartidas antes, durante y después del amor. Los baños de vapor, el temazcal para el parto o para tratar enfermedades. Las lágrimas de cocodrilo o las que salen desde el estómago, apretando a su paso por la garganta: llover desde los ojos es vital para sanar.

Los recuerdos más apremiantes alrededor del agua son aquellos en los cuales el líquido era poco o no existía. Recordar los momentos de sed, la falta de cosecha porque el verano o la canícula se extendió. Esperar horas bajo el sol, en una fila de vecinos, a que un camión cisterna llegara a vendernos agua que manteníamos en toneles y cubetas. La falta de un vasito de agua durante una cruda de ron. La semana en que arreglaron el alcantarillado en el barrio y no nos pudimos bañar, o lavar ropa, o regar las macetas; montañas de trastos sucios apilados esperando que el agua llegara al chorro.

El agua está ligada a nuestras emociones, a los anhelos y planes de futuro. Nadie busca vivir en un lugar con escasez de agua. Las ciudades se planifican (o deberían) a partir del uso y disponibilidad de agua. Los negocios, las empresas, la agricultura, la industrial y los servicios se piensan desde la existencia cercana de agua. Las familias campesinas ordenan su ciclo de producción esperando que el agua de temporal llegue al desprenderse de las nubes. La semilla no germina sino es seducida por el agua. La planta no vive después del punto de marchitez permanente causado por la falta líquido. El maíz para las tortillas se cocina en agua; el caldo de frijol, de pollo o cualquier otro caldo es agua con mágicos sabores. Los atoles de elote, de haba, de arroz con leche, de manía. El aromático café o una infusión de hierbas.

El agua en un país subtropical como Guatemala, es persistente e ingeniosa: se vuelve bosque nuboso, se muestra selva maya, sobrevive el cactus en el bosque espinoso. Destruir los bosques y las selvas es arriesgar esa persistencia. Es ponernos en peligro como poblaciones hidrófilas y dependientes. Es negar esa memoria al rededor el agua, elemento que desciende de las montañas para formar ríos y posibilitar nuestra existencia a su paso.

Dejo hasta acá estas líneas escritas con tinta formulada con agua, me daré una ducha y saldré a unirme a los miles de campesinos y campesinas que llegan en la Marcha por el Agua. Diez días de camino desde la Costa Sur, las Verapaces, el Altiplano y el Oriente del país. Como el agua misma, en la montaña nace la fuerza que se hace evidente hasta que llega al valle. La demanda es justa, la demanda es el agua como bien común. La demanda es vital.

Fuente: Periódico La Hora

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