Las mujeres ante las nuevas encrucijadas erótico-amorosas.

Por Silvia Elizalde
Investigadora de CONICET
Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género
Facultad de Filosofía y Letras, UBA.
Autora de “Tiempo de chicas. Identidad, cultura y poder” (GEU, 2015) y de “Jóvenes en cuestión. Configuraciones de género y sexualidad en la cultura” (Biblos, 2011).

Desde la llamada “revolución sexual” de los años 60 y 70 a esta parte, las búsquedas de relacionamiento erótico-afectivo han cobrado una complejidad histórica específica en el particular universo de los lazos heterosexuales. La disolución de la antigua inexorabilidad entre sexualidad y procreación (junto a la posibilidad misma de la reproducción sin acto sexual) y la creciente generalización del postulado del placer como derecho humano fueron algunos de los logros más importantes de aquella “gran transformación” cultural de la segunda mitad del siglo XX, que ubicó a mujeres y varones ante un nuevo escenario para vivir y expresar sus anhelos erótico-amorosos (Giddens, 1998).

En especial para ellas, el reconocimiento de la autonomía de sus cuerpos, de la propia palabra y la ampliación de la ciudadanía –concentrados en el lema feminista “lo personal es político”- significaron un paso trascendental hacia una mayor igualdad social, cultural y sexual entre los géneros, aunque lejos esté hoy de haberse conquistado totalmente. Desde entonces, y en adelante, gran parte de las mujeres se resiste a pensar y vivir su sexualidad desde el rígido corset de los imperativos dominantes y no pocas de ellas –sobre todo, las de clase media, con cierta o mayor autonomía económica, pero nunca todas- reclaman un horizonte gozoso para sus intercambios eróticos con un hombre y, eventualmente, una vinculación emocional donde sentirse especiales más no atadas o controladas. Algunas, incluso, incursionan en el cada vez más diversificado mercado de los juguetes sexuales y de la pornografía “soft” habilitado para las “mujeres comunes” a partir de fenómenos como el de Las 50 Sombras de Grey, en procura de consejos prácticos que les permitan optimizar sus performances de seducción, así como hacerse de un saber erótico que opere como clave del éxito personal y con los hombres.

La existencia en Buenos Aires de “escuelas de seducción” por la que pasan cientos de mujeres al año va en ese mismo sentido -el intento de capturar lo incapturable bajo la promesa de recibir eficaces tips y un calculado entrenamiento en poses, movimientos y actitudes a fin de incrementar el atractivo personal, promover el acercamiento masculino y conservar la conquista-, constituyéndose, así, en un sugerente indicador de un síntoma social más amplio. El del pavor a perder deseabilidad y “quedar fuera” del mercado de los intercambios sexoafectivos, en tiempos donde prima la confusión de los objetivos de búsqueda y hallazgo de unos y otras, y hasta los propios rituales de inicio y despedida de un vínculo meramente sexual o de uno de mayor calado. Por supuesto, un análisis situado de este tipo de instancias de “aprendizaje” señala que las “alumnas” de estas “escuelas de artes eróticas” lejos están de someterse pasivamente a las prescripciones allí establecidas inferencialmente sobre el “sex appeal”, el valor personal y las “pautas infalibles” que se proponen para que el varón caiga rendido a los pies de la mujer que le hará un striptease casero luego de haberlo aprendido en un taller de dos horas. Más bien, como todo sujeto con agencia, las participantes hacen múltiples usos y reapropiaciones, con frecuencia muy significativas, de estas experiencias en las que, entre mujeres y sin miradas censoras alrededor, se permiten bailar, moverse desprejuiciadamente, hablar de sexo, divertirse y, en parte, exorcizar el fantasma de la soledad y/o desplegar fantasías eróticas socialmente reprimidas (Elizalde y Felitti, 2015).

Con todo, la oferta de estas “formaciones” para mujeres solo puede comprenderse cabalmente como parte de un mercado de bienes y servicios vinculados con lo que Eva Illouz (2014) llama la “pornificación de la cultura”. Esto es, la conversión de la pornografía en una narrativa social generalizada, que sirve de impulso para la constitución de “una nueva cultura de la autonomía sexual femenina” (48-50), al tiempo que se inscribe en un contexto epocal que relanza cíclicamente la angustia ante la ausencia de los resultados supuestamente garantidos por el mercado y el discurso mediático asociados a la plenitud sexual, el éxito personal y el reconocimiento de los otros. Contexto en el que las mujeres enfrentan particulares encrucijadas y desafíos debido a su histórica posición desigual en la estructura jerárquica de los géneros.

Discurso romántico que me hiciste mal

En efecto, en las aguas revueltas del campo amoroso, las cosas no van resultando ni tan liberadoras ni tan fluidas para una gran mayoría de mujeres. De forma más contundente a partir de la medianía de edad, muchas advierten en carne propia que no sólo los espacios y códigos del cortejo –una práctica en extinción- y del relacionamiento heterosexual han mutado drásticamente, si no que aún pudiendo hoy unirse y separarse libremente de un hombre y no depender económicamente de él, siguen anhelando un ideal de amor romántico que las mantiene sumidas en la dependencia emocional de un varón. Con, eso sí, una mayor habilitación social para experimentar una sexualidad más “desbordada” y con la concomitante promesa de que ahora no faltará el orgasmo en sus vidas.

Sabido es que, de muchas y sofisticadas maneras, el patriarcado continúa imprimiendo marcas fuertes en la subjetividad de hombres y mujeres, y que, en las actuales sociedades del capitalismo tardío, el rango de la discrecionalidad de su transversalización social abarca un arco feroz de intensidades y matices, que llega al extremo de cobrarse –literalmente- la vida de miles de jóvenes y adultas. Sabido es, también, que existe una relación sinérgica entre capitalismo y patriarcado al servicio de la administración de un plexo diverso de opresiones múltiples, y que es factible observar una aceitada articulación entre la ideología del amor romántico y ciertos mandatos culturales de orden patriarcal, basados en valores tradicionales de género, jerarquías sexuales y desiguales permisos y prescripciones para ambos géneros.

Los feminismos, de manera especial y sostenida, pero también el discurso más extenso de los derechos humanos del último cuarto del siglo XX en adelante, han objetado severamente la matriz ideológica de este tipo de amor. El foco de las críticas plantea, justamente, que este entramado funciona como una pedagogía sentimental que convalida la permanencia de relaciones sociales patriarcales, presupone y refuerza la heterosexualidad como patrón excluyente de normalidad del deseo sexual, y naturaliza el dominio masculino sobre las mujeres y lo femenino (y lo feminizado) en general.

Paradójicamente, los impactos sociales de estas objeciones no han sido del todo comprendidos o, quizás incluso, aceptados, fundamentalmente por la generación de los adultos. En este sentido, si bien las críticas al sexismo y la misoginia explícita en los asuntos del amor encuentran hoy mayor respaldo que hace unas décadas -por efecto, justamente, de la diseminación de los ideales políticos de la libertad sexual y la igualdad de géneros- otras concepciones tradicionales sobre estos temas siguen teniendo un enorme consenso cotidiano entre varones y mujeres de mediana edad. Y, por lo tanto, un escaso margen de voluntad de cambio, incluso, a costa del precio emocional que algunos –en especial, las mujeres- pagan todavía por ello.

Quizás el ejemplo más paradigmático de la vitalidad de ciertas ideas “clásicas” del amor romántico sea el referido a los criterios y motivos de la atracción sexual entre los géneros. Con un largo siglo y medio de vigencia por detrás, el deseo erótico heterosexual sigue alimentándose en gran medida del argumento que ubica el atractivo masculino en la convergencia de su poder económico con su poder sexual. Y el femenino, en función de ciertas señales de dependencia. Para una parte del feminismo, estas pervivencias representan un núcleo ideológico duro que es preciso disolver a fin de liberar a las mujeres de la “trampa amorosa” y lograr un triunfo certero sobre el patriarcado. Para otras opiniones, en cambio, lo que estos discursos progresistas no advierten es que lo que ha cambiado radicalmente es la estructura económica y sociocultural toda, y por ende, el campo de las prácticas amorosas, hoy regidas en partes iguales por aspiraciones de orden emocional y ambiciones materiales de movilidad social. Para la mencionada Illouz cuestionar la vieja matriz cultural que erotiza el poder en los varones, y lo contrario en las mujeres –es decir, su falta de poder, o su dependencia- conlleva también el borramiento de las fantasías y los placeres emocionales sobre los que están construidas las relaciones de género tradicionales y que todavía funcionan como poderosos resortes del deseo romántico y del armado diferencial de la libido en unos y otras (Illouz, 2012: 250-252). En su opinión, desbaratar este “adhesivo ideológico que unía las diferencias de poder con las identidades de género, y las tornaba eróticas y placenteras (por espontáneas e irreflexivas)” (251) deja a mujeres y varones sin un guión claro o común sobre el cual inscribir la relevancia que aún ejerce la experiencia romántica en sus biografías. Incluso a sabiendas que el mayor interés actual de los varones por el logro de una vida afectiva plena para sí lamentablemente no supone la desaparición de formas sutiles de dominación emocional sobre las mujeres.

El cuadro es, entonces, polémico y altamente complejo. Pues a esto se suma que tampoco han surgido necesariamente, en reemplazo del amor romántico, modelos alternativos lo suficientemente potentes como para conmocionar desde sus cimientos la estructura misma de las desigualdades de género y proponer nuevos argumentos y fantasías que permitan reencantar los vínculos y activar el deseo desde otros incentivos. Pese a ello, y por contraste con los adultos, una parte significativa de la juventud actual pulsa por una emotividad más democrática y multiforme en sus vidas, abriendo eventualmente el camino para el despliegue de formas más igualitarias y libres del amor, no exentas por ello de pasión, riesgo y aventura.

Puentes y brechas generacionales

Insertos/as en un contexto de creciente reconocimiento formal de derechos en materia de género y sexualidad, pero en coexistencia con fuertes lastres culturales de sexismo e inequidad entre varones y mujeres, y en el marco de un régimen de satisfacción erótica que evita fóbicamente rozar cualquier sombra de posible malestar o sufrimiento, la vida sentimental de los y las jóvenes acusa los embates de las propuestas individualistas que los/as rodean, así como de ciertos mandatos de género aún inconmovibles. Pero, en el mismo movimiento y sin exigirse total coherencia entre sus partes, esboza nuevas formas de amor y de justicia erótica, cuyos contornos finales y alcances políticos están aún en conformación.

Al respecto, un análisis pormenorizado de sus relatos y experiencias (Elizalde, 2015) deja a la vista que, en relación con la generación inmediata de sus madres y padres, el discurso y la vivencia del amor por parte de muchos chicos y chicas de nuestro país han cambiado sus lenguajes, tonos y alcances. Y, claramente, también sus coordenadas y dinámicas espacio-temporales en los modos de buscar, conocer y entablar un vínculo erótico-afectivo, hoy hegemonizadas por las redes sociales y las aplicaciones para “teléfonos inteligentes”. Pero estas voces también han permitido reconocer que, en su centro, el amor se mantiene asociado a la aspiración –aunque sea transitoria- de ponerle fin a la soledad como condición conocida y no deseada. A lo que se le suma además la expectativa de un encuentro significativo con un otro, y la idea de una sexualidad intensa y placentera que pueda eventualmente (re)ligarse a una base emocional.

En efecto, hoy se disparan entre las y los jóvenes renovadas formas de satisfacción, goce y placer como parte de las múltiples dinámicas de seducción y conquista amorosa de las que participan. En particular, las mujeres jóvenes ocupan crecientemente un nuevo estatus en el orden social y de género como resultado de diversas transformaciones culturales, económicas, políticas y normativas más extensas, previas y en curso, que les habilitan a muchas de ellas -pero de ninguna manera a todas-, a vivir más libremente su sexualidad, aflojar los lazos de su confinamiento a la esfera doméstica como destino ineluctable, ampliar sus márgenes de autonomía económica, dilatar y diferenciar sus definiciones sobre pareja e hijos, e incluso, expandir sus oportunidades y circunstancias de maternidad gracias a las nuevas tecnologías reproductivas.

Pero al mismo tiempo, para ellas, en tanto articulan una especificidad diferencial de género y edad socialmente interpelante, la situación no deja de ser intrincada. Si, por un lado, son crecientemente postuladas por la industria cultural como decisoras de sus vidas, empoderadas para elegir caminos alternativos a la domesticidad y sexualmente liberadas de ciertos dogmas y consignas conservadoras, por el otro, muchas de ellas son abrumadoramente percibidas como sexualmente “ligeras” (y condenadas moralmente por ello), o –en su reverso- vistas como sujetos vulnerables o “en riesgo”: a quedar embarazadas, o a ser víctimas de abusos, violaciones y femicidios. En el medio de estos fuegos cruzados, algunas (nuevamente, de clase media, con trayectorias educativas en curso) se animan a desafiar las clasificaciones taxativas basadas en la antigua (más no perimida) división entre mujeres virtuosas y mujeres corrompidas o degradadas (Giddens, 1998:53). Y vociferar, como lo hace Elisa, de 20 años, a quien quiera escucharlo: “hoy el manejo de la tensión sexual como forma de seducción sigue a full. Pero ahora también hay muchas chicas que asumen ese rol, toman la iniciativa, se muestran sensuales, proponen abiertamente salidas, o no les gusta para nada que las cortejen, si no que van directo al grano” (en Elizalde, 2015: 392). Por su parte, Serena, de 21, agrega: “venimos con una idea de amor típico, incondicional, de la media naranja, de la princesa rescatada por un príncipe. ¡Pero nada de eso existe! El amor está en todos lados, y llega. ¡No se trata para nada de sufrir ni de esperar que aparezca!” (393).

En sentido estricto, muchas de las nuevas prácticas referidas por las y los jóvenes contradicen el ideal romántico de que el amor es uno, único e insustituible, que “completa” al sujeto y le provee plena felicidad y autorrealización, y que por ello le reclama a los/as involucrados/as una perdurabilidad exclusiva en sus biografías sentimentales. En la vida de muchos chicos y chicas, este modelo entra en tensión, incluso, cuando la impugnación no es absoluta ni transversal a todas sus situaciones de cortejo y de vivencia sexual y afectiva.

Por todo esto, si volver a pensar globalmente el amor, hoy, es –centralmente- reexaminar las formas explícitas y sutiles de ejercicio del poder en que se juegan los intercambios intersubjetivos asociados a la pasión romántica, la atracción erótica y la vida sexual desde una multiplicidad de escenarios -que van desde el mercado, a las leyes, pasando por la industria de la cultura y su sostenida connivencia entre capitalismo y patriarcado-, imaginar sus derivas en clave generacional supone una aventura cada vez más necesaria, aunque se revele escurridiza. En ella, la mirada desencantada y, a la vez, entusiasta de la juventud nos abre a una nueva interrogación sobre el terreno amoroso. Probablemente, el más ingarantizado de todos los que atravesamos como sujetos sociales y de deseo.

Desde la llamada “revolución sexual” de los años 60 y 70 a esta parte, las búsquedas de relacionamiento erótico-afectivo han cobrado una complejidad histórica específica en el particular universo de los lazos heterosexuales. La disolución de la antigua inexorabilidad entre sexualidad y procreación (junto a la posibilidad misma de la reproducción sin acto sexual) y la creciente generalización del postulado del placer como derecho humano fueron algunos de los logros más importantes de aquella “gran transformación” cultural de la segunda mitad del siglo XX, que ubicó a mujeres y varones ante un nuevo escenario para vivir y expresar sus anhelos erótico-amorosos (Giddens, 1998).

En especial para ellas, el reconocimiento de la autonomía de sus cuerpos, de la propia palabra y la ampliación de la ciudadanía –concentrados en el lema feminista “lo personal es político”- significaron un paso trascendental hacia una mayor igualdad social, cultural y sexual entre los géneros, aunque lejos esté hoy de haberse conquistado totalmente. Desde entonces, y en adelante, gran parte de las mujeres se resiste a pensar y vivir su sexualidad desde el rígido corset de los imperativos dominantes y no pocas de ellas –sobre todo, las de clase media, con cierta o mayor autonomía económica, pero nunca todas- reclaman un horizonte gozoso para sus intercambios eróticos con un hombre y, eventualmente, una vinculación emocional donde sentirse especiales más no atadas o controladas. Algunas, incluso, incursionan en el cada vez más diversificado mercado de los juguetes sexuales y de la pornografía “soft” habilitado para las “mujeres comunes” a partir de fenómenos como el de Las 50 Sombras de Grey, en procura de consejos prácticos que les permitan optimizar sus performances de seducción, así como hacerse de un saber erótico que opere como clave del éxito personal y con los hombres.

La existencia en Buenos Aires de “escuelas de seducción” por la que pasan cientos de mujeres al año va en ese mismo sentido -el intento de capturar lo incapturable bajo la promesa de recibir eficaces tips y un calculado entrenamiento en poses, movimientos y actitudes a fin de incrementar el atractivo personal, promover el acercamiento masculino y conservar la conquista-, constituyéndose, así, en un sugerente indicador de un síntoma social más amplio. El del pavor a perder deseabilidad y “quedar fuera” del mercado de los intercambios sexoafectivos, en tiempos donde prima la confusión de los objetivos de búsqueda y hallazgo de unos y otras, y hasta los propios rituales de inicio y despedida de un vínculo meramente sexual o de uno de mayor calado. Por supuesto, un análisis situado de este tipo de instancias de “aprendizaje” señala que las “alumnas” de estas “escuelas de artes eróticas” lejos están de someterse pasivamente a las prescripciones allí establecidas inferencialmente sobre el “sex appeal”, el valor personal y las “pautas infalibles” que se proponen para que el varón caiga rendido a los pies de la mujer que le hará un striptease casero luego de haberlo aprendido en un taller de dos horas. Más bien, como todo sujeto con agencia, las participantes hacen múltiples usos y reapropiaciones, con frecuencia muy significativas, de estas experiencias en las que, entre mujeres y sin miradas censoras alrededor, se permiten bailar, moverse desprejuiciadamente, hablar de sexo, divertirse y, en parte, exorcizar el fantasma de la soledad y/o desplegar fantasías eróticas socialmente reprimidas (Elizalde y Felitti, 2015).

Con todo, la oferta de estas “formaciones” para mujeres solo puede comprenderse cabalmente como parte de un mercado de bienes y servicios vinculados con lo que Eva Illouz (2014) llama la “pornificación de la cultura”. Esto es, la conversión de la pornografía en una narrativa social generalizada, que sirve de impulso para la constitución de “una nueva cultura de la autonomía sexual femenina” (48-50), al tiempo que se inscribe en un contexto epocal que relanza cíclicamente la angustia ante la ausencia de los resultados supuestamente garantidos por el mercado y el discurso mediático asociados a la plenitud sexual, el éxito personal y el reconocimiento de los otros. Contexto en el que las mujeres enfrentan particulares encrucijadas y desafíos debido a su histórica posición desigual en la estructura jerárquica de los géneros.

Discurso romántico que me hiciste mal

En efecto, en las aguas revueltas del campo amoroso, las cosas no van resultando ni tan liberadoras ni tan fluidas para una gran mayoría de mujeres. De forma más contundente a partir de la medianía de edad, muchas advierten en carne propia que no sólo los espacios y códigos del cortejo –una práctica en extinción- y del relacionamiento heterosexual han mutado drásticamente, si no que aún pudiendo hoy unirse y separarse libremente de un hombre y no depender económicamente de él, siguen anhelando un ideal de amor romántico que las mantiene sumidas en la dependencia emocional de un varón. Con, eso sí, una mayor habilitación social para experimentar una sexualidad más “desbordada” y con la concomitante promesa de que ahora no faltará el orgasmo en sus vidas.

Sabido es que, de muchas y sofisticadas maneras, el patriarcado continúa imprimiendo marcas fuertes en la subjetividad de hombres y mujeres, y que, en las actuales sociedades del capitalismo tardío, el rango de la discrecionalidad de su transversalización social abarca un arco feroz de intensidades y matices, que llega al extremo de cobrarse –literalmente- la vida de miles de jóvenes y adultas. Sabido es, también, que existe una relación sinérgica entre capitalismo y patriarcado al servicio de la administración de un plexo diverso de opresiones múltiples, y que es factible observar una aceitada articulación entre la ideología del amor romántico y ciertos mandatos culturales de orden patriarcal, basados en valores tradicionales de género, jerarquías sexuales y desiguales permisos y prescripciones para ambos géneros.

Los feminismos, de manera especial y sostenida, pero también el discurso más extenso de los derechos humanos del último cuarto del siglo XX en adelante, han objetado severamente la matriz ideológica de este tipo de amor. El foco de las críticas plantea, justamente, que este entramado funciona como una pedagogía sentimental que convalida la permanencia de relaciones sociales patriarcales, presupone y refuerza la heterosexualidad como patrón excluyente de normalidad del deseo sexual, y naturaliza el dominio masculino sobre las mujeres y lo femenino (y lo feminizado) en general.

Paradójicamente, los impactos sociales de estas objeciones no han sido del todo comprendidos o, quizás incluso, aceptados, fundamentalmente por la generación de los adultos. En este sentido, si bien las críticas al sexismo y la misoginia explícita en los asuntos del amor encuentran hoy mayor respaldo que hace unas décadas -por efecto, justamente, de la diseminación de los ideales políticos de la libertad sexual y la igualdad de géneros- otras concepciones tradicionales sobre estos temas siguen teniendo un enorme consenso cotidiano entre varones y mujeres de mediana edad. Y, por lo tanto, un escaso margen de voluntad de cambio, incluso, a costa del precio emocional que algunos –en especial, las mujeres- pagan todavía por ello.

Quizás el ejemplo más paradigmático de la vitalidad de ciertas ideas “clásicas” del amor romántico sea el referido a los criterios y motivos de la atracción sexual entre los géneros. Con un largo siglo y medio de vigencia por detrás, el deseo erótico heterosexual sigue alimentándose en gran medida del argumento que ubica el atractivo masculino en la convergencia de su poder económico con su poder sexual. Y el femenino, en función de ciertas señales de dependencia. Para una parte del feminismo, estas pervivencias representan un núcleo ideológico duro que es preciso disolver a fin de liberar a las mujeres de la “trampa amorosa” y lograr un triunfo certero sobre el patriarcado. Para otras opiniones, en cambio, lo que estos discursos progresistas no advierten es que lo que ha cambiado radicalmente es la estructura económica y sociocultural toda, y por ende, el campo de las prácticas amorosas, hoy regidas en partes iguales por aspiraciones de orden emocional y ambiciones materiales de movilidad social. Para la mencionada Illouz cuestionar la vieja matriz cultural que erotiza el poder en los varones, y lo contrario en las mujeres –es decir, su falta de poder, o su dependencia- conlleva también el borramiento de las fantasías y los placeres emocionales sobre los que están construidas las relaciones de género tradicionales y que todavía funcionan como poderosos resortes del deseo romántico y del armado diferencial de la libido en unos y otras (Illouz, 2012: 250-252). En su opinión, desbaratar este “adhesivo ideológico que unía las diferencias de poder con las identidades de género, y las tornaba eróticas y placenteras (por espontáneas e irreflexivas)” (251) deja a mujeres y varones sin un guión claro o común sobre el cual inscribir la relevancia que aún ejerce la experiencia romántica en sus biografías. Incluso a sabiendas que el mayor interés actual de los varones por el logro de una vida afectiva plena para sí lamentablemente no supone la desaparición de formas sutiles de dominación emocional sobre las mujeres.

El cuadro es, entonces, polémico y altamente complejo. Pues a esto se suma que tampoco han surgido necesariamente, en reemplazo del amor romántico, modelos alternativos lo suficientemente potentes como para conmocionar desde sus cimientos la estructura misma de las desigualdades de género y proponer nuevos argumentos y fantasías que permitan reencantar los vínculos y activar el deseo desde otros incentivos. Pese a ello, y por contraste con los adultos, una parte significativa de la juventud actual pulsa por una emotividad más democrática y multiforme en sus vidas, abriendo eventualmente el camino para el despliegue de formas más igualitarias y libres del amor, no exentas por ello de pasión, riesgo y aventura.

Puentes y brechas generacionales

Insertos/as en un contexto de creciente reconocimiento formal de derechos en materia de género y sexualidad, pero en coexistencia con fuertes lastres culturales de sexismo e inequidad entre varones y mujeres, y en el marco de un régimen de satisfacción erótica que evita fóbicamente rozar cualquier sombra de posible malestar o sufrimiento, la vida sentimental de los y las jóvenes acusa los embates de las propuestas individualistas que los/as rodean, así como de ciertos mandatos de género aún inconmovibles. Pero, en el mismo movimiento y sin exigirse total coherencia entre sus partes, esboza nuevas formas de amor y de justicia erótica, cuyos contornos finales y alcances políticos están aún en conformación.

Al respecto, un análisis pormenorizado de sus relatos y experiencias (Elizalde, 2015) deja a la vista que, en relación con la generación inmediata de sus madres y padres, el discurso y la vivencia del amor por parte de muchos chicos y chicas de nuestro país han cambiado sus lenguajes, tonos y alcances. Y, claramente, también sus coordenadas y dinámicas espacio-temporales en los modos de buscar, conocer y entablar un vínculo erótico-afectivo, hoy hegemonizadas por las redes sociales y las aplicaciones para “teléfonos inteligentes”. Pero estas voces también han permitido reconocer que, en su centro, el amor se mantiene asociado a la aspiración –aunque sea transitoria- de ponerle fin a la soledad como condición conocida y no deseada. A lo que se le suma además la expectativa de un encuentro significativo con un otro, y la idea de una sexualidad intensa y placentera que pueda eventualmente (re)ligarse a una base emocional.

En efecto, hoy se disparan entre las y los jóvenes renovadas formas de satisfacción, goce y placer como parte de las múltiples dinámicas de seducción y conquista amorosa de las que participan. En particular, las mujeres jóvenes ocupan crecientemente un nuevo estatus en el orden social y de género como resultado de diversas transformaciones culturales, económicas, políticas y normativas más extensas, previas y en curso, que les habilitan a muchas de ellas -pero de ninguna manera a todas-, a vivir más libremente su sexualidad, aflojar los lazos de su confinamiento a la esfera doméstica como destino ineluctable, ampliar sus márgenes de autonomía económica, dilatar y diferenciar sus definiciones sobre pareja e hijos, e incluso, expandir sus oportunidades y circunstancias de maternidad gracias a las nuevas tecnologías reproductivas.

Pero al mismo tiempo, para ellas, en tanto articulan una especificidad diferencial de género y edad socialmente interpelante, la situación no deja de ser intrincada. Si, por un lado, son crecientemente postuladas por la industria cultural como decisoras de sus vidas, empoderadas para elegir caminos alternativos a la domesticidad y sexualmente liberadas de ciertos dogmas y consignas conservadoras, por el otro, muchas de ellas son abrumadoramente percibidas como sexualmente “ligeras” (y condenadas moralmente por ello), o –en su reverso- vistas como sujetos vulnerables o “en riesgo”: a quedar embarazadas, o a ser víctimas de abusos, violaciones y femicidios. En el medio de estos fuegos cruzados, algunas (nuevamente, de clase media, con trayectorias educativas en curso) se animan a desafiar las clasificaciones taxativas basadas en la antigua (más no perimida) división entre mujeres virtuosas y mujeres corrompidas o degradadas (Giddens, 1998:53). Y vociferar, como lo hace Elisa, de 20 años, a quien quiera escucharlo: “hoy el manejo de la tensión sexual como forma de seducción sigue a full. Pero ahora también hay muchas chicas que asumen ese rol, toman la iniciativa, se muestran sensuales, proponen abiertamente salidas, o no les gusta para nada que las cortejen, si no que van directo al grano” (en Elizalde, 2015: 392). Por su parte, Serena, de 21, agrega: “venimos con una idea de amor típico, incondicional, de la media naranja, de la princesa rescatada por un príncipe. ¡Pero nada de eso existe! El amor está en todos lados, y llega. ¡No se trata para nada de sufrir ni de esperar que aparezca!” (393).

En sentido estricto, muchas de las nuevas prácticas referidas por las y los jóvenes contradicen el ideal romántico de que el amor es uno, único e insustituible, que “completa” al sujeto y le provee plena felicidad y autorrealización, y que por ello le reclama a los/as involucrados/as una perdurabilidad exclusiva en sus biografías sentimentales. En la vida de muchos chicos y chicas, este modelo entra en tensión, incluso, cuando la impugnación no es absoluta ni transversal a todas sus situaciones de cortejo y de vivencia sexual y afectiva.

Por todo esto, si volver a pensar globalmente el amor, hoy, es –centralmente- reexaminar las formas explícitas y sutiles de ejercicio del poder en que se juegan los intercambios intersubjetivos asociados a la pasión romántica, la atracción erótica y la vida sexual desde una multiplicidad de escenarios -que van desde el mercado, a las leyes, pasando por la industria de la cultura y su sostenida connivencia entre capitalismo y patriarcado-, imaginar sus derivas en clave generacional supone una aventura cada vez más necesaria, aunque se revele escurridiza. En ella, la mirada desencantada y, a la vez, entusiasta de la juventud nos abre a una nueva interrogación sobre el terreno amoroso. Probablemente, el más ingarantizado de todos los que atravesamos como sujetos sociales y de deseo.

The Waiting Room, 1959. George Tooker.
Imagen obtenida de: http://www.theartblog.org/2009/03/weekly-update-george-tookers-humanist-works-at-pafa/
http://www.elpsicoanalitico.com.ar/num24/sociedad-elizalde-patriarcado-mujeres-erotismo-sexualidad.php

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