El qué y el cómo en la educación superior

Autor: Jairo Alarcón Rodas
Saber qué enseñar implica no solo tener dominio de la disciplina que se imparte sino también tener una idea de lo que se pretende lograr con tal enseñanza. Aristóteles decía que la mejor forma de saber si alguien sabe es que sepa enseñar. En tal sentido, saber determinado aspecto de la realidad es poder descifrar la mejor forma de transmitirlo para lograr un fin.

Dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje es necesario que se dé una relación dialéctica entre el que aprende y el que enseña, lo cual implica no solo la disponibilidad del que enseña a lograr su cometido sino también del que aprende. Así, la acción de enseñar también lo es de aprender y al aprender también se enseña, ello constituye un dialogo dentro de la educación.

Querer aprender no solo requiere de una disponibilidad cognitiva sino también, existencial. Es decir, que el que aprende debe estar libre de presiones económicas, equivalentes a tener satisfechas sus necesidades vitales, (casa comida y vestido) de lo contrario, el proceso se dificulta. No se puede pretender que alguien aprenda si antes no se cuenta con su disponibilidad de aprender.

En sociedades donde la pobreza hace presa de la mayor parte de sus habitantes, las oportunidades para la educación significativa se ven limitadas, lo cual redunda en retraso para el desarrollo. De ahí que es esencial para el proceso educativo, dotar de los insumos correspondientes para satisfacer las necesidades vitales de todo aquel que pretenda y se pretenda educar.

A todo esto ¿qué significa el qué y el cómo enseñar dentro del proceso educativo? Movimientos constructivistas señalan que la educación debe ser un proceso interactivo y dinámico en el que el sujeto construye su realidad de tal forma que el docente se constituye en el ente que le proporciona las herramientas para hacer efectiva tal construcción. La condición de dador de conocimientos preestablecidos desaparece en el docente, para dar paso a la de facilitador.

En consecuencia, según esta corriente pedagógica, dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje, cobra relevancia el cómo enseñar, qué técnicas utilizar para lograr el cumplimiento del proceso educativo. Tomando en cuenta eso, la educación debe ser lúdica y en consecuencia, el aprender haciendo, la mediación pedagógica, la educación popular, cobra singular importancia.

No obstante, la ciencia ha mostrado que la vía del conocimiento sobre la realidad, se construye a partir de axiomas, leyes, teorías, verdades que no siendo absolutas constituye una necesidad para el logro de nuevas verdades que reflejen lo más acertadamente posible el cosmos. Es decir, que a partir de conocimientos establecidos que deben ser enseñados se adquieren otros nuevos, lo que determina la importancia del qué se enseña.
Toda enseñanza parte de saberes establecidos que deben ser compartidos por un docente. En tal sentido, la labor de éste se hace necesaria para tal efecto. En dicho proceso es necesario tomar en cuenta que, el qué tiene que ver con los contenidos de la asignatura a enseñar. En este caso el docente está obligado a conocer la materia que imparte, pero conocer no significa repetir lo que los textos especializados dicen, mucho menos poder mediarlos, sino problematizar su contenido y saber aplicarlos.

Está claro que el docente no lo sabe todo, pero como guía, tiene que saber los contenidos teóricos de lo que enseña. El cómo, dentro del proceso educativo, constituye la forma en que la enseñanza y el aprendizaje se llevan a cabo. Elementos didácticos en los que la metodología tradicional es reemplazada por la nueva. Tal metodología se aleja cada vez más del modelo en el que el docente se constituía en el ser que todo lo sabe y el estudiante el ignorante que simplemente debe absorber las enseñanzas del maestro.

Ahora se habla de la dialogicidad, de educación participativa, reflexiva y crítica. Pero ¿cómo llevar a cabo ese tipo de enseñanzas con estudiantes y docentes mitificados, influenciados por una serie de conocimientos inciertos, costumbres y tradiciones? Cual prisioneros de dogmas y criterios cerrados, en ellos la posibilidad de encontrar conocimientos conjuntos se ve disminuido.
Por el contrario, para que surja una auténtica educación liberadora, al menos en ambos debe existir la apertura al saber. Dentro de ese proceso, el docente está en el lugar que le corresponde porque tiene el control sobre lo que está encargado a enseñar, de lo contrario no hay razón del por qué esté ahí. A la vez el discente debe ser un sujeto inquieto con ansias de saber y cuestionarlo todo.
El ser humano es un ser abierto que continuamente está aprendiendo pero no solo aprende para obtener resultados inmediatos, sino también mediatos y a largo plazo. Una cosa es que el sistema lo programe, a través de la educación domesticadora, a pretender resultados inmediatos, a siempre ganar, a que el fin justifique el medio, a competir y otra que aprenda a no solo a desempeñar a cabalidad una labor específica sino también a interactuar adecuadamente para forjar una sociedad armónica.
Al hacerse de conocimientos y destrezas, no se trata de ser como el rinoceronte que avasalla a todo aquel que se le ponga enfrente sin importar su condición ni valorar lo cuantitativo sobre lo cualitativo, mucho menos que el hacer pragmático sustituya al esencial. La educación tiene que ir en dos vías: una, la inmediata, correspondiente al aspecto técnico; otra, a largo plazo, que es el aprender en función del bienestar de la sociedad.
Desde hace algún tiempo se ha dado inicio a un nuevo proceso de reforma universitaria en la Universidad de San Carlos y es de esperar que se tome en cuenta tanto los aspectos de forma como los de fondo en dicha transformación. En este caso la educación por competencias que ha sido institucionalizada en la universidad, no debe ser entendida simplemente como el cúmulo de herramientas que se le debe dotar al estudiante para el desempeño idóneo de una labor específica, ya que es mucho más que eso y tiene un alto componente teórico y ético.
El proceso de enseñanza y aprendizaje en la Universidad de San Carlos requiere renovar o más bien poner a discusión, qué es lo que pretende la Casa de Estudios en la formación de los estudiantes que cada año tienen el privilegio de inscribirse en las diversas carreras que ésta les ofrece.
Acorde a sus expectativas se espera que los estudiantes reciban una formación de calidad. El dilema que surge es si la universidad debe formar profesionales para el cambio o sencillamente egresar piezas que se acomoden al engranaje del sistema. Sin duda los fines, así como la visión y misión de la universidad de San Carlos son los que establecen las pautas a seguir. Enseñar simplemente a hacer o proporcionar la herramientas para poder pensar en qué hacer serán las alternativas.
Al final, lo esencial lo constituye el aspecto ético de los egresados de la universidad de San Carlos, ya que estos deben ejercer su profesión con apego a las normas institucionales. En este caso, un egresado que aprende a curar, a cómo construir una edificación, a litigar o hacer cumplir las leyes, o el campo de las ciencias de la comunicación, planificar una campaña comunicacional lo deben hacer sin faltar a las normas éticas que como seres humanos están obligados a cumplir.
Lo particular y especializado de la formación académica, es decir el conocimiento teórico y práctico que adquieren para desempeñar una determinada profesión, debe ir en concordancia con la función que, como miembros de una sociedad, están obligados a cumplir. En este caso el carácter ético es envolvente de su particular profesión, más allá de la competencias profesionales están las que como seres humanos se deben cumplir en resguardo del planeta.
No basta con aprender una determinada técnica o disciplina, es necesario saber qué importancia tienen dentro de la sociedad, cuál es su impacto. De ahí que se hable que, las competencias deben entenderse desde un enfoque sistémico como actuaciones integrales para resolver problemas del contexto inmediato con base en el proyecto ético de vida.

En toda reforma educativa las competencias no deben limitarse a una determinada disciplina o campo de acción, éstas son más que eso y deben ser entendidas holísticamente; es decir, integralmente. No se trata que se provea a los estudiantes de habilidades técnico-científicas para emplearlas en una empresa privada o entidad estatal, sino que al adquirirlas, sepan cómo aplicarlas dentro del contexto social para el bienestar general y desde luego, de la persona.

El médico que olvida y hace a un lado el juramento hipocrático, anteponiendo sus intereses económicos, pervierte la meritoria función a la que está destinado a servir en la comunidad. No se espera que su labor no sea remunerada dignamente, sino que se evite lucrar con la salud e incluso la vida de las personas. El ser humano no está destinado exclusivamente para generar riqueza, ésta solo es un medio para adquirir la verdadera condición de seres humanos, a través del desarrollo de su espiritualidad.

Para el capitalismo las competencias se entienden como el esfuerzo individual para adquirir habilidades y destrezas con el fin que, el individuo, ascienda de posición dentro de la estratificación social. Eficientar el trabajo de sus empleados, buscan los dueños de empresas y desde luego, la administración pública, a partir del pleno desenvolvimiento de particulares destrezas y habilidades, por medio de una formación por competencias.
El peligro surge cuando el modelo educativo olvida el papel que está destinado a desempeñar todo sujeto dentro de una sociedad, que no es simplemente el ser una pieza más del engranaje de la maquinaria capitalista, sino en constituirse en factor de cambio de situaciones injustas y caóticas que se suscitan en ésta y desde luego, propiciar su desarrollo.

Siendo así, los intereses individuales no pueden estar divorciados de los sociales, por ello se hace imprescindible la ética en la formación de todo nuevo profesional, que se extiende al desempeño de sus funciones. La formación individual del estudiante no puede estar al margen de su inserción social, lo cual conlleva el bienestar no solo de la persona, sino de la comunidad.

El qué en la educación por tanto, debe ser reevaluado en función de los fines de la sociedad, lo que implica que el cómo esté inserto dentro de un marco de referencia que constituye lo que se espera con dicho proceso educativo. Se olvidan los que reducen las competencias a un proceso lúdico en el que el alumno tentativamente construye conocimientos, que tal proceso educativo es más que eso; en el que desempeña un papel esencial el docente quién no solo es facilitador, sino también el orientador en dicho proceso.

Es claro que educar no es solo transferir conocimiento, sin embargo, éste no se logra si no es a partir de aprendizajes y conocimientos previos y esos no surgen de la nada, ya que de la nada, nada adviene. Toda teoría del aprendizaje es infructuosa si no existe previamente una teoría del conocimiento que le dé sustento y a través de ésta resuelva los problemas que surgen en la aprehensión gradual de la realidad.

El docente tiene que mostrar lo que sabe y el alumno aprender lo que debe. Lo cual significa para el alumno, actitud e interés, para así elaborar, a partir de su propio criterio, la ruta a seguir en la senda de conocimientos más profundos, mismos que desencadenarán una actitud ética. El diálogo es imprescindible, pero en función de verdades establecidas, develadas por la ciencia, las cuales no son absolutas pero tampoco relativas.

El docente, en cambio, no puede ser un sujeto improvisado cuyas virtudes se basen exclusivamente en el conocimiento de los últimos avances tecnológicos y sus destrezas sean, por ejemplo, la utilización de las redes sociales, el facebook, como herramienta didáctica. Aunque los avances tecnológicos en comunicación no puedan prescindirse, dentro del proceso de enseñanza y aprendizaje, éstos no son el fin de la educación sino un medio.
En el Constructivismo los estudiantes construyen la realidad a partir de sus particulares herramientas y puntos de vista, lo cual abre las puertas al relativismo gnoseológico. Pero, ¿qué construye el estudiante de la realidad?
¿Cómo lo hace? La realidad es una y aunque existen diferentes formas de llegar a ella, éstas no pueden, al imponerse una construcción arbitraria, ocultar lo que es. Es por ello que la investigación de la naturaleza, a través del ensayo y el error revela sus secretos.

¿Será que construir la realidad significa que cada quién la interprete a su manera? o, ¿es más bien un método similar a la mayeútica en el que cada alumno descubre la ruta que lo lleva a su encuentro con las cosas? Hace más de 2 mil años Sócrates, al referirse al relativismo de Protágoras, señalaba que las personas juzgan la realidad de acuerdo a sus particulares creencias y criterios porque son ignorantes. ¿Cómo saber que las construcciones que se hacen son acertadas?

El qué y el cómo, en el proceso de enseñanza-aprendizaje, en la educación superior, no puede estar al margen de aspectos teóricos y circunstanciales que lo afectan. En consecuencia, no es que el docente lo sepa todo, pero sabe lo que debe aprender el alumno para así juntos develar cosas mejores. Romper con el autoritarismo educativo no significa aceptar el paternalismo.

¿Es posible que un individuo, a partir de sus herramientas cognitivas, construya lo que es la realidad? ¿Qué significa eso? Construir es edificar algo a través de ciertas premisas, en este caso se habla de conocimientos para develar lo que son las cosas. El mostrar, por ejemplo, cómo ejerce influencia el magnetismo del núcleo de la tierra sobre los cuerpos suspendidos en el espacio, no constituye saber el porqué de tal efecto.
El aprender haciendo es una de las vías que posibilita tal construcción, pero no debe olvidarse que tener una lectura acertada sobre las cosas, requiere de un basamento teórico que le dé validez a lo que se hace y dice sobre las mismas. El compendio de saberes, que la humanidad ha acumulado a lo largo de la historia, ha sido producto de un largo ejercicio racional en el que pensadores, hombres y mujeres de ciencia, filósofos representaron un papel importante.

Aprender a hacer no es lo mismo que saber hacer, ya Aristóteles en su momento diferenció con claridad lo que significa un conocimiento técnico de un científico y filosófico y la importancia que representan cada uno para la concepción de la realidad. Quedarse en el cómo hacer las cosas es limitar el potencial humano a lo meramente instrumental.

El conocimiento se diferencia de la opinión en que, para que sea tomado como tal, debe ser público y debe llenar ciertos requerimientos. ¿Cómo saber si lo que uno expresa corresponde a las cosas que se hacen mención? Por ello surge el criterio de verdad y éste, no es necesariamente un juicio sensible sino inteligible. Evidenciar lo que se dice, es el método que ha permitido a la humanidad avanzar en las sendas del conocimiento.
La evidencia no se circunscribe a la mera demostración sensible o técnica, aunque parte de ésta. Ir a la fuente consiste en preguntar a la naturaleza lo que es, es decir, partir de método inductivo pero, para llegar a conclusiones y juicios certeros se debe contar con una visión crítica y reflexiva que la haga inteligible. La construcción de la realidad no puede partir tan solo de experiencias particulares y conjeturas arbitrarias, todo juicio debe estar en función de lo que es la realidad y no lo que se cree que es.
Pero, cuando estudiantes y docentes son producto de una tradición cultural pragmática y utilitaria o, arrastran una concepción mítica sobre las cosas y no buscan el saber sino cómo hacer útil lo aprendido, la realidad es deformada por estos y su construcción es vana y equivocada. Siendo la realidad una, las construcciones que se realicen sobre ésta deben develar lo que es y no lo que quiere verse.

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