Memorias sobre una vida

180px-Myrna_MackPor José García Noval –

A Myrna, a los 25 años de su asesinato

Sería erróneo pensar que los últimos años de Myrna estuvieron marcados únicamente por la angustia de una población que se vio obligada a abandonar su tierra, sus pertenencias y sus muertos; tampoco por la angustia por el riesgo que con plena conciencia corrió en el altiplano del país. Y es un error, porque en el correr de los años, desde su primera juventud, aprendió a sentir ese invaluable gozo interno que provoca la permanente lucha “perdida del color” por alcanzar la construcción de un mundo más humano. Su formación cristiana primero, y su desplazamiento posterior a los ideales revolucionarios de su época, marcaron una vida plena y con profundo sentido de justica.

A Myrna se le reconoce generalmente por su trabajo con los desplazados y por su asesinato por ese motivo. Y aunque ese episodio ciertamente fue crucial, no ha adquirido, en la conciencia pública, ese fuerte tono heroico que me sigue impactando y conmoviendo. Y es aquí donde existe una aparente contradicción; sólo aparente en realidad. Esta radica en dos frases que puedo explicar, y que espero hacerlo adelante: el tono heroico (como un rojo intenso) y una lucha perdida del color.

El trabajo con los desplazados, que es el más conocido, es también el más independiente que realizó a lo largo de su vida, en el sentido de que fue su determinación la que la colocó en el centro de una acción sin jefe, sin guía y sin ordenanzas. Lo que sí tuvo fue pares en sus afanes por encontrar una salida al sufrimiento de cientos de pobladores, hombres, mujeres y niños en su mayoría indígenas; familias enteras, atrapadas por los feroces ataques de las fuerzas militares de un Estado para el que nunca habían alcanzado la categoría moral de personas. Se trataba, para ella, y sus pares, de lograr un retorno digno de un refugio que les daba una mayor probabilidad de sobrevivencia, pero también les garantizaba hambre, enfermedad y sufrimiento.

En ese período de vida, trabajando en la Asociación para el Avance de las Ciencias Sociales (Avancso), Myrna planificó con el apoyo de sus colegas el trabajo en comunidades de El Quiché y Alta Verapaz. Ella dirigió a un pequeño grupo que realizó el trabajo de campo. Como los detalles de ese trabajo tienen otro espacio para ser conocidos, solamente voy a insistir en unas ideas. La primera es que el esfuerzo por caminar entre montañas, ríos y pueblos no fue sólo un sacrificio doloroso; no para ella que era capaz, como lo era su compañera de trabajo y aventura, Liz Oglesby(1) un tiempo de descubrimiento de contrastes. También supieron gozar de la inmensidad del paisaje y de su relación con la gente que contactaron a su paso. Yo sé, por mi propia experiencia, que ese estado de espíritu que provoca el contacto con la gente es como una joya escondida que muy pocos extraños encuentran. Ella las encontró muchas veces en su vida. Sus relatos, en los retornos de esos viajes, estaban unos días plenos de momentos de aventura, pero en otros plenos de preocupación y de angustia; en unos casos esa angustia era por otros, la de personas a quienes les vio el rostro claramente frente a sí. En una ocasión reparó en una idea que me pareció clara, para los ojos con capacidad de ver detrás de los velos egoístas, y es que, con frecuencia, se podía detectar en esos rostros y en sus palabras, una dignidad curtida por la vida, como su piel era curtida por el sol. Pero esos rostros los empezó a ver muy joven, y quien no tenga capacidad de ver los mensajes emanados de ellos, o por lo menos imaginarlos, no entenderá nada de la vida de esa mujer.

El primer momento de sus inclinaciones trascendentes, usualmente es identificado durante el período de su vida colegial con las religiosas Maryknoll; pero es posible que ese momento, cuando emergen la duda, las preguntas y el embrión de rebeldía lo haya vivido casi niña, adolecente, en la costa sur, y que sea en el colegio de las religiosas cuando las preguntas empiezan a tener los primeros gérmenes de respuestas, y donde adquiere un estímulo su conciencia para comprender la realidad que veía. Es en el colegio de monjas ya no conservadoras, como se veían hasta entonces a los hábitos y a las sotanas, donde da sus primeros pasos en el acercamiento a la realidad rural, y en particular, a la individualidad y a la comunidad indígena del país.

Con ese cimiento de conciencia llega a la Escuela de Trabajo Social y al movimiento estudiantil de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Esa institución había despegado el vuelo en 1944, y remontado en los años sesenta, cuando había algo nuevo que parecía invadir hasta el aire que se respiraba. En esa universidad conoció el ímpetu de una nueva izquierda, no religiosa y muy crítica de santos y de iglesias, hasta el encuentro años más tarde de esa tendencia con la de la teología de la liberación; recuerdo uno de los primeros nombre que se repetía en el eco de los espíritus juveniles que buscaban los encuentros idealistas, Camilo Torres. En ese período conoció a compañeros que distinguió a lo largo de su vida, y seguramente se sentiría satisfecha de recordar a algunos; entre ellos a Manuel Andrade Roca, Santiago López Aguilar y a Orencio Sosa. Todos ellos caídos en lo que consideraron una lucha por la dignidad de la liberación del hambre, de la despiadada explotación y una creciente corrupción, fenómenos tan claros como el sol pero ocultos a la hipocresía y a la ceguera moral de los fanáticos de la codicia. Fue en ese período cuando coincidió en el movimiento estudiantil con Víctor Hugo Hernández Anzueto, con quién estuvo casada por varios años y con quien compartió las visiones y los anhelos del cambio social. Ese es un período que tuvo una significativa importancia en su mutua maduración política y respeto a sus compromisos de vida, coherentes con sus principios, aún después de separar los caminos de sus vidas personales.

Es en ese momento universitario, que decide comprometerse con una lucha que consideró justa y urgente contra esa descarnada explotación que había constatado en diferentes regiones del país (explotación que a veces se ve desde las carreteras como parte del paisaje). Pensó que quienes tenían un proyecto más claro estaban cerca, y que la observación directa de sus conductas cotidianas la hacía confiar en ellos. Es en esas circunstancias que conoce a Joaquín Noval, antropólogo y miembro del Partido Guatemalteco de Trabajo; esa relación, con quién consideró uno de sus grandes maestros, fue determinante en su trayecto posterior. Primero, durante el embarazo colabora con él en su trabajo de oficina hasta un período posterior al nacimiento de su hija Lucrecia. Pero pronto, inquieta como era y con una fascinación por los desafíos, encantos y enigmas del campo, abandona el apoyo de oficina y pasa a formar parte de un grupo de jóvenes dirigidos por el antropólogo, hombres y mujeres que trabajaban en organización y logística en la costa sur, en terrenos muy cercanos a la frontera. Y es precisamente en el paso de la frontera a través del rio Suchiate donde adquiere una gran experiencia, teniendo entre sus tareas el traslado de personas y familias enteras amenazadas por la represión. Hasta en estos días, cuando escribo esta nota, he podido escuchar el agradecimiento de personas, que siendo niños, pudieron escapar con sus familiares, y sobrevivir a dictaduras corruptas como la de Arana Osorio. Esa organización local, fue conocida como el Aparato de Frontera, o más
íntimamente denominada por el grupo como La Emiliano, en honor a Emiliano Zapata.

Esto porque el grupo estaba constituido principalmente por campesinos que trabajaban para la organización de una base consciente de sus derechos y de las posibilidades de sus luchas. Joaquín Noval también los llamó Los peregrinos de la ruta de Orión, en un poema titulado El camino de los hombres mojados. Es en este poema que dedicó a Myrnita y a los peregrinos de la ruta de Orión, donde habla de la lucha perdida del color en la agonía de la tarde, queriendo resaltar una actitud que marcó la vida de Myrna, la modestia que, como la sentencia de Mateo: … que no sepa tu mano
izquierda lo que hace tu mano derecha, adquiría un específico y profundo sentido en esas luchas, al exigir el no privilegiar la propia imagen sobre la imagen y los intereses de otras personas que llevaban a cuestas la dureza de la vida. Principio que, desafortunadamente, parece hoy más que nunca perdido en un mar de narcisismo.

Repito hoy, con su amiga Liz Oglesby, que es paradójico que ella siendo así, viniera a sufrir años después de su muerte, la agresión egománica de un extranjero, de origen español, que ha pretendido, a costa de la manipulación de la imagen de una mujer, construir para sí un pedestal de arena cual conquistador de tierras bárbaras.

Ahora, al pensar en la evolución de los rasgos fundamentales de su carácter, de su ethos, estoy convencido que si bien tuvo la suerte de conocer a personas que consideró modelos, a las que observó y de quienes sin duda aprendió mucho, hay algunos de esos rasgos fundamentales que no fueron necesariamente decantados de forma total por esas personas, pero si la reforzaron dándole certeza y fortaleza. Había sin duda un nicho receptor en su espíritu que se había forjado tempranamente.

¿A qué rasgos me refiero? ¿En qué estoy pensando? Pues el primero es lo que ya mencioné, la modestia. Y esto merece una precisión. Por supuesto que siempre cuidó su autoestima; se cuidaba de hacer las cosas bien y apreciaba cuando se le reconocía, pero nuca la vi mendigando reconocimientos. El otro fue su disciplina, muy reconocida hoy en su entorno en la toma e interpretación del dato como antropóloga, pero a algunos nos consta que tal virtud trascendía a otros terrenos. Luego su valentía; esa determinación para aceptar los retos, aún a costa de los riegos; pero de nuevo, y en esto radicaba su valor, habían decisiones que pasaron, necesariamente, por los momentos de duda y de temor. En una ocasión, casi al final de su vida vi el contraste del momento grave preocupación por su destino y el de una firme decisión que da el convencimiento de las urgencias del prójimo.

Aprovecho este espacio para insistir en lo que expresé en una ocasión en el Centro Cardoza y Aragón de la embajada de México; algo que me preocupa porque parece languidecer en jóvenes y en intelectuales de hoy:

Ella acompañó el compromiso radical con la rigurosidad intelectual (hasta el detalle, como buena antropóloga), no confundió jamás el compromiso verdadero con una actitud acrítica y dogmática que privilegia la aprobación del grupo de pertenencia sobre el rigor teórico?práctico que permite el desvelamiento de la realidad para actuar sobre ella. Fue capaz de escuchar a quienes pensaban de manera diferente, no le temía a las preguntas, no temía discutir con mente abierta las contradicciones que emergen en el vida intelectual y política, ni cerró las puertas a la confrontación respetuosa de ideas, como tampoco, en algunos casos, y también hay que decirlo con franqueza, a la discusión encendida.

Esta convicción, unida a un hecho quizás incidental, determinó su involucramiento final en el trabajo con los desplazados. Ricardo Falla ha dicho en más de una ocasión que Joaquín Noval le dejó una herencia, la de conocer a Myrna; ella posiblemente diría que fue a ella a quién le dejó una herencia, la de conocer a Ricardo.

A través de esa relación, y considerándose ya entonces agnóstica y participando con la izquierda revolucionaria, no tuvo ningún reparo sectario en reconocer el involucramiento humano de algunos religiosos. Así estableció relación con monseñor Julio Cabrera, Monseñor Gerardo Flores y otros religiosos; el motivo, la crisis humanitaria de los desplazados. Ese trabajo, como lo mencioné al principio, lo hizo por determinación propia, sin jefe, sin guía y sin ordenanzas. La movieron las corrientes de la profundidad humana y no las de la superficie estratégica de grupos que tuvo que confrontar. Está claro que en esta tarea no estuvo sola, tuvo compañía muy cercana y solidaria, pero como sucede en estos casos, los aparatos de inteligencia escogen la víctima propicia.

Esta es una pequeña semblanza que pretende rendir un homenaje, a los veinticinco años de su asesinato, a una mujer que sobresalió en inteligencia, convicción y humanidad.

(1) El trabajo de campo en esa investigación sobre el retorno lo realizaron con dedicación admirable, además de Myrna y Elizabeth Oglesby que trabajaron en El Quiché, en Alta Verapaz trabajaron Paula Worby y Rubio Caballero. Al frente de Avancso y con estrecha relación con los investigadores estuvo la actual directora, Clara Arenas Bianchi. Myrna siempre distinguió el apoyo solidario de José Antonio Pacheco S.J.

Fuente: AVANCSO Guatemala

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