Sexo, cuido y naturaleza humana

Ignacio Arroyo Trejos

¿Por qué nos comportamos cómo lo hacemos? ¿Cuál es la relación entre el sexo y los comportamientos de cuido? ¿Cuál es la naturaleza de la sexualidad humana?

Pocos temas despiertan tanto interés como el tratar de dar explicaciones al comportamiento sexual humano. A pesar de más de medio siglo de liberación sexual, en sociedades sumamente conservadoras como la nuestra, la sexualidad se sigue tratando desde distintos mitos, estereotipos y prejuicios. A pesar de esto, podemos apreciar modestos intentos de romper con algunos tabúes sexuales. Por ejemplo, es cada vez más común oír en distintos medios acerca de los beneficios físicos y emocionales de las relaciones sexuales de mutuo consentimiento entre adultos. Desde las relajantes cascadas neuroquímicas que desencadenan, hasta su importancia en el establecimiento de lazos afectivos y los más diversos beneficios en la salud del ejercicio de una vida sexual sana. Se plantean las más diversas preguntas: la relación entre la aceptación del cuerpo y la satisfacción sexual, las distintas formas de comunicación sexual verbal y no verbal, los distintos estilos de apego afectivo entre individuos, entre muchas otras.

El placer sexual, ya sea solo o con alguien más, puede inducir a estados de ánimo de calma y felicidad, disminuir la tensión muscular y aliviar el dolor de cabeza, señalan los expertos con basto soporte empírico. Científicos de todo el mundo estudian desde la efectividad de los métodos anticonceptivos hasta la relación entre los distintos comportamientos sexuales y los rasgos psicológicos humanos. Este abordaje ha sido suficiente para enervar a los sectores defensores de “la familia tradicional”, que reprueban los comportamientos sexuales fuera de sus estrechos límites moralistas y pretenden ejercer control sobre la sexualidad y la reproducción. Son estos mismos sectores los que se oponen a que se imparta educación sexual a los jóvenes para que sean capaces de tomar decisiones informadas en torno a su sexualidad y de este modo proteger su salud física y psicológica.

Esta serie de artículos busca ser una breve introducción al conocimiento acumulado en ciencias biológicas, como ejercicio de divulgación científica, que ayude a interpretar conceptos en torno al comportamiento sexual humano. Para algunos lectores, esta aproximación desde la biología puede resultar muy poco excitante. Otros quizás -y es la intención- se sientan identificados con algunas de las conclusiones que encuentra la ciencia acerca del sexo. Muchas de las ideas que se presentan pueden resultar polémicas y por supuesto no deben tomarse como verdades absolutas, sino como hipótesis científicas refutables.

I Parte: La biología del sexo. La reproducción sexual permite a los organismos reconfigurar las distintas versiones de sus genes, dando lugar así a nuevas combinaciones en la siguiente generación. Esta variabilidad aumenta las probabilidades de supervivencia y reproducción en el tiempo ante cambios en el ambiente. Según el registro fósil, las primeras formas de reproducción sexual habrían aparecido hace unos mil doscientos millones de años en organismos unicelulares.

Uno de los principios claves para entender la evolución es el concepto de selección sexual. La selección sexual explica que ciertos rasgos son el resultado de la competencia entre individuos de un mismo sexo por el acceso a la cópula; y de la selección por parte de uno de los sexos -en la mayoría de las especies las hembras- de individuos del sexo opuesto. Así se explicaría parte de las diferencias morfológicas entre sexos y la aparición de ciertos rasgos exagerados o incluso desfavorables desde la perspectiva de la selección natural. Por otra parte, la hipótesis de la reina roja plantea que la rareza o novedad –aquellos rasgos poco frecuentes en la población- pueden resultar beneficiosos para los organismos y son favorecidos.

Posteriormente se introduce el concepto de inversión parental, que establece que la contribución que ambos sexos deben hacer para el desarrollo de la descendencia no es proporcional. Por lo tanto, el progenitor que invierte más en la reproducción sería el responsable de elegir a su pareja, mientras que el que invierte menos debe competir por el acceso a la cópula. En su libro The Mating Mind (2000), el psicólogo evolutivo Geoffrey Miller considera a la selección sexual el principal aporte de Darwin a la teoría de la evolución y plantea que los rasgos mentales y las distintas habilidades de nuestra especie son “herramientas de cortejo” que evolucionaron para atraer y entretener a potenciales parejas sexuales.

Para entender la ciencia de la atracción sexual es necesario profundizar en la regulación hormonal, la cual establece cierto rango de posibles respuestas ante distintos estímulos ambientales. Las hormonas, -del griego hormo, poner en movimiento- son mensajeros químicos que viajan por el cuerpo coordinando procesos complejos como el crecimiento, el desarrollo, el metabolismo y la fertilidad del organismo. De hecho, uno de los lugares comunes que se usan a la hora de hablar de sexo es responsabilizar a las hormonas de la toma de decisiones en torno a nuestra sexualidad, quizás cómo forma de evadir responsabilidades que pudieran entrar en conflicto con nuestros principios o valores.

Antes de que se interprete el papel de las hormonas sexuales como una forma de determinismo biológico, es importante aclarar que las hormonas no son la causa del comportamiento, sino que son una forma de describir el fenómeno a escala molecular. Sería entonces equivocado tomar los estudios de regulación hormonal fuera de contexto y querer reducir los fenómenos sociales a simples efectos de las hormonas. Sin embargo, es claro que existen ciertas correlaciones entre los cambios hormonales y los distintos comportamientos, sin que esta correlación implique causalidad.

La progesterona además de su función durante y después del embarazo, tiene fuertes implicaciones en los estados de ánimo y podría influir por ejemplo en actividades como sonreír, una condición importante para el establecimiento de relaciones de cualquier tipo. Un equipo de investigadores encontró que, para las mujeres, la actividad muscular involucrada en sonreír fue mayor durante la fase folicular del ciclo menstrual, cuando los niveles de progesterona eran menores, en una respuesta ante estímulos eróticos. Por otro lado, los estrógenos estarían relacionados con el aumento de la simetría facial y corporal, rasgos considerados atractivos que podrían ser indicadores de fertilidad y salud.

Una mención especial merece la oxitocina, la cual estimula la contracción del útero y los ductos de las mamas durante el parto y la lactancia. Se ha encontrado además que juega un papel importante en el emparejamiento. Las personas en una relación nueva registraron niveles de oxitocina mayores que las personas solteras. También se ha encontrado que, en hombres, la oxitocina podría ayudar a formar recuerdos de interacciones positivas además de aumentar la confianza y la generosidad. Los hallazgos concuerdan con modelos evolutivos que sugieren que vínculos románticos y parentales comparten los mismos mecanismos biológicos subyacentes. En la segunda parte exploraremos más a fondo esta relación entre el sexo y el cuido parental.

II Parte: Diferencias entre sexos y cuido parental. La aparición temprana de diferencias entre sexos sugiere que estas han sido fijadas en nuestro desarrollo por una exposición hormonal o por la expresión de ciertos genes. Por otro lado, es probable que las diferencias que se acentúan a lo largo de la infancia sean modeladas por el aprendizaje, a consecuencia de estilos de vida, cultura y entrenamiento que niños y niñas experimentan diferencialmente en cualquier sociedad humana. De este modo, sería un error asumir que todas las diferencias a nivel de comportamiento están “codificadas” o determinadas por las diferencias biológicas entre sexos. Por ejemplo, apelar a las diferencias entre el cerebro del hombre y la mujer se puede usar para justificar el abandono paterno, toda vez que se asuma que las mujeres están “hechas” (“cableadas”) para realizar funciones maternas y los varones para realizar otras funciones diferentes al cuido y la crianza. También sería un error asumir que todas las diferencias entre hombres y mujeres derivan del condicionamiento social, sin ver las diferencias sexuales objetivamente.

A nivel hormonal, se ha observado que los fetos de hombres y mujeres difieren en las concentraciones de testosterona -que influyen sobre la libido tanto en hombres como en mujeres- a partir de la octava semana de gestación. Estas diferencias hormonales tempranas ejercerían influencias sobre el desarrollo del cerebro y el comportamiento. Por su parte, la prolactina registra mayores niveles ante eventos estresantes, el parto y la lactancia. Si bien su relación con los comportamientos de cuido materno ha sido bien estudiada, recientemente también se vincula con los comportamientos de cuido paterno.

En recientes estudios, se ha encontrado una correlación entre el tamaño del giro recto, una subdivisión de la corteza prefrontal del cerebro, con las habilidades sociales cognitivas y la percepción interpersonal. Estos rasgos resultan claves para el desarrollo de las habilidades de cuido parental. Por ejemplo, la respuesta al llanto de los bebés ha sido estudiada para evaluar el grado de envolvimiento en las labores de cuido que tienen los padres humanos. Se encontró que los padres con bajos niveles de testosterona y altos niveles de prolactina están alerta y responden más positivamente a las señales de llanto del bebé. También se encontró que, ante el estímulo del llanto, los niveles de prolactina tendían a aumentar más en los padres experimentados que en los primerizos. Así, la experiencia acumulada contribuye a la variabilidad de respuestas afectivas en padres humanos.

Otras investigaciones en el mismo sentido plantean que existe una correlación positiva entre la actividad cerebral en regiones relacionadas con la empatía (la corteza insular anterior y el giro frontal inferior) y los receptores de hormonas sexuales. También apuntan a un una relación no lineal entre cierta actividad cerebral y el cuido paterno, donde tanto una muy baja respuesta como una respuesta exagerada al estrés del bebé resultarían negativas frente a las respuestas moderadas, óptimas para que los padres se involucren positivamente en las funciones de cuido.

Por un lado, niveles de testosterona bajos estarían relacionados con un mayor tiempo dedicado a las labores diarias de cuido. Eso sí, el contacto con los hijos tendería a bajar los niveles de testosterona, incluso desde la gestación. El segundo factor correlacionado con mayor tiempo dedicado al cuido, el volumen testicular, al parecer sería menor en padres más presentes y mayor en aquellos que le dedican menos tiempo a las labores de cuido (alimentar, bañar, cambiar pañales, entre otras). Sin embargo, no puede concluirse si los individuos con testículos pequeños sean mejores padres o si los comportamientos de cuido reducen el volumen de las gónadas. Es necesario de más investigación para entender mejor la relación entre los comportamientos de cuido y el tamaño de los testículos.

En términos generales, es aceptado que existe un efecto compensatorio entre los comportamientos de apareamiento y cuido, ya que un mayor tiempo dedicado al cuido de la descendencia podría asegurar el éxito de esta, al mismo tiempo que disminuye las posibilidades de nuevos apareamientos. Si observamos el comportamiento animal, podemos identificar un continuo de estrategias entre dos extremos bien marcados: por un lado, las especies en donde el macho se limita a proveer gametos y no participa en la nutrición ni protección de la nueva generación. En el otro extremo están las especies que establecen pareja con fines reproductivos, cuya división de funciones tiende a ser más equitativa y los machos participan del cuido de las crías. ¿En que lugar podemos entonces situar a nuestra especie? Para Robert Sapolsky, la nuestra no exhibe ninguna de las estrategias extremas, sino algo bastante hacia el centro del espectro, lo que lo vuelve complicado de entender. El amplio rango de comportamientos humanos varía sustancialmente dependiendo del contexto social.

Para concluir, es importante recordar que las labores de cuido y crianza no son exclusivas de los progenitores, sino que dichas labores -en nuestra especie altamente social- pueden recaer en otros miembros de la familia extendida. A este respecto, la antropóloga evolucionista Sarah B. Hrdy destaca la importancia de los vínculos aloparentales (distintos del padre y la madre) en la crianza de las nuevas generaciones. Abuelas, tías, primos y demás vínculos familiares influirían en la supervivencia, dotando de sustento –al menos en ciertos contextos- al proverbio africano que dice que “se necesita de todo un pueblo para criar a un niño”. Las diversas configuraciones familiares y los vínculos intergeneracionales serían determinantes para la crianza de la progenie.

En la última parte, trataremos de abordar la problemática que se deriva de una concepción esencialista del comportamiento sexual humano.

III Parte: Sexo y naturaleza humana. Stephen Jay Gould reflexiona en su libro Ever since Darwin (1977) que, si hay algo que podamos definir como “naturaleza humana”, su principal rasgo sería la flexibilidad que permite una amplia gama de respuestas ante cambios en el ambiente. En palabras de Stephen Rose, construimos nuestro propio futuro, eso sí, en circunstancias que no escogimos. En ese sentido, el futuro es radicalmente indeterminado ya que se compone del complejo entramado de múltiples procesos biológicos y sociales.

A pesar de esta plasticidad característica de nuestra especie, ciertos comportamientos se generalizan de modo tal que se hacen pasar por “esenciales”. Por ejemplo, los roles de género entre otras categorías asignadas a los individuos de una sociedad, más que cosas concretas, son procesos que dependen del contexto histórico. A pesar de esto, la concepción esencialista de los roles de género se presenta muchas veces adornada de un discurso que remite a las diferencias biológicas. Por ejemplo, en nuestras sociedades se tiende a normalizar el abandono afectivo de los varones hacia su progenie, al mismo tiempo que se da una imposición de las funciones de cuido exclusivamente a las mujeres.

Si vamos más allá del abandono de las funciones de cuido y analizamos las conductas posesivas y agresivas de parte de los varones -incluyendo violencia psicológica, patrimonial, física y femicidio- serían también una de tantas posibles masculinidades, lamentablemente generalizadas en muchos entornos sociales. Pero esta normalización de la violencia contra las mujeres no debe ser asumida como “natural” y por lo tanto irreversible. Es posible y necesario educarnos con respecto a nuevas masculinidades que sirvan de alternativa a estos patrones de comportamiento y así construir realidades en condiciones de equidad, más allá del discurso, haciendo que se respeten los derechos humanos, laborales, sexuales y reproductivos de las mujeres.

En otro ejemplo, la heterosexualidad -muchas veces presentada como el comportamiento “normal” de los seres humanos- no pasa de ser una norma estadística en medio de la diversidad de comportamientos. Estos comportamientos también pueden convertirse en normas sociales o incluso jurídicas, que son dictadas por los ámbitos religioso o político. Pero estas tendencias en el comportamiento de ninguna manera están fijadas a priori en la biología de los individuos, como lo sugieren los discursos heteronormativos, que han dado lugar a la patologización de la diversidad sexual.

Actualmente existen varias hipótesis que dan una explicación adaptativa a la llamada paradoja darwiniana de la homosexualidad, documentada en más de mil quinientas especies de animales hasta la fecha. Además de las relaciones entre individuos del mismo sexo y la bisexualidad, existen variantes de la expresión sexual humana como las personas transexuales y transgénero, que desafían las nociones folclóricas establecidas de masculinidad y feminidad; o la intersexualidad, que demuestra el continuo de variables de los rasgos sexuales humanos. Desde el ámbito académico, la elaboración teórica de la disidencia sexual -la teoría queer– busca la de-construcción de las identidades estigmatizadas, se opone a la noción binaria de género y rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales.

Para algunos, la teoría evolutiva resulta insuficiente para explicar la diversidad y complejidad del comportamiento sexual humano. Pero el hecho de que no todo comportamiento sexual sea reproductivo -y que ciertos factores sociales y ambientales jueguen un papel muy importante en modelar los distintos comportamientos- no es contradictorio con la teoría evolutiva. En este sentido, se ha planteado que el sexo no reproductivo puede ser útil para reforzar vínculos y resolver conflictos, cómo se desprende de estudios en bonobos, que analizan la relación entre el placer sexual y la convivencia pacífica.

Nuestra especie elige su pareja sexual basándose no sólo en rasgos físicos y aptitudes reproductivas, sino también en aquellos que contribuyen a la noción de personalidad. Rasgos como la salud mental, la creatividad, las habilidades sociales o incluso valores morales podrían influir en determinar por quién nos sentimos atraídos. Así, comportamientos complejos de cooperación podrían haber evolucionado como indicadores de aptitud y ser seleccionados por algunos individuos incluso por encima de rasgos como la fertilidad o el sexo cromosómico.

Lamentablemente, la forma puritana y eufemística desde la que se tratan los temas sexuales en nuestra sociedad, incapaz de reconocer la fluidez de la sexualidad, constituye un obstáculo al entendimiento de estas y otras realidades en torno al comportamiento humano. Es necesario abandonar los discursos esencialistas si queremos empezar a dilucidar la compleja condición de la sexualidad humana en todas sus dimensiones.

Revista Paquidermo
http://www.revistapaquidermo.com/archives/12626

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