Guatemala, entre la incertidumbre y la utopía crítica

ab7cc1c4-3219-477d-aebc-89c60d18c716_750_497Por José Luis González –

“Las ideas, antes de materializarse, poseen una extraña semejanza con la utopía…”
Jean Paul Sartre

Guatemala está en permanente crisis. No lo digo sólo por los días difíciles que, en el ámbito político, estamos viviendo: nuestros problemas de fondo son los mismos que no hemos podido superar en casi dos siglos de independencia; desde la violenta “integración” al sistema de dominación impuesto en 1492, los pueblos que conforman este territorio luchan por la emancipación y por su identidad perdida e incierta en el laberinto de “invenciones”, “descubrimientos”, “conquistas” y “colonizaciones”.

Durante más de cinco siglos de una historia de dominación, víctimas de una interminable y profunda colonización, hemos sufrido bajo el yugo del imperialismo moderno. La pobreza creciente de la población mayoritaria en Guatemala, la permanente tensión social y sus principales efectos: la discriminación, la pobreza extrema, la falta de transparencia en el ejercicio del poder, la violencia, la desigualdad social y la carencia de proyectos para un futuro cercano han establecido una situación de incertidumbre y desesperación. En este contexto sombrío, no es descabellado reconocer la necesidad de revivir la búsqueda de “otra realidad”, con tendencia hacia una utopía reflejada en la “comunidad ideal” del hombre plenamente autorrealizado, como diría Marx.

A pesar de las expresiones como el “crepúsculo de la utopía” o el “colapso de la esperanza”, impuestas por los ideólogos del “fin de la historia”, parece cada vez menos posible renunciar a la imagen de, en palabras de Carlos Fuentes, “una realidad mejor, un nuevo mundo, mundo de la utopía”. Claro está, la utopía no en el sentido peyorativo que alude a lo quimérico, fantasioso y, sobre todo, irrealizable o imposible. Más bien en su nivel superior, como lo pensó Ricoeur al analizar sobre la distinción entre ideología y utopía, bajo la regla de que mientras la ideología es típicamente la “legitimación de lo que es” —como lo que pretende el sector hegemónico en Guatemala—, la utopía actúa para destruir el orden existente —por lo cual los sectores marginales mantienen una lucha constante—. “En ese sentido —decía Ricoeur— es posible caracterizar la utopía en su relación con la ideología en tres planos diferentes: cuando la ideología es la legitimación, la utopía es evasión; cuando la ideología es la legitimación de la autoridad presente, la utopía es el desafío a esa autoridad y cuando la ideología es identificación, la utopía es la exploración de lo posible”.

Además, a decir de Georg Picht, “en el sentido habitual de la palabra se entienden por utopías las imágenes soñadas de mundos irrealizables, o sea, proyecciones de deseos inconscientes, esperanzas ciegas y afanes irracionales.” En contraposición a esas utopías soñadas, están las utopías críticas que “permiten —sigue explicando Picht— desarrollar imágenes de las situaciones que pueden obtenerse mediante actuaciones conscientes y encaminadas a una meta.” Lo utópico, en este sentido, se traslada al mundo material y las esperanzas en un proyecto nuevo real exigen la acción como praxis, tal como decía Adolfo Sánchez Vásquez: “No se puede desarrollar una verdadera acción real mientras se confía ilusoriamente en el poder de las ideas y éstas aparezcan desvinculadas de su verdadero fundamento económico-social.”

Frente a los conservadores y tradicionalistas —vale decir, nuestra oligarquía chapina y sus legitimadores: políticos, ideólogos y militares lacayos— que ostentan una especie de ineptitud para imaginar una vida colectiva mejor, acomodando su ideario a su utilidad y a su comodidad egocéntrica, la utopía crítica es la facultad de imaginación que José Carlos Mariátegui le atribuía a los revolucionarios y a los renovadores, pensando en que “sin imaginación no hay progreso de ninguna especie”. Desde luego, la imaginación de un mundo mejor, pero materializada por medio de la praxis y la lucha apasionada, riesgosa y heroica del pueblo: en plena y perpetua agonía, en el mismo sentido como la concebía Mariátegui, así: “Agonía no es preludio de la muerte, no es conclusión de la vida. Agonía —como Unamuno escribe en la introducción de su libro— quiere decir lucha. Agoniza aquel que vive luchando; luchando contra la vida misma. Y contra la muerte.”

www.albedrio.org

Te gusto, quieres compartir