Eduardo Galeano y sus mujeres

DSC07716Aníbal Malvar /Público

Se edita estos días el libro Mujeres de Eduardo Galeano y uno, con la Cumbre de las Américas aun efervescente, no puede dejar de acordarse de aquella obra maestra del periodismo, la literatura y la lesa humanidad titulada Las venas abiertas de América Latina. Si aquel libro desmenuzaba la barbarie norteamericana en el continente, el fervor yanqui por apoyar dictaduras y genocidios para hacer lirondos negocietes, ahora Mujeres nos envenena de belleza y feminismo con la cordialidad beligerante con la que siempre ha escrito Galeano. El libro sale publicado en Siglo XXI.

Mujeres es un experimento editorial. Se le encargó a Galeano que extrajera de sus muchos libros aquellos párrafos en los que centra su visión en lo femenino, y la cosa le ha salido de una coherencia atroz a pesar de lo disperso y fragmentario de la idea originaria. Se me va la noche leyéndolo y acabo enamorándome de un montón de damas fugaces, passantes y breves como las de Antoine Pol, guerreras y salvajes en lo íntimo, inalcanzables como la luna de este abril, que no me alumbra la lectura lo suficiente. Pero no hace falta. Las mujeres de Galeano se alumbran solas.

Resurrección de María

“María renació en Chiapas.
“Fue anunciada por un indio del pueblo de Simojovel, que era primo suyo, y por un ermitaño que no era pariente y vivía dentro de un árbol de Chamula.
“Y en el pueblo de Santa Marta Xolotepec, Dominica López estaba cosechando maíz cuando la vio. La mamá de Jesús le pidió que le alzara una ermita, porque estaba cansada de dormir en el monte. Dominica le hizo caso; pero a los pocos días vino el obispo y se llevó presos a Dominica, a María y a todos sus peregrinos.
“Entonces María se escapó de la cárcel y se vino al pueblo de Cancuc y habló por boca de una niña que también se llamaba María.
“Los mayas tzeltales nunca olvidaron lo que dijo. Habló en lengua de ellos, y con voz ronquita mandó

que no se negasen las mujeres al deseo de sus cuerpos, porque ella se alegraba de esto;
que las mujeres que quisieran se volvieran a casar con otros maridos, porque no eran buenos los casamientos que habían hecho los curas españoles;
y que era cumplida la profecía de sacudir el yugo y restaurar las tierras y la libertad, y que ya no había tributo, ni rey, ni obispo, ni alcalde mayor.

“Y el Consejo de Ancianos la escuchó y la obedeció. Y en el año 1712, treinta y dos pueblos indios se alzaron en armas.

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No sé yo si la voz de Galeano alcanza aun a oírse en Panamá, donde la cumbre. Pero las venas de América Latina siguen abiertas y los culpables colectan premios Nobel de la Paz antes de declarar muchas guerras. Pobres de los treinta y dos pueblos indios que se alcen en armas. Pobre María, la de Chiapas, condenada a ser leyenda por un pelotón de soldados que no leen. Dicen que en Panamá no se va a llegar a ningún acuerdo. Para eso están las cumbres. Cierro el libro, abro los periódicos y mi casa se inunda de una rara tristeza.

http://blogs.publico.es/rosa-espinas/2015/04/12/eduardo-galeano-y-sus-mujeres/

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