Izquierda tradicional e izquierda moderna

cee16JOM_0219Edelberto Torres-Rivas
Pesimista “El que hace las cosas de manera pésima; el que no puede hacerlas peor”. Los equíbocos de Blas Bielsa, p. 136

Después de 1970 el marxismo cayó en un grave colapso teórico, entrando en duda sus proposiciones teóricas referidas al destino del capitalismo y las opciones que se abrirían para superarlo. Una década después los regímenes políticos conocidos como del “socialismo realmente existente” y especialmente la Unión Soviética, implosionaron sorpresivamente en una transición que condujo a este país y a los regímenes satélites europeos al capitalismo forzoso. Con el peso de tales antecedentes que han cambiado el rumbo por donde ahora se dirige el destino de la sociedad, los problemas del marxismo no han sido sensu stricto los relativos a la reflexión filosófica sino los que atienden la dirección política del marxismo como el camino al socialismo, la estrategia empírica a una nueva sociedad. Aquí es oportuno distinguir la crisis del marxismo independiente del fracaso del socialismo real; la distinción es relativa ya que no hay causalidad pero sí una complicidad ideológica, porque al fin y al cabo fueron las ideas de Marx en cuyo nombre se construía la nueva sociedad que ya no pudo ser.

Ha sido más que evidente que un siglo después de la muerte de Marx, el marxismo como política y como propuesta intelectual experimentaba un grave colapso. Los partidos comunistas al transformarse desaparecieron en todo el mundo (salvo en China, Corea del Norte y Cuba) y los partidos socialistas o socialdemócratas perdieron la representación de clase y ahora compiten en los espacios que define la derecha y la crisis del capitalismo europeo. El número de marxistas –profesores, estudiantes, intelectuales y público culto, publicaciones, etcétera– disminuyó notablemente en las universidades, centros académicos y en la calle; paralelamente la revolución neoliberal ganaba adeptos, sobre todo, como militantes de una sociedad de mercado libre. Como explicación filosófica del sujeto y del ser perdió interés y como propuesta política colapsó cuando la URSS y las “democracias populares” le pusieron fin al mundo socialista. El desmoronamiento de la Unión Soviética fue traumático no solo para los militantes comunistas sino para los socialistas de todas partes, pues se cerraba así la esperanza unívoca de que pudiese surgir un mundo mejor.

En Guatemala las fuerzas de izquierda han estado divididas más por la práctica de estrategias distintas, que por razones doctrinarias. Después de 1950, la herencia del arbencismo siguió rumbos contradictorios. Los partidarios de la violencia armada como el camino de la revolución o la izquierda tradicional portadora de la estrategia de masas. El PGT frente a los grupos juveniles. Hace casi medio siglo, hacia 1960 una fracción de la izquierda hizo suya la estrategia castrista del foco guerrillero, se puso a la vanguardia política sin necesitar nada de marxismo; se le reconoció como una izquierda naciente nueva, radical; y por el otro lado, estaba la izquierda comunista, tradicional, elaborando la lucha de masas de acuerdo con la teoría marxista-leninista de la revolución como el triunfo del proletariado. En esos 50 años se produjo el enfrentamiento armado entre el Ejército nacional y una guerrilla foquista, que copió el guevarismo y le agregó muchos errores que la llevaron a la derrota. Por los oscuros motivos de la mixtura entre la causalidad y la casualidad, la maldad diacrónica juntó lo ocurrido en Guatemala y Centroamérica con lo de la URSS y sus satélites, todos teñidos con los colores de la derrota.

Por ello ahora la izquierda está dividida de otra manera igualmente colérica. Los que juegan al socialismo del siglo XXI, que es socialismo del futuro sin futuro es la izquierda tradicional. Son chavistas y siguen dogmáticos frente a la realidad cubana. Es duro perder la fe cuando se le sustituye por una ilusión. Esta es la izquierda atrasada y radical. Hay otra fracción, que lee la realidad animada por la visión que da la teoría, que reconoce que terminó la época de las revoluciones; que el capitalismo no está en una crisis terminal, teniendo todavía un despliegue de recursos tecnológicos y culturales para dominar. La izquierda que así razona está entrando a la modernidad y puede convertirse en una fuerza política democrática. La democracia es su desafío, las elecciones, los partidos, la legalidad, la representación son sus tareas. La izquierda moderna no es radical sino democrática y legal. ¿Porque las izquierdas en una sociedad atrasada también tienen que ser atrasadas? Es posible que así ocurra pero no como una fatalidad estructural; las izquierdas que analiza el interesante documento de Álvaro Velásquez, son tradicionales, son prisioneras de la nostalgia guerrillera, no debaten la teoría. Participan en las convocatorias electorales sin voluntad de ganar; son grupos que fueron vanguardia cuando el destino era el socialismo y el fin del sistema capitalista. El escenario de la vida política se movió 180 grados, muchos no lo hicieron y se quedaron inmóviles como prueba de lealtad. ¿Fidelidad a qué? No a la teoría, que desconocieron. Tal vez a la utopía del socialismo, que malgré nous, se volvió imposible.

Y una aclaración al sentido común. En un artículo de Phillip Chicola (ContraPoder 91-12) califica a la izquierda guatemalteca como “patrimonial”. Son confusos los ejemplos y no es comprensible la adjetivación, pues lo patrimonial alude a lo hereditario, personal, a la riqueza, a lo económico. Los ejemplos saltan de una realidad a otra: campesinos arbencistas que forman redes clientelares; el gobierno de la UNE con vínculos farmacéuticos; diputados de la URNG-Winaq vendiendo sus votos, sindicalistas ganando dinero entre juicios y negocios. Etcétera. Si la calificación fuera válida, toda la actividad política en el país sería patrimonial.

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