Políticas interculturales para un país multicultural

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Por Mario Roberto Morales
consucultura@intelnet.net.gt

Derechos culturales

En un país multicultural, los derechos culturales tienen que ver con la libertad de cada individuo y grupo de practicar su especificidad cultural e identitaria, sin que ello sea objeto de represiones ni discriminaciones. En un país multicultural con una interculturalidad históricamente conflictiva, como es el caso de Guatemala, los derechos culturales tienen que ver también con la libertad de cada individuo y grupo de practicar una interculturalidad pacífica y democrática.

En un país multicultural con un deficiente sistema educativo, los derechos culturales tienen que ver con la libertad de toda la ciudadanía de acceder a una educación pública de alta calidad académica, la cual, además, debe girar en torno un eje interculturalizador, es decir, de formación histórica en relación al proceso de surgimiento y desarrollo de las diferencias culturales y de la conflictividad intercultural.

En general, los derechos culturales tienen que ver con los derechos educativos en materia del estudio crítico e historicista de la propia multiculturalidad, y con la respectiva y específica interculturalidad resultante. Esto, en el entendido de que multiculturalidad es un concepto que define la dinámica simbólica de una sociedad en la que conviven dos o más culturas, y que interculturalidad es un concepto que denota el hecho de que las culturas que conviven en una sociedad multicultural siempre están en relación (más o menos conflictiva) entre sí.

Estado de la cuestión

En la actualidad, tanto el sistema educativo como los derechos culturales se encuentran en un estado deplorable, lo cual se comprueba al entrar en contacto con los criterios que el común de las personas ponen en juego a la hora de explicar lass diferencias culturales que nos caracterizan. La ignorancia, los prejuicios y un opinionismo errático caracterizan sus juicios. Esto se debe a que la ciudadanía ignora lo que puedan ser los derechos culturales garantizados por un Estado democrático. Y también a que el sistema educativo local se ha venido deteriorando desde 1954, como resultado de la dominación oligárquico-militar, a la cual no le interesa contar con una ciudadanía culta que, por lo mismo, sea capaz de ejercer su ciudadanía con plenitud, tornándose así en sujeto activo de la democracia. Hacen falta, pues, políticas cognitivas interculturalizadoras para forjar un sujeto críticamente interculturalizado, capaz de comprender históricamente las diferencias, así como sus mestizajes, a fin de que a la vez comprenda aquello que del “otro” posee él o ella como parte de su ser cultural e identitario.

Políticas culturales de emergencia como parte de un Plan de Gobierno

El más grande problema cultural de Guatemala es la ignorancia de sus mayorías, pues esto no les permite ser ciudadanías plenas ni ejercer el civismo, el cual no es sino la capacidad letrada de relacionarse críticamente con su Estado a partir de la comprensión de que la soberanía reside en el pueblo, lo cual le permite al ciudadano protagonizar la democracia en libertad. Las nuestras son mayorías incultas, ajenas a la dimensión filosófica, científica y estética de la vida. Esto, a pesar de que el país cuenta con una producción letrada cultural —y de cultura popular— de primer orden continental y mundial. Este acerbo, empero, no se ve apropiado por parte las mayorías debido a nuestro deficiente sistema educativo, y por lo tanto no cumple sus funciones de cohesión social, legitimación política e identidad nacional.

Desde 1954, la clase política no comprende cómo se realiza la gestión pública en materia de cultura. La prueba está en las erráticas políticas culturales que animan el activismo del Ministerio correspondiente, así como la inepcia de quienes han estado como titulares de esa cartera, los cuales nada tienen que ver con el ramo, pues se trata de contemplativos “amantes del arte” y pragmáticos comerciantes, por un lado, y, por otro, de sonrientes futbolistas y coloridos “mayas” con un agudo sentido de la oportunidad.

Además, de las acciones que el Ministerio de Educación deba realizar en cuanto a alfabetizar y rediseñar en su totalidad el sistema educativo, al Ministerio de Cultura le toca realizar tareas de emergencia para llevar a las masas la cultura producida local e internacionalmente. Asimismo, necesitará estimular por todos los medios posibles la producción y el consumo cultural tanto entre las comunidades rurales como en las ciudades, sin distingos de clase social y usando como único criterio el talento de los artistas. Y estimular la producción y el consumo cultural de primer orden para las minorías con un gusto estético desarrollado. En ambas tareas, la experiencia de expresiones internacionales es tan importante como aquellas de factura nacional. Todo esto, con el objetivo de tener una ciudadanía medianamente letrada (Mineduc) y medianamente culta (Miculta) para el 2019. Y un venero de prospectos formándose cultural, científica y artísticamente.

Para lograr esto, es necesario diseñar una campaña de alfabetización-interculturación. Tomar como criterio la interculturación implica enseñar oralmente la historia intercultural del país a los niños, adolescentes y adultos pobres y de clase media rural. Y en forma letrada a la población “educada”. Se hace necesario alfabetizar (Mineduc) y culturizar (Miculta) al mismo tiempo a las masas pobres y a las capas medias bajas. Y hacerlo a su nivel con las capas medias altas. Para ello, hay que usar breviarios de Historia intercultural de Guatemala, de Filosofía y Ética, y de Literatura Universal e Hispanoamericana. También, de Historia del Arte mundial, latinoamericano y nacional. E Historia de la Música y las artes menores. Sólo así se puede tener una ciudadanía culta para el 2019.

Para alcanzar este objetivo es necesario también implementar talleres de expresión oral, escritura creativa y orientación artístico-vocacional. Y grados y posgrados universitarios en materia de cultura. Asimismo, usar la institucionalidad existente, como la Orquesta Sinfónica Nacional, el Ballet Nacional, la Escuela de Artes Plásticas, etc., para realizar estas tareas, además de crear nuevas agrupaciones de emergencia para el mismo propósito. Es imprescindible hacer un año entero de actividad nacional en el interior del país y en la capital, para luego cultivar a quienes hayan surgido como prospectos artísticos. Luego, habrá que repetir en espiral esta actividad, reproduciendo sus logros anualmente hasta el 2019, cuando entrará en vigencia un nuevo conjunto de políticas culturales que le den continuidad estable a estas políticas de emergencia.

Políticas interculturalizadoras para un país multicultural: bases para una política interculturalista contra la discriminación y el racismo

Para diseñar políticas culturales es necesario partir de conocimientos compartidos que sirvan de base y criterio estratégico para articularlas y ponerlas en práctica. En el caso que nos ocupa, se hace necesario empezar por plantear los criterios generales de los que las políticas en contra de la discriminación y el racismo deben partir. Estos criterios tienen que brotar de la historia de nuestro país, que es el que pondrá en práctica un conjunto de disposiciones antidiscriminatorias. Asimismo, tienen que surgir de la experiencia vivida de su ciudadanía y de su especificidad multicultural concreta, evitando transpolaciones mecánicas de criterios culturalistas forjados para otras realidades. En otras palabras, una política interculturalista en contra de la discriminación y el racismo tiene necesariamente que surgir como un producto original de la especificidad intercultural que intentará regir de manera democrática.

Es igualmente imprescindible establecer el objetivo de la puesta en práctica de estas políticas. ¿Se pretende que un grupo adquiera más poder sobre otro? ¿Que el grupo hegemónico mantenga el suyo? ¿Que la colectividad subalterna alcance mayores, pero no absolutas, cuotas de poder? ¿Que se interiorice en la ciudadanía el criterio multiculturalista diferenciador o, por el contrario, el interculturalista que enfatiza en la articulación mestizada de las diferencias? ¿Se busca una magnificación de las diferenciaciones o una toma de conciencia acerca de la valía y dignidad de nuestros mestizajes interculturales diferenciados? Lo más prudente es extractar el objetivo de las políticas antidiscriminatorias y antirracistas del análisis concreto de la situación histórica concreta que en nuestro país originó la discriminación y el racismo, para así encontrar las soluciones pertinentes en y desde la especificidad multicultural e intercultural nuestra. Plantearse objetivos antes de conocer las causas de los problemas a remediar es un rotundo contrasentido.

La función social del prejuicio y el origen histórico de la discriminación

Lo primero que se debe superar a la hora de diseñar políticas tendentes a dejar atrás los prejuicios diferenciadores, la discriminación y el racismo, es la noción de que esta práctica es antinatural y exclusivo patrimonio de grupos sociales o individuos esencialmente malignos. Por el contrario, lo que hay que tener claro es el hecho de que el prejuicio diferenciador se encuentra en la base de la supervivencia de los primeros grupos humanos, ya que éstos no podían sobrevivir en grandes conglomerados sino solamente en pequeños grupos, y esta necesidad hizo surgir elementos culturales diferenciadores entre las colectividades, dando origen a toda suerte de símbolos totémicos, tradiciones orales y mitos de origen, y también a las nociones de supremacía ejercidas en forma violenta por unos grupos sobre otros. Mediante la creación de elementos culturales diferenciadores se pretendía que los grupos no crecieran más de lo conveniente. Las funciones sociales de la producción de símbolos como las enseñas, vestimentas y demás elementos identificadores, eran funciones diferenciadoras y discriminatorias, ya que solamente mediante este procedimiento los grupos humanos podían asegurarse sobrevivir en pequeñas comunidades. La matriz histórico-cultural de la discriminación es, pues, la original necesidad de supervivencia. Lo cual, como veremos a continuación, no quiere decir que la misma tenga un carácter “natural” y por tanto inamovible para que prevalezca el género humano. Al contrario, su naturaleza es cultural y, por eso mismo, superable.

Junto a la aparición de la cultura como una práctica que, mediante sus sistemas de símbolos (cantos, danzas, tradiciones, pinturas, etc.), otorga al grupo cohesión social y legitimidad política (es decir, unión y sentido de que lo que hace es conveniente y bueno para el grupo), aparece también otra de las funciones primordiales de la cultura: la de otorgar identidad a la comunidad que la produce y la consume. En otras palabras, la aparición de la cultura implica la aparición del sentido de cohesión, legitimidad e identidad diferenciada del grupo frente a otros grupos. Y toda esta producción y práctica cultural es fundamentalmente diferenciadora y discriminatoria respecto de las demás comunidades con las que eventualmente se entraba en conflicto por territorios, caza y recolección de frutos, y con las que a la vez que intercambiaba mujeres periódicamente para evitar malformaciones genéticas derivadas de la práctica reproductiva al interior de las cerradas comunidades tribales.

Como podemos ver, las identidades son invenciones diferenciadoras que los grupos construyen a partir de rasgos (reales o ficticios) que los caracterizan, forjando así, mediante la producción cultural, un imaginario colectivo con el que los individuos se identifican sintiéndose parte de un todo cohesionado y a la vez legitimado mediante el poder político que lo avala y lo defiende.

Es necesario, pues, tomar conciencia de los orígenes históricos del prejuicio cultural como un mecanismo de supervivencia originario, pues esta es la base concreta de prácticas diferenciadoras extremas como la discriminación y el racismo sistemáticos. De hecho, los estereotipos inferiorizantes, el humor discriminatorio y, en general, las nociones de superioridad e inferioridad étnicas y raciales, tienen su origen en una necesidad de supervivencia. Si es que una sociedad —en este caso, la guatemalteca— se plantea la necesidad de alcanzar una vida social sin discriminaciones ni racismo, es necesario no sólo hacer conciencia en su ciudadanía acerca de este hecho (que de ninguna manera es fatal e inmutable), sino también asegurarse de que conozca el desarrollo histórico de los mecanismos que han posibilitado los prejuicios, las discriminaciones y el racismo en su propio territorio y cultura. Se hace pues imperativo estudiar la historia de Guatemala como matriz de las mentalidades y los criterios discriminatorios que nos conforman en el tiempo y el espacio. Mi contribución a esto es mi libro Breve historia intercultural de Guatemala (Guatemala: Cultura, 2014).

Aunque el prejuicio cultural es una práctica inherente a la necesidad primigenia de supervivencia humana y, por ello, no debe considerarse como algo antinatural y ajeno al proceso histórico del origen y desarrollo de la especie humana, esto no quiere decir que nos expliquemos y hagamos valer las diferencias culturales mediante prejuicios, sobre todo en la actualidad, cuando la misma necesidad de supervivencia en condiciones de modernidad exige que las sociedades convivan respetando sus diferencias culturales internas y las de otras sociedades fuera de su espacio nacional. La modernidad —que implica democracia en lo político, libre empresa en lo económico y derechos individuales en lo ético y en lo jurídico— exige de las sociedades multiculturales modernas el respeto a sus diferencias mediante una política intercultural que, lejos de postular a un grupo como hegemónico, garantice el ejercicio libre e igualitario de todas las diferencias. En otras palabras, si bien el prejuicio cultural y la discriminación fungieron como elementos básicos de la supervivencia en el pasado, actualmente esa misma supervivencia exige su superación. Es esta necesidad histórica la que obliga a dejar atrás la política de la diferenciación confrontadora y a buscar soluciones interculturalistas de convivencia pacífica.

Para superar los prejuicios mediante los que percibimos a quienes consideramos como “otros” diferenciados, y para aprender a valorar y respetar su cultura, necesitamos entender por qué se formaron las diferencias que nos dividen y por qué continúan teniendo vigencia —si bien modificada— en la actualidad. Para superar un prejuicio, primero hay que comprenderlo en su origen y evolución. De estos criterios se desprenden estrategias contra el prejuicio cultural por medio de la acción interculturizadora, las cuales deberán servir como base para la elaboración e impulso de una política al respecto. Las estrategias pueden consistir en lo siguiente:

Estrategia contra el prejuicio cultural

Diseñar e impulsar una campaña educativa y publicitaria que explique a la ciudadanía y, sobre todo, a la niñez y la juventud, la función social que ha cumplido el prejuicio cultural en la historia de la humanidad, así como la necesidad actual de superarlo como eje de las relaciones interculturales. La previa capacitación de docentes en el conocimiento pertinente es imprescindible.

Estrategia para comprender el carácter mestizo de nuestra interculturalidad

Diseñar e impulsar una campaña educativa, publicitaria y legislativa para que la ciudadanía comprenda que la violencia que caracteriza nuestra interculturalidad, tiene sus raíces en la dinámica militarista que los pueblos de origen maya protagonizaron entre el siglo X y el XVI. También, que esta cultura de violencia cambió sus reglas de juego con la invasión española y el régimen colonial, el cual “europeizó” los criterios y las prácticas discriminatorias.

Asimismo, que los criterios y las dinámicas interdiscriminatorias de Guatemala tienen una matriz económica representada por el régimen colonial, que inferiorizó étnicamente a los indígenas y mestizos, a partir de su reducción clasista a la condición de campesinos y siervos. Todo lo cual implica que la dignidad étnica y cultural tiene en la actualidad como base el que los individuos accedan al salario y al consumo, pues la pobreza y la miseria apuntalan la inferiorización y la condición discriminada. Y, finalmente, que el problema interétnico no se reduce a la contradicción indio-ladino, sino se extiende a la dominación económica criolla y a sus criterios de discriminación hacia indígenas y mestizos, por lo que la superación del racismo implica una acción estructural concientizadora, educativa y legislativa tendente a forjar un nuevo sujeto concientemente intercultural e interétnico que comprenda y valore los mestizajes que lo conforman como individuo y también la función que ese mestizaje individual cumple en la dinámica de los distintos mestizajes grupales que conforman nuestra unidad cultural diversa.

Interculturalismo e interculturación: estrategias básicas para el diseño de políticas interculturales democráticas

Guatemala requiere de políticas interculturales que enfaticen en el conocimiento de cómo la articulación de nuestras diferencias desemboca en mestizajes culturales que carecen de nombre y que rebasan con mucho la bipolaridad indio-ladino o “maya”-mestizo. En tal sentido, deben ser políticas que fomenten un proceso de interculturación, es decir, de comprensión del valor cultural de la contraparte, del “otro”, para lograr una comunicación intercultural fluida y no una diferenciación separadora. Esto no implica borrar las diferencias, sino hacer de las mismas un ejercicio cotidiano digno y orgulloso, como parte de un concierto más amplio de diferencias que reclaman su especificidad sin apelar a purismo alguno sino, por el contrario, asumiendo que cada mestizaje diferenciado y específico forma parte de un todo multicultural indisoluble que posee una unidad que hasta la fecha ha sido conflictiva debido a los criterios eurocéntricos con los que se la ha analizado y practicado, y que ahora inicia su democratización en igualdad de condiciones.

Interculturación es un concepto que designa un proceso por medio del cual se insufla conciencia intercultural (es decir, relacional y articulatoria de las diferencias) y no multicultural (o separadora y magnificadora de las diferencias) en la ciudadanía. Interculturación no es lo mismo que interculturalidad ni que interculturalismo. Interculturación es un proceso inducido, consciente y deliberado de concientización en valores interculturales, es decir, relacionales y articulatorios. Interculturalismo es la postura ideológica que anima este proceso de interculturación. El primero es teoría e intención ideológica, la segunda es práctica social, cultural y política. En otras palabras, soy interculturalista porque impulso, apoyo y practico la interculturación. Por medio de ambas podemos llegar a tener una interculturalidad tal como la queremos, es decir, una en la que todos los énfasis culturales que nos conforman como nación se practiquen igualitariamente, en libertad y sin discriminaciones. ¿Cómo lograrlo? Pues poniéndonos de acuerdo en qué interculturalidad tenemos, en cuál es la que queremos y en cómo la habremos de promover.

Toda interculturalidad es especular —es decir, un movimiento de espejos frente a espejos—, porque las identidades etnoculturales se articulan siempre incorporando en ellas a nuestro “otro”. ¿Cuántos ejemplos me pueden dar de identidades guatemaltecas que se articulen sin referencia a su “otro”? ¿Habría ladinos sin indígenas o indígenas (“mayas”) sin ladinos? Las identidades ladinas se articulan especularmente (en sentido positivo o negativo), en razón de cómo se ven reflejadas en las identidades indígenas, a las cuales les ocurre lo mismo con sus contrapartes ladinas. Si admitimos que nuestra interculturalidad es especular, admitiremos también que nuestro interculturalismo y nuestra interculturación deben buscar hacer conciencia histórica y crítica de esta realidad, y no recaer en el separatismo multiculturalista, basado en diferencias esencializadas y bipolarmente contrapuestas. Ha sido sin duda necesario que los mayistas articularan su esencialismo fundamentalista para hacerse oír. Pero al pasar a otra etapa de su lucha y para efectos de la ampliación de la nación, se hace necesario sustituir el multiculturalismo por el interculturalismo y su práctica, la interculturación. En tal sentido, debemos definir qué entendemos por interculturalidad, interculturalismo e interculturación en las condiciones concretas de nuestro país, y ojalá lo hagamos de acuerdo al criterio especular (relacional, intercultural) de formación de nuestras identidades y énfasis culturales, y no de acuerdo al divisionismo multiculturalista que contribuiría a dispersar más la sociedad. Por ejemplo, la falsa idea de que Guatemala está compuesta por cuatro pueblos “químicamente” puros y diferenciados: el “maya”, el xinca, el garífuna y el ladino. ¿Y el afroamericano? ¿Y los mestizajes que caracterizan nuestra interculturalidad? ¿No existen los sujetos mestizos? ¿Todos debemos encajar en eso cuatro compartimientos estancos? ¿Qué pasa si en lo social-concreto no ocurre así y, por el contrario, hay miles de guatemaltecos que no se sienten pertenecientes a ninguno de estos nichos? ¿No son guatemaltecos?

Además del concepto de nación, otros conceptos se vinculan obligadamente con el análisis de la interculturalidad, a saber: ciudadanía, pueblo, mestizaje, etnia, raza, sexo. Es el tratamiento relacional de estas variables y no su aislamiento teórico el que nos permitirá captar la complejidad mestiza de nuestro país, y no caer en la magnificación de diferencias específicas que después de todo lo son solamente de grado, ya que a estas alturas del mestizaje cultural es imposible hablar de culturas esencialmente diferenciadas y mucho menos contrapuestas entre sí. Lo cual no implica negar el racismo. Porque la discriminación racista existe. Lo que pasa es que no opera “racialmente” como en Estados Unidos o Europa central. ¿Cómo opera? El gran reto para los intelectuales guatemaltecos es teorizar nuestro mestizaje plural, diferenciado y al mismo tiempo articulado en sus diferencias. Yo he dado mi contribución para elucidar esta problemática en mi libro La articulación de las diferencias o el síndrome de Maximón (Guatemala: Consucultura, 2008, tercera edición aumentada). La dificultad es grande pero no es imposible lograr una explicación clara de la naturaleza exacta de nuestros mestizajes y, a partir de aquí, articular una propuesta política de democratización intercultural, interétnica e interclasista, y la formación de un sujeto popular interétnico con plena conciencia digna de sus contradicciones etnoculturales y de su mestizaje históricamente gestado. Este debe ser el resultado de una acción política interculturadora. Al respecto, las siguientes estrategias pueden constituir una guía para esta acción.

Estrategia económica

Para diseñar y poner en práctica políticas interculturales contra la discriminación y el racismo, es indispensable hacer participar a todas la ciudadanía multicultural en un proyecto económico incluyente de producción y consumo, que diversifique y democratice el capitalismo local descentralizándolo de las manos de la cerrada oligarquía criolla, que es la autora histórica de la matriz económica, política e ideológica que posibilita el racismo local. Este sería un eje de lucha alternativo al culturalismo “políticamente correcto”, el cual acabará cuando terminen los financiamientos de los países globalizadores, que buscan convertir las diferencias esencializadas en una diversidad cultural que encaje en la diversidad ecológica para consumo de turistas.

Sin el elevamiento del nivel de vida y de oportunidades laborales de la población, las medidas culturalistas de respeto a las diferencias sirven de muy poco porque automáticamente caen dentro del ámbito del paternalismo dominante, y la autoestima de la subalternidad sigue careciendo de una base material, apoyándose sólo en la plataforma denigrante de la victimización que apela a la lástima, o en la de la hostilidad que sueña con sustituir al opresor para oprimirlo.

Estrategia educativa

Se hace asimismo necesario implementar una educación en la naturaleza exacta de los mestizajes diferenciales, interculturizados, que nos conforman. Esto se puede lograr de diferentes maneras. Una de ellas es mediante el estudio de la historia, de la literatura y el arte de nuestro territorio, y de talleres en los que los niños, adolescentes y adultos establezcan conscientemente su mestizaje específico y aprendan a valorar sus componentes, así como a las culturas que históricamente los forjaron en nuestro prolongado intercambio transculturador.

Estrategia ideológica

Se trataría, mediante todo esto, de formar un sujeto intercultural democrático con conocimiento crítico de la articulación de las diferencias y de los mestizajes diferenciales que lo conforman, y con conciencia plena de que este es eje de nuestras identidades y la base del respeto intercultural de las diferencias y de sus articulaciones. Se lograría así contar con ciudadanos interculturales en un país multicultural.

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