Detrás de las 50 sombras (Lo que un libro dice a las mujeres)

0Seidy Salas Víquez / Paquidermo

Hace un par de años me regalaron la trilogía de las 50 sombras. Uno de los hechos que me motivó a leer esta obra es saber que fue best seller entre las mujeres lectoras de muchos países. ¿Que estaban leyendo con tanta fruición mis contemporáneas? ¿Qué es lo que buscan y que es lo que encuentran en esos libros? De cara a la proyección de la película, quiero compartir algunas de mis conclusiones frente a esas preguntas.

Primera conclusión: las mujeres queremos más sexo en nuestras vidas. Las mujeres queremos leer, pensar y fantasear sobre sexo. Es un hecho que estas historias nos ponen a las lectoras a pensar en sexo, en cada página, en cada renglón. Pensas en sexo si vas leyendo en el tren, en el bus, en la fila del banco, pensas en sexo si lees antes de dormirte, ya sea que las prácticas narradas te eroticen o no, pensás en sexo a lo largo de no se cuántas ciento y resto de páginas.

Y nos damos cuenta que hay “cosas” sobre el sexo que no sabíamos. Y de repente nos pillamos buscando en internet información sobre boundage, sadismo, masoquismo y preguntándonos ¿yo? ¿podría?. La respuesta es de cada quien y en eso no me voy a meter.

Hasta ahí, las “50 sombras” nos evidencian un enorme nicho para el cine, la literatura, el teatro, las artes: El deseo sexual de las mujeres es enorme y podría mover al mundo. Todo bien, ¡promete!

Pero. Tenían que existir peros y muchos.

Segunda conclusión: el mercado nos vende el deseo pero nos niega su realización. El protagonista de “50 sombras” es un hombre joven, “guapísimo” y extremadamente millonario. Además de la evidente heternormatividad de la obra, este “dios del sexo” cumple con los ideales de la sociedad capitalista occidental: joven porque lo viejo ya no sirve, guapo porque es blanco, delgado, de ojos claros; y para terminar de hacerlo encantador, es extremadamente millonario, capaz de regalarte un Audi último modelo o llevarte en su helicóptero hasta el yate que tiene aparcado en medio del mar. Experto chofer de todos los vehículos, conocedor de vinos y música clásica, Gray también dona parte de su fortuna para los pobres del África y patrocina becas en las universidades. Culto, tierno, filántropo y misterioso (Y extremadamente millonario). Wow!

Este Cristian Grey, extrapolación suprema del príncipe azul, mezcla de James Bond con conde drácula, es un modelo imposible de emular para cualquiera de los pobres mortales de los que nos solemos enamorar las mujeres. Es decir, el tipo real con el que podrías tener el sexo añorado, es un alfeñique a la par de Gray. Estamos fritas: ver y no tocar.

A mí lo de que fuera tan joven me lo hacía menos interesante, pero vamos que si fuera maduro no podría tener el otro gran encanto que le ponen: en el fondo de su alma, detrás de sus 50 sombras, sólo es otro niño herido en busca de una mamá.

Tercera conclusión: la igualdad no es atractiva y el amor debe doler. De acuerdo con estas novelas, las mujeres en el fondo queremos ser sometidas, para luego someter sutilmente, demostrando que tenemos el poder. El amor es una lucha por el poder y duele. La relación de Cristian y Anastasia nunca es equilibrada, equitativa, ni mucho menos pareja.

Y no estoy hablando del sado-masoquismo o quizá sí (Ya se que dije que no me voy a meter, pero si me meto). A ver, las personas adultas y en pleno uso de sus facultades son libres de hacer con sus cuerpos un florero, y de tener sexo como quieran y con quienes así lo quieran. Pero las relaciones de sumisión-dominación son otra cosa. No se limitan a las prácticas sexuales y hasta podrían no pasar por allí. Se trata de la idea de que alguien es superior a otro alguien y como tal tiene derecho de corregir, castigar, imponer. Se trata de que algunas personas encuentren placer en humillar a otras, mientras otras creen encontrar placer en la humillación.

En este sentido, las 50 sombras de Gray explotan todas las claves del amor romántico para vendernos a las mujeres (y a muchos hombres) la idea de un amor fantástico, imposible y cruel. Todo envuelto en la seda brillante y tibia de un enorme deseo sexual platónico e insatisfecho.

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