El asalto indirecto o una extorsión móvil

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Luis Fernando Morataya Armas
Psicólogo de la Liga Guatemalteca de Higiene Mental
Por motivos laborales día a día me veo en la necesidad de abordar buses extraurbanos que me conducen al altiplano central del país; es un viaje que por muchas razones se torna largo, tedioso y en algunos o muchos de los casos, peligroso.

Peligroso desde la negligencia de algunos conductores, o por el mal estado del automotor que lo convierten en verdaderos “vehículos de la muerte”, ya que no pasa más de una semana sin que puedan verse en esas carreteras percances y accidentes por parte de la infinidad de buses que recorren la ruta.

Sin embargo, antes de salir de la ciudad capital y la ciudad de Mixco, como usuarios ya nos enfrentamos a una serie de bombardeos mercantiles por parte de aquellos que acusan al sistema, el cual, al no ofrecerles una oportunidad laboral, les obliga a vender cualquier clase de producto dentro del transporte público, acusación que está ampliamente justificada, debido a la cantidad enorme de desempleo que se vive en el país, ya que 7 de cada 10 personas sobreviven a través de la llamada economía informal. Esto desde ya plantea ciertas interrogantes las cuales no vemos reflejadas en ninguna discusión mediática o en la agenda política de ninguna partido o grupo social.

Poco a poco nos hemos ido familiarizando con la idea de ver personas trabajar de esta manera sin preguntarnos qué hay de fondo, que hace falta para cambiar la realidad de la población, que puedo hacer yo como usuario del transporte público que vivo esto a diario, ¿les compro el producto para que puedan subsistir un día más? ¿Acuso abiertamente la situación que estas personas viven?, pregunto si es que acaso el estado y sus autoridades no conocen de este asunto y de esta problemática.

Durante el trayecto también abordan aquellos misioneros abnegados que están dispuesto a todo con tal de salvar las almas de infieles, impuros y mundanos, mostrándoles que el camino de la fe es el correcto.

Esta última acción tampoco está siendo juzgada de sobremanera, ya que de alguna forma estas personas suben con una buena intención, y aunque en algunos casos se vuelven irritantes, no dejan de querer hacer una buena obra.

Sin embargo, en los últimos años ha surgido un grupo de jóvenes y adultos que se suben al automotor no a ofrecerte productos comestibles o para uso del hogar, o para hablarte de fe y de la salvación de tu alma, sino para realizar lo que yo considero un asalto indirecto.

Plantean un discurso amenazante en el cual refieren que ellos deciden mejor pedir que subir al bus y despojarte de tus pertenencias, hay algunos más descarados aun que te plantean en forma de interrogante: ¿o usted prefiere que venga y a la fuerza le quite sus cosas?

Muchos otros, incluso, se afanan de sus ganas de volver a delinquir pero por una bondad que ahora los caracteriza prefieren no hacerlo, para no dañarlo o perjudicarlo de ninguna manera. Ya que como ellos refieren “un quetzal a usted no lo va a hacer más pobre y a nosotros no nos va a hacer más ricos”

Y cada vez que esto sucede surge la misma interrogante ¿Qué es lo que debemos hacer?, ¿de quién es la culpa que esto suceda? Del sistema económico, de la falta de oportunidad de desarrollo humano, del nefasto sistema Judicial, y menciono esto último porque quienes realizan esta acción están claramente identificados como personas que en algún momento delinquieron, fueron procesados o pertenecieron a grupos delictivos organizados.

Que acaso el sistema carcelario y penitenciario ¿no tiene un programa de reinserción social?, donde se contemple mínimamente el crear espacios laborales para aquellos jóvenes que salen del mismo, que acaso ¿intencionadamente son devueltos a la sociedad sin ningún procesos de reformación para que vuelvan a las calles a delinquir?, o ¿para que vuelvan nuevamente a ser encerrados por un par de meses mientras que los que el resto de ciudadanos vemos como lidiamos con las situaciones que son generadas por estos individuos?.

Lo cierto es que, por más preguntas o interrogantes que se planteen, por más análisis que se quiera generar a partir de la situación, o por mas inconformidad que los usuarios y personas que vivimos esto a diario mostremos, la situación sigue igual, no es un fenómeno social nuevo ni mucho menos y ni siquiera nos hemos dado a la tarea de investigarlo a fondo.

Al final, bajo todo este discurso amenazante e insultante, a los usuarios del transporte no les queda más que desembolsar plata, no por voluntad o por caridad, sino por temor, porque básicamente se sienten extorsionados, porque ¡ay de aquel usuario que niegue darles el quetzalito! Es cuestionado aún más fuerte por estos delincuentes, quienes al final siguen infringiendo la ley, solo que en este caso sin necesidad de violarla.

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