¿Por qué se anuncian tanto las universidades?

panameCésar Antonio Estrada Mendizábal
Llama la atención cómo de unos años para acá, las universidades se anuncian en la prensa, en los medios de comunicación masiva y en grandes carteles en las calles y carreteras, como si fueran empresas que ofrecen algún servicio, supermercados, agencias de viajes que ofrecen paradisíacos sitios turísticos, instituciones bancarias o cualquier comercio semejante. Antes eran los colegios –especialmente los menos confiables– que, al inicio del ciclo escolar, pagaban sus anuncios en los periódicos para atraer alumnos y aumentar así sus ingresos.

Observando los anuncios, se nota que la propaganda que promueve a las universidades está realizada por peritos de las técnicas publicitarias: llama la atención, es vistosa y atractiva y da una sensación de modernidad presentando jóvenes bien parecidos, alegres y satisfechos en un ambiente que se ve académico. Incluso, una conocida universidad presentó imágenes de simpáticos marcianos diciendo que sus egresados son como seres de otro planeta. No faltan las imágenes de bibliotecas, aulas modernamente equipadas, equipo especializado y avanzado propio de las carreras ofrecidas, bonitos jardines y, en algunos casos, instalaciones deportivas. Se ofrecen carreras de lo más exótico y peregrino en gran diversidad de horarios y locales. Los títulos o grados que pueden obtenerse van desde técnicos previos a las licenciaturas hasta doctorados y maestrías de todo pelaje. Se llega al colmo de la oferta de que entre las maestrías que ofrece una universidad hay una “En proyectos con énfasis en investigación” y otra “En investigación con énfasis en proyectos” (sic). (¿Habrá alguna diferencia entre sus objetivos y planes de estudio o será sólo cuestión de aumentar la variedad para atraer “consumidores”?) Ante tanta abundancia de carreras y títulos, podría pensarse que no anuncian grados académicos más allá del doctorado sólo porque no existen. Finalmente, se atrae a los potenciales estudiantes garantizando al afortunado futuro graduando una vida de éxito con un trabajo de prestigio y muy bien remunerado o con los conocimientos que le permitan convertirse en audaz, creativo y benéfico empresario. La verdad, según este panorama, como que no falta sino inscribirse en estos programas para ver realizados tantos logros.

Es de suponer que el costo de toda esta publicidad es elevado pero los administradores y gerentes de los negocios, de las empresas lucrativas, saben que, al final, se repondrán y sacarán provecho de ella. ¿Será este el caso de las universidades? Después de todo, hasta hace poco, la educación superior no se había visto como un negocio, aunque en las alienadas sociedades actuales, del consumo ciego y de la productividad por la productividad misma, cualquier cosa, o casi cualquiera, puede convertirse en mercancía. Mercancías que al ser intercambiadas o consumidas aumentarán la bolsa, las ganancias de los dueños.

Ante esta situación, si prestamos atención a lo que ofrecen las universidades a sus potenciales estudiantes –o clientes, dirían los más influenciados por este espíritu mercantil– veremos que surgen dudas que hacen tomar, como se decía antes, cum grano salis sus anuncios y su propaganda. Por ejemplo, si fuera cierto que es suficiente cursar unos estudios de los ofertados (en el sentido en que el Diccionario de la lengua define el término ofertar: “En el comercio, ofrecer en venta un producto”), obtener un diploma o un título, para obtener un buen empleo o poner su propio negocio y triunfar materialmente, siendo un tanto individualista podría preguntarse si no deberían ser más selectivos los directivos universitarios y ofrecer sólo a algunos esta varita mágica de la prosperidad. Podrían beneficiarse sólo ellos de esta mina de oro, revelar el secreto sólo a sus amistades o allegados o cobrar un altísimo precio por ello –aunque esto último ya lo están logrando. En realidad, el mercado laboral en un país periférico y dependiente como el nuestro no es tan bonancible y abundante; es más, el trabajo es precario y los salarios bajos. ¿Toman en cuenta esto las universidades?, ¿reflexionan y discuten sobre las condiciones sociales y políticas de Guatemala que influyen en la creación de empleos y en las condiciones laborales que debe enfrentar la población? (el nivel de vida y las urgencias de los habitantes en el área rural también deberían ser considerados), ¿se han planteado cuál es el beneficio social que reportan estos títulos y grados académicos, si responden a necesidades reales?

Indudablemente, otro punto que podría traerse a colación es si los currículos universitarios promueven realmente la educación superior desde un punto de vista científico y humanista, o si simplemente se concretan en planes de estudio que no son más que una capacitación en técnicas y usos que permitan realizar ciertas labores y tareas. Es decir, nuestras universidades podrían estarse convirtiendo en simples oficinas o institutos de capacitación laboral, perdiendo así su naturaleza más amplia y cultural.

Es pertinente, pues, preguntarse por qué, entonces, se anuncian tanto las universidades. Las privadas se mantienen básicamente por las colegiaturas que pagan los alumnos y es comprensible, por consiguiente, que, aparte de que deban hacer un uso racional de sus recursos, busquen y atraigan estudiantes que se inscriban en ellas. Nada hay de extraño en esto, y si tuvieran una fuente adicional de dinero y recursos, como lo serían algunas organizaciones que apoyan con donaciones, sería de esperar que aliviaran su urgencia por tener un alumnado numeroso que pague sus cuotas establecidas. No obstante, dada la extensa e intensa publicidad que hacen para atraer personas que sigan sus carreras, y conocida la forma cómo funcionan cabe preguntarse si muchas de las universidades privadas no han ido cayendo paulatinamente en la vorágine neoliberal de los negocios, de la ganancia a cómo dé lugar, y han devenido ellas mismas en una suerte de empresas lucrativas. A decir verdad, cualquiera puede poner un negocio, abrir una empresa pero…¿y si se trata de la educación universitaria?, ¿se puede comerciar con ella? Mucho puede decirse de cuál sería el fin de las universidades en un país como Guatemala, con tanta desigualdad e injusticia estructural e histórica, y del llamado y de la responsabilidad que tienen estas casas de estudios superiores ante estas apremiantes circunstancias. Es importante recordar, además, que el Estado tiene la obligación de financiar la educación pública universitaria, y que en nuestro caso sólo hay una de tales instituciones, la Universidad de San Carlos, que tiene el grave compromiso de hacer lo que de ella esperan especialmente los sectores más necesitados y marginados de nuestro país. Conocemos, asimismo, casos concretos de profesionales que ostentan el grado de doctor o doctora cuya incapacidad académica es evidente. No le hacen ningún favor a la credibilidad de los programas que han otorgado dicho grado académico.

Como puede verse, la publicidad que se hacen las universidades da en qué pensar y nos sugiere que es necesario revisar el papel que desempeñan estas instituciones de estudios superiores, sus labores, sus objetivos y sus fines. Seguramente, su rumbo debería reorientarse.

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