El legado de Augusto Willemsen en la ONU para los Pueblos Indígenas del Mundo

11314708444_bf44fb306f-500x340Pablo Rangel

Conocí a Don Augusto Willemsen Díaz a finales del año 1999, cuando recién entré a trabajar como auxiliar de investigación al Instituto de Estudios Interétnicos de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Su experiencia y de lo que hablaba me llamó mucho la atención, pues en ese momento, cuando recién las propuestas para las reformas a la Constitución habían sido rechazadas por el triunfo del NO en la consulta popular, el campo de las ciencias sociales y la mayoría de trabajo que se hacía cercano a los Pueblos Indígenas era desde la perspectiva de la Antropología Política.

El enfoque de la historia de las Relaciones Internacionales y además la perspectiva del Derecho Internacional Público eran completamente ajenos a lo que se discutía en las organizaciones. Incluso el Convenio 169 de la OIT que hoy día se ha vuelto una herramienta para los movimientos indígenas que enfrentan a las industrias extractivistas era, como dijo un reconocido activista indígena de aquel entonces, “una imposición de la burguesía internacional”.

Avanzaron los procesos y paulatinamente el Movimiento Maya empezó a dar signos de fragmentación. Para el año 2001 la estocada final la dio el gobierno de ese entonces (FRG) al institucionalizar la protesta contratando a buena parte de la dirigencia e intelectualidad maya para puestos en el Gabinete. Existen varias formas de ver estos hechos. Por un lado, estaban los que creían que podía haber una revolución indígena desde adentro. Por el otro, estaban los que veían la “institucionalización de la protesta”. Al final, para el año 2007, la revolución desde adentro no terminó de concretarse y la institucionalización de la protesta terminaba contratando cada vez menos indígenas en puestos claves. Es decir, la lucha de los pueblos indígenas, de la manera en que se conoció a finales de los noventa había sido reemplazada por la visión del multiculturalismo cosmético.

Cuando por fin tuve la oportunidad de conversar con Augusto Willemsen fue en el año 2001. La dimensión de su labor no era conocida en Guatemala más que por rumores o como señalaban algunos amigos “es un experto de la ONU”. ¿En dónde radicaba su experiencia? Y más intrigante aún ¿Por qué los indígenas Samis de Noruega hacían un viaje específico a Guatemala para poder tener siquiera un acercamiento con don Augusto?

En mi trabajo como auxiliar de investigación, que implicaba pilotar el vehículo de la institución y llevar a los extranjeros a diferentes lugares y en algunos momentos orientarlos en Guatemala, tuve la oportunidad de presenciar varias de las entrevistas que los Samis hicieron a Willemsen. Por ahí fueron surgiendo datos que me impactaron, además del carisma con que don Augusto manejaba sus argumentos y contaba sus experiencias. Así, supe que había sido contratado en la ONU desde 1957, que había salido de Guatemala pensando jamás en ir a Estados Unidos pues tenía conciencia de lo que había sucedido con el Golpe de Estado de la CIA contra el gobierno de Arbenz. Pero vio la oportunidad de hacer una pasantía en New York y asistió.

Volvió a Guatemala en 1960, en plena efervescencia de la lucha popular, conversó con varios de sus amigos quienes le sugirieron volver al extranjero. Y así lo hizo, regresó a la ONU y empezó a trabajar en la Subcomisión de los Derechos Humanos. Ahí fue avanzando en su trabajo hasta que empezó a percatarse de la situación de los pueblos indígenas, tema que era (y por desgracia para muchos todavía es) invisible. Conoció a los activistas del Movimiento Indio norteamericano, de Canadá y de Estados Unidos, quienes pedían unos minutos del tiempo de organizaciones como la Antislavery Society (Sociedad contra la Esclavitud) para poder participar en el foro de la ONU. Y así seguían, sin tener mucha incidencia.

El momento para la llegada de Willemsen a la ONU no pudo haber sido mejor. La estructura del sistema internacional tembló en 1960 con el proceso de Descolonización de las colonias europeas en Africa y Asia. Fue de todo menos una concesión amable, pues se venían desarrollando luchas de independencia desde principios de siglo (el caso emblemático es el de la India y la labor de Ghandi). Surgían entonces dos procesos:

1.-El fin del colonialismo europeo y las dinámicas posteriores.

2.-La entrada a la Asamblea de la ONU de casi una centena de países que conformaban un bloque gigantesco, esto fue lo que algunos diplomáticos ingleses y norteamericanos denominaron como la dictadura de las mayorías.

Fuera de los foros de la ONU también otro procesos venían desarrollándose, empujando con fortaleza el cambio hacia algo nuevo. Así se observaba que en Europa los movimientos sociales cuestionaban abiertamente al capitalismo y también al totalitarismo socialista. Se veía un renacer intelectual, una revuelta que estaba haciendo volar por los aires los viejos estamentos heredados de las generaciones anteriores. Surgen las nuevas demandas étnicas, de las mujeres, de la diversidad sexual, de los pueblos oprimidos por el racismo.

Mientras, América Latina ardía. Los movimientos revolucionarios cuestionaban el statu quo que imponian las cúpulas oligarco-militares que se cubrían con el gran paraguas de la Alianza por el Progreso.

El Tercer Mundo generaba panorama dinámico, el cual, como señala Inmanuel Wallerstein, fue un golpe de mesa que nadie esperaba, movió todas las piezas para reconfigurar los escenarios.

Willemsen junto con la propuesta de los activistas indígenas empieza a plantear una estrategia para identificar la formula de pueblos-autodeterminación con “pueblos indígenas”, porque, como él señalaba, las culturas indígenas son pueblos diferenciados, son otro mundo, merecen y necesitan el reconocimiento de su libre determinación. George Manuel, el activista indígena canadiense, miembro de las First Nations que formará el Consejo Mundial de Pueblos Indígenas, empieza a hablar no del tercer mundo, sino del cuarto mundo, propuesta que confluía con la de Willemsen.

En la última entrevista que hice a don Augusto le preguntaba sobre los movimientos de la antropología mexicana y la apertura que había hacia la descolonización. Me comentó que, sin conocerse con Guillermo Bonfill Batalla y otros antropólogos latinoamericanos, habían llegado a las mismas conclusiones, solo que unos desde la academia (que Willemsen veía como altamente crítica y polarizada) y por otro lado él haciendo investigaciones para construir reportes desde las Naciones Unidas.

Y teniendo como referencia sus ideales de la Libre Determinación, Willemsen inició a activar tratando de introducir la terminología a los informes de la ONU. En 1970 presentan el Informe Santamaría, en el cual Willemsen introduce la idea de los “pueblos indígenas” y la “libre determinación”. Al encontrar con la guardia abajo a los demás funcionarios de la ONU, señaló que el tema no hizo ruido y pasó hasta las últimas lecturas, hasta que un abogado del cual el nombre se le escapaba, dilató el proceso porque quería saber, por curiosidad personal cómo sería la libre determinación indígena. En ese momento, los expertos de los países con grande poblaciones indígenas y además, con territorios indígenas expropiados a través de las formas más espurias (Estados Unidos y Canadá) levantaron la guardia y no dejaron que el tema avanzara más.

No obstante, Willemsen ya había ganado una primera batalla pues dejó la pauta para la elaboración de un informe más profundo y pormenorizado sobre el racismo y la discriminación contra los pueblos indígenas en el mundo, el informe que posteriormente se denominaría “Martínez-Cobo” en honor al funcionario que la ONU designó para coordinarlo. Willemsen señaló que el señor Martínez no tenía idea del documento y no sabía de qué se trataba, pues don Augusto tenía que acompañarlo a todos lados para orientarlo y decirle qué decir, pero por un formalismo jerárquico de la ONU tuvo que asumir el papel de experto asesor cuando él lo había escrito íntegro.

Para finales de la década de 1970 se acercaba el momento de su jubilación en el sistema de la ONU. Así que Willemsen trataría de dejar afianzados los últimos espacios dentro de la estructura institucional. Una de las propuestas del informe es la de construir un ente consultivo para los pueblos indígenas, un grupo que pudiera discutir sobre los temas de los pueblos indígenas a partir de los pueblos indígenas. Es decir, preguntar a los verdaderos indígenas cómo veían la política de la ONU hacia ellos mismos. Esta participación es la base de la democracia y Willemsen quería que esto no quedara flotando.

De esta manera se organiza el Grupo de Trabajo de las Poblaciones Indígenas. El cual elegiría representantes indígenas de los cuatro continentes y además, logran ganar un espacio privilegiado al evitar que el Consejo Económico y Social (ECOSOC) exigiera que fueran acreditados por alguna ONG u organización con presencia en el sistema ONU. Posteriormente, por iniciativa de Willemsen se funda el Primer Fondo Voluntario para los Pueblos Indígenas. Los países escandinavos fueron los primeros en dar su donación.

Para 1983 Don Augusto se jubiló de la ONU. Sin embargo deja armado un andamiaje teórico, jurídico e institucional que después irá caminando a veces muy rápido y a veces retrocediendo, pero que sirvió para poner no solo un pie, sino comunidades enteras adentro de las Naciones Unidas. Posteriormente, el activismo indígena ha sido intenso en la ONU, llevando incluso a esta organización a crear y a ratificar un instrumento como la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas, la misma que si se observa en retrospectiva tiene parangón solamente con la misma Declaración Universal de los Derechos Humanos.

http://cmiguate.org/el-legado-de-augusto-willemsen-en-la-onu-para-los-pueblos-indigenas-del-mundo/
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