El aislado hombre económico

adamsmithJosé M. Roca

“Me inicié en los fundamentos de la ciencia económica aún reverenciada en Cambridge y en el MIT, aunque esconda en su seno, como el gusano en la manzana, un armario con el esqueleto del Homo oeconomicus. Ya no es de buen gusto aludirlo, pero el tal esqueleto es un fantasma en activo en el palacio académico, donde seguirá vagando mientras esa ciencia no deje de apoyarse en el individuo como supuesta base de la sociedad y en el mercado como supuesto coordinador de los individuos”.

José Luis Sampedro (1978): “Cómo dejé de ser homo oeconomicus”

La renovada teoría económica liberal, que tiene la pretensión de describir mejor que otras el funcionamiento del sistema económico, la estructura de la sociedad y hasta la conducta humana, está basada en el comportamiento de un peculiar tipo de ser humano, el (isolatus) homo economicus, que, a pesar de ser mostrado como un sujeto corpóreo, real, en realidad no existe ni nunca existió, pero es la figura necesaria para que el sistema económico que propone la teoría pueda funcionar, al menos sobre el papel.

El hombre económico -el prototipo de hombre de negocios- no es un ser real, histórico, sino una abstracción, una invención basada en rasgos humanos ciertos e hipostasiados, en otros que se ignoran y en otros que parecen verosímiles; es un modelo humano a construir -como un robocop– para que el mercado pueda funcionar tal como la teoría prescribe que debe hacerlo. Y este sujeto, logrado a medias como sujeto real, se ha ido construyendo en serie, como se construye un artefacto fabril, por la coacción generada con la progresiva extensión del sistema de producción capitalista, apoyada por los gobiernos y organismos económicos internacionales, y por la ampliación de las relaciones mercantiles a toda la sociedad, a todo el planeta, lo que ha supuesto subordinar las condiciones de trabajo y, a la postre, de vida de millones de personas a las necesidades de la producción mercantil o, lo que es lo mismo, a la continua expansión del capital. Es decir, el capital, como si de un nuevo dios se tratara, ha ido formando, a su imagen y semejanza, a los seres humanos que necesita para desarrollarse y cumplir su fin, que es multiplicarse indefinidamente.

El homo economicus, calculador, emprendedor y egoísta, propuesto como un modelo humano universal, actúa en términos de costes y beneficios, pérdidas y ganancias, de oportunidades de venta o de inversión, y dirige su vida como si fuera una empresa, aunque no sea empresario (no todos queremos o podemos serlo, aunque se nos constriña a actuar como tales), lo que le induce a dar prioridad a la eficacia en la gestión económica sobre otras consideraciones o al enfoque económico de actividades que no lo son, pues lo importante son los resultados calculados en términos de beneficio económico, aumento de dinero y ahorro de tiempo, y también en reconocimiento, fama y honor o en cuotas de influencia o de poder, que bien administradas pueden re­dundar en favor de los objetivos económicos. Es un ser movido por la eficacia, cuya actividad contempla, como indica Marcuse, una sola dimensión: la cantidad.

El homo economicus es un ser codicioso y socialmente avaro, al que le repugna compartir la riqueza, en particular con quien carece de ella, como ponen en evidencia las cifras sobre la acumulación de la riqueza mundial en cada vez menos manos. El individuo así concebido no observa la sociedad como una agrupación de personas dotadas de dignidad, derechos y objetivos propios, que comparten tiempo, territorio, creencias y proyectos para convivir o coexistir asociados, beneficiándose de la cooperación, sino como un medio propicio para ganar dinero y un conjunto de seres utilizables para llevar a cabo sus planes. El contacto social, la relación con los demás, ofrece ocasiones para hacer negocio, circunstancias propicias para invertir, producir, comerciar y multiplicar el capital propio. De ahí viene la relación instrumental con los seres humanos: unos son direc­ta­mente utilizables para producir, otros pa­ra consumir, unos terceros son adversarios con los que competir y el resto es una gran mayoría cuya existencia se ignora, población superflua aunque se vea afectada por los peores efectos de ese orden de cosas.

Así, mientras la sociedad, en teoría, se niega para exaltar al individuo, por otro lado se considera un marco necesario por lo que puede aportar, pero sin otra contraprestación que no sea la mercantil; sólo se valora en lo que tiene de útil para alcanzar esos fines crematísticos. Como en una isla de­sierta no se hacen negocios, el hombre económico necesita de la sociedad, pero establece con ella, con los demás, una relación unilateral basada en su exclusivo interés.

El hombre económico es una visión simplificada, y por ende falsa, de los seres humanos reales, históricos y complejos; de los seres humanos, por un lado agrupados, relacionados, y por otro, dubitantes y apasionados, movidos tanto por la razón como por los sentimientos, tanto por la audacia como por el miedo, por la avaricia como por la prodigalidad, por la prudencia como por la temeridad, por el juicio sereno y ponderado como por repentinos impulsos.

El desapasionado hombre económico

Como los griegos señalaron muy pronto y lo ha expresado la literatura de todas las culturas, los seres humanos somos sentimentales, más aún, somos pasionales; además de razón tenemos sentimientos o, más bien, padecemos a causa de ellos y, sobre todo, de las pasiones y de los actos inducidos por ellas, pues son difíciles de prever y de contener. Y claro está, de medir. ¿Se pueden medir las pasiones? Unas cuantas palabras intentan hacerlo estableciendo una escala imprecisa -más, menos, igual, nada, mucho, poco, bastante, etc-, pero ¿se pueden cuantificar los sentimientos o las apetencias más allá de esas vaguedades?

En una ciencia que tiene la pretensión de estudiar fríamente actividades como producir y repartir, comprar y vender, ahorrar y gastar o invertir y dilapidar para orientar en sentido racional la producción y la distribución de la riqueza, y que está erigida, además, sobre una base cuantitativa, matemática y estadística, cabe preguntar si se deben ignorar, como si no existieran, los efectos de pasiones como la avaricia, la codicia o la envidia en la evaluación de esos actos “económicos”. Más aún cuando dos pilares de esa ciencia son el estudio del intercambio y del beneficio económico, que van asociados, además, a la capacidad de utilizar un ocasional poder económico, político o sicológico sobre otras personas o de establecer sobre ellas una dominación duradera para favorecer en beneficio propio tales intercambios.

¿Pueden quedar al margen las pasiones cuando se trata de estudiar las causas de la obtención y reparto de riqueza entre individuos y naciones? ¿Puede dejarse al margen, entre otras, la pasión por el poder, mucho más si su ejercicio va asociado a la distribución de la riqueza?

La historia está tan llena de extraordinarias aventuras en pos de riqueza o de poder, o de ambos, como de actos abyectos cometidos al perseguir los mismos fines, pues, además de ignorancia, puede haber muchas pasiones impulsando decisiones económicas pretendidamente racionales. ¿Pueden tener las pasiones de los accionistas su re­flejo en los sistemas contables de las em­presas a la hora de establecer un presupuesto o analizar el balance de un ejercicio económico? ¿Se deben reseñar en la cuenta de Pérdidas y Ganancias la ambición del pre­si­dente de una compañía o la avaricia de los consejeros? No se reseñan, cla­ro, ni pue­­de conocerse el grado de su pasión por el dinero, pero eso no indica que no existan y que no hayan estado presentes de forma implícita en el resultado económico previsto, cuando se explica que la situación del mer­cado (y la codicia de los directivos) señalan que, p.e., se puede, o se debe, obtener un beneficio neto que supere en un 15% o un 20% el beneficio del año anterior.

¿Cuántos grados de ambición, cuántos kilos de codicia, cuántos li­tros de envidia de consejeros y directivos o quintales de indiferencia ante el trabajo de sus empleados hay detrás de muchas decisiones basadas aparentemente en criterios racionales? ¿No hemos llegado a la crisis financiera, entre otras cosas, por haber ignorado pasiones como la codicia, como se vio obligado a reconocer Alan Greenspan, el neoliberal presidente de la Reserva Federal americana? ¿No ha sido el interés de clase lo que ha guiado la inmoderada codicia colectiva del reducido grupo de personas que controlaba un segmento del mercado como el de la construcción, que ha sido uno de los factores desencadenantes de la burbuja inmobiliaria? ¿No ha sido la codicia de muchos directivos de la banca lo que ha estado detrás de la concesión de hipotecas con escasas garantías de ser devueltas o de la venta de otros subproductos financieros? No es armonía para todos lo que hoy reparte, precisamente, la mano invisible del mercado, guiada, en teoría, por la racionalidad del homo economicus.

El venerado hombre económico es un efecto del ideal calvinista del hombre trabajador, metódico, contenido, frugal, dueño de sus pasiones, a las que somete, conduce y libera en el proyecto único de servir a Dios trabajando -como señala Weber en su célebre obra sobre la ética protestante- y empleando en la profesión terrenal de los negocios el mismo celo que los clérigos a­pl­icaban a su oficio de servir a Dios, lejos del mundanal ruido, en templos y conventos; la profesión mercantil convertida en vo­cación religiosa seglar, ahí está el quid del asunto: en la médula religiosa; en la creencia de que el trabajo metódico, aplicado también a ganar dinero, transforma al hombre y le hace digno de Dios y de sal­var­se, pues el éxito en los negocios se interpreta como señal de contarse entre los elegidos para la Gloria; ergo, los triunfadores se salvarán, que es la moraleja neoliberal.

Esta idea es un intento de cohonestar el servicio a Dios con el amor al dinero, opuestos tanto tiempo en el credo católico -o Dios o el dinero-. Pero ese deseo de ganar dinero trabajando para agradar a Dios ha terminado por invertirse y ahora se adora el dinero como si fuera Dios y se usa a Dios pa­ra justificar el amor al dinero, conseguido, a ser posible, pronto y con alta rentabilidad, pues vivimos en una época donde todo, y en particular la fortuna personal, se debe hacer con prontitud -la codicia tiene prisa-; si no es así, no sirve como prueba de mérito, de capacidad y de eficacia.

Este sujeto racional, calculador, metódico, emprendedor y libre de lastres sociales es des­pojado de todas las pasiones (al menos siete para el catolicismo: los siete pecados ca­pitales son pasiones que atan al hom­bre al pecado y lo alejan de Dios) menos de una, el egoísmo, que se convierte en virtud, porque es la base del individualismo que jus­tifica el interés propio por encima de to­do lo demás, y en particular la apetencia de riqueza particular, convertida ahora en legítima apetencia, que es perseguida, además, de manera racional, adecuando los medios a los fines, aunque unos y otros sean con frecuencia inconfesables o perversos.

Sobre este “saludable” egoísmo está montado el artificio del mercado libre de injerencias políticas, donde, según el piadoso Adam Smith, todos los individuos, movidos por su interés -por su egoísmo-, hallarían satisfacción a sus apetencias.

La ingenuidad de la pretensión ya era entonces manifiesta, pero en nuestro días es aviesa, pues, contando con la experiencia acumulada, cuesta admitir que de la su­ma de egoísmos particulares pueda surgir la felicidad general, o lo que es lo mismo, el altruismo o la empatía, como renuncias al bien particular en aras de conseguir el bien de los otros, de compartirlo o, al me­nos, de no perjudicarles al perseguir su propio bien. Muy al contrario, el conveniente egoísmo, privado de cualquier contención y dotado de poder, conduce a un individualismo patológico, que halla el medio más adecuado para alcanzar sus objetivos en el mercado, devenido en antro hobbesiano, que, en lugar de procurar felicidad a todos, depara la desventura de la mayoría. “El depredador es la figura central del mercado capitalista globalizado, y su codicia, el mo­tor. Acumula dinero, destruye el Estado, devasta la naturaleza, aniquila a los seres humanos y, en el seno de los pueblos que domina, pudre, con la corrupción, a los agentes cuyos servicios quiere obtener” [Ziegler, J. (2003): Los nuevos amos del mundo, Barcelona, Destino, p. 19].

El llamado mercado libre y desregulado es el ámbito idóneo donde, movido por su co­dicia, se desenvuelve la actividad del indi­vi­duo convertido en mercader y donde en­cuentra la legitimidad para satisfacer su e­goísmo. Esta es la feble base apriorística sobre la que descansa el tan prestigiado, en facultades de economía y escuelas de negocios, como desmentido por la crisis que nos azota, edificio de la teoría económica burguesa -una verdadera teología- cuya base falsamente científica Marx criticó hace más de un siglo:

“Individuos que producen en sociedad, o sea la producción de los individuos socialmente determinada: este es naturalmente el punto de partida. El cazador o el pescador solos y aislados, con los que comienzan Smith y Ricardo, pertenecen a las imaginaciones desprovistas de fantasía que produjeron las robinsonadas dieciochescas, las cuales, a diferencia de lo que creen los historiadores de la civilización, en modo alguno expresan una simple reacción contra un exceso de refinamiento y un retorno a una mal entendida vida natural. El contrato social de Rousseau, que pone en relación y conexión a través del contrato a sujetos por naturaleza independientes, tampoco reposa sobre semejante naturalismo. Éste es sólo la apariencia, y la apariencia puramente estética, de las grandes y pequeñas robinsonadas. En realidad se trata más bien de una anticipación de la <sociedad civil> que se preparaba desde el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a pasos de gigante hacia su madurez. En esta sociedad de libre competencia cada individuo aparece como desprendido de los lazos naturales, etc., que en las épocas históricas precedentes hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado y circunscrito. A los profetas del siglo XVIII, sobre cuyos hombros aún se apoyan totalmente Smith y Ricardo, este individuo del siglo XVIII -que es un producto, por un lado, de la disolución de las formas de sociedad feudales y, por otro, de las nuevas fuerzas productivas desarrolladas a partir del siglo XVI- se les aparece como un ideal cuya existencia habría pertenecido al pasado. No como un resultado histórico, sino como punto de partida de la historia. Según la concepción que tenían de la naturaleza humana, el individuo aparecía como conforme a la naturaleza en cuanto puesto por la naturaleza y no en cuanto producto de la historia” [Marx, C: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Méjico, Siglo XXI, 1982, pp. 3-4].

También Aglietta rechaza este sujeto ideal como fundamento de la teoría económica: “Todos los estudios que se inscriben dentro del marco del equilibrio general adoptan un principio fundamental que se halla en la base de su análisis simplificador: el sujeto económico, como punto de partida, es definido por un comportamiento racional, ca­racterístico de la naturaleza humana, como un dato permanente y evidente por sí mis­mo; las relaciones económicas se definen, seguidamente, como las formas de coordinación entre las conductas de los sujetos, de carácter predeterminado e inalterable (…) Definida como ciencia del comportamiento humano fuera de cualquier tipo de condicionamiento social, la teoría econó­mi­ca dominante no puede dejar de ser ex­traña a la historia. Sus planteamientos no pueden dejar de ser normativos. El rigor de que goza dicha teoría no ha de conducir a equívocos. No es el rigor de la ciencia experimental, que refuerza el poder explicativo de los conceptos a través de un vaivén cada vez más estrecho entre la elaboración de los conocimientos y la influencia práctica sobre el objeto de análisis. Es, por el contrario, el rigor de una construcción teológica, que no sale del mundo de las ideas, tanto más alejada de la realidad cuanto más estricta es (…) Esta conclusión no es una paradoja, sino que está contenida en el origen del planteamiento. En efecto, el concepto de sujeto racional, soberano y liberado de cualquier condicionamiento so­cial introduce una oposición absoluta entre lo teórico y lo empírico, lo necesario y lo con­tingente, la esencia y el fenómeno” [M. Aglietta (1979): Regulación y crisis del capitalismo, Madrid, Siglo XXI, p. 5].

En obra más reciente, Bellamy y Magdoff aluden al escamoteo de las clases sociales en la teoría económica, en estos términos: “El flujo circular de la vida económica se reconceptualizaba cada vez más en un proceso que sólo implicaba a los individuos, que consumían, producían y obtenían beneficios al margen. El concepto de clase desa­pareció del estudio de la economía, pero fue adoptado por el campo en auge de la sociología (de manera cada vez más abstracta a partir de las relaciones económicas fundamentales). También se decía que el Estado no tenía relación directa con la economía y fue adoptado por el nuevo campo de la ciencia política. De este modo la economía se ‘purificaba’ de todo elemento po­lí­tico y clasista y se presentaba cada vez más como una ciencia ‘neutral’, que trataba los principios universales transhistóricos de las relaciones del mercado y el capital (…) La economía perdió su forma político-económica explícita y el mundo se vio empujado una vez más hacia el mito de la autorregulación de los mercados que se equilibraban por sí solos, libres de problemas de clases y de poder” [Bellamy Foster, J. & Magdoff, F. (2009): La gran crisis financiera, Madrid, FCE, p. 192].

En nuestros días, cuando a consecuencia de la recesión económica y de las medidas a­plicadas, en teoría, para salir de ella, las so­ciedades se polarizan por la desigual distribución de la riqueza, salvo casos aislados co­mo el de Warren Buffet, que re­conoce la lu­cha de clases porque la suya va ga­nando, los neoliberales que nutren las fi­las de la de­recha mundial siguen negando la existencia de clases sociales, entendidas co­mo agrupamientos de individuos que com­­par­ten situaciones comunes según ren­ta, pro­pie­dad y poder, que se mantienen a lo largo del tiempo. Ignorando las ventajas co­lec­tivas del grupo al que pertenecen por na­ci­miento o ascenso social, defienden la exis­ten­cia del aislado hombre económico, pe­ro no la de la clase económica, como ex­pre­sión de los intereses comunes de los hom­bres económicos por encima de sus pro­pias apetencias y situaciones particulares.

Clase social es una expresión que consideran de mal gusto, a la que confieren connotaciones izquierdistas, que evidentemente tiene, pero eso no impide que utilizar las clases sociales como concepto teórico sea más útil que utilizar el del individuo socialmente aislado pero mercantilmente relacionado a la hora de describir y, sobre todo, de entender la lógica del vigente sistema económico y una parte de los conflictos sociales más agudos. El término clase estorba en una concepción de la sociedad en la que, en teoría, los individuos ascienden y descienden en la escala social según sus méritos, esfuerzos y capacidades, sin sentirse presionados por la existencia de estructuras políticas y económicas que lo impidan.

Los neoliberales siguen defendiendo, de manera individual y concertadamente co­mo clase, un modelo económico basado en la existencia de un sujeto irreal, el racional hombre económico, pero negando la existencia y los efectos de las acciones de una clase económica real luchando por sus intereses colectivos, que son a largo plazo irracionales.

Revista Trasversales número 33, octubre 2014 – enero 2015

http://www.trasversales.net/t33homeco.htm

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