Una historia de torturas

na22fo01Por Gustavo Veiga

¿Qué tienen en común la CIA y la Gestapo? En alemán, el Verschärfte Vernehmung, el interrogatorio intensificado. El dato lo aportó en estos días de revelaciones sobre los tormentos que aplica la Central de Inteligencia uno de sus ex agentes, ya jubilado y hoy analista político: Ray McGovern. El dato también remite al manual de la policía secreta nazi. Un modelo de técnicas de tortura en que se inspiraron otros mamotretos de la temida Agencia estadounidense: el Kubark o Counterintelligence Interrogation de 1963 (sirvió para experimentar en la guerra de Vietnam) y el que le siguió veinte años después, conocido como Manual de Entrenamiento para la Explotación de Recursos Humanos. Largo eufemismo por Manual del buen torturador. El diario The Baltimore Sun había publicado esos textos en 1997 lo que, en parte, revela el largo camino seguido por la CIA en este rubro. Otro especialista de EE.UU., el activista por los derechos humanos Mike Raddie, sostiene: “La CIA ha estado haciéndolo durante décadas, desde la época del presidente Eisenhower”. O sea, seis años después de que fuera creada, en 1947, por el presidente Harry Truman.

Dick Cheney, el ex vicepresidente de George W. Bush, el mismo que definió al informe del Senado “como erróneo y lleno de mierda”, también dio la orden de ubicar, encontrar y destruir todos estos manuales que estaban en circulación. En 1992, cuando era secretario de Defensa, redactó un memorando advirtiendo que habían sido creados para entrenar a militares latinoamericanos, que contenían “material ofensivo y desagradable” y que podían deteriorar “la credibilidad de EE.UU. y dar lugar a vergüenza significativa”. No había que dejar rastros. Pero tantos torturados por la CIA o a instancias de la CIA hicieron fracasar su plan.

El destape incluye hoy hasta los damnificados entre las propias fuerzas armadas de Estados Unidos. Existe otro programa, que se llama SERE (Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape), cuyas técnicas son consideradas tormentos por los Convenios de Ginebra y la Convención contra la Tortura. Se trata de un entrenamiento que ayuda a tolerar la tortura a los soldados de EE.UU. si caen en manos del enemigo.

David J. Morris es un ex infante de Marina que pasó por el SERE cuando era teniente, en noviembre de 1995. Lo recuerda así: “Mientras estaba en la escuela yo vivía como un animal. Fui encapuchado, golpeado, estaba muerto de hambre, me desnudaron y lavaron con una manguera al aire de diciembre, hasta que sufrí hipotermia. En un momento dado yo no podía ni hablar de lo mucho que estaba temblando”.

El cuarto director de la Agencia, allá por octubre de 1950, el general Walter Bedell Smith, dijo cierta vez: “En una guerra, aunque se trate de una guerra fría, es necesario contar con una agencia amoral que pueda obrar en secreto”. La amoralidad, en el caso de la CIA, nunca estuvo reñida con la ineficiencia. Creada para evitar otro Pearl Harbor, no pudo impedir o no quiso ver que se gestaba el ataque a las Torres Gemelas. La lista de sus fracasos es tan extensa como sus 67 años de vida. Algunos son: le erró mal a la fecha en que la URSS tendría armamento nuclear en plena Guerra Fría; también al momento en que China ocuparía Corea, en la década del ’50; apoyó la invasión de Cuba que terminó en estrepitosa derrota en Bahía de Cochinos e inoculó la falsa noticia de que Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva en Irak para justificar su derrocamiento. La lista de operaciones aumentaría de manera ostensible si se computan sus intervenciones más o menos encubiertas en América latina.

El legado de las cenizas (2012) es el libro más documentado que se escribió sobre la Agencia. Su autor, el periodista estadounidense Tim Weiner, premio Pulitzer en 1988, sostiene en las primeras líneas: “En el presente volumen se describe cómo el país más poderoso en toda la historia de la civilización occidental ha sido incapaz de crear un servicio de espionaje de primera línea, un fracaso que actualmente representa un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos”. En 2003 se conoció un documento del Consejo de Seguridad Nacional (NSC) que revelaba como principales objetivos de la CIA “pagar sobornos, abrir frentes anticomunistas, subvencionar movimientos guerrilleros, ejércitos clandestinos, sabotajes, asesinatos”.

El más viejo de los manuales, llamado Kubark, no tiene el nombre de un ilustre agente secreto o de una operación exitosa de contrainteligencia. Es la palabra clave que usaba la CIA para definirse a sí misma durante la guerra de Vietnam. Lo mismo ocurre con el manual que se publicó en 1983. En los dos se explican métodos de tortura psicológica y de violencia explícita que en la década del ’60 ya se empleaban como técnicas y que se siguen utilizando hoy para interrogar prisioneros. Se cuentan de a miles los militantes que en Latinoamérica fueron sometidos a esas prácticas después de cada golpe de Estado. Los militares que se formaron en la Escuela de las Américas de EE.UU. las conocen muy bien. Esta institución, dependiente del Departamento de Defensa, se creó, incluso, antes que la propia CIA, en 1946. Establecida en Panamá, en 1984 fue trasladada a Fort Benning, Georgia, donde hoy se la conoce como Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación en Seguridad.

gveigaj@gmail.com

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