Cuando el dinero no compra la comida (el caso del tortrix en la dieta)

p1533253804-4-332x205Por: Patricia Cortés

Estábamos en el Ejercicio Profesional Supervisado – EPS de la carrera de medicina. Lo primero que nos dimos cuenta era que no había manera de comprar comida. Nadie preparaba comida en su casa para vender y si no llevábamos los ingredientes, tampoco había donde comprarlos. Un día salimos a buscar verdura para hacer un caldo, recuerdo que encontramos a una mujer que una vez por semana llegaba a la aldea a vender tomates, zanahorias y papas, compramos 3 tomates diminutos, una papa y una zanahoria por un precio exagerado, todo de mala calidad.

Yo era muy joven y no tenía los conocimientos necesarios, así que no me preocupé en averiguar que comía la gente, las veces que nos invitaron a comer, nos dieron caldo de gallina, delicioso, pero jamás pregunté cómo lo hacían o donde compraban los ingredientes. Esa experiencia de no encontrar comida comprable se repitió muchas veces, aunado a eso la absurda opción de beberme una coca cola caliente, luego de una caminata, porque la gente creía que “a eso estaba yo acostumbrada” y no me daban otra cosa, agua pura, hubiera sido deliciosa si no pensara yo misma que podía ser peligrosa, me daban agua caliente.

En otro lugar comía salchichas, unas pequeñas baratas que llegaban una vez a la semana y a veces pollo, mataban res una vez por semana y ha sido el lugar donde más barato he comprado el lomito: uno entero por 10 quetzales (hace 15 años) porque “la gente no se lo come, prefieren llevar hueso, para caldo” y no había refrigeración.

Increíblemente las famosas galletas “pic nic” y los tortrix si se conseguían, con eso aplacábamos el hambre en esos lugares donde no vendían comida y tampoco compartían, eso y las gaseosas eran fáciles de encontrar o nos conformábamos con un huevo frito y tortilla (no más de uno tampoco).

Durante mi EPS llegaron unas jovencitas, de la escuela de maestras de educación para el hogar, ellas andaban con la consigna de “enseñar a las madres a cocinar con lo que hay en el lugar”, en primer lugar hicieron mermeladas de naranja (hay muchas naranjas en el lugar) y en segundo lugar pastel de banano y “fritas de banano” una especie de panqueques muuuuy grasosos de banano, que siguen siendo populares ahora, la gente los “sale a vender” en los pueblos grandes. (los bananos cuestan menos de 10 centavos todavía)

Veinticinco años después me doy cuenta que “enseñar a las madres a cocinar” es como intentar enseñarle a los gatos a nadar, especialmente si las recetas con “alimentos locales” se circunscriben a comidas azucaradas y/o grasosas, para lo que necesitan comprar grandes cantidades de azúcar, aceite, harina y huevos (que no hay localmente) y no a revisar la historia de gastronomía local y lo que se come en el día a día.

Afortunadamente hay gente como la del Xkape de Cobán, que trabaja identificando hierbas, hongos, frutas y verduras locales que pueden aportar nutrición sin necesidad de tanta harina, aceite y azúcar (todo eso viene de fuera y se necesita dinero para comprarlo).

Pero aún falta… la gente que me ofrecía una coca cola, no lo hacía pensando en mis riñones (no puedo tomar mucha coca cola) sino pensando en “agradarme” con algo “bueno” según la publicidad, las madres que le dan un quetzal (que serviría para conseguir tal vez un tomate) lo hacen pensando en que le dan algo “bueno” y “cool” a los niños.

La gente se ríe del tortrix, pero en un lugar donde es fácil conseguirlo y no es caro (1 quetzal) resuelve dos necesidades: paliar el hambre y darle estatus a la familia. Uno de los grandes errores al “analizar al otro” es que uno asume que ese otro tiene pulsiones diferentes que las de uno o “debería comportarse como pobre”.

Antes de decirle a la gente haragana, embelequera o esas cosas revise su refrigerador y su despensa y me cuenta ¿Cuánta de la comida que está allí la compró porque es saludable? ¿Cuánta de la comida la compró porque “le dio antojo”? ¿Cuánta de la comida la compró porque “es lo que está de moda”?

Y claro, seguramente tiene gaseosas, frituras, golosinas, cereales azucarados, fruta “rara” (fuera de temporada y cara) salsas y aderezos grasosos, panadería y esas cosas. Seguro me va a responder “pero yo lo puedo pagar y por eso lo compro”, y no le voy a preguntar si usted o sus hijos tienen el peso adecuado, la hemoglobina al nivel adecuado, porque igual me va a responder que qué me importa.

Entonces: ¿entiende usted qué función tiene un tortrix en estos casos? La misma que tiene para usted demostrar en la carreta de compras que se lo puede comprar.

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