El último enemigo del igualitarismo

piketty_capital:: Yanis Varoufakis (*) ::

El descenso hacía la vulgaridad neoclásica. Honrando a una larga tradición de famosos economistas (y en este caso la procedencia importa), acorde a la cual los resultados de sus modelos justifican el fundamento de sus hipótesis, el profesor Piketty recoge la función de producción agregada de los libros de texto neoclásicos que proveen la relación entre K y r que él necesita -y que usa para unir su medición de la riqueza (W) con su tasa de reproducción de la riqueza (?). Su elección es la función de producción agregada ECS (elasticidad constante de substitución) que puede proveer valores de K y r que se mueven al unísono siempre que la elasticidad de substitución del capital y el trabajo de un determinado número de producción sea mayor que uno.

Supongamos que la producción agregada es:

donde ? es un parámetro exógeno y ? es la elasticidad de substitución entre el insumo de capital (K) y la fuerza de trabajo (L) para la producción del mismo producto. La derivada de primer orden en relación a K. i.e. la producción marginal del capital (Mpk), igual ?(K/Y)(1/?).

Teorema: la tasa de rentabilidad del capital, r, es determinada por su productividad marginal, por lo que, r = ?(K/Y)(-1/?).

La prueba de este teorema neoclásico convencional requiere dos axiomas relacionados, sorprendentemente, nunca demasiado comentados en el Capital en el Siglo XXI.

Axioma 2: el capital agregado K es una variable independiente en la determinación de la tasa de rentabilidad del capital, r (en el sentido de que r no está comprendida necesariamente en la medición de K)

Axioma 3: La fuerza de trabajo no tiene ninguna fuerza de negociación en la determinación de los niveles de salario y empleo: los salarios son determinados como si se en toda la economía se subastara a gran escala la fuerza de trabajo que los trabajadores quieren que sea empleada y permitiendo a los empleadores pujar por ella, estableciendo un salario que (i) refleja la productividad marginal del trabajo y (ii) vacía el mercado de trabajo. Entonces, dado el equilibrio de los salarios, los empleadores escogen libremente cuanta fuerza de trabajo, o empleo, contratarán; i.e. escogen hasta el punto en el que su curva de demanda de trabajo iguala el nivel de salarios.

Incluso con el axioma 2 y 3 en juego, suficientes para probar el Teorema 1, para que tenga alguna relevancia el análisis anterior sobre la dinámica de la riqueza de la sociedad, el resultado anterior debe ser sustentado por el Axioma 4:

Axioma 4: K es igual (o es altamente correlacionado con) W y r es igual (o altamente correlacionado con) ?.

Por supuesto, el profesor Piketty no necesita explicitar el Axioma 4 ya que ya lo ha asumido adoptando a lo largo de su libro que K y r dependen, respectivamente, de W y ?. Con este juego de manos, y con el resto de axiomas ya establecido, puede entonces argüir que, substituyéndolo dentro de la “Ley” 1 (ver sección anterior), todo lo que necesita ahora para completar su argumentación es el siguiente axioma:

Axioma 5: la elasticidad de substitución (?) en la función de producción de nuestra economía es superior a la unidad.

De hecho, si ? > 1 entonces ?, ? y x deben todas crecer al unísono, ya que el profesor Piketty cree que es la tendencia inherente al capitalismo. ¿Y qué significa ? > 1? En ? = 1, la función de producción es del tipo Cobb-Douglas. Esto no implicaría que la “tecnología” sea una relación inversa entre capital K y su rentabilidad r. Pero cuando ? > 1, la tecnología de producción se mueve hacia una función de tipo linear donde la fuerza de trabajo y el capital pueden ser sustituidos el uno por el otro a una tasa constante y, K y r aumentan o disminuyen a la vez.

Además, aunque esto no es mencionado por el Profesor Piketty, puede ser demostrado que a un mayor ?, mayor será el crecimiento de la economía en un estado de equilibrio. Con el modelo que sustenta su argumentación completamente expuesto, es posible evaluar sus hipótesis una por una.

El Axioma 1 es imposible de desenmarañar dada la definición de riqueza (W) del profesor Piketty y su rentabilidad (R), mientras que el Axioma 4, que ya hemos visto (ver sección anterior), es difícilmente defendible por ninguna escuela de pensamiento económico, incluida la corriente principal neoclásica. El Axioma 5, por otro lado, es menos problemático si uno está dispuesto a adoptar el Axioma 2, que es, de hecho, un axioma que los programas de investigación neoclásica deben realizar incluso cuando se ha demostrado que es lógicamente incoherente.

¿Por qué es incoherente el Axioma 2? Porque, tal como la llamada “Controversia del Capital” reveló en los años 60, el capital agregado (K) no puede ser medido independientemente de su tasa de rentabilidad (r), no pudiendo ser r determinada, en tal caso, por la derivada de primer orden de Y respecto de K (ver Harcourt 1972, y Cohen y Harcourt 2003). La razón por la que los teóricos neoclásicos ignoran esta “pequeña” dificultad lógica, y habitualmente adoptan el Axioma 2, es porque su única alternativa es abandonar su programa de investigación neoclásico (e.g. cambiar a una teoría de producción como la de Luigui Pasinetti) que les permite tener un enorme poder discursivo en la academia. Se necesitaría una heroica y genuina disposición para dar ese paso. El profesor Piketty se pone de su lado, enganchado a la función de producción neoclásica pero, curiosamente, escoge subestimar al significado y al resultado de los debates sobre ‘Controversia del Capital’, en vez de ignorarlos (como hacen los neoclásicos en la práctica).

De los cinco axiomas del profesor Piketty, el Axioma 3 es el más revelador ya que muestra su teoría económica, no solo como neoclásica sino además, como mera economía neoclásica anticuada. Asumiendo empresas y trabajadores tomadoras de salarios, por una parte establece satisfactoriamente la determinación de ? de tal modo que es consistente con un aumento de ? y x, pero, por otro lado, está pagando un elevado precio asumiendo:

a) la imposibilidad del paro involuntario (i.e ni en recesiones o ni en medio de depresión, como en la que se encuentra ahora Europa, o ni en tiempo de ‘estancamiento inveterado’ al cual nos enfrentamos en los Estado Unidos, en el Reino Unido o Japón); y

b) la perfecta incapacidad de la fuerza de trabajo de negociar colectivamente o de de ejercer una influencia extra sobre el mercado en el proceso de determinación de los salarios y el empleo. Normalmente, los jóvenes economistas, si quieren ‘cerrar’ algún modelo neoclásico inconsistente y publicarlo en una revista común (e.g. con el propósito de la conveniencia), se les puede perdonar adoptar el Axioma 3. Sin embargo, el Axioma 3 ha sido superado por los lumbreras de la corriente principal de la economía hace tiempo, hasta el punto de que ahora la economía neoclásica rechaza el Axioma 3 por ser demasiado tosco. Por ejemplo, Akerlof (1980, 1982) y Akerlof y Yellen (1986) mostraron que es perfectamente posible que persista el desempleo involuntario dentro del modelo neoclásico. Todo lo que conlleva es admitir que los niveles de desempleo y salario influyen en la productividad laboral, un asunción terriblemente poco controvertido y altamente plausible. Además, como Varoufakis (2013, Capítulo 2) demuestra, incluso un pequeño grado de capacidad de negociación por parte de los trabajadores (e.g. sindicatos o una asociación informal de trabajadores, es suficiente como para zafarse de la curva de demanda de trabajo, no solo para los niveles actuales de salario y empleo, sino incluso para determinar los objetivos tanto de trabajadores como de sus empleadores). En resumen, cualquier nivel de desempleo involuntario, especialmente cuando se combina cierto poder de negociación en manos de los trabajadores, socava radicalmente la teoría de la distribución del ingreso del profesor Piketty.

Entonces la cuestión es: ¿Por qué el autor, en un gran tratado sobre desigualdad global, adoptó el Axioma 3? ¿Por qué ignoró no sólo las objeciones de los economistas disidentes sino también cuarenta años de esfuerzos neoclásico de inculcar un módico realismo en los modelos neoclásicos? ¿No reconoce que, siendo un socialdemócrata de largo recorrido (como es el propio profesor Piketty), que puede tener verdaderos problemas en explicar (incluso a sí mismo) su:

?asunción de que el empleo involuntario no puede prevalecer,

?la injustificada adopción de la ley de Say,

?el rechazo implícito de la noción de que la inversión es influenciada por la demanda agregada,

?la suposición de que el ahorro se adapta a la inversión (en lugar de lo contrario); y su adopción del tipo de teoría económica determinada por la oferta que causó tanto daño a los más pobres con los que su libro, aparentemente, está tan preocupado?

No tengo dudas de que el profesor Piketty es completamente consciente de todo lo anterior pero, aún así, optó por una particular forma de neoclasicismo vulgar que que no cuadra para nada con su propio pedigrí de socialdemócrata. La siguiente sección ofrece una explicación de su peculiar elección.

Pero, ¿por qué? Las controvertidas hipótesis solo tienen raison d’être si no existe otro modo de (i) implantar alguna hipótesis deseada o (ii) “cerrar” un modelo. En el caso de los axiomas controvertidos del profesor Piketty (ver sección anterior), está claro que el motivo (ii) debe ser su principal motivación. Si simplemente quisiera remarcar que la desigualdad tiende a reproducirse y a autoreforzarse, no necesitaría ninguno de sus axiomas.

Es, empíricamente, una simple cuestión de probar que cuando los ricos tienen una propensión mayor a ahorrar que la media de la población, lo más probable es que su porción de la riqueza aumente. Siempre que ahorren más que los pobres y reciban un ingreso total (salario más beneficios del capital) mucho mayores que el ingreso del ciudadano medio, los ricos se encontrarán en una posición permanente que les garantice un incremento constante de la porción de riqueza total. E incluso si disfrutan de menos de la mitad del ingreso total, es todavía posible demostrar que su porción de riqueza incrementará en tanto que su propensión marginal a ahorrar sea considerablemente mayor que la de los ciudadanos más pobres. En resumen, ninguno de los trucos de modelización con los que el profesor Piketty se ha expuesto a las serias críticas de la sección anterior son necesarios para mostrar que la desigualdad de riqueza tiende a reproducirse a sí misma.

Entonces, ¿por qué?, ¿por qué basar tan basto tratado, como así es El Capital en el Siglo XXI, en unos fundamentos teóricos tan frágiles? Si se me permite especular en esta cuestión, estaría tentado a esgrimir dos razones. Uno es oportunismo. El análisis del profesor Piketty le permite salir a la palestra con unas cifras muy cautivadoras; e.g. el “resultado” de que cuando la tasa de beneficio de la riqueza se encuentra al rededor de su media histórica, sobre el 5%, existe una tendencia que hace que la riqueza aumente más de seis veces el nivel del PIB y la del ingreso procedente de la riqueza a converger a un tercio del PIB (ver nota 9). Este es el material que alimenta los titulares que los periodistas y el público en general está ansioso por consumir. Pero para conseguir estos números, y después argumentar que están reflejados en los datos empíricos, el autor tiene que “cerrar” su modelo; tuvo, de algún modo, que ceder su determinación ante las fauces de la indeterminación radical. Y si esto requiere asunciones incorregibles que están más preparadas para aguantar la gélida mirada del análisis crítico, uno puede estar tentado a asumir que el público en general nunca sabrá o le importará. Los cautivadores números, en combinación con un marketing excelente, se unen para hacer caso omiso a las objeciones en general que aparecen en esta revista y a las de este artículo en particular.

Una segunda, y relacionada, razón tiene que ver con una inclinación a permanecer alejado de algunos fascinantes, pero también devastadores, debates relacionados con la economía política. Para dar una pincelada de esto, considerar la única alternativa decente a los axiomas del profesor Piketty. Sin los axiomas 2 y 3, por ejemplo, debería haber elegido entre (o alguna combinación de):

a) los anteriormente mencionados sofisticados modelos teóricos neoclásicos de salarios eficientes y empleo endógeno involuntario.

b) el análisis de Richard Goodwin y Luigi Pasinetti que demuestra la permanencia e indeterminación de que la naturaleza de los ciclos recae en la plano bidimensional del crecimiento y la distribución del ingreso (ver Taylor, 2014).

c) el argumento de Keynes de que el ingreso agregado es perfectamente capaz de determinar el empleo y el ingreso total, al tiempo que es impulsado por el empleo e ingreso agregados, dando como resultado una multitud de equilibrios macroeconómicos, que pueden dar lugar a un desempleo permanente, estancamiento inveterado, etc.

Mientras (a), (b) y (c) proveerían al profesor Piketty con una argumentación significativamente más sofisticada y cuidadosa que su vulgar marco neoclásico, hay una cosa que comparte que, uno sospecha, las convierte en terriblemente poco atractivas para él: son modelos radicalmente indeterminados, en el sentido de que no pueden ofrecer respuestas determinadas para aquellas cuestiones como “¿qué significado tiene, para la porción de los ingresos salariales, todos los datos microeconómicamente relevantes?”

En conclusión, el profesor Piketty escoge un marco teórico que simultáneamente le permite producir predicciones numéricas cautivadores, en línea con sus resultados empíricos, mientras planea como un águila sobre los enmarañados debates de los economistas políticos, rehuídos por los propios líderes de su profesión y condenando diligentemente a investigar, en continuo aislamiento, en la radical indeterminación del capitalismo.

Explicando la anomalía. Los hallazgos empíricos del profesor Piketty confirman el hecho ampliamente reconocido de que la desigualdad de riqueza aumentó exorbitantemente durante el siglo XXI pero que comenzó a menguar en 1910, continuando así levemente durante las dos guerras mundiales hasta el derrumbe del sistema de Bretton Woods. Desde entonces, ha retomado su creciente tendencia. Si se toma su análisis por bueno, aceptando que la desigualdad normalmente debe aumentar y aumentar, la mayor parte de lo que Eric Hobsbawm describió como el “Corto Siglo XX” (1914-1989) fue una anomalía; una desviación de la tendencia natural del capitalismo, aumentando ? a una tasa sustentada gracias al comportamiento de ?.

Para explicar esta singular anomalía, que abarca al menos un sexto del siglo XX, el profesor Piketty remite a sus lectores a los efectos de las dos guerras mundiales en el compromiso político con la igualdad, a la imposición de estrictos controles de capital por las autoridades del New Deal (que más tarde se extendieron por todo el mundo bajo Bretton Woods), el efecto positivo de los sindicatos en los salarios, a las políticas fiscales que civilizaron la sociedad vía impuestos progresivos a la renta, etc. Indudablemente, estos factores forjaron una distribución más equitativa del ingreso y la riqueza. Sin embargo, uno podría haber esperado por parte del profesor Piketty una explicación de por qué estas políticas e instituciones surgieron tras 1949 y por qué se mantuvieron hasta 1970, pero no después.

¿Por qué, por ejemplo, los creadores del New Deal, como Galbraith (2014) nos recuerda, intentaron y fueron capaces de prevenir (durante y después de que la guerra acabara) el surgimiento de multimillonarios? ¿Por qué la administración republicana de los Estados Unidos (e.g. el presidente Eisenhower) o el gobierno Tory en el Reino Unido (e.g. Harold Macmillan) no estuvieron interesados en revertir el declive de la desigualdad y adoptar políticas del tipo de “economía del goteo” que prevalecieron después de 1970 bajo los gobierno republicanos, demócratas, tories y laborista (o en las socialdemocracias europeas)? ¿Fueron los shocks exógenos los que pusieron al capitalismo en una senda más igualitaria producida por la visita a los grandes y poderosos, de un espíritu ético exógeno, quizá traído por la guerra? ¿O puede que la respuesta se encuentre en una más profunda dinámica que es tan endógena al capitalismo como la tendencia de enriquecimiento de los ya ricos? ¿Y se puede argumentar que la dinámica que se desvaneció en los 70 no fue por razones en ningún caso naturales?

El profesor Piketty, en lugar de intentar de tratar tales cuestiones, parece decidido a transcenderlas presuponiendo que las causas de la anomalía del siglo XX tienen una fecha de caducidad exógena. Al llegar esta fecha, la desigualdad vuelve a su trayectoria de equilibrio a largo plazo. Al final es reconfortante ver que su férreo determinismo empírico cuadra completamente con su análisis determinista (descrito en la sección previa), incluso si no hay ninguna evidencia en la historia económica a lo largo del siglo XX o en el comienzo del siglo XXI.

En otra parte (ver Varoufakis 2011, segunda edición 2013), muestro como conseguir el tipo de respuesta que el profesor Piketty no logra. Aunque este no es el lugar donde explicar la argumentación al completo, puede ser de ayuda para el lector esbozar una posible explicación de porque el Siglo XX no fue una anomalía, sino una demostración de que no existe nada “natural” o determinado sobre la distribución de riqueza y el ingreso en el capitalismo, aunque es posible una explicación coherente de la constante retroalimentación entre la política y la economía.

En resumen, Varoufakis (2011, segunda edición 2013) establece la hipótesis de que, teniendo en marcha la economía de guerra exitosamente, la administración del New Deal estaban preocupados, con excelente visión, por una recesión de postguerra. A cargo de la única gran economía con superávit económico exportador que queda después de que la guerra hubiera destruido la mayor parte de Europa, entendieron que la única alternativa a una recesión global, la cual podía haber amenazado al ya débil capitalismo occidental, sería fortalecer la demanda agregada con los Estado Unidos (a) aumentando los salarios reales y (b) reciclando el superávit americano en Europa y Japón para crear así la demanda que mantendría a las fábricas americanas funcionando. En todo caso, Bretton Woods fue el marco global en el cual este proyecto fue establecido. Sus tipos de cambio fijos, su control de capitales y su fundamental consenso internacional sobre las políticas en el mercado labora que mantendrían la participación salarial por encima de cierto nivel, fueron todos aspecto de la misma lucha para prevenir al mundo de post-guerra de la vuelta a la depresión.

Naturalmente, la resultante dinámica de la riqueza e ingreso redujo la desigualdad, incrementó la oferta de empleo decente y produjo la era dorada del capitalismo. ¿Fue esto una anomalía? ¡Claro que no lo fue! El Plan Marshall, las instituciones de Bretton Woods, la estricta regulación de los bancos, etc, no hubieran sido políticamente posibles si el capitalismo no hubiera estado amenazado de suicidarse al final de la década de los años 40, como lo hizo no hace mucho (habiendo ocurrido el último episodio en el 2008). ¿Fueron esta políticas y nuevas instituciones inevitables? ¡Por supuesto que no! Mientras que la intervención política que tuvo como subproducto la reducción de la desigualdad del ingreso fue totalmente endógena a la dinámica capitalista de ese periodo, esta dinámica es siempre indeterminada en términos de la política que engendra y de la el resultado económico.

Por desgracia, Bretton Woods y las instituciones que el New Deal estableció en los años 40 no pudieron sobrevivir tras el final de los años 60. ¿Por qué? Porque se basaban en el reciclaje del superávit americano en Europa y Asia (ver arriba). En el momento que los Estados Unidos quedaron en una posición deficitaria, en algún momento durante 1986, esto no fue posible nunca más. América hubiera tenido que abandonar su posición hegemónica junto con su exorbitante privilegiado dólar, o hubiera tenido que encontrar otro modo de mantenerse en el centro del reciclaje de superávit global. O, citando una frase acuñada a Paul Volcker,”si no podemos reciclar nuestro superávit, podremos entonces reciclar el superávit de otros”.

Esto es, según la explicación de mi libro, el porqué al final de los setenta y el final de Bretton Woods provocaron tal cambio: los Estados Unidos mediante sus dos déficits gemelos, comenzaron a absorber las exportaciones netas y el superávit de capital del resto del resto del mundo, cerrando así el ciclo de reciclaje.

Proveyó a los exportadores netos (e.g. Alemania, Japón y en última instancia China) con la demanda agregada que necesitaban tan desesperadamente como retorno del tsunami de capital foráneo (generado en las economías con superávit por las exportaciones netas a América, y a otras economías alentadas por el déficit comercial de los estado Unidos).

Sin embargo, para materializar ese tsunami los controles de capitales fueron retirados, tuvo que descender el aumento salarial de los Estados Unidos por de bajo de sus competidores, las políticas de ingreso tuvieron que desecharse y la financiarización tuvo que reforzarse. Desde esta perspectiva, la desigualdad resurgió en la década de los setenta, el ascenso sin fin de las finanzas a costa de la industria y la disminución de la capacidad de negociación colectiva en todo el mundo, fueron todo síntomas del cambio de sentido y de la naturaleza de reciclaje global del superávit. Del modo en el que la resultante desigualdad y la resultante financiarización coincidieron para desestabilizar el capitalismo, hasta que se estrelló contra el muro en 2008, es un proceso explicado por numerosos estudios en los años recientes (e.g. Ver Galbraith 2012). Pero el esfuerzo individual del profesor Piketty de construir, a cualquier coste, un argumento determinista simple, no es, desafortunadamente uno de ellos.

Conclusión: repercusiones políticas en la lucha por la igualdad y… Europa. El Capital en el Siglo XXI ha sido aclamado como un libro que cambiará el curso de la desigualdad; un tratado que insuflará nuevo impulso a la causa por la igualdad. Me temo que será justo lo contrario, por dos razones distintas.

Eche un vistazo rápido a la situación actual de Europa. En su periferia, orgullosas naciones están siendo destruidas, una crisis humanitaria está en su punto álgido y, naturalmente, la desigualdad está campando a sus anchas. ¿Por qué? Por que los líderes europeos niegan que esto sea una crisis sistémica que necesite un tratamiento sistémico y debido a su insistencia de que la crisis fue causada por una imposición demasiado laxa de las actuales normas, como opuesto a una arquitectura económica y normas totalmente fallidas que fueron, por lo tanto, imposible de imponer en el momento que la crisis financiera global golpeó en 2008.

Curiosamente, el profesor Piketty ha reunido recientemente un grupo de quince economistas franceses (el llamado grupo-Piketty) que ha unido fuerzas con un grupo de economistas alemanes, conocidos como el Glienecker Gruppe, para proponer cambios institucionales que puedan ayudar a resolver la Eurocrisis y devolver a Europa al camino de la estabilidad y la integración. Tal y como él presenta su Capital como una daga con la que acabar con la abominación de la inaguantable desigualdad, así como también su determinada intención de acabar en Europa con la crisis mediante el reconocimiento de que:

“… las instituciones europeas existentes son incapaces de cumplir sus funciones y necesitan ser reconstruidas. El problema central es simple: la democracia y las autoridades públicas deben estar habilitadas para recuperar el control y regular eficientemente el capitalismo financiero globalizado del siglo XXI”. (Piketty 2014)

¡Agitadoras palabras! Hasta que, claro, uno examina la propuesta real. Galbraith y Varoufakis (2014), que precisamente hicieron lo propio, mostraron que la propuesta de Piketty para Europa: a) una nueva corriente de austeridad universal que se dejará sentir por toda Europa, y b) una forma de unión política que, como Varoufakis (2014) argumenta, puede ser mejor descrita como una ‘jaula de hierro’ que extingue toda esperanza de que Europa pueda evolucionar hacia una federación democrática.

De igual modo pasa con la desigualdad. Cuando se examinan las recomendaciones políticas del profesor Piketty para reducir la triunfal marcha de la desigualdad, la nueva idea que se ofrece es la ya muy discutida propuesta de un impuesto global sobre la riqueza. La mayoría de comentaristas se han centrado en su utópica naturaleza, la cual es devastadoramente reconocida por el propio profesor Piketty. No haré lo mismo. En lugar de eso, permítaseme asumir que es factible y que es acordada, pongamos por caso, por el G20. Consideremos cuál sería el significado de la implementación de este impuesto global sobre la riqueza:

Volviendo a la sufridora Eurozona, vayamos a visitar a una de las miles de familias irlandesas en la que todos sus miembros están en el paro o terriblemente mal pagadas y subempleadas, pero que su casa se las ha apañado para escapar a la fatal pérdida de su valor. De acuerdo con el profesor Piketty, esta desdichada gente debería ahora estar pagando un nuevo impuesto sobre la riqueza sobre el valor neto de su hogar, además de lo que le quede por pagar de su hipoteca. ¡Independientemente de sus fuentes de ingreso!

Alejándonos de estas sufridas familias, a las que el impuesto sobre la riqueza del profesor Piketty cargaría aún más, vayamos ahora a un empresario industrial griego luchando por sobrevivir al ataque conjunto de la falta de demanda y de la severa restricción al crédito. Asumamos que su capital acumulado no ha perdido valor todavía. Pues bien, tan pronto como la política del profesor Piketty sea implementada, a buen seguro, ya que el nuevo impuesto le aplicará, pagará el impuesto sin ninguna fuente de ingreso existente.

¿Cuánto tiempo llevará, querido lector, antes de que los comprometidos libertarios, que creen que la desigualdad de la riqueza y e ingreso no es solamente correcta sino que también es el inevitable resultado de la obra de la libertad, comprender el resultado anterior de la propuesta política del profesor Piketty? ¿Por qué dudarían un segundo en cargarse su análisis y sus proverbiales recomendaciones políticas, tachándolas de teoría sentimental que conlleva políticas que simultáneamente causan a) un empeoramiento de la ya deteriorada situación socio-económica y b) amenazan los derechos y libertades personales? Además, ¿existe mayor regalo para los convencidos euroescépticos, decididos en demostrar que la Unión Europea fue un paso en el camino hacia la servidumbre, que el hecho por la propuesta para la Eurozona del profesor Piketty?

Moviéndonos ahora hacia el campo de la filosofía política, unos años atrás expresé la opinión de que las proposiciones bienintencionadas de la justicia distributiva y la igualdad eran quizás, una mayor amenaza para la el igualitarismo. Varoufakis (2002/3) arguyó que, durante demasiado tiempo, la filosofía política occidental fue dominada por el choque entre: a) aquellos que buscaron incesantemente el santo grial de algún Grado Óptimo de Desigualdad (GOD), (e.g. Rawls, 1971), y b) libertarios insistiendo que existe tal cosa como GOD (e.g. Nozick, 1974); que lo que importa en cambio es como es el proceso de adquisición de riqueza e ingreso.

Argumentando desde la perspectiva radical del igualitarismo, concebí que los libertarios tenían los argumentos mejor afinados. Que su focalización en la justicia del proceso de generación de valor y que distribuirlos (i.e. su dedicación a teorías de justicias procedimentales) fue significativamente más interesante, útil y, de hecho, más progresista que la pseudo-igualitaria dedicación al resultado final, distribución y teorías sobre la justicia. La disposición de los libertarios a separar la “buena” de la “mala” desigualdad, en vez de tratar la desigualdad como una única, unidimensional métrica, se mantuvo más esperanzadora para aquellos deseosos de entender los caprichos y la inestabilidad del capitalismo mejor que con las protestas socialdemócratas de que el resultado del ingreso y la riqueza eran demasiado desiguales. Que aquellos interesados en revigorizar un pragmático y radical igualitarismo deben abandonar nociones estáticas y métricas simples de igualdad.

Leyendo El Capital en el Siglo XXI me recordó cómo la causa por el igualitarismo es a menudo socavada por sus principales y más famosos proponentes. John Rawls, a pesar de su elegancia y sofisticación de su ‘velo de la ignorancia’, hizo un incalculable daño a la ‘causa’ ofreciendo una teoría estática de la justicia que sucumbió en el momento que un talentoso libertario se ensañó con él. El libro del profesor Piketty, estoy convencido, será presa aún más fácil para los equivalentes de Robert Nozick del hoy o del mañana. Y cuando esto ocurra, las multitudes que están ahora celebrando El Capital en el Siglo XXI como un incondicional aliado en la guerra contra la desigualdad correrán en busca de cobijo.

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* Yanis Varoufakis es un reconocido economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Actualmente enseña en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su último libro, El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, fue publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2a edición inglesa revisada. 

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Revista Paquidermo http://www.revistapaquidermo.com/archives/11183

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