Negación capitalista y caos climático

opRob Urie

Para la mentalidad occidental, “capitalismo” es un término lleno de connotaciones. Es una imagen de Rorschach que saca a la luz nuestra historia, ideología y experiencia personal; se lo percibe en oposición con otras cosas, como una elección entre otras, y casi siempre sin relacionar sus promesas con sus hechos. Incluso académicos y escritores de tendencias de izquierda se aproximan al tema desde viejos lugares comunes de Guerra Fría, contrastando entre la libertad de elegir qué traje de baño comprar y la arbitrariedad de las reglas impuestas por burócratas comunistas anónimos. Lo que usualmente no se considera es la historia real: cuando se trata de las crisis actuales del capitalismo, y en particular la crisis climática, la interpretación tiende a sesgarse hacia la anti-histórica idea de que “el mundo siempre ha sido así”. La verdad es que, materialmente hablando, el mundo no ha sido siempre como es hoy.

La tesis de que el capitalismo sea responsable de la crisis climática está lejos de ser la opinión más generalizada. Parte de la divergencia al respecto surge de la distancia que hay entre el capitalismo tal como existe en la teoría y de cómo ha funcionado recientemente mediante relaciones profundas entre Estados y corporaciones. Lo que mantiene relevante a la teoría capitalista, en oposición a la realidad del capitalismo, es su arraigo en las instituciones occidentales, y uno de los principales obstáculos para el análisis proviene directamente de dicha teoría: la idea del “sistema” económico como una unidad de intereses. Llamativamente, al hablar de esa supuesta unidad esta teoría pasa por alto la distribución histórica de los beneficios y los daños de la producción capitalista. Es mucho más fácil tener una visión positiva acerca de la economía cuando uno obtiene de ella los beneficios, mientras que alguien más paga los costos. Esta diferencia es central en la discusión sobre la crisis climática.

   Gráfico 1: la industrialización a gran escala que surgió de la “segunda revolución industrial” a mediados del siglo XIX inauguró la destrucción ambiental que se ha acumulado hasta la crisis climática actual. Antes de este período, los niveles de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera se habían mantenido relativamente estables a lo largo de la historia humana. El CO2 es gas de efecto invernadero que ahora se encuentra en mayor cantidad en la atmósfera. Como puede observarse, los EE.UU. y Europa son responsables de más de la mitad de las emisiones de CO2 desde 1850, a pesar de tener solo el 11% de la población mundial. Los EE.UU. son el más grande emisor individual durante este período. Fuente: CAIT

 

Una amplia variedad de fuentes, desde el análisis de hielo polar de hace ochocientos años hasta los métodos modernos de inferencia histórica y conteo de carbono, confirman que el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero, y particularmente de dióxido de carbono, datan de inicios de la segunda revolución industrial. En contraste con la primera revolución industrial, la segunda trajo consigo la moderna producción industrial a gran escala. La electricidad fue “descubierta” a fines del XIX y los combustibles fósiles empezaron a usarse a principios del siglo XX para hacer funcionar la maquinaria industrial. El economista escocés Adam Smith había escrito “La riqueza de las naciones” un siglo antes, y los industriales británicos y estadounidenses aprovecharon las teorías de Smith y otros economistas occidentales para mejorar sus procesos de producción. Era capitalismo puro en su forma emergente.

    Gráfico 2: las emisiones mundiales de CO2 fueron estables entre la aurora de la humanidad y mediados del siglo XIX, y creció cada vez más hastaque empezó la industrialización a gran escala a inicios del siglo XX. La primera gran guerra entre las potencias imperiales europeas y estadounidense, la Primera Guerra Mundial, normalmente es explicada en términos políticos, pero la competencia por recursos naturales como el petróleo jugó un importante papel en las tensiones que llevaron a la guerra. Las emisiones de CO2 aumentaron dramáticamente tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando los EE.UU. tuvieron la única infraestructura industrial no dañada por la guerra. Mediante el Plan Marshall lanzado en 1949, los EE.UU. empezaron a exportar su estilo de capitalismo industrial a Europa. De modo ominoso, las emisiones de CO2 se elevaron durante los once años entre 2000 y 2011 tanto como lo habían hecho en los cincuenta años anteriores. La unidad de medida del gráfico es MtCO2: toneladas métricas de CO2. Fuente: CAIT

 

La relación entre las emisiones de gases de efecto invernadero y la producción industrial es inequívoca. La motivación de los capitalistas para tratar al mundo como su vertedero de basura es simple: eleva las ganancias. Podemos observar esto en la ecuación usada por las corporaciones para calcular las ganancias: Ingresos menos costos = ganancias, I – C = G. Aquí es evidente que reducir los costos eleva las ganancias. Los capitalistas pueden pagar para prevenir la contaminación, pueden compensar a aquellos perjudicados por ella, o pueden desentenderse de ella. Las primeras dos “opciones” son costos que reducen las ganancias. La última, pasar por alto la contaminación, no elimina sus costos, pero los traslada de los capitalistas hacia aquellos a quienes ella afecta. En el caso de destrucción ambiental como el calentamiento global, los mares muertos o agonizantes, y la contaminación tóxica generalizada, estos costos recaen sobre el mundo entero. Vista bajo esta luz, la motivación de ganancia, considerada por mucho tiempo como la principal innovación del capitalismo, es la base de una economía política que genera catástrofes: las ganancias capitalistas están directamente vinculadas con la capacidad de forzar a que otras personas carguen con los costos de producción.

    Gráfico 3: a pesar de lo poco sutil que pueda parecer esta oposición, seguramente sea necesario hacerla. Las economías capitalistas de Japón, la Unión Europea y los EE.UU. tienen en total un 13% de la población mundial, pero han contribuido con el 57% de las emisiones globales de CO2 desde 1850. China y Rusia juntas tienen el 20% de la población del mundo, pero contribuyeron solo con el 16% del CO2 global. La mayoría de las emisiones de China son recientes y se deben a la fabricación de bienes para exportar a los EE.UU. y Europa. Esto puede interpretarse como que esas emisiones de CO2 son en realidad generadas por las economías europea y estadounidense, aunque producidas en territorio chino; corresponderían, pues, a la columna del capitalismo. Fuentes: CAIT, Banco Mundial.

La manida oposición entre capitalismo y otras ideologías “en competencia” con él muestra que muchas de las cosas que afectan negativamente al mundo son directamente atribuibles al capitalismo estadounidense y sus alcances imperiales. Con una población mucho más grande, China ha contribuido con una menor proporción de emisiones de CO2 a la atmósfera (global). La ausencia de correlación entre el tamaño de la población y la cantidad histórica de emisiones sugiere que el calentamiento global no ha sido provocado por la sobrepoblación. Las emisiones limitadas (acumuladas) de los países “comunistas” sugieren que las diferencias ideológicas son más que meras diferencias de opinión, sino que reflejan modos de relacionarse con el mundo fundamentalmente distintos entre sí. Y a través de estas y otras mediciones se hace claro que la abrumadora preponderancia de emisiones de gases de efecto invernadero en la historia del mundo están directa e inequívocamente vinculados a la producción capitalista.

Esta diferencia puede ser, y a menudo lo es, presentada como evidencia de la mayor capacidad del capitalismo para crear riqueza. Esa es la premisa básica de la economía occidental. Pero la destrucción ambiental es un costo de esta riqueza, y no lo pagan quienes se la apropian. Al poner en evidencia que el capitalismo ha producido la destrucción ambiental global, queda claro que en esa economía política algunos reciben los beneficios, mientras que otros pagan los costos. Tomada al pie de la letra, la “posición” estadounidense de que el calentamiento global es un problema global que necesita soluciones globales deja en manos europeas y estadounidenses casi toda la riqueza producida desde hace siglo y medio, pero los costos de producirla le quedan a quienes no se han beneficiado de ella. Esta característica recorre la historia del capitalismo, desde sus orígenes en el genocidio y la esclavitud, hasta su actual amenaza contra la existencia de nuestro mundo.

Gráfico 4: por si no ha quedado claro, las economías capitalistas, y principalmente los EE.UU., han sido las principales emisoras de CO2 durante el último siglo y medio. El CO2 ha sido emitido en mayor cantidad que cualquier otro gas de efecto invernadero. El “fracking” en los EE.UU. es una de las principales fuentes de metano, otro potente gas de invernadero. Las economías capitalistas son abrumadoramente responsables de lanzar al medio ambiente la mayor cantidad de CO2, el más predominante gas de efecto invernadero en la historia de la humanidad. Si el calentamiento global causado por emisiones de gases de efecto invernadero tiene una causa fundamental, es el capitalismo. Fuente: C2es.

La arrogancia occidental de creer que hay una unidad de intereses en resolver las múltiples crisis del capitalismo es ridícula y casi sociópata. El legítimo interés común de prevenir la destrucción del mundo es contrarrestado por una economía política que distribuye los beneficios para un grupo y los costos para otro. La motivación de ganancia del capitalismo es el mecanismo social y el factor que impulsa su mala distribución; es la filosofía social de la guerra de clases, que a través de su afirmación de la unidad de intereses asegura que su única solución es mediante una guerra de clases real. Y dado que tiene un siglo y medio de capacidad acumulada para defenderse a sí mismo, lo más probable es que el capitalismo termine por terminarse a sí mismo. Con guerras globales y crisis climática rápidamente acumulada, este final no augura ser socialmente constructivo.

Cuando se define al capitalismo como causa de la crisis climática no hay necesidad de plantear una oposición. Cualquier cambio radical en la economía política vendrá de un gran grupo de personas actuando organizadamente, no de ideólogos vetustos sentados en cátedras universitarias. La idea / temor de que tal cambio se parezca a algún precepto ideológico del siglo XIX es completamente improbable. Esta improbabilidad puede observarse actualmente a través de la distancia entre el capitalismo tal como existe en teoría y la complejidad de las relaciones entre corporaciones y Estados en el seno de la historia imperial. En último término, el capitalismo es el más poderoso enemigo del capitalismo. Cualquier esperanza de resolver los problemas climáticos dependerá de ponerle fin al capitalismo y remplazarlo por una economía política que esté directa y explícitamente al servicio de propósitos sociales.

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* Rob Urie es artista y economista político. Pronto publicará su libro Zen Economics. Artículo publicado originalmente en Counterpunch. Traducción de George García Quesada para Paquidermo.

Tomado Revista Paquidermo

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