Intelectuales y la mano invisible

notacacif02Por Álvaro Velásquez –

En mi reciente ensayo, intitulado de “Guatebolas a Guateámala” publicado en Plaza Pública recién esta semana, tercié en una polémica abierta por los autores Lisardo Bolaños Eduardo, Eduardo Fernández, Daniel Haering, quienes en un artículo cuestionaron el estado actual de la Ciencia Política (sic) en Guatemala, teniendo a la vista una entrevista con Edelberto Torres Rivas, publicada por Plaza Pública.

Mi réplica consistió en: 1) el set falencias denunciado por ellos, no cuenta con respaldo empírico y por lo tanto caen en el mismo error que señalan; 2) mezclan análisis político con ciencia política, así como el objeto de análisis -columnistas y cientistas-, confundiendo más la cuestión; y 3) ven debilidad en el pluralismo epistemológico en el tema de élites, avalando así las inquietudes ideológicas de ciertos grupos de poder.

A este respecto mi colega Phillip Chicola reaccionó alegando (en mi muro) que incurro en falacias, porque señalo la relación de dichos autores con entidades donde se produce ideología (CIEN y Escuela de Gobierno) relacionados ambos con el consorcio Multiinversiones. Esa alusión le pareció a Chicola “politiquería barata y no academia”.

Concuerdo con que las falacias deben ser evitadas, usarlas a priori es de mal gusto y simplismo lógico. Pero visualizar la dialéctica: autor-contexto-teorías que dé un panorama integral de lo discutido es necesario dado que las ideas y sus personajes no discurren desde el Olimpo.

Cualquiera sabe que no hay neutralidad en la academia, sino un uso honesto de las fuentes y del aparato crítico. Tampoco el consenso ideológico se produce sin contradicciones formales. Y es que la intelectualidad cumple un rol dependiendo de cuál vinculación asuman. Esto lo explicó muy bien Antonio Gramsci, filósofo y revolucionario italiano del siglo pasado en La Formación de los intelectuales, (Grijalbo, 1967).

En efecto, los conceptos gramscianos, de “intelectuales orgánicos” y el de “praxis” son de primer orden en explicar el porqué de esto. El primero indica que la intelectualidad (tradicional o nueva) no son colectivos autónomos y más bien responden a una praxis concreta. Esta indica que las ideas y la función social de ellas, forman una sola acción orgánica de acuerdo al rol que cada quien cumple en la lucha cultural.

Los intelectuales más cercanos al pueblo son los sacerdotes y los maestros, escribió Gramsci, pero en la medida que la estratificación social se ensancha, se produce un divorcio de intereses y solo algunos van tomando partido en las tensiones.

Si uno revisa cómo se produce el consenso cultural de las élites en Guatemala, notará la presencia varios grupos de poder constituidos en redes a través de una amplia gama de instituciones, medios y personajes claves, contribuyendo a producir consensos y disciplinando el pensamiento.

Es el caso del grupo Multiinversiones cuya influencia va más allá de los meros negocios, es claro su acción deliberada para reclutar y difuminarse en instancias que van desde la Escuela de Gobierno hasta la Sociedad de Plumas, entre otras. Los miembros de la red se vislumbran entre sí, pero hay umbral que impide reconocer su organicidad.

Otros grupos como el Semilla sí lo asumen, pero responden a una organicidad diferente, contra-hegemónica, aunque sin bases sociales.

No querer ver las distintas redes intelectuales y a “la mano invisible” detrás de ellas, es no que querer ver al monstruo y sus tentáculos, en nombre de una “pulcritud académica” engañosa.

Los grupos de poder lo tienen claro, es la praxis lo que cuenta.

www.albedrio.org

Te gusto, quieres compartir